12 DIRECTOR : ernesto ortiz VOCES : josé raúl fraguela / esteban menéndez / héctor garcía / yomar gonzález / oscar llanes / rafael a. bernal / alfredo galiano TRAZOS : yenia maría gonzález ILUSTRACIONES : obras de david santa fe AGRADECEMOS la colaboración en este número de: fray fidel de jesús / rosa amelia vento / pedro pablo arencibia / dagoberto valdés / p. oscar galcerán / julio del llano / pedro pablo mejías / brenda pérez /gladys serrat / margarita gálvez CORRESPONDENCIA : máximo gómez 160 e/ave. rafael ferro y cdte. pinares. pinar del río 20100 IMPRESIÓN : comisión católica para la cultura / obispado de pinar del río Trimestral Año II número. 9 octubre-diciembre / 2000 No se prohibe la reproducción total o parcial por cualquier medio, siempre que confiese que lo leyó en deLIRAS. Cada artículo firmado refleja la opinión del autor, que puede ser compartida o no. S U M A R I O l ESPECIAL Ponte la ropa, Heberto, y baila / Yomar González........................................3 Un poeta grande y angustiado/ Roberto Méndez.....................................................5 Fuera de Juego / El justo tiempo humano (selección) ............................................6-17 Heberto Padilla dentro del contexto de la lírica de los ´60/ Amaury F. Gutiérrez...........7 La Mala Memoria (selección)....................10 TINTA FRESCA Prudencio Salces...............................................18 Samuel Perdomo...........................................20 Amalina Bomnín.........................................21 Alfredo León Barceló....................................22 Tatuajes del Corazón/ Amir Valle.................23 La ruleta rusa/ Agnieska Hernández.............25 PÁGINAS AL VUELO Gao Xingjian. Premio Nobel de Literatura......................27 La montaña del alma...............................30 El Templo...............................................31 ANAQUELES Un autor diabólico /Rafael Bernal Castellanos.........................35 El hombre, la tierra y el hombre / José Raúl Fraguela...................................35 La fiesta del Chivo/ Héctor García .............36 CIERTOS TANTEOS El esencialismo poético en José Ángel Valente /Laura López ...........................................38 PUPILA ROTA III Festival y Coloquio de Música «Nicolás Guillén» / I Encuentro Internacional sobre «Creación y Exilio: Con Cuba en la distancia» / IV Convocatoria Con- curso Literario «Vitral 2001» /V Concurso Gigamesh de Ensayo/ Concurso «Luis Cernuda» de Poesía / X Feria Internacional del Libro de La Habana 2001 ..............................................................45 E se tipo, el poeta, tiene aquí mucho que hacer. Hay que acoger su naturalidad, más bien su excepticismo — ¿una es- pora de su asombro? — ante el milagro, hay que tararear con él, él con su Peet Seeger, con Omara Portuondo aquel y con Cristina Aguilera el otro. Claro que, como en la fiesta de los niños, entre tanto silbido, correrías o pitazos, alguien puede entender que esto es tremenda algarabía, insoporta- ble y, lo que es peor, inaceptable. El poeta tiene aquí mu- cho que hacer, aún a riesgo de parecer un inocente niño, con el gorro cumpleañero ladeado y sin caramelos. Cuando un poeta muere, ¿acaba el juego?, ¿comienza el bai- le? Como aquel otro poeta nuestro, pero con menos hogare- ña connotación, la muerte de Heberto Padilla nos ha deja- do el tiempo, todo el tiempo. Para que meditemos sobre lo pasado, para moldear lo porvenir. Y al presente lamentar que desconozcamos tanto de esa muerte (es decir de su obra, de su vivir, en los que uno se va gastando como una aspirina en un charco o como una tiza). Así, hemos incluído en este número poemas correspondien- tes a sus libros El justo tiempo humano y Fuera de juego, con- sideraciones de tres jóvenes escritores cubanos sobre Padilla, y la suya propia en relación a la muerte de Piñera — de su La mala memoria. Detenidos en esta última, las muy personales reflexiones de P. sobre P. y acerca de otras si- tuaciones y personajes, teje ahora secretas resonancias, umbilica. LLámese Virgilio o Heberto, cuando un poeta muere, nos percatamos de cuán- tas cosas quedan por decir, sueños, anhelos, viajes, resoluciones angustiosas, de aquella voz que no torcieron el demasiado amor ni ciertas cóleras. Quede entonces el justo espacio para Heberto, un sitio para tumbarse y nada más, en paz, entonando su melodía de Pete Seeger. Ya no tendrá temor del tiempo, ansias del tiempo de la calma o el tiempo de la espera; el tiempo ahora es nuestra herencia. .3 octubre-diciembre YOMAR González Domínguez Narrador pinareño.Premio Beca de Creación «Onelio Jorge Cardoso.» Miembro de la AHS. E l momento más grave de mi vida transcurrió mientras leía las 263 páginas de La mala memoria, el día en que cumplí treinta años. Eso ocurrió veinte días después de la muer- te del poeta. Sí, porque Heberto Padilla había muerto el 24 de septiembre, «Temprano en la tarde del domingo», como dijo el parte forense, y yo lo sa- bía. Fue una de esas tardes insalobres en que un amigo te sorprende en ple- na acera centenaria y lo confiesa, no- ticia de primera mano, llamó mi tía para contarme. Sin embargo, testigos pre- senciales aseguran que no hubo deifi- cas señales en el aire recargado de turbonadas, no tocaron fanfarrias, no se vieron guirnaldas, ramas de laurel ni Eratos plañideras, no se abrió el cie- lo, no se hicieron arcoiris, las palmas de Puerta de Golpe no se retorcieron de dolor al recibir la noticia, no salió de su tumba el pintor Arturo Regueiro, con su barba hirsurta y sus manos de guagüero, para recorrer la ciudad en nombre de los años, no leyeron los cables en el noticiero, no se decretó duelo nacional, no se acercó al ataúd el viejo Carpentier, en fin, no ocurrió ninguna de esas cosas que se espe- ran en la muerte de un poeta. Así de insulsa debió ser también la mañana en que escuché de él por primera vez. Estábamos sentados alrededor de una figura difusa y cautivadora cuando al- guien, extraviado por vericuetos de la razón, mencionó el «caso Padilla». Pres- ponte la ropa, HEBERTO y baila YOMAR GONZÁLEZ4 ten atención, no dijo «el poeta Padilla». Quizás por eso relacioné el mencionado caso con la segunda base del equipo In- dustriales. Se quedó Padilla, pensé. Y se- guidamente: no, Padilla no es de los que se quedan. ¿Y entonces? El enterado cru- zó las piernas, bebió la tisana hirviente que nos habían servido, engoló la voz de Gran Sabihondo Provinciano y narró con mucho arte las venturas y desventuras del poeta Heberto Padilla. No perdí un detalle, memoricé cada gesto, frase, imprecisión. A partir de entonces las cosas tomaron otra fisonomía, las palabras tuvieron otro signi- ficado. «Heberto Padilla, uno de los poetas más importantes en lengua castellana de la ac- tualidad, nació en Pinar del Río, Cuba, en 1932», reza en la solapa de La mala memoria, y, a pesar de la evidente exageración, no puedo evitar la repugnancia y los temores. Así, entre encuentro y memorias, recuerdo al amigo que me ofreció el libro. Lo compró mi tío en Uzbequistán, me dijo. Más tarde una mano fantasma, sin mediación de rue- gos ni negociaciones lo roba de mi librero. Es de entender, Fuera de juego no se encuen- tra con facilidad, y hay que ser dichoso has- ta la inverosimilitud para rescatarlo en el último estante de una librería de viejo o para que un tío avispado se decida a usar parte de los kópecks destinados al vodka y com- prarlo en algún brumoso lugar cercano al Lago Aral. Aquel día de mi cumpleaños treinta, bus- qué en la memoria algún rostro de Padilla —el poeta, no la segunda base del equipo Industriales—, de los que se han deslizado en revistas o en los archivos de algún ami- go. Aquel día busqué en mis sueños y, lastimosamente, no recordé un solo verso de memoria. Lastimosamente, repito, encon- tré dos imágenes confusas y corruptas, liga- das y sofocantes, la primera es ésta, conta- da ahora por Manuel Díaz Martínez, un testigo más cercano a la tragedia: «Ese momento lo he registrado como uno de los peores momentos de mi vida. No olvido los gestos de estupor —mientras Padilla habla- ba— de quienes estaban sentados cerca de mí, y mucho menos la sombra de terror que apareció en los rostros de aquellos intelec- tuales cubanos, jóvenes y viejos, cuando Padilla empezó a citar nombres de amigos suyos... que él presentaba como virtuales enemigos de la revolución». Otra imagen, me- nos trágica y más patética, la trajo un amigo que lo visitó en Miami: Padilla aparentemente reñido con la poesía, renuente a discutir asuntos literarios y, sin embargo, demasia- do entusiasmado en alabar el whiskey y co- mentar los avatares de Reinaldo Miravalles, Julito Martínez, Ramoncito Veloz y Mirta Medina en la farándula miamense. Después de finalizada la lectura del libro, pude verlo. Estaba sentado junto a Juan Goytisolo —quien en aquel momento, no entiendo cómo, se redujo a un personaje traído por los pelos, un ente prescindible que bien podía llamarse Juan Pérez— y, desde un ángulo, abarcaba el gentío que se movía alegremente —creo que bebían cervezas sin etiquetas y masticaban jugosos muslos de pollo—, personas que conocía bien, sufridas por mí y sufridas también tres décadas atrás. El gentío reía, masticaba, tarareaba canciones, bebía y criticaba libros, todo a la vez, sin que le tem- blara la voz ni se atragantara. «No saben nada», comentó Heberto en un susurro. «¿Qué?», preguntó Juan. «No tienen la menor idea de nada.» Y era cierto, no tenemos la menor idea de nada. No tengo idea de quienes asistieron a la funeraria Caballero Rivero Woodlawn blandiendo, sin misericordia, largas caras de pésame, no sé si querré visitar el Miami Memorial Park, no podré adivinar qué pensaron los colegas y alumnos de la Universidad de Auburn cuando te vieron reposando, el lunes veinticinco, renuente a po- nerte las ropas y seguir andando. Y es cierto, no tenemos idea de cuántas palabras, cuantos versos, cuantas páginas te fueron arre- batadas. No tenemos la menor idea de nada, poeta. «Ya empezó éste», creo que me dice, «Abyección». Y eso debió ser concluyente porque desaparece en una postal del Kremlin. Reaparece una se- mana más tarde. Estaba acostado cuando irrumpimos en su habi- tación. Entre nosotros había profesores y estudiantes de la Uni- versidad de Auburn; están el Gran Sabihondo Provinciano que, nadie sabe cómo, ha logrado colarse, Eugenio Evtushenko, Alexander Soljenitsin, Robert Lowell, Saint John Perse, Jean Paul Sartre y Albert Camus —los dos últimos se abrazaron con efusivi- dad para sorpresa de sus seguidores. Le dijimos que se hacía tarde, era estrictamente necesario que se pusiera la ropa y si- guiera andando, pero no nos hizo caso. Desde lo alto, en off, una voz retumbó jactándose de haberlo vencido. Se escucharon los primeros acordes de una mazurca tocada con laúd y tumbadoras, damos un rodeo para estropear las matas de tabaco que su abuelo se afana en hacer crecer a pesar de la quiebra, el cuerpo de Heberto se estremece, se levanta, maldice como un Taras Bulba y baila con bríos la mazurca mientras canta. » . Iba a decir que Heberto Padilla acaba de morir en «suelo extraño». Pero para un muerto, ningún suelo es extraño. La muerte vuelve extrañamente fami- liar y patrio, cualquier suelo. Ni la España de Gastón Baquero, ni los Estados Unidos, de Reinaldo Arenas, de Roberto Valero, de Eugenio Florit, de Heberto Padilla, son «suelos extraños.» Por el contrario, la muerte nos reconcilia con todos los suelos, o, mejor, con el suelo. Porque no hay más que uno. Poco importa si en ese suelo hay o no palmas, «las palmas deliciosas», o tediosas, o si cae o no la nieve. FRANCISCO MORÁN5 octubre-diciembre l reciente fallecimiento de Heberto Padilla (1932-2000) ha veni- do a poner fin a una controvertida carrera donde los más han buscado el escándalo político y sólo unos pocos la hondura de creación de quien fuera sin dudas uno de los poetas más notables del siglo XX cubano. Tal pareciera que toda su escritura —previa o poste- rior— debía ser devorada por aquel «caso Padilla», un hecho que se ha empleado para marcar el inicio de la llamada «década gris» en la políti- ca cultural cubana; a la luz de esos días se han leído sus versos, sus relatos y declaraciones, hasta el punto en que pareciera que unas semanas del ya lejano año 1971 eran las únicas significativas en su existencia. Felizmente, las aguas van tomando su nivel y la reciente inclusión del poeta en la antología Las palabras son islas —Panorama de la poesía cubana. Siglo XX— preparada por Jorge Luis Arcos y editada con el sello de Letras Cubanas, es un feliz signo de que a la distancia física del autor no se seguirá respondiendo con el ocultamiento de sus versos. Si se acude al viejo sistema clasificatorio generacional, Padilla de- biera ubicarse en la llamada Generación de los 50, en la nada desde- ñable compañía de César López, Pablo Armando Fernández, Manuel Díaz Martínez y Antón Arrufat, entre otros. Sin embargo, es preciso notar de que aparte de su juvenil cuaderno Las rosas audaces (1948), ningún libro suyo aparece en la sexta década del siglo y además, la compilación que demuestra el arribo a la madurez literaria: El justo tiempo humano, sólo aparece en 1965 y es considerado por la mayoría su primer y decisivo libro, coetáneo por tanto con los volúmenes emblemáticos de la generación siguiente: Cabeza de zanahoria (1967) de Luis Rogelio Nogueras, Casa que no existía (1967) de Lina de Feria y Papel de hombre (1969) de Raúl Rivero. De todos modos, hay que decir que Heberto comparte con sus co- etáneos, los que estuvieron marcados por la poética de aquel Ciclón desatado por José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera, la irreverencia ha- cia los autores que se habían agrupado en torno a la recién extinta revista Orígenes, el interés hacia la poe- sía inglesa y norteamericana, especial- mente hacia autores «malditos» desde Blake hasta Dylan Thomas, la apertura hacia un lenguaje más directo y coloquial que le permite traducir una visión hon- damente cuestionadora de la realidad. En este mismo sentido, los escritores que encontraron una década después su espacio tutelar en las páginas de El Cai- mán Barbudo, consideraron muy familiar la llaneza de sus versos, en los que la poesía no brotaba del ornamento super- puesto sino desde la propia entraña del asunto. Así sucede con uno de sus poe- mas mayores, «Dones»: ¿Qué sentías en el apartamiento de Hyde Park, lanzado sobre unos labios de tu raza? Un grito te despertaba a medianoche frente a sus ojos que no te podían mirar, que no te podían medir, ni adivinar, ni penetrar, inexpresivos y totales. Leída hoy, con menos apasionamien- to circunstancial, pero con el inevitable fervor, la escritura de Heberto revela una enorme capacidad para la reflexión me- tafísica sin que el verbo se encartone, lo más hondo se dice en ella con una sinceridad tal que parece despreocupa- ción. Sus obsesiones esenciales: la so- ledad del hombre, la angustia existencial aumentada por una feroz e invisible ame- naza externa, el goce de la existencia siempre al borde de la crisis, como una especie de carpe diem, más la apropia- ción de toda la cultura occidental que es releída como propia, con lo que se des- truyen las fronteras entre lo universal y un POETA grande y angustiado ROBERTO MÉNDEZ E ROBERTO Méndez Poeta y ensayista cubano. Un extraño nexo de poesía une a Borges y a Lezama con Padilla (aunque los dos cubanos no se amaban mucho ni poco) y este lazo se llama Quevedo, español que esgrimía la pluma como una espada y albricias versa. CABRERA INFANTE »6 lo local. Así cuando el poeta habla de la infancia de William Blake, habla de sí mismo: Es la noche. Ya nadie llama. Pero a través de la ventana cerrada él oye crujir la vaina de aquel árbol, y es como si alguien golpeara. Su más secreto juego se ha llenado de astucia. El ve, desconsolado, en la negra llanura, el humo de las casas que arden de noche, y el paso de las bestias contra el fuego. No abras la puerta. No llames. Su volumen Fuera del juego (1968), comentado sobre todo por la polémica que suscitara su premiación y edición por la UNEAC, fue leído a hurtadillas, buscando aquellas páginas en las que había referencias a la represión de Stalin o comentarios nada piadosos sobre aspectos de la realidad inmediata cubana. Lo que no se veía entonces era la estricta coherencia del autor con su poética, tanto la implícita como esa que él mismo había explicitado: Dí la verdad. Dí, al menos, tu verdad. Y después deja que cualquier cosa ocurra: que te rompan la página querida, que te tumben a pedradas la puerta, que la gente se amontone delante de tu cuerpo como si fueras un prodigio o un muerto. Es cierto, Heberto Padilla nos ha dejado una poesía que pare- ce escrita por un «enfant terrible» o como él hubiera preferido, por un «angry young man» británico, pero lo esencial no es esto, sino que logró momentos de esencial altura lírica más valiosos que sus reales o falsas «provocaciones». Pasaron aquellas décadas en las que los entonces jóvenes poetas leían sus libros cubiertos con un espeso forro «por si acaso» y ha de pasar la más reciente, en la que los novísimos le tuvieron por alguien neblinoso y dis- tante. Por muchos años fue un mito, ahora se le debe repasar y estudiar como lo que es: un poeta grande y angustiado, que tiene ya su lugar en la literatura cubana. . FUERA DE JUEGO A Yannis Ritzos, en una cárcel de Grecia ¡Al poeta, despídanlo! Ese no tiene aquí nada que hacer. No entra en el juego. No se entusiasma. No pone en claro su mensaje. No repara siquiera en los milagros. Se pasa el día entero cavilando. Encuentra siempre algo que objetar. A ese tipo, despídanlo! Echen a un lado al aguafiestas, a ese malhumorado del verano, con gafas negras bajo el sol que nace. Siempre le sedujeron las andanzas y las bellas catástrofes del tiempo sin Historia. Es incluso anticuado. Sólo le gusta el viejo Armstrong. Tararea, a lo sumo, una canción de Pete Seeger. Canta, entre dientes, La Guantanamera. Pero no hay quien lo haga abrir la boca, pero no hay quien lo haga sonreír cada vez que comienza el espectáculo y brincan los payasos por la escena; cuando las cacatúas confunden el amor con el terror y está crujiendo el escenario y truenan los metales y los cueros y todo el mundo salta, se inclina, retrocede, sonríe, abre la boca pues sí, claro que sí por supuesto que sí... y bailan todos bien, bailan bonito, como les piden que sea el baile. A ese tipo, despídanlo! Ese no tiene aquí nada que hacer. poesía heberto poesía heberto poesía heberto poesía heberto poesía . » En 1995 conocí al poeta en Berlín, era un hombre cansado, pero luchaba por mostrar vivaci- dad, nos abrazamos e incluso bromeó con su situa- ción de conferenciante itinerante. ZOÉ VALDÉS » Fuera de Juego es un libro clásico, pero to- davía la gente no lo sabe en su totalidad. BELKIS CUZA MALÉ7 octubre-diciembre lgún acontecimiento coyuntural nos hace, a veces, volver sobre la historia reciente. En ocasiones como esta, es per- fectamente válido hurgar en el pasado para buscar lo que pueda ser un logro dentro de una tendencia determinada. Al men- cionar a Padilla nos viene a la memoria siempre como una de las figuras literarias más controvertidas de los últimos cuarenta años y que es, sin dudas, hijo de un momento y unos sucesos muy llevados y traídos. Si buscamos dentro del corpus de los poemarios aparecidos entre 1959 y 1969, encontraremos, como es lógico en un momento de efervescencia política y social, una enorme cantidad de textos circunstanciales. Esta poesía pasa, claro está, la prueba del tiem- po, porque se trata de una estética de moda y aquella otra, preocu- pada por una trascendencia. Detrás de los criterios taxonómicos que ha seguido la historiografía literaria cubana, parece estar latente un descuido sistemático por la poesía apegada a lo trascendente. Recordemos, por ejemplo, la conocida antología La generación de los años 501que propone una reflexión sobre un interesante e inédito tema de nues- tra historia literaria. ¿Qué quedó de la poesía de los cincuenta en los sesenta? Responder a esta interrogante nos deja dos leccio- nes fundamentales. Los intentos de hacer una poesía trascenden- te quedaron frustrados o soslayados por el protagonismo que alcanzó la poesía de circunstancia a partir de 1959. Estos inten- tos se agruparon en tres líneas fundamentales que se venían de- sarrollando desde los cuarenta dentro del número mayoritario de creyentes reunidos alrededor de Orígenes y algún otro poeta cerca- no estéticamente a ellos como Aldo Menéndez, por ejemplo, den- tro de los cincuenta en los poetas antologados por Samuel Feijóo en Camagüey2 y que pertenecían a los grupos Los Nuevos y Tiempo Nuevo, dentro de los escritores pertenecientes a Ciclón y, por último, dentro de aquellos afiliados a Nuestro Tiempo. Se definen dos líneas fundamentales en los cincuenta: una cercana a lo trascendente y otra próxima a lo social pero, sin dudas, esta últi- ma tuvo en estos años un menor impacto. La ruptura temática de esta poesía en el año 1959 fue notable, basta revisar los poemarios editados durante los cincuenta; se HEBERTO PADILLA dentro del contexto de la lírica de los sesenta AMAURI FRANCISCO GUTIÉRREZ COTO AMAURI FRANCISCO Gutiérrez Coto Seminarista. Graduado de Filología, en la especiali- dad de Lingüística. A EL JUSTO TIEMPO HUMANO ¡Mira la vida al aire libre! Los hombres remontan los caminos recuperados y canta el que sangraba. Tú, soñador de dura pupila, rompe ya esa guarida de astucias y terrores. Por el amor de tu pueblo, ¡despierta! El justo tiempo humano va a nacer. poesía heberto poesía heberto .8 puede apreciar más claramente en la antología Poesía joven de Cuba 3 . Después de 1959 dos tendencias estéticas se definieron nítidamente: la de Lezama y la de Guillén, este último con una poesía de preocupaciones sociales y el primero con una poesía de pretensiones teocéntricas. Como vemos, si bien la estética que protagonizó esta década del sesenta fue la de la poesía social, no desapareció una línea de creación que tuvo un eco muy significativo en la poesía de los ochenta. En los sesenta, no se puede decir que toda la poesía fue de circunstancia pero lo que sí es indudable es que la historiografía literaria cubana la ignoró y que no fue la estética hegemónica en esos años. En este contexto aparece Lunes de Revolución, una de las publicaciones literarias más importantes dentro los últimos cuarenta años. Allí se reunió todo un grupo de escritores disi- dentes del origenismo que hizo de ese suplemento una trinche- ra para seguir atacando a la línea lezamiana. La preocupación social pasó a ocupar un lugar protagónico. Algunos poetas que tenían una voz lírica más cercana a lo trascendente radicalizaron su poética hacia lo social, no hay más que ver a Baragaño o Escardó. Esta tendencia dominante tocó de alguna manera u otra a todos los escritores del momento, aunque algunos solo se alejaron tímidamente. Esos que mantuvieron su poesía lo suficientemente distanciada de lo social reducido a circunstan- cia son los que trazaron las líneas de continuidad con la poesía de los ochenta a lo Delfín Prats o Raúl Hernández Novás. Los criterios historiográficos para segmentar el corpus de la poesía de los cincuenta, sesenta y setenta han sido muy criti- cado. Recuerdo la mesa redonda que se organizara en la Escue- la de Artes y Letras de la Universidad de la Habana hace algu- nos años sobre el tema al que fueron invitados Antón Arrufat, César López, Pablo Armando Fernández y Mirta Pernas. En ella aparecieron otros criterios de valoración de esta poesía muy diferentes de los antologadores y el prologuista de La generación de los años 50. ¿Cuánto falta todavía para que a este grupo de poetas y a los ausentes de él se les valore objetivamente como un conjunto? ¿Cómo romper con el silencio y el olvido? ¿Qué es lo rescatable de toda aquella poesía reducida a la circunstancia de un proceso histórico? Dentro de los poetas que publican en los sesenta están Antón Arrufat, César López, Belkis Cuza, Roberto Friol, Lina de Feria y, obviamente, Heberto Padilla. Estos poetas no tuvieron un protagonismo dentro de la crítica literaria de los sesenta y los setenta. Dentro de ellos se mantuvo viva la tendencia trascen- dente y se proyectó a los ochenta. El caso de Roberto Friol es quizás el más atípico dentro de los poetas que aparecen en la escena cultural de los sesenta. A pesar de que sus poemas aparecen con anterioridad a 1959, no es hasta 1968 en que se publican reunidos en libro. De ellos solo Arrufat y López son antologados en La generación de los años 50, pero ellos pueden ser incluidos dentro de los que podríamos llamar los poetas del silencio en los setenta. Los esposos Cuza y Padilla abandonan el país, Antón Arrufat después de Los siete contra Tebas 4 está muchos años sin publicar, César López no publica un poemario desde 1971 hasta 1989 y Friol también está algún tiempo sin publicar. En el caso específico de Padilla, en lo que podríamos llamar su etapa en Cuba, publica cuatro poemarios: Las rosas auda- ces5, El justo tiempo humano6, La hora7 y Fuera de juego8. De todos ellos quizás el segundo es el más próximo a una poesía de tras- cendencia. Es, quizás el más interesante, en mi opinión al me- nos, porque ahí podemos hallar ecos de una poesía muy dife- rente de aquella de circunstancia que el poeta venía haciendo para Lunes de Revolución donde no se diferenciaba mucho del coro reinante. poesía heberto poesía heberto poesía heberto poesía heberto poesía DONES I No te fue dado el tiempo del amor ni el tiempo de la calma. No pudiste leer el claro libro de que te hablaron tus abuelos. Un viento de furia te meció desde niño, un aire de primavera destrozada. ¿Qué viste cuando tus ojos buscaron el pabellón despejado? ¿Quiénes te recibieron cuando esperabas la alegría? ¿Qué mano tempestuosa te asió / cuando extendiste el cuerpo hacia la vida? No te fue dado el tiempo de la gracia. No se abrieron para ti blancos papeles / por llenar. No te acogieron; fuiste un niño confuso. Golpeaste y protestaste en vano. Saliste en vano a la calle. Te pusieron un cuello negro y una gorra de luto, y un juego torpe, indescifrable. No te fue dado el tiempo abierto como un arco hacia la edad de la esperanza. Donde naciste te sacudieron e hicieron mofa de tus ojos miopes; y no pudiste ser testigo en el umbral o el huésped, o simplemente el loco. En tu patria, sobre su roca, con tanto sol y aire caliente, silbaste largamente hasta herir o soñar; silbaste contra la lejanía, contra el azar, contra la fastidiosa esperanza, contra la noche deslavazada, tonto! Y sin embargo, tenías cosas que decir: sueños, anhelos, viajes, resoluciones angustiosas; una voz que no torcieron tu demasiado amor ni ciertas cóleras. No te fue dado el tiempo de aquel pájaro que destruye su forma y reaparece, sino la boca con usura, la mano leguleya, la transación penosa entre los presidiarios, las cenizas derramadas sobre los crematorios aún alentando, aún alentando. No te fue dado el tiempo del halcón, (el arco, la piedra lisa y útil); tiempo de los oficios, tiempo versado en fuegos sobre la huella de los hombres, sino el año harapiento, libidinoso en que se queman tus labios con amor.9 octubre-diciembre Todavía encontramos allí poesía de interés social en algunos textos («Playa Girón», «Pancarta para 1960», «Libre y maniatada España» y «Rondas y poemas para los niños desconsolados de occidente»); se encuentran expresiones que denotan su militancia con las corrientes de pensamiento nacientes en la época, tales como «lucha de clases»9. Por otra parte, allí tam- bién hallamos poemas como «Andaba yo por Grecia», «En la Cor- te de Luis XIV» y «Llegada del otoño», de indudable valor trascen- dente. El poeta vive en sí mismo las tensiones estéticas encon- tradas de estos años, de lo cual podemos inferir que, como otros, trató de conciliar o expresar ambas. Sin valorar el contexto cul- tural de los sesenta los que no vivimos aquellos años no podre- mos comprender como en un mismo libro se pueden dar tenden- cias tan diversas. Este es otro punto que dificulta a los investi- gadores el trazar tendencias estéticas puras dentro del amplio panorama de la poesía cubana de los sesenta. De este dualismo cabría preguntarse: ¿qué quedó de la poesía de los sesenta en los setenta? Los sesenta marcan el fin definitivo de las estéticas de gru- po a lo vanguardia europea que había caracterizado la primera mitad del siglo XX, Orígenes y Ciclón de Rodríguez Feo fueron los primeros intentos y Lunes de Revolución fue el fin de los grupos. Desde entonces casi todos participaron de todo, no solo en lo estético, sino principalmente todos participaron de los mismos espacios de publicación. A veces se siente nostalgia por la falta de una historia litera- ria a lo Max Henríquez Ureña a partir de 1959. Falta una base de ese tipo para poder pensar de una manera mucho más profunda esta parte de nuestra historia. (1) Compiladores Luis Suardíaz y David Chericián, Prólogo de Eduardo López Morales. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1984. (2) Selección Samuel Feijóo. Colección de poetas de la Ciudad de Camagüey. Ed. Grupo Yarabey, La Habana, 1939. (3) Compiladores Roberto Fernández Retamar y Fayad Jamís. Poesía joven de Cuba. Editora Popular de Cuba y del Caribe, La Habana, 1960. (4) Antón Arrufat. Los siete contra Tebas. Ed. Unión, La Habana, 1968. (5) Heberto Padilla. Las rosas audaces. Ed. Los Nuevos, La Habana, 1948. (6) Ídem. El justo tiempo humano. Ed. Unión, La Habana, 1962. (7) Ídem. La hora. Ed. La Tertulia, La Habana, 1964. (8) Ídem. Fuera de juego. Ed. UNEAC, La Habana, 1968. (9) Ídem. El justo tiempo humano. Ed. Unión, La Habana, 1962. p. 75. poesía heberto poesía heberto poesía heberto poesía heberto poesía . II A medianoche, callado y pálido, ¿qué signo buscabas en el cielo? Bajo el puente de Londres, en el cinematógrafo donde exhibían documentos de la guerra / de China, ¿qué fuerza te llevaba al borde del canal, conversando sobre las rebeliones? ¿Qué sentías en el apartamiento de Hyde Park, lanzado sobre unos labios de tu raza? ¿Qué grito te despertaba a medianoche frente a sus ojos que no te podían mirar, que no te podían medir, ni adivinar, ni penetrar, inexpresivos y totales? III América, tú me tragabas a fondo y yo te amaba, tú me arrastrabas con mi niña y con Berta entre las privaciones, y te amaba; tú me ponías nombres y te amaba. No me sentías viajar, en los vagones / del invierno, entre las ráfagas de luz de los barrios del Este, y yo te amaba. ¿Me conocías? ¿Me veías pasar desconcertado, con ensueños? ¿Me veías vivir buscando el canto que te ciñera? ¿Me veías cruzar hacia los barrios del Oeste, con Pablo y con Maruja, hacia la plaza de Peter Minuit? Deambulábamos entre tus calles. Eso era la esperanza. Poco nos importaba quien nos viera. Andábamos con un dialecto suficiente para nuestros fines, como quería Henry James. Nadie nos vio negarte o escupirte. Tampoco tú me viste, niña mía. Apareciste cuando mis horas necesitaban que llegaras. Apareciste pálida, serena, tan de repente acogida por mi alma, tan simplemente mía. Aún nuestra juventud era el signo feliz. Nos protegíamos de los pequeños y oscuros profesores. Ni las lenguas ni el miedo pudieron / contenernos. ¡Cómo, de pronto, fuiste todo el amor!Next >