revista literaria año I de LIRAS64 64 64 6464 S U M A R I O l Lección de Paz / Antonio José Ponte............................................ 3 Poesía de Octavio Paz .............................................................. 8 La búsqueda del presente. Discurso ante la Real Academia Sueca / Octavio Paz...................................................................... 13 La historia de una inmediatez / Antonio Piedra.................... 38 Cabeza abajo: pataleteo del ciudadano poeta / Ernesto Ortiz Hernández............................................................... 39 Un «gato» en una pista de hielo / Joaquín Badajoz.............. 40 La intelección de la mirada / Esteban Menéndez................... 44 Una historia sobre la guerra / Yomar González..................... 45 Poetas y Revoluciones: una novela de la entrega / Oscar Llanes Gómez........................................... .......................... 46 Las cartas marcadas de Mario Vargas Llosa / Juan Ramón de la Portilla.................................................................................. 47 Salvador Redonet. Evocación Romántica / Alfredo Galiano............................................................................ 49 Vladimiro Dudinsev/ Convocatorias de la AHS/ Daína Chaviano: Premio Azorín, 1998 / Beca de Creación «Mascara- da»/ Convocatoria al Premio Alfaguara/ En el Jardín: yerbabuena... / Premio Casa de las Américas / Premio Litera- rio Anual VITRAL 1999 .................................................................. 57 homenaje a Antonio Piedra.............................................................................. 18 Juan Carlos Valls.......................................................................... 20 Esteban Menéndez......................................................................... 22 Nelson Castillo.............................................................................. 23 Roberto Caveda............................................................................. 24 Orlando Valdés.............................................................................. 25 Cristy Abréu.................................................................................. 28 Oración y Meditación de la Noche / Ángel Gaztelu................ 30 La gestación de una novela / Philip Kolb............................... 32 El Neofantástico. Claves para leer a Virgilio / Odín Llanes Gómez....................................................................... 481 1 1 1 1 VOCES: josé raúl fraguela esteban menéndez héctor garcía oscar llanes rafael a. bernal alfredo galiano CORO: gleyvis coro montanet josé ángel argudín david horta pimentel dagoberto valdés luis amaury mariela sieres TRAZOS: yenia maría gonzález ILUSTRACIONES: obras de sigfredo ariel DIRECTOR: ernesto ortiz Correspondencia: apartado postal 23 Pinar del Río 20100 Impresión: Comisión Católica para la Cultura Obispado de Pinar del Río Trimestral Año I No 4 julio-septiembre / 1998 No se prohibe la reproducción total o parcial por cualquier medio, siempre que confiese que lo leyó en deLIRAS. Cada artículo firmado refleja la opinión del autor, que puede ser compartida o no. revista literaria Cada hombre que muere es una muerte de Dios. JOS… SARAMAGOJOS… SARAMAGOJOS… SARAMAGOJOS… SARAMAGOJOS… SARAMAGO l enorme proyecto que se propuso este hombre fue estar inmerso en los tres tiempos. Tendría que tratar así con lo que llamó civilizaciones: estilos de vivir y de morir. Claro que, en la disputa de estos instintos, apostó por el que mantiene la conciencia de un destino, de una identidad. Y fue tendien- do puentes entre una letra y otra, entre una geografía y otra, entre culturas. Integra a los estratos precolombinos su ser hispánico, su experiencia orien- tal..., trata con aztecas y anglosajones, se convierte en apátrida: nos recuer- da que hombre es, en su etimología, nacido de la tierra, en cualquier región o minuto terrestre. Funda, dirige, anima varias importantes revis- tas; traduce, innova, experimenta caminos expresivos. Como un nuevo Diderot latino, se atreve no sólo con la poesía y el ensayo, también la músi- ca, el cine, la pintura, el teatro se rinden a su sensibilidad, y su pluma influ- ye en diversas áreas del saber: economía, filosofía, historia, ciencias políti- cas, antropología... Su obra toda es un puente, un gran puente visible. Un puente poético, llameante: pronto descubrí ó diría ó que la defensa de la poesía, menospreciada en nuestro siglo, era inseparable de la defensa de la libertad. Octavio Paz pertenece a esa moderna estirpe de poetas-pensadores que reflexiona sobre el acto de la escritura, sobre la responsabilidad del escri- tor. Antes de los veinte años, Paz no sólo había fundado una revista literaria (Barandal) sino que participa en la revuelta civil antimilitarista encabeza- da por Vasconcelos. Los ricos matices de su vida se cimentaron en la convic- ción de que su obra era una «forma libre del compromiso»: Paz está con los jornaleros del sudeste mejicano; está entre los republicanos españoles del 36; a mediados de siglo la izquierda latinoamericana siente que profanan sus dogmas cuando Paz denuncia los excesos estalinistas; renuncia sonadamente a su cargo de embajador en la India como protesta por la represión de su gobierno a la revuelta estudiantil en la plaza de Tlatelolco, en el 68; condena enérgicamente el cuartelazo del 73, en Chile... Es signifi- cativo que en la segunda semana de octubre del 90 coincidiera la quema de una efigie de Octavio Paz frente a una Embajada yanqui ó por sus opinio- nes sobre la nicaragua sandinista ó con el anuncio de su Premio Nobel de Literatura. Son incidentes — estos y otros — con los que podemos disentir o no, pero que, de todas maneras, están relacionados con su labor literaria. El escritor Octavio Paz quiso estar inmerso en los tres tiempos. Ingenió un laberinto tan perfecto y sutil que la obra era un escándalo: porque — para continuar con Borges — la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Y maravilla la pasión poética conque algunos seres humanos vie- nen al mundo, lo mismo en el antiguo Mixcoac que en un solar de Buena Vista. * + Redonet estaría de acuerdo, o casi. (N. de deLIRAS) Eh m e n a j e Fue un hombre de letras como ya no volveremos a tener, como parecía imposible en su época. Un quijotista, en suma. Quiso ser total y casi pareció conseguirlo. Los tiempos, tiempos de demasiada especialización, estaban en su contra. Pero cuánto abarcó...3 3 3 33 Uno E stá leyendo un libro en casa de sus mayores en Mixcoac, en el jardín. Es un adolescente, en el jardín hay una higuera. Al sur quedan dos volcanes. El libro es El Quijote. Años más tarde lo cobija un árbol de la India, el nim. Bajo ese árbol se casa con Marie-José, en el jardín le ha dicho: “Será difícil que olvidemos las lecciones de este jardín”. El árbol indio, lo mismo que la higuera de Mixcoac, aparecerá en varios de sus poemas, es un poco de vida suya que nos cuenta. Pero sus libros están bastante despojados de sucesos personales e incluso en entrevistas habla muy parcamente de sí. Podríamos conformarnos con el entramado de unas fechas: 1914 para su nacimiento, fechas de publicación de sus libros, el año del Cervantes y el del Nobel. Las fechas, sin embargo, son menos entrañables que la boda en Delhi o la lectura adolescente de El Quijote, imágenes que no parecen tener edad. Procuro otras imágenes, hojeo un grupo de retratos suyos. En la cabeza maciza, maciza como esas cabezas indias colosales que desentierran los arqueólogos en Veracruz, destellan unos ojos claros. A veces tiene aire de indio lo mismo que Darío y Vallejo en algunos retratos. Nunca está solo, lo acompañan. Digo unos nombres al azar: Julio Cortázar, Elizabeth Bishop, Joseph Brodski, Roland Barthes, Rufino Tamayo. Si está solo, está a solas con la ciudad de Delhi, con algún minarete de Estambul, con un valle de California. Miro esas vidas suyas, testimonios de encuentros. Encuentros, imágenes como las de dos jardines de Delhi y Mixcoac. Al leer El Quijote encuentra a la lengua en el altiplano mexicano, a la sombra del nim encuentra a la mujer. Lengua y mujer, qué dos encuentros suyos. Si nos encaminamos hacia sus libros de poemas hallaremos una biografía esencial, monda de avatares pero abundante en fiebres de la lucidez, éxtasis y felicidad, vigilias, desesperanzas, minutos que se abren como frutas, como alas al vuelo, como playas. Poca cosa cronológica, poca materia para una biografía tal como la entendemos. “¿Quién puede concebir una biografía del sol?”, pregunta Baudelaire en unas páginas dedicadas a Théophile Gautier. “Es una historia que, desde que el astro ha dado señales de vida, está llena de monotonía, de luz y de grandeza”, continúa. Octavio Paz se ha convertido en árbol, en un reciente libro de poemas: Árbol adentro. Pensemos la vida de un árbol. Nuestras fechas no lo marcan, lo marca otro tiempo, el del aire y el agua, sol y nieve. No el tiempo miserable de las oficinas. ¿De qué están llenos los días de un árbol? Un pájaro se posa y picotea, es infinitamente recorrido por insectos, largas pausas vacías, lo apedrea un niño, echa su sombra, florece o se desnuda según sea la estación. ¿Con qué llenamos nuestros días? Vivimos en una ciudad, tenemos estos hábitos de la ciudad, son pobres estos hábitos. Creemos que le falta vida a nuestras vidas, repetimos aquello de Rimbaud: “la verdadera vida está en otra parte”. A veces la intentamos: avión, ómnibus, tren, llegamos a otra ciudad que recorremos murmurándonos aquello de Rimbaud. Salimos de una ciudad para entrar a otra, de Guatemala para llegar a Guatemala. Hasta un árbol goza de más vida, nos parece. De árbol a pájaro, de árbol a insecto, a sol, a viento, a niño, a primavera: todo fluye. Octavio Paz vive en México, una ciudad de humo. A pesar de sus indispensables poemas metropolitanos, apartado de la ciudad y de los otros, fluye. A ese fluir lo llamamos poemas. Dos Árbol y pájaro. Árbol, dos puntos, pájaro. Árbol que es pájaro, pájaro que es árbol. De pronto se corresponden estas vidas, la del árbol y el pájaro. Se corresponden en palabras como en un saludo, uno a otro tiende sus letras en prestámo. La palabra árbol le da su be y su ele a la palabra pájaro. Con esas dos consonantes conseguidas, el pájaro se procura más vuelo para sus alas, más aire, más espacio, más levante. A cambio, pierde su pe y su jota que las gana el árbol. Son nuevas consonantes para hundirse en raíz más allá de la línea tipográfica hasta el manto del agua. Pájaro y árbol resultan vidas paralelas cruzadas en el infinito del poema. Todo se corresponde, es la urdimbre infinita de las correspondencias. Un libro de poemas de Octavio Paz intenta siempre acercarse al I Ching, el libro de las muchas entradas, donde se ordenan y se pierden, se tejen y destejen, se anudan y abandonan los trigramas del cielo, de tierra, de agua en el lago, rayo, fuego. Un libro de poemas de Octavio Paz se acerca también a un diccionario, por eso abundan dentro de él los dos puntos tipográficos, signos del definir. Si Borges, señor de los arquetipos, manda sobre enciclopedias, Octavio Paz, señor de las palabras, gobierna encima de los diccionarios. Su escritura es de un manar etimológico, aunque tal vez no el que persiguen los filólogos. Jorge Luis Borges consideraba a la metafísica rama de la literatura fantástica, del mismo modo Paz hace de las ANTONIO JOSÉ PONTE4 4 4 4 4 etimologías zona del poema. Etimologías que no salen del escombrar en los derrumbes del idioma, sino etimologías ficticias fulgurantes: en un principio las palabras pájaro y árbol (arrastro estos ejemplos como se arrastra una hipótesis) significaban lo mismo. Palabras a su origen, a su nacimiento, incluso más allá de la matriz del primer día, a la matriz de silencio de donde vinieron. Tres Cuando hacemos que gire el molinillo de las combinatorias llega a asombrarnos qué cosas tan lejanas pueden corresponderse, admiramos la fatalidad que guarda ese azar que las junta. Aprendemos a perdonar lo desabrido de algunas imágenes obtenidas porque refulgen otras hechas de la chispa que arde cuando arden juntas dos palabras. “Riman constelaciones y escorpiones”, juega Octavio Paz en un poemita. Correspondencia de palabras, no de cosas. O mejor: correspondencia de las cosas mediante sus nombres. Nada evidente, nada lógico permite emparejar a esas dos razas de las constelaciones y los escorpiones. Sus palabras, sus nombres, riman sin embargo, y eso las empareja. El poema es arena, espacio de encuentros, parque. La misma justeza de aquellos dos encuentros que fijamos bajo una higuera y un nim, gobierna el encuentro de las palabras, sus nupcias y choques en el poema. Apariciones imprevisibles muchas veces, el poema es ensayo. Avanza como avanza la mano que escribe un ensayo: dejándole el impulso a las palabras, obedeciendo a un pensar propio de las palabras. Traíllas de palabras abren camino en el paisaje polar de la hoja en blanco. Son los ojitos de perro de las palabras, es su olfato, lo que otea el camino en la nevasca, en lo oscuro del blanco refulgente. La escritura que no conoce su desenlace es ensayo de escritura. El poema se hace a medida que lo vamos leyendo, en el instante en que lo leemos se resuelve. Cada instante de poema es un ápice donde combaten el azar y la fatalidad. Cuatro Octavio Paz ha escrito en un poema: “He aquí que llega la palabra almendra”. Y no es que llegue el tiempo de las almendras, no es que tenga una almendra entre los dedos, no es que la muerda. Si la ha dejado en su boca es sólo para tocarla un poco con la lengua diciendo su hermoso nombre: almendra. Celebra, no el fruto, lo frutal de la palabra. Cuando conversa con su amor le dice: “No hablo contigo: hablo con una palabra. Esa palabra eres tú, esa palabra te lleva de ti misma a ti misma” No una mujer, el pronombre que la llama. El poeta conversa con una palabra, mujer de dos letras y un acento: Tú. El gusto de la almendra o el tacto de la mujer es gusto y tacto de la palabra. Celebra su sabor y su tersura en el sabor que atribuye al nombre almendra, en la tersura que atribuye a la palabra Tú. Alabanza de las cosas a través de sus nombres, júbilo de poeta letrado. Para dar con un júbilo igual entre poetas hispanoamericanos, tendríamos que adelantar tres nombres: José Lezama Lima, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda. Júbilo por la invención en Lezama, lo es por las El poeta conversa con una palabra, mujer de dos letras y un acento: Tú. El gusto de la almendra o el tacto de la mujer es gusto y tacto de la palabra. Celebra su sabor y su tersura en el sabor que atribuye al nombre almendra, en la tersura que atribuye a la palabra Tú.5 5 5 55 ideas en Borges, por las cosas en Neruda, en Paz por las palabras. Lo que encontramos festejado por Neruda se convierte en arquetipo, en idea, a la hora en que leemos a Jorge Luis Borges. Se vuelve nombre, arquetipo de los nominalistas, en los poemas de Octavio Paz. Adelgazamiento de lo material, cambia de uno a otro el costado de la apropiación y lo que no se detiene es la celebración, la poesía. Nadie como Pablo Neruda ha cantado en español las cosas. (Marco alguna excepción: la excepción breve del Joaquín Pasos de Canto de guerra de las cosas). Recuerdo las odas donde canta al alambre de púas, al cráneo, a los calcetines, al caldillo de congrio, a la alcachofa. Si escribí antes que Paz festejaba a la almendra en el nombre almendra, debo escribir ahora que en los poemas nerudianos al caldillo de congrio y a la alcachofa, la lengua se hunde en lo que puede ser el centro comestible de las cosas. Se hunde en beso de enamorado profundo. Su Oda a las cosas dice: “Amo las cosas loca locamente. Me gustan las tenazas, las tijeras, las tazas, las argollas, las soperas, sin hablar, por supuesto, del sombrero” Ese amor lo perdió a veces en cacharrería poética, en rastros de cosas. Su misma facilidad lo engañaba y levantaba a veces un vaso con el mismo empuje que pide el levantar una montaña. (Algo parecido opinó H.G. Wells del último Henry James). Del mismo modo, el amor por la palabra ha llevado a Octavio Paz en ocasiones a la parla de lorito. Pudiéramos también sacar momentos en que el chileno avizora a las cosas por sus nombres, momentos que en su obra no escasean. Uno solo, memorabilísimo, servirá como ejemplo: aquel en el poema quince de amor donde compara a la mujer con la palabra melancolía. Cinco Puestos en la corriente de la poesía hispanoamericana, bien valdría preguntarnos qué distingue a la poesía de Octavio Paz de otras poesías, cuál pueda ser su particularidad. Me gustaría encontrar lo específico de Paz atendiendo a cómo la totalidad de sus poemas se impulsa hacia un único poema hipotético. Preguntémonos entonces qué dice ese hipotético poema, confluencia imaginaria de poemas reales. Vamos a interrogar a la obra poética de Octavio Paz como si ésta la constituyera ese poema solo. ¿Qué nos dice esa pieza? Nos dice la ciudad, las muchas voces que tejen un himno, el diálogo, la conversación, la simultaneidad. La ciudad que es historia y es también nuestra vida. Nuestra vida que no consta en la historia porque es arena tan fina que atraviesa cualquier criba que tiendan, la vida que ni siquiera los historiadores de la vida cotidiana recuperan. Vida que a duras penas la poesía alcanza. El poema es entonces paseo por la ciudad nocturna o insomnio en una habitación. Calles atravesadas por un transeúnte o por la lucidez que da el desvelo. (El poeta es peatón como el Neruda de Walking around o lúcido desvelado como el Borges ciego habitante de un Buenos Aires de memoria. Lo mismo que el poema largo busca ser Como el deseo entre nosotros va de correctivo en correctivo, de promesa en promesa, de futuro a futuro, la lección de estos poemas es lección de espacio —aquí—, y de tiempo — ahora — . Por estos poemas se reconcilia uno con el mundo.6 6 6 6 6 la suma de todos los poemas, quien lo escribe intenta ser todos los poetas). La caminata nocturna o el recuento en vilo barajan estos tópicos: ciudad, mujer, idioma, historia, naturaleza y mito. Caminar es recordar, memorizar, hacer historia, preguntarse qué irá a hacer la historia con este día que vivimos, culpar a otros y culparse a uno mismo en el animal político que es, animal de ciudad. Es la tremenda desesperanza por la civilización que heredamos y seguimos haciendo impunemente. Pero cuando más encarnizado se ha vuelto el insomnio, cuando la calle se perfila en laberinto, la noche se remansa en alba, sueño, mujer, fin de la errancia. El caminante se confía a la mujer: risa escuchada en la habitación de al lado, figura entrevista en el tráfico, voz escuchada en un cruce telefónico, fatalidad y azar de una persona, figura que fluye paralela a nuestro sueño. Para pasar de un ambiente a otro, de la pesadilla al sueño, de la vigilia al sueño, basta una sola palabra como gozne dentro del poema. El poema empezado en el desapego por la historia culmina en poema de amor. Un poema extenso resulta así una suerte de suite de poemas más breves: están el poemita de la ciudad, el poemita de la mano que escribe mientras los ojos la miran desvelados, el poemita palinodia escarmiento por la vida llevada y los errores políticos, el poemita de amor, etc. Esta combinatoria de poemas puede, en ocasiones, llegarnos subrayada mediante disposición tipográfica: Blanco resulta paralelización y simultanear de varios poemas, Homenaje y profanaciones, soneto formado por sonetos... Octavio Paz ha intentado además la combinatoria que, más que barajar poemas, baraja poetas. Junto a otros tres poetas de otras lenguas escribió en París un poema a la manera oriental del renga. Seis Su amor por el poema corto le ha hecho traducir haikús. Si un modelo posible para el poema largo de Paz es el renga, otra forma poética oriental, el haikú (pero también los poemas fragmentarios de la Antología Griega), modela sus poemas breves. Octavio Paz encuentra que nuestra vida verdadera, ésa por la que preguntamos con palabras de Rimbaud, habita en el instante y el instante encarna en el poema. Un segundo en que la felicidad es un relámpago que persiguen amantes y místicos, nos llega a veces inesperadamente. La historia no lo alcanza pues resulta demasiado migaja o demasiado añico para ella. Ese instante sucede fuera de la historia, contra ella, a pesar suyo. Por eso al comienzo, cuando buscábamos hechos para una biografía del poeta, casi no hallábamos ninguno. Es que la biografía de un poeta se resuelve en poemas, a su vez resolución de momentos. Una recomendable política del espíritu sería servir principalmente a esos instantes, prestar obediencia a la soberanía del deseo. Resulta, claro, un tender hacia, una utopía. En un poema de su libro ¿Aguila o sol?, Paz describe islas imaginarias. Tienen un nombre: Eralabán. Apenas se pronuncia ese nombre, el instante centellea, se hace un penacho verde, una piña de luz. En esas islas el lenguaje consiste en producir objetos hermosos y transparentes, y la conversación es intercambio de dones, brote de imágenes cristalizando en actos. Hay, sin embargo, gente melancólica paseándose por sus playas, mirando el horizonte. Son la fisura de Utopía, nos enseñan que es imposible residir plenamente en la gracia. Probablemente el hombre no pueda entronizarse en la magia de la palabra, en la poesía, en el instante. ¡Si el instante lo admite, lo admite para enseguida desalojarlo. Los poemas extensos de Paz aseguran que un hombre es varios, muchos hombres, muchos instantes, renga.7 7 7 77 Probablemente el hombre no pueda entronizarse en la magia de la palabra, en la poesía, en el instante. Si el instante lo admite, lo admite para enseguida desalojarlo. Los poemas extensos de Paz aseguran que un hombre es varios, muchos hombres, muchos instantes, renga. Los poemas breves, por su parte, vienen para decirnos que un hombre es sólo unos pocos momentos privilegiados, haikús. La lección de los poemas de Octavio Paz enseña lo profundo de la vida individual frente a la vida en ciudad, politizada, de todos. Enseña que la vida de todos es vida de nadie. Como el deseo entre nosotros va de correctivo en correctivo, de promesa en promesa, de futuro a futuro, la lección de estos poemas es lección de espacio — aquí — , y de tiempo — ahora — . “Nada me desengaña”, dice un Quevedo que gusta citar Paz, “el mundo me ha hechizado”. Por estos poemas se reconcilia uno con el mundo. A la sombra del árbol de su poesía, podemos repetir lo que una vez dijera Octavio Paz a su esposa: “Será difícil que olvidemos las lecciones de este jardín”. Noviembre de 1992 Siete: EN LA MUERTE DE OCTAVIO PAZ Me enseñaron su apartamento, en un edificio construido por los cincuenta. Era desde la calle, un anodino piso de señor con dinero. Había en la planta baja un restaurante japonés. Yo lo había imaginado en una casa con enorme jardín y árboles de la India, pero él había escrito, quizás en aquel mismo apartamento, que un jardín y un balcón no son lugares. Estuve dentro de la casa de Coyoacán donde radica la revista Vuelta, que él dirigía. Pasamos la garita, el policía y la puerta blindada (todo como advertencia de cuán peligrosas pueden ser algunas opiniones), y entramos a una casa pequeña y a un jardín minúsculo. En el césped alguien había dejado abierta una silla de extensión y, confinándolo todavía a jardines, calculé que a ella vendría a descansar de vez en cuando Octavio Paz. Aunque ya habían publicado su rostro barbudo que le daba aspecto de Ezra Pound en las últimas, y noticias acerca de una operación cardíaca. Así que ya no visitaba aquella redacción. Cené, en otro de mis días mexicanos, con dos o tres escritores que le habían servido, en épocas distintas, como secretarios. Aquel cónclave de divorciados hablaba bien y mal de él y estuvo de acuerdo en que, de visitarlo, él me sometería a una ronda incansable de preguntas. Porque tenía clarísima una ambición: la de saberlo todo. Para acabar con todas estas circunstancias desalentadoras, diré enseguida que no lo vi nunca. Había leído sus libros y la persona me interesaba poco. “Los poetas no tienen biografía”, escribió él al comienzo de su ensayo sobre Fernando Pessoa. Del mismo modo en que desistí de conocerlo, ahora alcanzo a escribir estas palabras en homenaje suyo prescindiendo de mirar sus libros. Puedo declarar entonces una intimidad mayor que la de haberlo visto en una tarde: la intimidad con su obra. Fue un hombre de letras como ya no volveremos a tener, como parecía imposible en su época. Un quijotista, en suma. Quiso ser total y casi pareció conseguirlo. Los tiempos, tiempos de demasiada especialización, estaban en su contra. Pero cuánto abarcó... Para ello tuvo que hacer el ridículo necesariamente, como me aseguran de sus apreciaciones cientifícas en La llama doble. Muchas páginas de un libro tan deslumbrante en su primera lectura como El arco y la lira resultan luego ilegibles. Leídas por primera vez en Paz, luego son de Perogrullo. Pues su destino fue ser comentado, parafraseado, aniquilado en citas. Se hace difícil revisitar todo lo que de historiador, de profesor de literatura, hay en sus libros. Jorge Luis Borges, maestro de la seducción, escribió por eso incompletas historias de las literaturas, caprichosas y excéntricas. A Paz, en cambio, no le aburrió aclararnos qué pudo ser el modernismo, allí donde Borges escapaba por una cita de Lugones o de Herrera y Reissig. Paz resultó menos descreído de la historia, menos oriental, que Borges. Nos trajo mucho del Oriente. Tradujo, con ayuda, a Matsuo Basho y a otros poetas japoneses y chinos. Invocó un Oriente avivado para los contrapuntos con la otra mitad de la tierra y es dable esperar, con el paso de los años, que ese Oriente se descubra tan ficción como cualquier Oriente de los modernistas. (La suntuosidad de una tela al opio puede resultar tan exótica como la tesis de una de las escuelas del budismo). No quiso conformarse con un hemisferio. El Oriente le valió para reencontrar el meollo de la poesía, es decir, cierta eternidad durante el tiempo. Para hacer crítica del entendimiento occidental del tiempo, de la historia. Peleó contra los totalitarismos comunistas y contra la historia, que es el totalitarismo del tiempo. Para esto último se sirvió de múltiples recurrencias al pensamiento mítico, bajo cuyos preceptos importa poco lo que traiga escrito el periódico de cada día. Aunque trató de ser una figura imposible: un asceta suscripto a todos los periódicos. Al Este o al Oeste, ancho como dos hemisferios, estaba tan entrampado como nosotros mismos. Pero más magníficamente, porque fue incansable. Cabe a sus lectores levantar la mirada de algunas de sus páginas para preguntar cómo, bajo qué circunstancias atenuantes, no se volvió loca tanta lucidez. Y entonces cabe, hay que reconocerlo, pensar en que algo de histrionismo, de retórico político arengante, lo salvó. Casi siempre, lo mismo que al tratar con políticos, sus ideas generales resultan menos interesantes que las particulares. No existe nada como un caso para aquilatar a un político. Ramón López Velarde y Marcel Duchamp y Sor Juana Inés de la Cruz y André Breton y Luis Cernuda y el muralismo mexicano, fueron algunos de sus casos notables. Resulta curioso que practicara la totalidad, el virtuosismo de tantos géneros, sin intentar la narrativa. No se hizo novelista, pero al menos algunos de los poemas en prosa de ¿Aguila o sol? consiguen perfectamente ser leídos como cuentos, y uno de ellos — Mi vida con la ola — resulta inolvidable. Sus peores poemas traslucen demasiada premeditación, pero fue un espléndido poeta. El oído, la memoria, y otra instancia mayor aún, el oído de la memoria, se cansarían de dar pruebas de ello. Junio de 1998 . ANTONIO JOSÉ PONTE. (Matanzas, 1966) Ensayista, poeta y guionista cinematográfico.Su último tra- bajo ensayístico, «Un seguidor de Montaigne mira La Habana», ob- tuvo el Premio de la Crítica 1997.Next >