revista literaria de LIRAS abril-junio72 72 72 7272 S U M A R I O l Sueño de Federico García Lorca / Armando Tabucchi............. 3 Lorca hace llover en La Habana / Guillermo Cabrera Infante.............................................................. 4 Federico García Lorca: poética de un conferencista / Rafael A. Bernal Castellanos........................................................... 9 ¡Yo soy Federico García Lorca! / Aldo Martínez Malo............ 13 José Félix León.............................................................................. 16 Roberto Frutos Rojas..................................................................... 18 Ernesto Ortiz Hernández................................................................ 20 Luis Amaury Rodríguez................................................................ 22 Armando Abreu.............................................................................. 23 Antonio José Ponte......................................................................... 26 La Isla en peso / Virgilio Piñera................................................ 30 Conversación en la Catedral / Mario Vargas Llosa................. 37 Yerba..., bueno... / Yomar González............................................ 48 En mi viejo San Juan / José Raúl Fraguela.............................. 49 En torno a Hipocampos / Héctor García.................................. 50 John Donne y la poesía metafísica ....................................... 52 Traducciones de la poesía de John Donne / David Horta Pimentel................................................................... 53 Konstantino Kavafis y Julián del Casal / Virgilio López Lemus..................................................................... 63 De Revistas en Pinar del Río / Premio de Edición en España/ Discurso de Cabrera Infante en la Ceremonia de entrega del Cervantes / Segundo Encuentro Iberoamericano de Estudios Hispánicos-CUBA 1998 / Pinos Nuevos / II Coloquio «En el Jardín».. .............................................................................................. 66 Letra orrida homenaje a1 1 1 1 1 VOCES: josé raúl fraguela esteban menéndez héctor garcía oscar llanes yomar gonzález rafael a. bernal CORO: gleyvis coro montanet josé ángel argudín david horta pimentel dagoberto valdés luis amaury minerva valle TRAZOS: yenia maría gonzález ILUSTRACIONES: obras de alberto león DIRECTOR: ernesto ortiz Redacción: Ángeles 208 e/ Marina y San Juan Apto 1 Pinar del Río 20100 Impresión: Comisión Católica para la Cultura Obispado de Pinar del Río Trimestral Año I No 3 abril-junio / 1998 No se prohibe la reproducción total o parcial por cualquier medio, siempre que confiese que lo leyó en deLIRAS. Cada artículo firmado refleja la opinión del autor, que puede ser compartida o no. revista literaria Romperé los espejos, haré trizas mi imagen. OCTAVIO PAZ E l fervor por los números podría estar asociado con momentos definidores en la historia de las culturas. Asentada sobre los 40 años de suplicio de aquel pueblo elegido, la modernidad prefiere festejar el número 100, nada cabalístico, signo estentóreo de su decadencia, que micro-procesa ya otra civilización: la que arrebata cada nanosegundo al tiempo, la celerísima, voraz cultura del n+1. De ahí la nostalgia por el pasado, acalmado en la memoria: en la Vega de Granada, en Fuente Vaqueros, entre chopos y limonares, nacía Fe- derico del Sagrado Corazón de Jesús. En este 1998 también se cierra la rueda secular de otros ilustres poetas de su generación: Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Rosa Chacel..., pero la apoteósica conme- moración lorquiana, dejará exhausta a toda España y buena parte de las regiones no sólo hispanohablantes. Es el peligro de los grandes festejos: que lo «anecdótico» -contra lo que arremetía el novel Cela en estos días-, lo que -desprotegido del ámbito más íntimo- engorda el mito, atrape la expresión individual hacia un masivo movimiento agotante. Por otro lado, existe un aglutinante cada vez más nítido: el Lorca sin Federico -que diría Jorge Guillén-: la gravedad del símbolo Federico García Lorca, es decir: la libertad de su acto poético y la de- nuncia contra sus asesinos. Esta conmemoración mundial es una advertencia: los que hoy detie- nen cualquier posibilidad de expresión creadora, libre y responsable, lleven o no tricornios negros, son los asesinos de la paz, porque el hom- bre no puede mantener su espíritu amordazado sino que, tarde o tem- prano, se rebela. ¿Cuántos Federicos -que en su raíz germánica serían «príncipes de la paz»- han preferido pegarse al muro blanco y decir el mar sonríe a lo lejos, dientes de espuma, labios de cielo en una ora- ción final que les dé fuerzas? ¿Y cuántos otros han traicionado una lírica canción por llevar unas -para nada naturales- galas de payaso empolvado? La muerte de Octavio Paz también nos sobrecoge con la fuerza de lo simbólico. Cuando es el término sosegado de una existencia autónoma y creadora, coherente, la muerte debería festejarse: es el triunfo de la vida sobre la imagen. .homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje.. Borrador del poema titulado posteriormente OTRO SUEÑO (1919), perteneciente a «Libro de Poemas» con variantes respecto del publ icado. (Col. Casa-Museo Federico García Lorca. Fuente Vaqueros).3 3 3 33 homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje.. ANTONIO TABUCCHI SueÒo de poeta y antifascista U na noche de agosto del 36, en su casa de Granada, Federico García Lorca, poeta y antifascista, tuvo un sue- ño. Soñó que se encontraba en el palco de su teatro am- bulante y que, acompañándose con el piano, cantaba canciones gitanas. Estaba vestido de frac, pero en la cabeza llevaba un sombrero de alas anchas. El público estaba formado por viejas vestidas de negro, con una mantilla en los hombros, que lo escuchaban absortas. Una voz, desde la sala, le pidió una canción, y Federico García Lorca comenzó a interpretarla. Era una canción que hablaba de duelos y naranjales, de pasiones y de muerte. Cuando acabó de cantar, Federico García Lorca se puso en pie y saludó a su público, bajó el telón y sólo entonces se dio cuenta de que detrás del piano no ha- bía bastidores, sino que el teatro se abría hacia un cam- po desierto. Era de noche y había luna. Federico García Lorca miró entre las cortinas del telón y vio que el tea- tro se había quedado vacío como por encanto, la sala estaba completamente desierta y las luces se estaban apagando. En aquel momento escuchó un aullido y des- cubrió detrás de sí un pequeño perro negro que parecía que estuviera esperándolo. Federico García Lorca sin- tió que tenía que seguirlo y dio un paso. El perro, como si fuera una señal convenida, empezó a trotar lenta- mente, abriendo camino. ¿Dónde me llevas, pequeño perro negro?, preguntó Federico García Lorca. El perro aulló doloridamente y Federico García Lorca sintió un escalofrío. Se dio la vuelta y miró hacia atrás, y vio que las paredes de tela y madera de su teatro habían des- aparecido. Sólo quedaba una platea desierta bajo la luna mientras el piano, como si dedos invisibles lo rozaran, continuaba tocando por sí solo una vieja melodía. El campo estaba cortado por un muro. Un largo e inútil blanco tras el cual se veía otro campo. El perro se detu- vo y aulló nuevamente, y también Federico García Lorca se detuvo. Entonces de detrás del muro aparecieron sol- dados que lo rodearon riéndose. Estaban vestidos de oscuro y llevaban tricornios en la cabeza. Sostenían el fusil en una mano y en la otra una botella de vino. Su jefe era un enano monstruoso, con la cabeza llena de protuberancias. Tú eres un traidor, dijo el enano, y no- sotros somos tus verdugos. Federico García Lorca le es- cupió en la cara mientras los soldados lo sujetaban. El enano rió de un modo obsceno y gritó a los soldados que le quitaran los pantalones. Tú eres una mujer, dijo, y las mujeres no deben llevar pantalones, deben permane- cer encerradas entre las paredes de casa y cubrirse la cabeza con una mantilla. A un gesto del enano los solda- dos lo ataron, le quitaron los pantalones y le cubrieron la cabeza con un chal. Asquerosa mujer vestida de hom- bre, dijo el enano, ha llegado la hora de que reces a la Santa Virgen. Federico García Lorca le escupió la cara y el enano se secó riendo. Después sacó del bolsillo la pis- tola y le introdujo el cañón en la boca. Por el campo se escuchaba la melodía del piano. El perro aulló. Federico García Lorca notó un golpe y despertó con sobresalto en su cama. Estaban golpeando la puerta de su casa de Granada con las culatas de los fusiles. (Traducción de C. Gumpert y J. González Rovira) . ANTONIO TABUCCHI. Novelista Italiano.4 4 4 4 4 homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje.. GUILLERMO CABRERA INFANTE L a primavera de 1939 (que era en Cuba verano como siempre: una «estación violenta», como advierte el poeta Paz) Federico García Lorca viajó a La Habana por mar, la única vía posible para llegar a la isla entonces. Por la mis- ma época Hart Crane, poeta americano, homosexual y al- cohólico, viajó de La Habana a Nueva York -y no llegó nun- ca. En medio del viaje se tiró al mar y desapareció para siempre, dejando detrás como cargo un largo poema neo- yorquino y varias virulentas metáforas como testimonio de su escaso paso por la tierra. Lorca estaba en su apogeo. Acababa de terminar Poeta en Nueva York con su esplén- dida «Oda a Walt Whitman» y emprendía la huida de Nue- va York. No voy a comentar aquí el libro lorquiano, que es un largo lamento lúcido, sino que tocaré sólo su coda mu- sical y alegre, ese «Son de negros en Cuba», que transfor- mó la poesía popular cubana y también la visión america- na de Lorca. Al revés de Crane, Lorca viajó de las sombras al sol, de Nueva York a La Habana. Por ese tiempo, aparte de Crane más lamentable que lamentado, visitaron a Cuba escritores y artistas que lue- go tendrían tanto nombre como Lorca. Algunos vivieron en La Habana «con días gratis». Nunca, por suerte o para desgracia, se encontraron con Lorca. Ni en La Habana Vie- ja ni en El Vedado ni en La Víbora o Jesús del Monte, ni en Cayo Hueso ni en San Isidro ni en Nicanor del Campo, que no se llamaba así todavía. Ernest Hemingway vivía en La Habana Vieja, en un hotel cuyo nombre le habría gustado a Lorca, Hotel Ambos Mundos. Allí escribió Hemingway una novela de amor y de muerte, de poco amor y de mucha muerte, cuyo inicio ofrece una vista de una ciudad de sueño y de pesadilla: Ya ustedes saben cómo es La Habana temprano en la mañana, con los mendigos todavía durmiendo recostados a las paredes de los edificios: antes de que los camiones traigan el hielo a los bares. La novela se titula Tener y no tener y es una violencia que Lorca nunca conoció. En todo caso no antes de su final en Granada: Atravesamos la plaza del muelle, dice Hemingway, has- ta el café La Perla de San Francisco a tomar café. No había más que un mendigo despierto en la plaza y estaba bebien- do agua de la fuente. Pero cuando entramos al café y nos sentamos, los tres estaban esperando por nosotros. Es posible que Lorca en 1930 hubiera conocido de vista a uno de esos tres que ahora salían por la puerta, mientras yo los miraba irse. Eran jóvenes y bien parecidos y llevaban buena ropa: ninguno usaba sombrero y se veía que tenían dinero. Hablaban de dinero, en todo caso, y hablaban la clase de inglés que ha- blan los cubanos ricos. Por esa época, en ese país, Lorca debió de vestir así y llevar el pelo envaselinado, aplastado. Moreno, como era, para Hemingway hubiera sido un niño rico cubano y sabría qué le pasaba a un niño rico cubano cuando jugaba juegos de muerte: Cuando salieron los tres por la puerta de la derecha, vi un coche cerrado venir a través de la plaza hacia ellos. Lo primero que ocurrió fue que uno de los cristales se hizo añicos y la bala se estrelló entre las filas de botellas en el muestrario detrás a la derecha. Oí un revólver que hizo pop pop pop y eran las botellas que reventaban contra la pared. Salté detrás de la barra a la izquierda y pude mirar por encima del borde del mostrador. El coche estaba detenido y había dos individuos agachados allí. Uno de ellos tenía una ametralladora y el otro una escopeta recortada. El hom- bre de la ametralladora era negro. El otro llevaba un mono de chofer blanco. Uno de los muchachos le pegó a una goma del coche y como a cosa de diez pies el negro le dio en el vientre... Trataba de ponerse de pie, todavía con su Luger en la mano, lo que no podía era levantar la cabeza, cuando el negro tomó la escopeta que descansaba junto al chofer y le voló un lado de la cabeza a Pancho. ¡Tremendo negro! Lorca no conoció esa terrible violencia cubana ni a esos negros habaneros, esbirros excelentes. Sus negros fueron sonadores del son, reyes de la rumba. Lorca tenía por cos- tumbre recorrer los barrios populares de La Habana, como Jesús María, Paula y San Isidro y se llegaba a veces hasta la plazoleta de Luz, al muelle de Caballería ahí al lado y aún al muelle de la Machina, donde ocurre la acción inicial de Tener y no tener. Pero nunca conoció esa noche obscena que amanecía con los mendigos dormidos y los niños ricos muertos. Aunque al final, como Hemingway, supo lo que era una muerte violenta al amanecer. Otro americano que vino a La Habana en esos primeros años treinta para dejar una estela de arte fue el fotógrafo Walker Evans. Recuer- da Evans: «Desembarqué en La Habana en medio de una revolución». ¡Estos americanos no sé cómo se las arreglan para caer siempre en medio de una revolución en Cuba! Como Evans estuvo en La habana en 1932 y el dictador Machado no cayó hasta 1933 para ser sustituido por Batis- ta meses después, Evans no pudo haber caído en medio de ninguna revolución, excepto las revueltas que da el ron pelión. Pero Evans insiste: «Batista tomaba el poder» y5 5 5 55 homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje.. Evans tomaba Bacardí. «...Yo tuve suerte porque tenía unas cartas de presentación que me llevaron hasta Hemingway. Y lo conocí. Pasé un tiempo estupendo con Hemingway. Una borrachera cada noche». ¿Qué le dije? Es la revolución del ron llamada Cubalibre. Dos de ron y una de Coca-Cola. Agítese. Da para dos. Hemingway se- gún Evans «necesitaba una orientación». Se explica. Ésos son los años inciertos de Tener y no tener, su primera nove- la cubana. Pero Evans sí sabía dónde iba y sus fotos de La Habana son, como «Son de negros en Cuba», un romance gráfico en que los negros de La Habana se revelan como donosos dandies de blanco. Ése es un testimonio que no puedo traerles esta noche, ni siquiera puedo intentar des- cribir estas fotos maestras que ahora pertenecen a los mu- seos. Pero hay un negro de dril cien blanco, de sombrero de pajilla y zapatos recién lustados por el limpiabotas que se ve al fondo. Bien vestido con corbata marrón y pañuelo haciendo juego en la pechera, dandy detenido para siem- pre en una esquina de La Habana Vieja, junto a un estan- co de diarios y revistas, su mirada aguda dirigida hacia un objeto oculto por el marco de la foto que ahora sabemos que es el tiempo, que hace de la fotografía un retrato, una obra de arte, cosa que Tener y no tener nunca fue, nunca será y que ese son sinuoso de Lorca es. Es es es. Pero la Habana no era una ciudad ni tan violenta ni tan lenta. Un contemporáneo de Lorca, el escritor Joseph Hergesheimer, tan americano como Hemingway y como Evans, dice de La Habana en su San Cristóbal de La Ha- bana, uno de los libros de viaje más hermosos que he leí- do: Hay ciertas ciudades, extrañas a primera vista, que que- dan más cerca del corazón que del hogar... Acercándome a La Habana temprano en la mañana... mirando el color verde de plata de la isla que se alza desde el mar, tuve la premonición de que lo que iba a ver sería de singular importancia para mí... Indudablemente el efecto se debe al mar, al cielo y a la hora en que tuvo lugar mi presencia... la costa cubana estaba ahora tan cerca. La Ha- bana tan inminente, que perdí el hilo de mi historia por un nuevo interés. Podía ver, baja contra el filo del agua, una fila de edificios blancos, a esa distancia puramente clási- cos en su implicación. Fue entonces que tuve mi primera premonición sobre la ciudad hacia la que suavemente pro- gresábamos. Iba a encontrar en ella el espíritu clásico no de Grecia sino de un período algo tardío. Era la répli- ca de esas ciudades imaginarias pintadas y graba- das en una rica variedad de cornisas de mármol, dis- puestas directamente hacia el mar calmo. Había ya perceptible en ella un aire de irrealidad que marcaba la costa que vio el embarque hacia Citerea. 1 Nada me habría hecho más feliz que una realización semejan- te. Era precisamente como si un sueño cautivante se hubiera hecho sólido... Oí entonces la voz de La Haba- na. Una voz en staccato, notable porque nunca, según supe luego, se hundía en la calma, sino que cambiaba a la noche para un clamor nada diferente y no menos perturbador... Éstas son visiones poéticas no históricas de La Habana. Pero -un momento- hay una segunda -o tal vez tercera- opinión sobre esta Habana ancien régime. Encontré esta descripción en la Enciclopedia Britá- nica, a veces nuestra contemporánea: Metrópolis capital y comercial y el mayor puerto de Cuba. La ciudad, que es la más grande de las Anti- llas y una de las primeras ciudades tropicales del nuevo mundo, queda en la costa norte de la isla, hacia su extremo occidental. Su situación en una de las mejo- res bahías del hemisferio la hizo comercial y militar- mente importante desde tiempos coloniales y es el mayor factor responsable de su crecimiento constan- te desde los 235 000 habitantes que tenía en 1899 a los 978 000 de 1959. Otros factores que contribuyeron a su crecimiento son su clima salubre y su pintoresca situación y esos alegres entretenimientos que la hicie- ron una vez meca del turismo. La temperatura media anual varía en sólo diez grados Celsius con una me- dia de 24 grados. Aunque muchas mansiones de los barrios residenciales han sido expropiadas, desde un punto de vista físico la vista no es menos impresio- nante. El aspecto de La Habana desde el mar es es- pléndido. Lorca siguiÛ en su vigÌa, en su vigilia (no habrÌa siesta esa tarde), mirando llover solo, viendo organizarse el diluvio delante de sus ojos... 1 El traductor en una nota al pie aclara que Citerea era una isla en el Peloponeso donde se rendía culto a Afrodita. La adoración fue tal que otro nombre para Afrodita fue Citerea. A Afrodita la conocemos sus fieles devotos con el más perturbador nombre de Venus, diosa del amor entre los latinos. (N. del A.)6 6 6 6 6 homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje.. Ésa fue La Habana que vio Lorca. Allí compuso una de sus piezas más espontáneas y libres. En una carta a sus padres en Granada publicada en Madrid hace poco, Lorca habla de sus éxitos como conferenciante, bien reales, y de su riesgo imaginario al presenciar una cacería de caima- nes y participar en ella a sangre fría y a la vez enardecido. Afortunadamente Lorca no era cazador y nos exime del conteo de fieras muertas que habría hecho Hemingway. Tal vez a Lorca le entristecería saber que en esa región de Cuba, la ciénaga de Zapata, donde vio incontables cocodri- los, había circa 1960, apenas treinta años después de su relato, un encierro que era sólo una cerca baja de madera, donde dormía al sol un solo caimán inmóvil, como si estu- viera disecado ya y fuera indiferente a su suerte. Un letre- ro al lado suplicaba al visitante: «Por favor, no tiren pie- dras al saurio». Lorca ve en La Habana, ¿cómo no habría de verlas?, las que él llama «mujeres más hermosas del mundo». Luego hace de la cubana local toda una pobla- ción y dice: «Esta isla tiene más bellezas femeninas de tipo original» y enseguida la celebración se hace explica- ción: «debido a las gotas de sangre negra que llevan todos los cubanos». Lorca llega a insistir: «Cuanto más negro, mejor», que es también la opinión de Walker Evans, fotó- grafo, para quien un negro elegante es la apoteosis del dandy. Finalmente Lorca hace un elogio de la tierra natal: «Esta isla es un paraíso». Para advertir a sus padres: «Si me pierdo que me busquen... en Cuba». La carta termina con una hipérbole extraordinaria: «No olvidéis que en Amé- rica ser poeta es algo más que ser príncipe». Desgraciada- mente no es verdad ahora, tampoco era verdad entonces. No en Cuba al menos. He conocido a poetas pobres, poetas enfermos, poetas perseguidos, poetas presos, poetas mo- ribundos y muertos finalmente. Eran todos tratados no como príncipes sino como parias, como apestados, sufrien- do la lepra de la letra. Tal vez la letra con sangre entra pero con sangre sale seguro. Para Lorca La Habana fue una fiesta y así debía ser. No hay que contaminar su poesía con mi realidad. En su visita a Buenos Aires, Borges acusó a Lorca de un crimen de lesa ligereza. Lorca le dijo al joven Borges que había descubierto un personaje crucial, en el que se cifra- ba el destino de la humanidad entera, un salvador. ¿Su nombre? ¡Mickey Mouse! Es extraño que Borges, con su sentido del humor, no descubriera que detrás de la decla- ración de Lorca no había más que un chiste, esas salidas de un poeta con un sentido común de la vida. A Borges la broma se le hizo bromuro: Lorca quería asombrar, pour épater le Borges. En La Habana por el contrario Lorca de- leitó a sus amigos habaneros, fanáticos del cine mudo, con su pieza «El paseo de Buster Keaton», compuesta sólo hacía dos años. Buster Keaton no es aquí un redentor que trata de volver a Belén en sus segundo viaje. Pero tampoco es el sollozante Mickey Mouse, con sus ojos siempre abiertos, sus guantes de cuatro dedos y sus zapatos de ratón con botas. Mickey es insufrible, Keaton es insuperable. El lema de esta piecesita es «En América hay ruiseñores» que es otra manera de decir que los poetas pueden ser príncipes. Lorca en La Habana, al no querer asombrar a nadie, asom- bró a todos. Un autor anónimo de entonces describe la estancia de Lorca en La Habana como «el agitador ritmo de su exis- tencia habanera, llena de agasajos, de charlas y de home- najes y abrumada por la dulce tiranía de la amistad». Pero Lorca no estuvo solamente en La Habana. Tanto declaró Lorca en La Habana que iría a Santiago, que por poco no va nunca. Hay todavía mucha gente que duda si Lorca fue a Santiago de Cuba de veras. Ésos son los que consideran la poesía como una acción metafórica. Hay que señalar, con un hito de carreteras, que Lorca, después de varias tenta- tivas falsas, fue por fin a Santiago. No en un coche de agua negra ni con la rubia cabeza de Fonseca, pero en Santiago de Cuba se hospedó en el hotel Venus. Lorca era el poeta del amor. Los que duden lean su «Casada infiel». Hay po- cos textos tan eróticos escritos en español. Como poeta Lorca fue una definitiva influencia para la poesía cubana, que después del abandono modernista ini- ciaba una etapa de cierto populismo llamado en el Caribe negrismo. Era una visión de las posibilidades poéticas del negro y sus dialectos un poco ajena, enajenada. Exótica sería la palabra, sólo que exótico en Cuba es una marino escandinavo no un estibador de los muelles. Los mejores poetas de esa generación, que tendrían la edad de Lorca, cultivaban el negrismo como una moda amable y amena, otros eran como Al Jolsons de la poesía: blancos con cara negra. El poema devenía así una suerte de betún. La breve visita de Lorca fue un huracán que venía no del Caribe sino de Granada. Su influencia se extendió por todo el ámbito cubano. Esa clase de poesía estaba hecha para ser recitada, con la boca cantando coplas. Ésa es una de las magias de la poesía (y de esa otra forma de poesía, las letras de canciones) que exige a la vez la lectura silenciosa y el recitado en voz alta y aún soporta la declamación. La poesía entonces es otra música, como quería Verlaine: «De la músique avant toute chose». Lorca en su «Son de negros en Cuba» musita una música exótica que se hace en segui- da familiar. «Iré a Santiago» es efectivamente el estribillo de un son. Como en la Obertura cubana de Gershwin, la música es familiar pero la armonía es exótica. Lorca llegó a La habana por el muelle de la Machina. Hizo el viaje al revés de Crane: venía de las tinieblas a la luz, incluso al deslumbramiento poético. El tiempo que vivió en Nueva York, aunque escribió allí La zapatera pro- digiosa, pieza llena de sol andaluz, también compuso su tenebroso Poeta en Nueva York, que comienza como una premonición, «Asesinado por el cielo» y termina con su «Huida de Nueva York». Casi inmediatamente, en el libro y en la vida, el poeta compone su «Son de negros en Cuba», en que invoca como un sortilegio a la luna: «Cuando llegue la luna llena/ Iré a Santiago de Cuba». Su poema, que tiene la forma poética del son, brota aquí como una flor: natural, espontáneo y excepcionalmente bello. El poeta huye de la civilización a la vida nativa, naturaleza exótica. Casi como Gauguin. Aunque me parece estar oyendo al Shakespeare de «La Tempestad»: La isla está llena de ruidos, Sonidos y aires dulces, que dan deleite y nunca dañan. Lorca ahora quiere completar el bojeo de esa isla: Cantarán los techos de palmera. Iré a Santiago... Iré a Santiago... Con la rubia cabeza de Fonseca Iré a Santiago Y con el rosal de Romeo y Julieta... ¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!7 7 7 77 homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje...homenaje... homenaje... homenaje... homenaje... homenaje.. ¡Oh cintura caliente y gota de madera! ¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco! Hay un son tradicional que canta: Mamá yo quiero saber de dónde son los cantantes... Lorca sabía: esos cantantes, como el son, venían de San- tiago de Cuba. Explicar poemas es tarea de retóricos, pero quiero mostrar cómo Lorca hacía un poema de lo obvio para cubanos que se volvía poesía para todos. Los «techos de palmera» son los techos de los bohíos, vivienda tradi- cional campesina hecha toda con hojas, troncos y fibras de la palma real. Nadie en Cuba llamaría a la palma, palmera, ni siquiera en un poema. «La rubia cabeza de Fonseca», que tanto intrigó a tantos, no pertenece a ninguno de sus amigos cubanos, sino al fabricante de puros de ese nom- bre, cuya cabeza roja aparece en los cromos de su marca. «El rosal de Romeo y Julieta» no es esa espesura donde Romeo da a Julieta aquello que le dio ella al otro día, sino otra marca de habanos. El rosal es de una litografía. «Las semillas secas» son por supuesto las maracas de la orques- ta de son y la «gota de madera» es el instrumento musical habanero llamado claves. Espero no tener que explicar qué es una «cintura caliente». Este poema escrito en La Habana es de una luminosi- dad como sólo se ve en La Habana. Lo atestiguan el frag- mento de Hergesheimer, que es un friso de un edificio tropical y, sobre todo, las fotografías de Walker Evans con sus fruterías al sol, sus mujeres que adornan un patio y las abigarradas fachadas de los cines de barrio que invitan siempre al viaje. En esa época risueña y confiada, ida con el viento de la historia, Lorca se deslumbró con La Habana y deslumbró también a los habaneros, que hace rato que estaban acostumbrados a los fulgores de su ciudad tan capital como un pecado. Hay todavía algunos que recuer- dan a Lorca como si lo estuvieran viendo, viviendo. Uno de estos habaneros es una habanera, Lydia Cabrera, vecina de Miami y decana de los escritores cubanos en el exilio. Ella recuerda tanto a Lorca como Lorca la recordaría a ella, a quien dedicó su memorable «Romance de la casada in- fiel». Lorca, siempre fascinado por los negros, escribió: «a Lydia Cabrera y su negrita». Lydia, que dos días atrás cumplió 86 años, recuerda a Lorca desde el principio. Lo conoció en casa de otro cuba- no, José María Chacón y Calvo, que fue luego instrumento del viaje de Lorca a La Habana. «¡Qué gracia tenía!», dice Lydia. «¡Qué vitalidad de criatura!» hasta que se fue ella de regreso a La Habana veía a Lorca diariamente en ese Madrid que, al revés de La Habana, no se ha perdido sino se ha ganado. Fue Lydia la intermediaria para que Lorca y su gran intérprete Margarita Xirgu se conocieran. Lorca no había escrito entonces más que una obra de teatro, Mariana Pineda, que la Xirgu estrenó. Lorca al celebrar la ocasión dedicó a Lydia el poema que más le gustara. El poema (y tal vez la dedicatoria) escandalizó a uno de los hermanos de Lydia, asustado acaso por toda la imaginería erótica que Lorca despliega desde el primer verso hasta la revela- ción de esta virgen con marido. Ella, Lydia, no se inmutó y todavía es el poema de Lorca que prefiere, Lydia recuerda que, después de cinco minutos de conversación, quedó he- chizada (la palabra es suya, ella que tanto sabe de hechi- zos) con Lorca, a quien llamó siempre Federico. Dice Lydia Cabrera del final de Lorca. «Cuando supe las condiciones trágicas de su muerte, pensé con conster- nación el horror que debió sentir Federico. Él era tan deli- cado y esa muerte tan horrible debió de causarle segun- dos inimaginables de horror. Fue una muerte imperdona- ble. Pensé mucho, muchísimo en él». Todos los que cono- cieron a Lorca en La Habana, y aún los que no lo conocie- ron, lamentaron su muerte. De su asesinato tiene Lezama Lima una curiosa opinión. No es una versión política sino poética de la muerte del poeta: «Lo que mató a Lorca fue la grosería». Críptico más que crítico Lezama añade: «No la política». Ése fue el fin. En el principio Lorca llegó a La Habana y sorprendió a todos desde la presentación: «Soy Federico García». Escoger su primer apellido como su nombre fue objeto de comentarios. Alguien preguntó: «¿Están uste- des verdaderamente seguros de que ese García es Lorca?» Así con tantos García que había en Cuba, desde el general de las guerras de independencia Calixto García hasta los políticos más vulgares, muchos cubanos se sintieron emparentados con Lorca. Vivía en La Habana entonces el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, hombre de sucesivos y sonoros seu- dónimos. Antes se había llamado con su nombre propio, un oscuro Osorio, y luego había sido Ricardo Arenales, Maín Ximénez y finalmente acertó con ese dos veces raro Porfirio Barba Jacob. Todos estos nombres y ese hombre forman un considerable poeta modernista, raza en vías de extinción. Barba Jacob era famoso en La Habana por un verso y un anverso. El escritor declaró en un poema: «En nada creo, en nada» y el hombre era un poeta pederasta. Muy feo, lo llamaban en su cara, por su cara «el hombre que parecía caballo». Barba Jacob añadía a esos inconvenientes para el amor otro más. Le faltaba un diente al frente que se empeñaba en sustituir siempre por un diente postizo hecho de algo- dón o de papel pero no de ceniza, como quieren algunos. Su conversación comenzaba en la tarde en la Acera del Louvre, en el véspero de que habló Hergesheimer, pero según avanzaba la noche aquel diente más blanco que los otros desaparecía para reaparecer llevado por la lengua no a su meta sino a desotra parte de la boca. De pronto Jacob tenía un diente brillando blanco sobre su labio lívi- do o volaba para posarse en la barba de Barba. El poeta creía que su conversación era de veras fascinante, a juzgar por la cara de sus oyentes. Pero la fascinación venía de aquel diente ambulatorio. O mejor, náufrago, marinero de blanco que navegaba en la balsa de su lengua, entre un Caribdis dental y la Escila de su encía. La mención de un marinero, aún metafórico, nos con- duce al gran transporte amoroso de Barba. Se dice que el poeta de la decadencia modernista encontró su marinero cuando, literalmente, «hacía el litoral». Litoralmente am- bos se encontraban en los muelles. El marino, ni corto ni perezoso (en realidad era alto y ágil), se hizo amante del poeta pederasta y pesimista (recuerden, por favor, su di- visa: «En nada creo, en nada») y para colmo pobre. Para su mal era 1930 y cuando se paseaba Barba con su marinero recién pescado, se atravesó en su camino Federico García, que era todo lo contrario del colombiano: graciosamente andaluz y para colmo famoso. Lorca procedió ahora, con todo su encanto y todos sus dientes brillando en su cara morena, a auspiciar al marinero escandinavo que recaló en el trópico. Barba perdió su diente para siempre.Next >