12 DIRECTOR : ernesto ortiz VOCES : josé raúl fraguela / esteban menéndez / héctor garcía / yomar gonzález / oscar llanes / rafael a. bernal / alfredo galiano TRAZOS : yenia maría gonzález ILUSTRACIONES : obras de jesús carrete AGRADECEMOS la colaboración en este número de: minerva valle / rosa amelia vento / dagoberto valdés / pedro luis garcía / nelson castillo / pedro pablo mejías / brenda pérez /gladys serrat / margarita gálvez CORRESPONDENCIA : máximo gómez 160 e/ave. rafael ferro y cdte. pinares. pinar del río 20100 IMPRESIÓN : comisión católica para la cultura / obispado de pinar del río Trimestral Año II número. 8 julio-septiembre / 2000 No se prohibe la reproducción total o parcial por cualquier medio, siempre que confiese que lo leyó en deLIRAS. Cada artículo firmado refleja la opinión del autor, que puede ser compartida o no. Sé que no desaparecerá como la espiral que delinea un niño con una luz de bengala en la noche. WALT WHITMAN C alcúlese con las manos o con la SHARP, el resultado igual acongoja: deLIRAS estuvo poco más de un año en el chatarrero hiperespacio, El anti-Dorado digital que a ninguna revista que tal título ostente conviene: durmiendo en algunos clústers de un disco duro, sin contacto con el ojo del lector, ni más ni menos que muerta. Algo alivia saber que entre sus antiguos seguidores nació cierta nostalgia, porque con sus errancias, herrumbres y aún herraduras, este espacio ha sido requerido por su necesaria singularidad, aún cuando en los predios la revistería (otra) fluye o pugna. Gracias a los reclamos y deseos de quienes ven en deLIRAS utilidad para el mejoramiento y la virtud, a través de la letra actual, libre y creativa. Y así retomamos hoy nuestra prístina intención, esta vez con algunos cambios en diseño y realización, que ya Usted, caro amigo, habrá notado. Gracias, nuevamente, a quienes nos alen- taron, a quienes se preocuparon, a los que sonaron trompetas para que no dejáramos dormir a este proyecto el dulce sueño que en estas noches de la isla parece embriagarnos tanto y a tantos. S U M A R I O l CIERTOS TANTEOS Cartas, Pasión y Poesía de Enrique Loynaz/ Virgilio López Lemus.............................................3 TINTA FRESCA Rita Geada............................................................7 Carlos Manresa.....................................................8 Jesús Enrique Barrios.........................................10 Ernesto Ortiz.......................................................11 Chet/ Raúl Aguiar..............................................16 Macedonio/ Claro Misael Salcines.....................18 Steven Seagal/ Luis Hugo Valín........................20 PALMA SOLA Canción de mi crepúsculo/ Serafina Núñez.....21 LETRA CORRIDA La salud de varios personajes y un narrador/ Héctor García......................................................22 La salud de los enfermos/ Julio Cortázar.........24 ANAQUELES Meditaciones sobre la cálida matriz de un (p)atio interior con bosque/ Mirta Suquet....................30 Se levanta la veda del «Pato»/ Ismael Gonzáles Castañer.............................................................31 Sobre las relaciones ocultas entre el objeto y la palabra/ Joaquín Badajoz..................................33 El cuerpo astillado (piezas)/ Ernesto Ortiz.......34 PÁGINAS AL VUELO Literatura y Mito/ Günter Grass.......................36 PUPILA ROTA Coloquio En el Jardín.../ I Concurso Internacional de Poesía «Pura del Prado»/ I Concurso Internacional de cuento «Enrique Serpa»/Premio Vitral 2000/ Premios, Becas y Concursos nacionales.............................393 l poeta Enrique Loynaz Muñoz (1904-1966) y el ensayista José María Chacón y Calvo (1892-1969) sostuvieron una correspondencia de carácter amistoso y literario durante muchos años. Se conocieron, según relata Chacón, en la mitad del año 1922 y esa amistad se extendió leal e intensamente hasta la muerte de Enrique. El lapso más interesante de esas cartas comprende desde 1923 hasta 1928 ó 1929. El joven poeta, doce años menor que el ensayista a la sazón ya reconocido en los medios intelectuales cubano-españoles, encontró en Chacón una suerte de alter ego adecuado a su sensibilidad. Por eso la correspondencia revela una relación compleja pero honda- mente afectiva. Adolescente o recién salido de la adolescencia, el más joven poseía una emotividad muy aguzada, un refinado sentido de la poesía y a la par carecía de un dialogante afín, dada la separa- ción paterna del hogar; Enrique Loynaz precisaba de un amigo que fuese culto, comprensivo, paciente, razonador, mayor en edad para propiciar el apoyo de la madurez que él necesitaba; a estas condi- ciones, Chacón y Calvo añadía las de ser un sagaz crítico literario con dotes para la escritura de la poesía; era natural entonces que surgiera entre ellos una amistad apasionada, en la que mediaba el alto sentido de la lealtad, de la caballerosidad y del honor afectivo que ambos poseían. Pronto la simpatía se transformó en afecto y este en confianza. El lazo que los unió estaba determinado por la necesidad de la escritura poética y fue la poesía el elemento común que convirtió la amistad en un menester del espíritu, en un medio eficaz de comuni- cación con el mundo para el aislado joven Loynaz. Por eso no se verá en las cartas equívoco alguno, que, de existir, más bien pudie- ra alojarse en la interpretación de terceros lectores del conjunto epistolar. Pero la palabra “equívoco” sólo se convoca aquí por una infeliz suspicacia de nuestra época, tan dada a los intereses de tipo materiales en las relaciones incluso afectivas; en la etapa cubana en que el joven e inexperto Loynaz se dirige al maduro y receptivo Chacón, los términos amistosos poseían un mayor sentido de la espiritualidad y de la obediencia a las tradiciones. Justamente las cartas de Enrique Loynaz son documentos testimoniales del afecto Enrique VIRGILIO LÓPES LEMUS VIRGILIO López Lemus Poeta, ensayista y crítico cubano. Especialista del Instituto de Literatura y Lingüística. entre dos varones sensibles, rodeados por su época, un tanto inclinados ambos a la sole- dad y a la mirada “pura” sobre las relaciones humanas. La amistad se revestía entonces del grado íntimo, de la confesión exaltada, del complejo sentido del honor, de la belleza del alma y de la confianza en la discreción y lealtad del amigo. En una palabra, del exac- to sentido de la philía, o amor filial en su ver- tiente amistosa. Estas cartas muestran una gran pureza espiritual, denotan la existencia de un joven con tendencias al tormento, de- bido a su peculiar mirada poética de las cir- cunstancias y, sobre todo, dan testimonio de una vida plena de interés, a pesar de la opi- nión propia del emisor. Me refiero a un conjunto de cartas que Chacón y Calvo tenía celosamente guarda- das y que son parte de su archivo personal, atesorado en el Instituto de Literatura y Lin- güística. Estas cartas figuran ya entre los más intensos epistolarios cubanos; con certeza hubieran sido leídas con placer y devoción por el complejo espíritu romántico de Gertrudis Gómez de Avellaneda o por la tam- bién adolescente Juana Borrero, creadoras ambas de dos de los conjuntos de cartas más hermosos de las letras de Cuba. No hay que buscar en las de Enrique Loynaz noticias históricos-sociales o muchos datos del orbe literario, ni siquiera detalles biográficos (Las cartas de Enrique Loynaz Muñoz a José María Chacón y Calvo) 1 Loynaz Cartas, Pasión y Poesía de E4 sensacionalistas; son documentos del hom- bre interior, a lo Amiel, que si algo testimo- nian es precisamente la desgarradura vital de un artista en formación, desinteresado ante la publicidad y el prestigio que se alcan- zan con el renombre y que, finalmente, culti- vará muy poco el arte para el cual estaba ex- cepcionalmente dotado, según se aprecia en la poesía que llegó hasta nuestro tiempo. Muchas veces las cartas de Enrique pare- cen escritas para sí mismo, por el grado de alteridad que para él alcanza el amigo; más que un epistolario, parecieran prosas de dia- rio o de confesionario juvenil. Su valor como documento estético consiste también en la belleza que transmiten y en la forma conven- cional de una prosa que no busca ser leída por muchos, sino que se escribe en la sole- dad y la comunican prístinamente, con un sentido poético que ofrece el pleno valor lite- rario de tales documentos. Añádase el cúmulo de poemas que se encuentran en ellas o ad- juntos, hasta ahora casi todos inéditos, algu- nos de los cuales poseen evidentes calidades como para figurar en el cuerpo poético defi- nitivo del autor, porque van más allá del apun- te o del bosquejo de poema para conformar textos plenos, líricamente valiosos. Tanto las cartas como los poemas gozan de lo que lue- go fue llamado literalidad, pero su valor ma- yor consiste en la humana fraternidad que expresan. Chacón y Calvo mantuvo guardadas es- tas cartas, bajo el pudor de no publicarlas nunca, incluso conociendo su valor, pues no se le podía escapar a él, experto en asuntos literarios, que ese conjunto poseía especial interés como obra estética. Su sentido de la caballerosidad amistosa se mantuvo incluso tras la muerte del poeta, pero conservó las cartas, previendo tal vez que a la larga sal- drían a la luz. ¿Son todas? ¿Habrá otras en el archivo de Chacón en Madrid? ¿Podrían — ya más improbablemente — localizarse las que el propio Chacón le escribió al joven Loynaz? No puede ser categórica ninguna res- puesta, pero en lo que aquí se ofrece debe de estar el cuerpo principal de esa correspon- dencia. Sería magnífico que también un día se edite el diario de Chacón, del mismo ar- chivo institucional, coincidente en fechas con las cartas de Enrique y en el que se comple- menta la otra parte, el destinatario, comen- tarista tanto de las cartas como de la amis- tad y personalidad del amigo. Por su parte, el propio Enrique Loynaz deja definido el con- cepto de amistad que lo une a Chacón: Lo primero que intentaré hacerle ver, es que dentro de la relación consecuen- te a nuestra amistad es preciso que us- ted represente para mí un papel distin- to al que yo represento para usted — esta diferencia es siempre necesaria en la vida de la relación, por eso quiero rogarle que no lea esta parte de mi explicación con excesivo apasionamiento, ni la califique de absurda — .Usted me ve a mí necesariamente distinto a como yo le veo a usted. Y dentro de esa diferenciación establecida, Enrique es más ex- plícito aún, como demarcando los inevitables límites de la relación amistosa y de lo que espera de ella: Emplear los mismos medios de antes, seguir aborreciendo el teléfono — aunque vivimos los dos en el Vedado, como me dice en su carta, cosa que no comprendo muy bien — ; procurar no aparecer demasiado feo ni demasiado afeado, defenderse de la libre expresión de tantos sentimientos que pueden no ser bellos en nosotros, estar — a pesar del trabajo vulgar de cada día, que ahora me empeño en descubrir — enamorado de la literatura, de la amistad en sus formas menos expresivas pero más límpidas, de la epístola — y preferirla al teléfono, siempre — José María. (Epístola, como usted dice.) Quizás el mejor preámbulo de este epistolario, lo escribió el pro- pio José María Chacón y Calvo, en dos ocasiones distanciadas por veinte años. La conocida publicación habanera El Fígaro, incluyó entre sus páginas, en 1923, el primer poema de Enrique Loynaz, que se ha dado en llamar según su primer verso, dada la carencia de títulos de la mayoría de los poemas que él escribía: “Estaba solo en medio de la honda noche”. La presentación del texto se atribuye a Chacón y Calvo y aparece reproducida en el folleto “Homenaje a Enrique Loynaz”, editado en 1987 por el Gran Teatro de La Habana, bajo la gestión de Pedro Simón. Se dice allí: De un poeta muy joven — sólo tiene diez y ocho años — publicamos una poesía muy pura, llena de penetrante sentido interior. El autor vive en medio de un gran silen- cio, ajeno a todo intento literario. Hay en sus versos una inquietud profunda y un misterioso presentimiento. Las palabras tienen cada vez más el valor de los símbolos. ¿De dónde viene a Enrique Loynaz, esa luz lejana y vagarosa que da un matiz tan inconfundible a sus versos virginales? ¿Por qué pensamos tanto en el Oriente más puro, en el Oriente místico, superhumano, al leer esta y otras composiciones de Loynaz? Algún día, al dar una se- lección de este poeta admirable y casi desconocido, estu- diaremos estas notas personales, de tan alto valor estéti- co en la obra de nuestro joven amigo. “Canciones virginales” le llamará Enrique a uno de los conjun- tos de sus versos inéditos alrededor de 1923-1924, quizás usando un calificativo muy similar al de Chacón. La promesa de la edición futura que allí se expresa, la cumplió Chacón enseguida, en 1924, a través de su amigo español Juan Ramón Jiménez, quien publicó en la madrileña revista España un grupo de poemas “loynacianos”, bajo el exigente juicio selectivo del poeta andaluz. Pocos podrían llamar entonces “amigo” al joven apartado de todo trato social y mucho más de las esferas literarias, y pocos, tal vez sólo Chacón, tendrían acceso libre para conocer “esta y otras composiciones”, es decir, poemas de Loynaz. Es Chacón quien, además, fija el término de “místico” que luego aureolará a Enrique, incluso aunque él mis- mo lo rechace, como se comprobará en una de sus cartas. El otro texto, más extenso y sustancial, lo incluye asimismo Simón en el mencionado “Homenaje” del Gran Teatro de La Habana. Está explícitamente firmado por José María Chacón y Calvo en la “Feria del Libro” de La Habana de julio de 1943, y dice: Una noche de diciembre de 1922 tuve un encuentro ex- traordinario. Habíamos dejado la iglesia, después de una ce- remonia nupcial. Había un buen tiempo de luna llena. Se oía muy cerca el suave rumor del mar. Un amigo, que supo man- tener siempre su culto fiel a la poesía en medio de las más hostiles circunstancias, me dijo: voy a presentarte al más joven de los poetas cubanos. Era muy joven, casi era un ado-5 julio-septiembre lescente aquel poeta ensimismado. Pálido, alto, delgado, te- nía un mucho de la imagen tradicional de la poesía. Apenas comenzó a hablar tuve conciencia de lo que significaba aquel encuentro. Estaba en presencia de la pura poesía, de la inma- terial poesía. De prosapia intelectual, dotado de los más variados do- nes de la fortuna, aquel poeta adolescente tenía ya una labor profusa. Sin embargo nunca pareció sentir el deseo de publi- car nada, ni que los demás consideraran su propia obra. Había ido reuniendo los cuadernillos de versos, algunos escritos a los quince años. ¿Para qué publicarlos, si ya habían brotado de nuestro yo más íntimo; si sólo eran como razonaba más tarde su autor en una carta que es un gran documento esté- tico, si sólo eran presentimientos? ¿No era todo esto extraor- dinario? ¿No era algo insólito esta poesía envuelta en un aire de humildad, con un agudo sentido de renunciamiento? No era por el valor de aquellos versos, no era porque revelaban un auténtico estado de poesía. Era la actitud espiritual que implicaban ese desasimiento, este sentido de soledad pro- fundo, este arrebato por las más puras y misteriosas fuerzas interiores, lo que me producía una honda y, en cierto modo, insospechada emoción. Chacón subraya el sentido de renunciamiento que no era sólo propio de Enrique Loynaz, sino que caracterizó a parte de su pro- moción poética, como es el caso del alejamiento de la poesía, por otras causas, de Rubén Martínez Villena (1899-1934), quien alre- dedor de 1933 deja de escribir en versos, poco antes de su muerte; o de Juan Marinello (1898-1977), que tras Liberación (1927) ape- nas si luego escribe otros poemas; o de María Villar Buceta (1899- 1977), de semejante trayectoria tras Unanimismo (1927); o de José Zacarías Tallet (1893-1988), quien vino a publicar su sola La semi- lla estéril en 1951; o de los hermanos del poeta: Carlos Manuel, quien quemó en un ataque de locura todo lo que tenía escrito; Flor, quien ni siquiera se tomó en serio como poetisa, teniendo ese bellí- simo poema, de los mejores de la poesía cubana, que es “Trenino”, y hasta Dulce María Loynaz, que precisó del afán de su esposo Pablo Álvarez de Cañas para que su valiosa obra fuese conocida. Y de muchos otros. No era Enrique Loynaz un solitario en el renun- ciamiento, relativo por cierto, porque alguna ilusión tendría al sa- berse poeta y transcribir sus textos para que nada menos que un crítico literario los atesorara; las motivaciones de la renuncia res- pondían a numerosas causas sociales, propias de la época en que maduran todos como poetas. Llegados a una juventud en que la esperanza y el futuro eran términos un tanto equívocos. Como Chacón manifiesta que su encuentro con Enrique fue en 1922, con ello enmarca el inicio de la correspondencia, cuyas car- tas más antiguas datan de alrededor de ene- ro de 1923. Refiriéndose a esas cartas, dice nada menos que una de ellas es “un valioso documento estético”, con lo que revela clara- mente su conciencia acerca de sus méritos literarios. Aunque él obvia recordar el nom- bre del amigo que los presentó, rememora que era una noche “de luna llena” y que co- noció a Enrique cerca del mar, con plena “conciencia de lo que significaba aquel en- cuentro”. Denomina como poesía “pura” e “inmaterial” a la obra en ciernes del joven Loynaz y justifica la falta de interés del autor por publicarla; no fue Chacón para Enrique lo que Pablo Álvarez de Cañas sería para Dulce María, como impulsor de la creación de la obra y como divulgador y presentador de la persona en los medios intelectuales, pero algo hizo al respecto. Chacón presentó a Enrique como poeta, le ofreció la amistad de Federico García Lorca y de Juan Ramón Jiménez, entre otras per- sonalidades españolas y cubanas, público algunos de sus poemas y los comentó; qui- zás no pudo hacer más, dada la distancia que lo separaba del amigo, ya radicado el crítico en Madrid, justo en los años esencia- les para la formación definitiva del poeta. Chacón y Calvo añade todavía un párrafo rico en datos: Yo me llevé en uno de mis viajes algunos de los cuadernos diminutos. Conversé acerca del poeta desconoci- do con un gran maestro de la poesía y de la amistad. Y Juan Ramón Jiménez dio una selección de aquellos versos en el semanario España, cuando él in- » Chacón y Calvo mantuvo guardadas estas cartas, bajo el pudor de no publicarlas nunca, incluso conociendo su valor, pues no se le podía escapar a él, experto en asuntos literarios, que ese conjunto poseía especial interés como obra estética.6 tervenía en la parte literaria de aquella famosa publicación. Y de esta suerte, Enrique Loynaz Muñoz, casi descono- cido en su patria, poeta que vivía entre nosotros más en la tradición oral que en la tradición escrita, llegó a un gran público. A poco, con una representa- ción muy amplia y varia, se incorporó Loynaz a la vasta antología de Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro La poesía moderna en Cuba (1926). Pero Enrique Loynaz, que tiene unos diez libros inéditos, nunca ha querido publicar ninguno. Ha seguido trabajando. Ni la abogacía, ni las va- rias curiosidades intelectuales, ni el mundo de los negocios, en el que pare- ce tener una habilidad insólita en un poeta, le han apartado del sentido y el sentimiento de su lírica. Sigue vivien- do en el mundo de las puras intuicio- nes, del ensueño, del misterio, de lo inesperado... En la correspondencia hallamos comen- tarios de Enrique a la posibilidad de editar algunos de sus poemas y hasta un libro, pero no hace énfasis en el asunto; parece más interesado en el hecho mismo de la escritura que en la comunicación con terceros (lecto- res). Los originales manuscritos a veces provocan confusión entre las cartas propia- mente dichas y los textos poéticos que inclu- ye en ellas, siendo, a veces, la sola marca dis- tintiva el usted con que se dirige a Chacón y el tú de los poemas. En ocasiones se refiere al envío de poemas que luego no aparecen transcritos o adjuntados.2 La peculiar sintaxis que emplea y muchas veces la carencia de puntuación ortográfica, conceden dificultades . a la transcripción y marcan algunos momentos oscuros de las pro- pias cartas; usa mucho los guiones (—), que en esta edición reduci- mos a los imprescindibles. Pero en su conjunto el epistolario guar- da un sentido unitario. Es natural que se ordene cronológicamente por la secuencia de las fechas, en tanto aquellas que no las poseen, pueden agruparse en segundo conjunto no menos ordenado que el primero, pero quizás de secuencia más discutible. Es muy posible que con los poemas intratextuales de este epistolario, se complete todo lo que nos ha quedado de la obra lírica de Enrique Loynaz, con la que no sería impropio organizar (como en su momento se hizo con la obra poética de René López) el libro que varias veces quedó postergado. Es cierto que para ello quizás se precise de una investigación suplementaria, para llegar a la cer- teza de que no queden muchos poemas sin recuperar y para fijar versiones definitivas. Con los de estas cartas, es indudable que la mayoría ya se ha publicado dispersamente. Claro que el futuro pue- de deparar sorpresas y quién sabe si en algún otro sitio se guarden poemas o hasta un libro completo de los diez que menciona Chacón... Esa cifra aludida permite la duda, pues reuniendo todo lo que hoy se conoce, ni siquiera se nos ofrecería un volumen muy grande. Es posible que esa duda sea magnífica. Sigue Enrique Loynaz envuelto en una nebulosa, en un misterio que, incluso, cooperan al embellecimiento de una personalidad sutil, plena de incógnitas, enigmática. Las cartas, por sí mismas, no lo dejan todo aclarado. Pero para qué tendría que quedar cada cosa en su lugar. El sentido último de una vida, y hasta de una obra poética, no siempre queda resuelto como una fórmula matemática. La poesía no es un teore- ma, o no parece serlo. En las cartas de Enrique Loynaz hay sufi- ciente poesía como para que la curiosidad investigativa en torno a él no cese, pero, sobre todo, para que su orbe sensible y cálido enriquezca nuestra apreciación actual del mundo y de la época en que vivió el joven remitente de Chacón. 1. Prólogo a Desde el Jardín. Compilación, ordenamiento, prólogo y notas de Virgilio López Lemus. Libro inédito en busca de editor. (Formado en el Instituto de Literatura y Lingüística, 1998.) 2. No cabe dudas que nos enfrentamos a un archivo desdichadamente saquea- do, aunque no en lo fundamental, sí en los poemas y quizás en algunas cartas... «El lector encontrará en estos textos, no solo la maestría y rigor que ya caracterizaban la obra de Dulce María Loynaz, sino claves deleitosas que pueden arrojar más luz, y tam- bién más sombras, ¿por qué no?, a la tan tersa y bien tra- mada creación de la poetisa. Desde la sutil titulación del conjunto hasta el rotundo y afirmativo final del último de los poemas, se mantiene una tensión concentrada que en modo alguno rehuye tocar, de forma diversa y varia inten- sidad, los distintos aspectos de su temática –vida confron- tada de la propia autora, transparencia recatada y a veces críptica de su entorno– que en vez de repetirse insiste en su abordaje y comprensión hasta llevarla a una desnudez púdica y a la vez deslumbrante y reveladora» / César López Poemas sin Nombre Dulce María Loynaz poesía Prólogo de César López, Premio Nacional de Literatura 1999 Edición financiada por la Conferencia Episcopal Italiana en colaboración con la Comisión Católica para la Cultura de Pinar del Río. colección LAUREL E D I C I O N E S L O Y N A Z hermanos LOYNAZ7 julio-septiembre MI ISLA EN SOMBRAS Alguien, hace muchos años, siendo yo muy joven, al despedirme de un viaje que creí entonces que sería sólo temporal, me dijo frente al litoral habanero: Eso que ves ahí, míralo bien, impregna de ello tus pupilas, respira hondo y llena tus pulmones, porque jamás, te digo yo que he recorrido tanto, lo volverás a encontrar en ningún lado. A veces, cuando la furia del viento de noviembre me abate y abate la ciudad, presagiando el largo invierno, recuerdo ya tan distante, como en sueños, aquella brisa acariciante y los crepúsculos encendidos jamás luego igualados en sitio alguno. Y pienso cuántos de injusticia, hambre y desesperanza van muriendo en el clima regalado de luz y de colores de mi Isla en sombras. Hoy todo arrasado por el vendaval de la historia. Más siempre dondequiera que voy Cuba me hiere. Rita GEADA OTRA VEZ OTOÑO EN NEW ENGLAND La luz del amarillo y de los ocres junto al fuego de los vinos esplende. Los colores me asedian, me abrazan traspasando los cristales. Festejan mi llegada cuando aún los árboles no lloran sus despojos. Inusitadamente a Nueva Inglaterra he regresado con el inquieto mar aún en las retinas, tras el Congreso en Rutgers y días en Manhattan. El dilatado azul y las palmeras floridanas pronto cederán a esta fiesta de colores cuando ya es otoño en New England. ¡Qué imprevisto gozo, qué vértigo me lleva sobre alfombras rumorosas que a mi paso anuncian ya futuras nostalgias de las ramas! El verdor de los pinos tímido se asoma para instalar luego firme su invernal presencia cuando las doradas hojas cedan al despiadado viento de noviembre. ¿Lloraremos luego tras la alegría de esta eclosión de colores y sus efluvios? Como en la vida misma, tesoro de contrastes, ¿Qué tristeza honda, qué fatal desencanto apagarán el júbilo que ahora por los aires se esparce? CELEBRANDO LA NIEVE Celebremos la nieve en el rito del té saboreando palabras. Celebremos la noche y sus duendes blancos danzando frente al ventanal. Celebremos el júbilo de la nieve esta noche y brindemos con té por el sol de mañana . . . RITA Geada Escritora pinareña. Reside en los EE.UU. Estos poemas pertenecen a su cuaderno «Otoño en New England»8 (al óleo) Contra la noche profunda y azul se tiende, sobre mí, como una manta gruesa, el color del otoño: el otoño naranja. El rostro blanco del fértil otoño da frutos que sonríen. Bajo esas fuentes blandas voy a echarme. Voy a posar mis manos sobre esas colinas de pendientes tan suaves y en ese llano inmenso acostaré mi pecho hasta rozar el límite del bosque. Voy a besar, de un beso mineral, la garganta negra del abismo. Voy a dormirme sobre esa arena tibia, voy a bañarme en el mar transparente que hierve al mediodía. Bajo ese blanco valle, cálido como la leche, voy a echarme. Desde ese bosque firme, tupido y oloroso, entre esas dos columnas de lana y algodón, envuelto en la humedad y el olor del océano, voy a entrar al centro de la tierra, y allí voy a arder. (de Desnudos) MANRESA El ÚNICO TEXTO 1 En verdad nunca he escrito nada. Más que escribir, he pintado con rigurosa sinceridad, y he sido fiel a todo. Creo que la imagen más íntima del ser sólo acude a través de la palabra, y que la imagen de un cuadro tradicional limita, de cierta forma, las posibles imágenes que en él subsisten. La palabra renueva la imagen; cada lectura es un cuadro que nace y muere en el instante mismo en que se realiza para luego resucitar sucesivamente, hasta lo infinito. Sería ingenuo de mi parte querer anular en dos líneas todo un universo pictórico acumulado por siglos, aunque no es menos cierto que lo que un siglo deposita y lega, en su pintura, son sus archivos imaginarios más deslumbrantes, pero archivos al fin, clasificados y cerrados. Una memorización exaltada y detenida contra la que ni el mismo Tiempo prevale- cerá. Toda pintura, en su esencia es retrospectiva, sin embargo la literatura es por esencia proposición de un posible, que sólo puede cambiarse eventualmente en deseo o en voluntad, y el cuadro no propone nada. Con una majestad inmóvil, bloqueada, que la literatura no alcanza, el cuadro figura, invariablemente, como un término 2 . Una nueva pintura, un nuevo arte vendría a re-crear la imagen, pasando bajo las aguas de la poesía, devolviéndole así, para siempre, el ser infinito de imágenes posibles. Re-crear, en fin, por la palabra, la pintura infinita. 1 Este fue el único texto hallado en el atelier del maestro bajo un caos de cuadernos, lápices, tubos de pinturas y lienzos. 2 Julien Gracq. En lisant en écrivant. . . CARLOS Manresa Poeta. Lic. en Lengua Francesa, en la Universidad. Actualmente vive en Camagüey y trabaja en el Centro Provincial del Libro como Especialista Literario.9 julio-septiembre (dibujo a lápiz) Una mujer de delgadez arbórea la tibia redondez, la hojarasca de sus pechos: leche, pulpa, miel, agua clara. (del Cuadernillo de apuntes) (boceto a plumilla) Yo soy lo que ustedes son, lo que serán y no fueron, estoy en donde estuvieron y soy lo que ya no son. Donde estarán yo estaré. Y no cesaré de estar donde quisieran estar. Seré el que siempre seré. Yo soy el ser en el todo y al ser el todo soy nada. Nadie está donde yo estoy. No ceso y no existe el modo de ver al nadie en la nada. Soy el disfraz del que soy. (de Estudios para un autorretrato) (al óleo) I (fragmento) Soy el olmo escondido 1 vengo del agua a la leche y la miel voy hacia fuera camino adentro Soy un árbol sin tierra que el viento lleva y trae como una raíz nómada soy el guerrero de mí mismo de mi propio corazón soy mi enemigo Soy la casa latiendo cimentado de sangre y océano de horcones de la luz voy cubierto de sed Soy la ciudad fortificada la columna de hierro la muralla de bronce el porquerizo soy la piedra al revés el retoño en la encina Nadie me ama y soy feliz Nací al desvelo de la gloria soy el hijo de la estéril soy el novio del otoño y el amante de la nieve y del olor a mar Cada mañana y cada tarde mi cabeza se inclina a saludar la tierra el camino del sol los ojos negros de la medianoche y la clara mirada del mediodía Soy el príncipe del fuego ante un lago de luz tengo mi trono llevo y traigo en las manos la simiente encendida al centro de las casas al caer la noche en la casa del pobre en la del mercader se establece mi sangre para la agricultura ígnea (de Autorretrato del maestro) 1 Los textos que siguen pueden ser leídos como un solo poema o pueden leerse por separado, cada uno en una página, formando capas, como un cuadro al óleo. (al óleo) EI cielo del atardecer. La frente roja del infinito. El fuego sobre la cruz del templo. La ciudad se apaga. El sol como una lámpara votiva ante el portón inmenso de la noche. (de Paisajes urbanos) . . . .Next >