revista literaria de LIRAS abril-junio año IIS U M A R I O l Leonardo Padura / Natasha César.............................................................................. 36 El resplandor mentido de las luces de México / Juan Ramón de La Portilla........................................................... 29 Mercados verdaderos / Luis Manuel Pérez-Boitel................. 31 Benítez Rojo: repetir nuestro caribe / José Prats Sariol.......................................................................... 32 Nueva Poesía Española ......................................................... 24 Para llegar a la maestría. Taller de Creación «Onelio Jorge Cardoso» / Héctor García............................................... Razones para la sinrazón de una poética: Leopoldo María Panero / Walfrido Dorta................................................ Mauricio Calzadilla...................................................................... 13 Asley Mármol............................................................................... 15 Mercedes Santos Moray................................................................ 17 Abel Montero................................................................................ 18 YOSS........................................................................................... 19 Alexánder Hernández Lago........................................................... 21 Judith Morales Montes de Oca...................................................... 22 3 40 Beca de creación «Mascarada»/ Concurso UNEAC 1999/ Premio de Narrativa «América innovadora»/ Taller Nacional de Crítica Mirta Aguirre/ Premio Abdala de Literatura/ IV Encuentro Iberoamericana sobre la vida y obra de Dulce María Loynaz ........................ 501 1 1 1 1 VOCES: josé raúl fraguela esteban menéndez héctor garcía yomar gonzález oscar llanes rafael a. bernal alfredo galiano CORO: gleyvis coro montanet josé ángel argudín david horta pimentel dagoberto valdés luis amaury mariela sieres minerva valle joaquín badajoz pedro luis garcía TRAZOS: yenia maría gonzález ILUSTRACIONES: obras de roberto ramos DIRECTOR: ernesto ortiz Correspondencia: apartado postal 23 Pinar del Río 20100 Impresión: Comisión Católica para la Cultura Obispado de Pinar del Río Trimestral Año II No 7 abril-junio / 1999 No se prohibe la reproducción total o parcial por cualquier medio, siempre que confiese que lo leyó en deLIRAS. Cada artículo firmado refleja la opinión del autor, que puede ser compartida o no. revista literaria El pájaro dijo sólo iiiiii L. M. PANERO E l silencio se dobla como una mujer embarazada. Si los extremos se pegan tenemos una cinta de Moebius: un único rostro mudo. Desde siem- pre se sabe que el silencio es un hervidero de mundos. Letras burbujeantes revientan, se desvanecen sonidos, caen nuevamente a lo que en la som- bra se cuece. La embriaguez del silencio provoca alucinaciones caligráficas: Narciso con gripe oye el reflejo de sus palabras en un lago. El coco no tiene agua no tiene masa no tiene ná, por ejemplo, se llena de una luminosidad bella cuando el torrente que sigue al silencio lo atrapa. Elige «la o como vocal más sonora, junto con la r que mejor prolonga el sonido, significando inexistencia». Y la esparce por emisoras, la pone en la TV todos los días, a la hora en que las amas de casa se predisponen a la hipnotización catódica, la sube a titulares, o la publica en deLIRAS. La O de un sol amarillito infantil en el cielo. Oes como tuberías vistas de fren- te, que nos llevan, fluyendo, al mismo espacio vacío. Hasta que el pájaro diga sólo iiii. Otra vocal. ¡Qué suerte! VITRAL VITRAL VITRAL VITRAL VITRAL EDICIONES EDICIONES EDICIONES EDICIONES EDICIONES EDICIONES EDICIONES EDICIONES EDICIONES EDICIONES LO LO LO LO LO YNAZ YNAZ YNAZ YNAZ YNAZ PRÓXIMAMENTE nuevas ediciones colecciÛn puentes colecciÛn laurel Calle: M·ximo GÛmez N o .160 Ave: Rafael Ferro y Cmte. Pinares. Pinar del RÌo. Cuba . TelÈfono: 23 59 Calle: Maceo N o .211 Esq. Alameda. Pinar del RÌo. Cuba . TelÈfono: (53) 82 4369 Condenados de la hora, pero también de sí mismos, estos personajes medran a un paso de la marginalidad y si aún no han cruzado la línea y permanecen en ese potencial estado que los convierte, más que en seres para la muerte, en seres para la abulia y la nulidad de la existencia, no es poco probable que alguna vez los veamos precipitarse y adquirir fisonomía larvaria, volverse nada, descender al nivel del pordiosero o el mendigo, cual criaturas de Beckett. / J UAN R AMÓN DE LA P ORTILLA CANTARES de NOVO-HEM Gleyvis Coro Montanet poesía Mecanismos, estrategias, funciones, se resemantizan a través de formas concretas vehiculadas no sólo por los signos textuales inmanentes sino por una decodificación de experiencias culturales semejantes en la recepción. Desde las primeras décimas de Cantares de Novo-hem, el “camino a través del espejo” queda abierto al receptor; que cual péndulo de Foucalt oscilará sentido-significado, significado-sentido. / M ARCÍA L OSADA G ARCÍA Al cumplirse 50 años de la primera edición de Al sur de mi garganta, la Comisión Católica para la Cultura de Pinar del Río presenta este facsímil que, al mismo tiempo, recu- pera la memoria histórica junto a la simplicidad y la belle- za propias de lo primigenio.(...) Que esta edición de medio siglo, que intenta renacer de aquella entraña, quede simplemente como un signo de lo otro que no acaba, desbordado y sin el tiempo. Su acontecer está marcado por una pasión y una pre- monición que quizá le lle- guen de ese aliento místico que anima la acción toda del Apostol cubano. O de aque- lla certeza que mana del Cordero pascual: el sacri- ficio como redención. Lo que el poeta se apresura a conjurar es la dicotomía — presente en algunas edades del hombre— entre una particular historicidad y su trascenden- cia; así, el tiempo adquiere todo su dramatismo, su estigma. / E RNESTO O RTIZ H ERNÁNDEZ Les devuelvo mis cosas, LAS PALABRAS... José H. Garrido poesía AL SVR de mi GARGANTA Carilda Oliver Labra poesía Los CONDENADOS Orlando Valdés narrativa3 3 3 33 HÉCTOR GARCÍA QUINTANA Apunta Eckerman, en sus Con- versaciones con Goethe, como en una ocasión, abordando el tema de la literatura de aquel perío- do, Goethe se sintió contraria- do con el espíritu que reinaba en la Alemania de entonces a la hora de abordar y analizar este arte. Advirtió Eckerman en las pa- labras de su maestro el desagrado de que tanto críticos como creadores se preocuparan demasiado por aspec- tos formales, y concluía su desazón expre- sando que si fuese joven entraría a romper intencionalmente con los rígidos patrones de la tradición literaria siempre que tuvie- se algo de veras importante que mostrar a la humanidad. A mi juicio, con apenas ex- presar este desacuerdo, Goethe ha pues- to sobre el tapete uno de los aspectos medulares a la hora de asumir el hecho de la creación artística, acaso el primordial: la necesidad de revelarle algo trascendente y valioso a las generaciones futuras. Claro que existe el divertimento, el placer que reporta la cuartilla terminada o el punto final tras varias páginas de desasosiego e incertidumbre. Pero cuando un escritor se siente, como lo sintió Goethe, cons- ciente de su oficio y comprometido a la vez con el arte literario, nunca deja al margen el poder que se le ofrece de advertir, a través de la palabra, sobre los errores que impiden el buen fun- cionamiento del mundo. Llama la atención, sin embargo, un aspecto que, aún cuando no impide estar de acuerdo con su criterio, sí se advierte a to- das luces: Goethe olvidó algo que a nosotros no se nos puede escapar. Y es que el Goethe que así se expresaba era el ancia- no de lúcido entendimiento y harta consagración literaria, era el ya famoso autor de Fausto, cuya segunda parte escribía en- tonces en plenitud de facultades y con clara noción de lo que es posible o no dentro de la creación literaria. Para él no debía ser ningún desafío romper con técnicas que conocía a la perfección puesto que las había aprendido en su largo bregar por la crea- ción. Tratando de ser más directo: para romper con la tradición hay que estudiarla y conocerla hasta el mínimo detalle. Visto de esta manera se distinguen determinados aspectos que ayudarían a penetrar y entender los entresijos del conoci- miento literario y su fascinante mundo de la creación, sobre todo en lo que concierne al aprendizaje. ¿Cómo se apren- de a conocer la literatura? Leyéndola, sin dudas, pero, ¿y a escribirla? ¿Cómo se puede aprender a crear li- teratura? Aquí se empie- zan a complicar las cosas. No cabe dudas de que un escritor debe ser ante todo un buen lector, pero sólo con la lectura no se garantiza la forma- ción de un escritor. Se podría señalar entonces que debe conocer de téc- nicas literarias. Nada más cierto, aunque exis- ten excelentes conocedo- res de técnica y teoría lite- raria que son inmejorables lectores pero no alcanzan a ser creadores literarios —al menos de ficción. ¿Y entonces qué? La pregunta sería, ¿el escritor nace o se hace? Criterios hay miles. Desde presentar al es- critor como un simple portavoz de la idea di- vina, con su finalidad romántica de embelle- cer la vida, hasta considerarlo formado a tra- vés del esfuerzo diario con un comprometimiento social sartreano, donde el escritor, replegado en sus sentimientos, hace voto de confianza a la libertad de los hom- bres. A mi juicio, y aunque pueda ser ya un lugar común, debe existir una conjugación de varios factores. El escritor comienza con una picazón interna, una especie de bichito que le corroe las entrañas, un don divino o infer- nal que lo obliga a expresar, a través de la palabra, lo que siente inventando situacio- nes, o mejor, ficciones. Decía alguien, quizás un tanto exageradamente, “si puedes vivir sin escribir, no escribas”. Y yo agregaría que es un acto de dolor, un parto que no se espera- ba, donde se ponen en juego imaginación, in- PARA LLEGAR A LA MAESTRÕA... El Taller de CreaciÛn Literaria ìOnelio Jorge Cardosoî4 4 4 44 ventiva y conocimiento universal del creador. Ahora, después de ese toque mágico —en el que generalmente se cuentan historias de for- ma intuitiva— el escritor va conociendo cien- tos de pequeños detalles que por no sabidos han frustrado los mejores intentos literarios. A esa altura nos percatamos que no se pue- den obviar los aspectos formales —léase téc- nicas y teorías— sobre nuestro arte. Enton- ces el toque mágico no se abandona pero se une al compromiso con el arte. Según Sartre, escribir es también “...revelar el mundo y pro- ponerlo como una tarea a la generosidad del lector. Es recurrir a la conciencia del prójimo para hacerse reconocer como esencial a la to- talidad del ser; es querer vivir esta esenciali- dad por personas interpuestas” (J.P. Sartre ¿Qué es la literatura?, La Habana, 1966. pg.114). Cuando un creador de ficciones pasa de la in- tuición al oficio puede llegar algún día a dejar obras maestras como Fausto, La montaña mági- ca o Madame Bovary. Si me preguntaran cómo se aprende mejor el arte literario contestaría sin dudar que, en primer lugar, a través del estudio diario, del análisis y la investigación cotidianos que per- miten conocerlo como un oficio; y en segundo lugar sería de gran utilidad la asistencia de un maestro, entendido no sólo como la perso- na que enseña, sino también como un grupo, escuela o taller literario que logra reunir a varios creadores en torno a una o varias figu- ras. Ejemplos sobran desde la antigüedad, pa- sando por el grupo de Gertrude Stein hasta nuestro narrador más reconocido, Alejo Carpentier, discípulo durante algún tiempo de la escuela surrealista, quien en una entrevis- ta expusiera: “...nada es tan provechoso para un artista joven como sumarse a una escuela, a condición, desde luego, de que los propósi- tos de esta escuela coincidan con sus aspira- ciones profundas. Una escuela significa espí- ritu de equipo, emulación, posibilidad de dis- cutir y comparar lo hecho; también una revis- ta, medios de comunicación, exposiciones: modos de manifestarse libremente. Es exce- lente la posibilidad de trabajar en el seno de una escuela, contribuyendo al auge de sus ideales, a condición de liberarse al cabo de al- gún tiempo, escapando a lo que pronto se transforma en academicismo de nuevo cuño, con sus consiguientes retóricas y lugares co- munes” (Ramón Chao. Palabras en el tiempo de Alejo Carpentier. Arte y literatura. Ciudad Ha- bana, 1985. pg.173) Y hago énfasis en los grupos o escuelas más que en las carreras universitarias afines a la literatura, pues a mi juicio en los primeros to- dos han descubierto su vocación, o al menos su interés, en este arte, todos han sentido la picazón que provoca el don y se han reunido por intereses propios, lo que generalmente no sucede en las segundas. Y es precisamente este tipo de incentivo el que tuvo el Taller de Creación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”, hermosa idea del Escritor y Maestro Eduardo Heras León, quien convocó a dicho encuentro con el auspicio del Ministerio de Cultura, la UNEAC y la fundación HIVOS. Según las propias palabras del autor de Los pasos en la hier- ba, este taller era un viejo anhelo. Para hacer posible dicha materialización ha sido condición sine qua non la conjugación de sus dotes de escritor y profesor, lo que le ha permitido aglu- tinar a muchos que mostraron interés en su proyecto. Para nadie es un secreto la eficacia de Heras León en la formación de varias tradiciones literarias en Cuba; a tal punto que no pocos de los escritores hoy reconocidos, o al menos con una obra decorosa, y determinados promotores culturales han con- tado alguna vez con sus desinteresados servicios y justos cri- terios literarios. Con una impresionante matrícula en su primera convocato- ria (más de cincuenta autores), el taller se extendió más allá de las fronteras capitalinas gracias, sobre todo, al apoyo que recibió desde el Ministerio de Cultura. Proyecto inmenso si se analizan varios factores que mencionaremos y que provocó no pocos recelos, especialmente entre los creadores del interior del país. Aquí ruego me disculpen al hacer uso de mi experien- cia personal porque, aún cuando no dudé en enviar mis tres cuentos a la sede de la UNEAC y de haber tenido el honor y la suerte de haber sido uno de los beneficiados, también llegué a creer, en algún momento, en lo irrealizable de su empresa. El propio Eduardo Heras nos comentó como lo llegaron a tildar de loco al intentar reunir semanalmente, en la Ciudad de La Ha- bana, durante un año, una matrícula como la antes expuesta en medio de la crisis económica que afecta a Cuba. Pues como buen loco al fin siguió adelante en su empeño, y así en los primeros días del mes de julio de 1999, después de un año de duro batallar, se efectuó la clausura del primer curso del Taller de Creación Literaria con la graduación de todos sus integran- tes y la convocatoria abierta para el segundo curso; el sueño de los locos parece continuar. Una valoración mínima del taller podría ser de excelente. La posibilidad de que cincuenta nuevos autores hayamos podido intercambiar y compartir y a la vez contar con los servicios de un profesor como Eduardo Heras León, al cual siempre podre- mos recurrir como maestro y como amigo, haber recibido confe- rencias del escritor uruguayo Eduardo Galeano, de Senel Paz, Raúl Pérez Torres, Graciela Pogolotti, Francisco López Sacha y de ese increíble comunicador que resulta Ambrosio Fornet, po- der valorar la obra de los clásicos, conocer dónde fueron genios y dónde se equivocaron, lo que nos acerca más a ellos, en fin podría llenar cuartillas sobre sus beneficios lo que verdadera- mente resultaría agotador. Sin embargo, no quisiera pasar por alto el principal logro del taller, su objetivo central y, en defini- tiva, su razón de ser. En una de sus conferencias el propio Eduardo Heras nos hizo saber su interés esencial, que se resumía poco más o menos en que dicho taller no se destinaba para enseñar a es- cribir, ni siquiera para enseñar reglas idiomáticas que, supues- tamente, debíamos conocer. En esta primera convocatoria to- dos, aunque jóvenes, cumplíamos la primera ley de un grupo literario; habíamos sido escogidos por los textos previamente enviados a la UNEAC, o sea, ya escribíamos; algunos con cono- cimiento del oficio, otros con el poder intuitivo que precede al conocimiento pleno, pero al fin, todos con el virus por dentro. Su propósito fue, y continuará siendo en los restantes cursos, revelar las herramientas con que trabaja el escritor, demostrar por qué es más efectiva esta escena aquí y aquella descripción allá, o lo que es igual, enseñar las reglas y patrones estableci-5 5 5 55 abril-junio (Pinar del Río, 1970) Narrador. Próximamente sal- drá publicada su novela «El diablo bajo mi piel», por Ediciones Loynaz. HÉCTOR GARCÍA QUINTANA. dos por la tradición literaria para, después de asimiladas, po- der romperlas con conocimiento de causa. Supremo objetivo más que logrado en la práctica. Debo reconocer el avance que expe- rimentamos todos los que tuvimos el honor de asistir a este curso, expresado en la calidad de los textos que se escribieron o perfeccionaron durante el mismo y, por supuesto, en los de- bates de los textos. Fue precisamente en estos debates donde mejor se apreció esta mejoría; los criterios que se expresaban fueron tomando carácter, transmutando la ingenua frase “este párrafo le sobra al texto” en una “clara intromisión del narra- dor”. Y este detalle, a simple vista insignificante es fundamen- to del por qué de la sonrisa de satisfacción de nuestro maestro en el debate final sobre el taller; sonrisa que se repetía en cada uno de nosotros por haber tenido la inmensa dicha de sentir- nos parte de la gran casa de la literatura cubana. Y como tal, alguien ya le insinuaba a Eduardo que nos suspendiera a todos, pues era unánime el deseo de repetir un curso que tanto nos había aportado como profesionales y, sobre todo, como seres humanos. Más que conocernos, convivimos, simpatizamos y tuvimos el inmenso placer de conocer a un ser humano como pocos y que no me perdonaría a mí mismo no mencionar, Ivonne Galeano, compañera de vida y trabajo de Eduardo Heras y coordinadora del taller, ser casi angélico que puso todos sus esfuerzos en la buena consecución del proyecto, lo que, más que organizadora, la convierte en el soplo divino que da vida al taller. No voy a negar que varios detalles podrían perfeccionar el trabajo de este curso, pero detalles al fin, no afectan su objeti- vo central. Sirvan pues estas divagaciones a todos aquellos que creen en la materializa- ción de los sueños, a aquellos que pueden aportar su granito de arena para que este pro- yecto se mantenga durante mucho tiempo y en especial a los noveles escritores que aún dudan de la veracidad y justicia de este taller que, considero, será la cantera fundamental de donde despunten muchos de los escrito- res, críticos y promotores literarios de un fu- turo no muy lejano en nuestro país. A todos ellos recordarle que, aún con estas herramien- tas en las manos, el arte es mucho más que conocimiento y técnica, es soplo divino, tra- bajo y esfuerzo paciente y sacrificado, es, a fin de cuentas, expresado por Goethe “...cosa tan grande y difícil, que para llegar a la maes- tría se requiere toda la vida”.(J.P. Eckerman. Conversaciones con Goethe. Editorial Jackson. Argentina, 1952. pg.124) . Desde que tengo memoria se viene cele- brando el entierro de la literatura; y si no de la literatura, por lo menos del libro; o para decirlo de un modo más general, el entierro de un señor que se llamaba Guttemberg, que se suponía que en paz descansa y que ese asunto de imprimir en papel ya no tiene sen- tido ni destino. Pero de hecho el libro está vivo y coleando, se siguen editando libros en cantidades espumorosas por todas partes y en todo el mundo; y el libro sigue dando mu- cho que ganar, sigue siendo un negocio muy bueno para los señores que se reunen en la Feria de Franckfurt o en otros lugares de en- cuentro donde intercambian títulos y numeritos. O sea, que parece ser un cadáver que goza de buena salud. ConversaciÛn con EDUARDO GALEANO En su reciente visita a nuestro país, invitado para los festejos por el cuarenta aniversario de Casa de Las Américas, el escritor uruguayo Eduardo Galeano tuvo un encuentro íntimo con los miembros del Ta- ller de creación literaria «Onelio Jorge Cardoso», que dirige el chino Heras León. Gracias a algunos poli- zontes de deLIRAS podrá ud. apreciar esta conver- sación en la que el escritor, armado de sus instru- mentos de creación preferidos (léase cigarrillos) y de su fino humor, nos pasea por sus obsesiones litera- rias y culturales. Fueron horas deliciosas que quere- mos compartir con uds.6 6 6 66 los porque no se puede con tanto palabrerío que resuena. Yo creo que la palabra tiene un sentido distinto del que tiene la imagen. Recuerdo cuando era chico, era un gran lector de las novelas de Salgari. En mi infancia inventé, construí, a mi medida, un universo propio, nacido de las palabras de Salgari, de los personajes de Salgari tal como yo los imaginaba: los corsarios de distintos colores, Sandokan, Yañez..., y así me los guardé. Venían de las páginas de un libro, habían pasado por mi imaginación y habían sido guardados por mi memoria. Pasaron los años y vi las versiones que se hicieron en el cine, que no se parecía para nada a las que yo había creado; y las mías eran mucho mejores. O sea, creo que aquel Salgari imaginado por sus lectores, aquel mundo reproducido, poblado por la imagina- ción de cada lector, era mucho más... —como te diría— cariñoso con Salgari que la traducción a la imagen, donde Sandokan iba a tener la cara del actor italiano que lo representaba —con to- dos mis respetos para el actor, no recuerdo quién era—, que convertía a Sandokan en un personaje cualquiera que podía estar ahí navegando por los mares del mundo o vendiendo jabones en alguna villa, daba lo mismo; y eso no se parecía, no podía com- petir, no llegaba ni a la pantorrilla a todo el universo mágico que uno podía crear a partir de las palabras que desataban den- tro de uno, el otro libro. Porque cuando el libro está vivo de verdad —te lo pones a la oreja y te dice cosas, o las llora, o las ríe— desencadena dentro del lector otros libros. Es el lector quien pasa a convertirse en creador a partir de las palabras que dialogan en sus adentros; como si cada palabra fuera un gati- llo, un gatillo disparador de la imaginación, de la memoria, o de toda la inmensa cantidad de fueguitos que cada persona con- tiene y que están ahí, apagados hasta que algo, algo que puede ser una palabra, los enciende. A mí además me conviene que las palabras sigan vivas porque yo vivo de ellas. Hay una predisposición natural..., uno nace para cometer esas maldades; se nace, como nacen los músicos, los jugado- res de fútbol. Y uno va descubriendo para qué nació. A veces se descubre tardísimo en la vida. Recién contaba el caso que una vez me contaron a mí, de un turista norteamericano que llegó a Japón a los 60 años y descubrió que era pintor y japonés, cosas que no sabía que era; y murió siendo pintor japonés. Digo, uno descubre su identidad, o su vocación, o su pasión preferida a lo largo de la vida. Es como el amor, no se busca, se encuentra; te ocurre, en algún momento te ocurre. Y con la literatura pasa lo mismo. Yo terminé por hacerme escritor al cabo de varios fracasos porque quise ser, cuando era chico, jugador de fútbol. Tenía piernas de madera; sólo brillaba con jamás vistos esplendores en los céspedes deportivos durante la noche, mientras dormía. No tuve más remedio que probar con otras cosas y quise empe- zar pintando, dibujando; hasta ahí nada más llegué porque ya vi que iba a ser siempre demasiado hondo el abismo que iba a separar el deseo del mundo, lo que yo podía decir en relación con lo que yo había querido decir. Entonces empecé a probar suerte con las palabras, me enfrenté a las primeras páginas en blanco, me temblaban las rodillas, se me secaba la boca. Han pasado los años; ahora me enfrento con las páginas en blanco, me tiemblan las rodillas, se me seca la boca. Me gusta escribirlas [las narraciones breves, las viñetas] y me gusta leerlas. Me gustan las creaciones literarias que po- nen en práctica ese proverbio inglés que dice: «less is more», menos es más. Ahora, por qué me gustan, no sé; será porque desde chiquito tuve mucha desconfianza de la inflación palabraria, tuve como una intuición de que los males de Améri- Tengo la impresión de que en esto se exa- gera mucho; es verdad que hay cambios tec- nológicos que hacen que haya, sobre todo en estos últimos años, una especie de inclina- ción hacia la imagen en prejuicio de la pala- bra y algo así como una conquista por los me- dios electrónicos de lo que eran antes territo- rios reservados a la palabra impresa. Pero la mayor parte de lo que se transmite por INTERNET (pongamos por caso) está formado por palabras, y esas palabras se imprimen, esas maquinitas tienen otras maquinitas que imprimen lo que a la gente le interesa rete- ner. Recuerdo cuando recién empezaron a promoverse los llamados libros electrónicos, libros para ser leídos por pantalla, hará unos 8 o 10 años. Eran grandes novedades en aquel entonces, pero después han pasado a ser casi normales en las Ferias este tipo de novedad, libro sin hojas. Yo vi lo que se ofrecía; las grandes empresas japonesas, americanas, ale- manas, que estaban compitiendo entre sí para ganar este nuevo mercado que prometía ser tan amplio, tan lucrativo. Y te digo, desde que vi eso dije: para mí que esto no va. Lo lamen- to por ellos, porque pobre gente que son es- tos grandes gigantes del capitalismo mundial que están haciendo inversiones; lo lamento por ellos, pero me parece que esto no va, que estos bichitos electrónicos no van a poder des- plazar al libro. En efecto, de entonces para acá, el libro ha demostrado tener mejores músculos que los que se le atribuían. Porque está compitiendo, y muy bien, sobre todo con las inversiones destinadas a desplazarlo. Evidentemente hay un tipo de relación entre la persona y el libro, una relación física te diría. Pasa por el olor del papel, el rumor de las páginas que se des- lizan, el contacto de la mano con el papel, la posibilidad de guardar al libro, de recogerlo, tenerlo, como si fuera un bichito vivo; y me parece que todo eso se pierde en ese contacto mucho más frígido que uno puede tener con las mismas palabras en otros medios, como puede ser la pantalla. De todos modos lo im- portante es que la palabra sigue teniendo sen- tido y destino contra los profetas que habían augurado que moriría aplastada por la ima- gen. Entonces tampoco importa mucho discu- tir si el libro va a tener forma de libro tal como lo conocemos hoy o si va a tener otra. A mí me gustaría que siguiera siendo libro como es, pero lo importante no es la forma sino el con- tenido. Y lo que hace que el libro esté hoy bien vivo son las palabras que lleva dentro; y si uno se lo pone contra la oreja y siente que el libro respira, gime, grita, conversa, susu- rra, es porque el libro está vivo. Y hay libros buenos, y libros malos, y libros vivos, y libros muertos, y libros que no tienen nada que de- cir —o sea, libros mudos—, y hay libros que tienen tanto que decir que hay que esconder-7 7 7 77 abril-junio ca Latina no correspondían sólo a la inflación monetaria —que es una peste que suele asolar a nuestros países— sino tam- bién la inflación palabraria, que me parecía igualmente peligro- sa. Y esto tenía que ver con lo que leía, pero también con lo que escuchaba, las primeras veces —siendo jovencito— que tuve que escuchar discursos en los banquetes de celebración, en los entierros, discursos terriblemente largos... Los más peligrosos eran estos oradores que empezaban diciendo: “seré breve”, y que después se delataban; ahí revelaban ser perseguidores del punto. Así que el punto a veces es como una pulga, que salta. Entonces el orador la persigue, pero no la encuentra; y el punto sigue saltando. Y pasan las horas, los días, las semanas, los meses y los años, y el discurso sigue... Aprendí por experiencia, sangrando, sufriendo, que era ver- dad lo que decía Don Isaac Pavel, gran maestro del buen decir y que alguna vez escribió que un punto puesto a tiempo, pene- tra el pecho mejor que cualquier acero. Debe ser de esas cosas que me vino la pasión por la escritura breve; que no es escritu- ra fácil, es difícil. Poder decir mucho con poco, es más difícil que decir poco con mucho —lo que sí está claro. Para hacer uno de esos texticos de murundanga de 10 líneas, a veces yo me paso una semana trabajando; hago 20 versiones, 30 versiones, y cada una es la edición corregida y disminuida de la anterior. Como me ocurrió con uno de los textos —lo voy a poner a modo de ejemplo— del segundo tomo de Memoria del Fuego, que inten- ta contar, a partir de unos datos que se ofrecen en un primer texto, cómo era, qué era, qué era lo que pasaba entre una mu- chacha de la alta sociedad argentina y el cura que la había rap- tado. El tercer texto era el fusilamiento de los dos, cuando ca- yeron atrapados por la dictadura y mandados a fusilar por delito de amor, en un lugar que se llamaba, y se llama todavía, “san- tos lugares”. Y yo tenía que hacer, en el medio de los actos iniciales que le proporcionaban al lector información básica para entender más o menos qué era lo que ocurría, y el último texto que muy secamente quería contar el fusilamiento, muy seca- mente, en el medio tenía que haber algo que tuviera que ver con el amor. Entonces, pensé cantar el romance de Camila y Ladislao. Y ahí empecé a escribir páginas y páginas. Por entonces yo tenía un asesor, un hermano mío del alma que después murió. Se llamaba Fernando Rodríguez. Que de intelectual no tenía nada, pero de la vida sabía mucho: había sido camarero de bar, de restauranes, tuberculoso, militante Tupac Amaru de los primeros, la policía lo había tenido preso y muy castigado, muy golpeado, y era un milagro que estuviera vivo, nadie sabía cómo, sólo de hierbas malas que por algo se- guían vivas y eso le decíamos sus amigos, «hierba mala nunca muere», le decíamos para estimularlo; y éste era hierba mala, por lo tanto era sincero, decía lo que pensaba. Le iba leyendo otras versiones más de Camila y Ladislao; y las separaba así con una mueca de desdén y me decía de versión en versión: «todavía hay mucha piedra en la lenteja». Yo fui sacando las piedritas de las lentejas en un tema como el amor, sobre el que se ha escrito tanto y del que es tan difícil decir algo que no haya sido precisamente dicho, centenares o miles, o millones o miles de millones de veces. Y entonces, en el camino del despeje, llegué a una sola frase, que es la que quedó, o sea, de un texto que tuvo originalmente como 18 o 20 páginas, llegué a una sola frase, que era lo que de veras yo sentí que valía la pena decir. La frase decía: «Ellos son dos, por error que la noche corrige». Pensé que allí estaba todo, que no había que agregar más nada, o sea, que esas palabras podían llegar a ser mejores que el silencio, de acuerdo con la lección que me había dado el que fue mi maestro, o uno de mis maes- tros, Juan Carlos Onetti, un gran escritor uruguayo, novelista, narrador, que un día me había dicho que había un proverbio chino que decía: «las únicas pala- bras que merecen existir, son las palabras mejores que el silencio» —como era muy men- tiroso, es casi seguro que el proverbio era de él, que no era chino. Como me dijo una vez Juan Rulfo, que fue otro de mis maestros, el lápiz y la goma [son las herramientas más importantes de un es- critor]; pero mucho más la goma que el lápiz. Yo escribí mucho sobre el miedo. Y sigo es- cribiendo. Creo que el mundo que habitamos está muy infectado de miedo, muy enfermo de miedo y que el miedo reina, está gobernando el mundo, está decidiendo en el mundo. Y son textos que nacen de la realidad como ese [que mencionas] del conejo de indias que yo le abrí la jaula y no salió, se quedó arrinconadito con el pánico de la libertad. Ese nació de la reali- dad, lo que cuenta ocurrió. Yo imaginé algunas historias, publiqué al- gunos libros que tienen cosas así imaginarias —el último fue Las palabras andantes, que con- tiene algunas leyendas convertidas en cuen- tos con entera libertad, donde eché a volar mi imaginación sin ningún límite—; pero al final me gusta más escribir cosas que pasan. Creo que hay mucha electricidad de vida en las co- sas que ocurren en la realidad; yo me siento más cómodo contando eso o tratando de trans- mitir, de contagiar, esa electricidad de vida... Creo que lo que ocurre está muy lleno de ma- gia, que hay una enorme energía de magia en la realidad, escondida en la vida cotidiana, que raras veces se asoma. Y a mí me da mucho placer revelarlas, ayudar a decirlas, a que sea- mos capaces de verlas y oírlas; y respirarlas. Sí cometí, cometí más de una novela... Mi primer libro que se publicó fue una novela tam- bién, se llamaba «Los diez días», y después «La canción de nosotros». No es lo que más me gus- ta, de verdad que no, a pesar de que cometí dos, como te digo. Uno tiene que probar, es como todo en la vida. Bueno, con algunas limi- taciones, están también los que prueban aplas- tando al prójimo con un auto, hundiéndole un cuchillo a algún vecino diciéndole “con permi- so” para ver qué se siente con eso. Es un poco exageradito. Pero en la medida en que uno no perjudica a los demás, uno tiene que probar... probar su libertad, ir probando, ir eligiendo; y en la literatura pasa lo mismo que en cual- quier otro campo de la vida. De modo que yo he intentado cosas, he ido probando y he escrito muchísimo más de lo que he publicado. He quemado mucho, he roto mu- cho, algunas cosas las he guardado y después las he destruido; y he hecho muchos ejerci- cios, probando, probando, buscando. Por ejem- plo, he escrito poemas que todos fueron que- mados, afortunadamente para el género huma-Next >