1 1 1 1 1DIRECTOR : ernesto ortiz VOCES : josé raúl fraguela / esteban menéndez / héctor garcía / yomar gonzález / oscar llanes / rafael a. bernal / alfredo galiano TRAZOS : yenia maría gonzález ILUSTRACIONES : obras de miguel ángel couret AGRADECEMOS la colaboración en este número de: amaury rodríguez / rosa amelia vento / dagoberto valdés / julio del llano / pedro pablo mejías / estela hernández / brenda pérez /gladys serrat / margarita gálvez CORRESPONDENCIA : máximo gómez 160 e/ave. rafael ferro y cdte. pinares. pinar del río 20100 IMPRESIÓN : comisión católica para la cultura / obispado de pinar del río Trimestral Año III número 10 enero-marzo / 2001 No se prohibe la reproducción total o parcial por cualquier medio, siempre que confiese que lo leyó en deLIRAS. Cada artículo firmado refleja la opinión del autor, que puede ser compartida o no. S U M A R I O l CIERTOS TANTEOS Pablo y Manuel, dos caras de una misma peseta/Rafael A. Bernal Castellanos................3 TINTA FRESCA Juan Carlos Valls.............................................8 Gleyvis Coro.................................................11 Ponciano Santos.........................................13 Desnudo de mundo/ Alfredo Galiano............14 El revólver/ Felipe Arroyo...............................17 La vieja usurera/ Asley A. Mármol...................18 CON OTRA CUERDA Líricos griegos arcaicos/José Félix León........21 LETRA CORRIDA Monólogo desde el umbral de un Premio/ Rafael A. Bernal Castellanos........................37 Nosotros éramos.../ Francisco Umbral..........39 PALMA SOLA Denostación al mar caribe/Eliseo Diego........42 RASGOS Antón Arrufat/Ernesto Ortiz......................43 Viejos fantasmas/Antón Arrufat.................44 ANAQUELES La Habana -deo gratias- de otro modo /Agnieska Hernández...............................49 Quedar para mañana/ José Raúl Fraguela.....50 Una mujer y el enigma / Julio del LLano .......................................50 PUPILA ROTA II Premio Rubia Barcia-Ciudad de Ferrol, de novela / XIII Certámen Literario «Pedro de Atarrabia» , de relato breve / Letras en Cuba, boletín electrónico cubano de literatura / Concurso «Cucalambé», de décima / Premio de literatura UNEAC / Premio de poesía «Nicolás Guillén» / Ambrosio Fornet, Premio Nacional de Edición / Premio «Rafael Alberti» de Poesía / Premio Casa de Las Américas 2002 / Pre- mio anual de diseño del Libro.......................52 «I nstituyamos el harakiri tropical, visto que hay sufi- cientes razones para, como mínimo, andar descalzos sobre vidrios honorables. Comenzaría el ritual con un período de abstinencia, y los resultados de tal prueba servirán para comprar un lindo juego de cubiertos. Con- centrémonos en el cuchillo, en sus estrías asépticas, y, delante de un espejo, cortémonos la oreja. A los in- telectuales, para sumarlos, se les aclarará que se per- miten metáforas, y se les pedirá que, para crear el am- biente propicio, reciten unos versos de Anacreonte o Alceo (en griego, claro). Cierto que habrá quien teorice sobre si cortar la oreja izquierda o la derecha; a esos, démosle dos cuchillos. Al pueblo se le explicará, por los medios de comunicación y mediante reuniones es- pontáneas, la técnica del corte. A los que, por su con- dición social, requieran un cojín para recoger el pre- ciado objeto, se les facilitará; aunque habrá reconoci- mientos para quien prescinda de todo artificio, y rebane limpiamente, en un respiro, el cartílago.» Si aceptamos tal edicto, que ya en su sólo pronuncia- miento lleva esquirlas y bordes filosos, pronto se verá enriquecido con otras mutilaciones. Unos llevarán el pelo largo para ocultar su cobardía, otros, el pelo corto para mostrar que han cumplido; pronto se mirarán con recelo. Este asunto de la oreja cortada tiene suficientes va- riantes que la literatura puede aprovechar muy bien, y que tampoco son ajenas a la historia. Ahí tenemos la oreja del centurión, cortada por Pedro y restaurada por Jesús, o la oreja amarilla de Van Gogh. Cercenar lo que el sentido co- mún, la acústica, la naturale- za, o la práctica nos indica que debe mantenerse unido, es un acto de sordera calamitosa. A la muerte de la oreja seguirá el debilitamiento del cuerpo del que fue apartada. Y un cuerpo débil, en el trópico, es pronta- mente presa de contagios e influenzas.3 3 3 33 RAFAEL A. Bernal Castellanos Periodista, Profesor y Ensayista pinareño. *Este ensayo recibió Gran Premio en el IV Encuentro Iberoamericano sobre Dulce Ma. Loynaz, y Premio en el III Coloquio En el Jardín... PABLO y MANUEL dos caras de una misma peseta * RAFAEL A. BERNAL CASTELLANOS uando en agosto de 1983 los interesados en nuestra his- toria, y en los elementos que incidieron en ella durante este siglo XX, adquirían en las librerías una obra de Miguel Barnet titulada Gallego, desconocían que cinco años an- tes en una umbría casona del Vedado, mientras se desataba la lluvia, una anciana poetisa había puesto punto final al que sería su último libro. Si a cualquiera de aquellos lectores le hubieran preguntado por Dulce María Loynaz, la mayoría de las respuestas habría oscilado entre otra interrogante: ¿Aún vive?, y la confesión de no haber leído nada de ella... recientemente. Sin embargo, Dulce María era aquella anciana y daba Fe de vida en aquel libro. En el momento de catalogar Gallego nadie duda de que se trata de un testimonio sobre los inmigrantes ibéricos en Cuba y, como tal, es leído y estudiado cuando se quiere profundizar en las raíces de nuestra identidad nacional o se quiere conocer el desarrollo de La Habana como capital durante este siglo o simplemente acercarse a nuestra cotidianidad en la primera mitad de la centuria. Mas, ¿cómo catalogar Fe de vida? La valoración más usual de este texto de Dulce María Loynaz varía entre «memorias de la autora» y la historia de amor entre ella y su segundo esposo, Pablo Álvarez de Cañas. Sin embargo, ¡cuántas cosas deja fue- ra cualquiera de esas valoraciones! Porque Fe de vida es mucho más. Por el particular e incisivo punto de vista de la autora es un valioso retrato de la oligarquía cubana de la época; y por su acercamiento a una parte de la inmigración española, un pro- fundo aporte de factores culturales que incidieron en nuestra personalidad histórica, constituyendo de hecho —aunque sea la condición menos advertida de sus aportes— un importante C testimonio que amplía y precisa las par- ticularidades y contribuciones que la in- migración hispana hizo a nuestra identi- dad, y, como tal, establece con Gallego una notable relación. Lo curioso de este libro radica en su capacidad para incorporarse a todas las ansiedades lectoras, pues no deja de ser memoria ni de contar una historia de amor sin perder su valor de vívido testimonio de una época, tal como señala su autora al precisar: «...ésta no es sólo la historia de un hombre, sino también la de su ám- bito y su hora.» (1) Precisamente por exponer ese mundo fenecido —al decir de Dulce María— como requisito para seguir el relato y hacerlo sobre la base tanto de la personal expe- riencia de la escritora como de sus con- versaciones con Pablo Álvarez de Cañas o con sus amigos en un proceso de con- traste y decantación, se hace evidente el carácter documental, la condición testi- monial de Fe de vida.4 4 4 44 Es importante señalar que aunque ninguno de estos textos pretende abordar el terreno macroeconómico de la pujante ca- pital, es inevitable que el mismo aparezca, no como telón de fondo, sino como imprescindible sustrato que torna a estos inmigrantes en protagonistas, pues, por encima de diferencias de forma, ambos enfrentan en toda su fuerza el frenético pe- ríodo de cambios que habitan. Se dice de Pablo: «Decir ahora en cuántos oficios habría de enrolarse en lo adelante, en cuántos proyectos vencería o fracasaría, en cuán- tos lugares de la Isla se le vería aparecer o desaparecer por temporadas (...) sería una tarea que haría esta historia inter- minable.» (2) Y complementa Manuel: «...Nunca me acoquiné en ningún trabajo. Lo único que deseaba siempre era una buena oportunidad. Y esa era la que se hacía difícil. Ahora bien, cuando aparecía le echaba mano como a un plato de lentejas.» (3) La constancia, el esfuerzo, el sacrificio por la familia son rasgos humanos que no se pierden en estas obras; cada uno de sus personajes hace derroche de ellos a través de sus pági- nas, independientemente del éxito que puedan haber alcanza- do. Acota Manuel en un momento: «...es bueno que se sepa que ningún gallego vino de turista...», (4) y si tenemos en cuenta que ese gentilicio se convirtió para los cubanos en sinónimo de todos los españoles, es obvio que Pablo, en nombre de sus coterráneos, puede acogerse a él, pues tanto uno como otro se identificaron con una norma: «...El futuro sostiene a los hom- bres...» (5) Esa fe en el futuro, esa confianza en sí mismo que impulsó a ambos en la adversidad llegó, en el caso de Pablo, a ser un factor de riesgo en el cortejo a Dulce María, pues ella confiesa en el libro que era tal esa confianza que la mortificaba y hasta la ofendía. Fue también esa quijotesca voluntad de lucha unida a un manifiesto espíritu familiar lo que hizo de ambos, cada cual desde su posibilidades, dos indianos, pues tan pronto alcan- zaron cierta capacidad económica la pusieron en función de los suyos. Así, Manuel obsequia al abuelo un radio y luego le envía el dinero para que lleven la electricidad hasta la aldea, ganándose una misa en salud ofrecida por los habitantes; mien- tras, Pablo costeaba un pabellón para la Quinta Canaria en Cuba. Es útil destacar esta última condición no sólo porque sea una faceta poco valo- rada sino, esencialmente, porque al abor- dar la figura de su esposo, un inmigrante canario, amplía las posibilidades de estu- dio de un proceso social y etnológico en nuestra cultura que anteriormente sólo había sido recogido profusa pero no pro- fundamente en el teatro bufo y en algu- nos personajes secundarios de los cuen- tos de Lino Novás Calvo. Un estudio do- cumentado, y en ocasiones casuístico, del innegable aporte de la inmigración hispá- nica a la formación y desarrollo de nues- tra economía y cultura, es una carencia aún no plenamente resuelta, por lo que textos como Gallego y Fe de vida constitu- yen significativos aportes al patrimonio nacional. Si bien es cierto que entre ambos li- bros se aprecian varias diferencias, cuan- do las analizamos objetivamente no lle- gan a la categoría de divergencias, pues aunque Pablo sea canario y Manuel Ruiz gallego, los dos son españoles que llegan a La Habana desde las dos regiones agrí- colas que más inmigrantes aportaron y donde la economía de subsistencia era cada vez más precaria por lo que Cuba, tie- rra de indianos convertida por la vox populi en una Jauja tropical, con todos sus ries- gos era superior a la realidad manifiesta en la Península. De igual modo, si Manuel es un joven aldeano casi analfabeto que sin recomen- daciones y con 17 años llega a La Habana en 1916 y Pablo un tinerfeño de 25 con es- tudios secundarios y cartas de recomenda- ción que arriba en 1918, son esencialmen- te mano de obra barata; y si a uno los estu- dios juveniles y ciertas dotes personales le permitieron en el futuro una holgura que el otro no tuvo, no fueron casos exclusivos en el conjunto migratorio. La diferencia de dos años entre los mo- mentos de llegada de cada uno no es tam- poco un dato para tener en cuenta, pues la visión que ambos ofrecen resulta comple- mentaria de tal manera, que invitamos a quien quiera apreciar una imagen genésica de la confirmación metropolitana de La Habana y la sustanciación demográfica de una nacionalidad, a leer simultáneamen- te estos libros; el resultado, más que un caleidoscopio, será un alternado punto de vista donde se combinan la ciudad de a pie: sudorosa, congestionada, bulliciosa, sincrética, con sus sub empleados, desempleados, jugadores, carretones y tranvías, con el otro lado de la moneda: la metrópoli de las inversiones azucareras, las oficinas, los saraos, las etiquetas en el actuar y el vestir, la prosapia real o ad- quirida, la urbe turística del Morro, la aba- rrotada calle Galiano y el umbrío Vedado. » Diestro en estimular a quien se lo proponía y con innegables habilidades publicísticas, Pablo no temía proclamarse cuenta Dulce María el poeta consorte, cediendo así el proscenio con un gesto elegante y opor- tuno en un medio donde la prevalencia masculina era más que habitual como puede advertirse en los relatos de Manuel referidos a la vida cotidiana, ya fuera en los Jardines de La Tropical o en el simple paseo por las calles.5 5 5 55 enero-marzo Resulta oportuno detenerse en este último hecho; la ges- tión de Álvarez de Cañas ante inversionistas cubanos permitió que la Quinta Canaria contara, además, con una llamativa ca- pilla. Esto pudiera tomarse como un simple acto de fe, mas lo notable del mismo radica —y así lo precisa Dulce María— en que por primera vez luego de la sangrienta Guerra de Indepen- dencia, una representación cubana colaboraba voluntaria y ofi- cialmente con un grupo regional de la antigua metrópoli. Así, unas veces con sudor o dolor, otras con ideas o volun- tad, se iba produciendo un proceso de integración, de aplatanamiento, a través del cual los inmigrantes podían afir- mar como Manuel: «Yo quiero a Cuba como si fuera mi tierra. (...). Pero a Galicia no se le olvida (...). Digo esto porque uno puede ser orgulloso de su Patria y querer a otra, como quiero yo a esta.» (6) Cada uno desde su ámbito, va transitando por un proceso de incorporación afectiva y efectiva a la nacionalidad, proceso que concluye al unirse en matrimonio con cubanas para cons- tituir familia y, al finalizar sus días, descansar bajo «...un poco de arena soleada... ¡A la orilla del golfo donde todos los años hacen su misterioso nido los ciclones!» (7) El anterior verso de Dulce María se vincula con el que, para ella, es el principal aporte a Cuba hecho por Pablo Álvarez de Cañas. No se trata de su discutida profesión de cronista de salón, que ella defiende con maestría y argumentos históricos, o la que como Comisionado del Tabaco Cubano desempeñara para la Asociación de Grandes Tabacaleros de Cuba; para la Loynaz el medular aporte que debe reconocérsele a este isleño es el haberla dado a conocer a ella y a su obra. Cuando el 8 de diciembre de l946 con- trae matrimonio con Pablo, en el currícu- lum intelectual de Dulce María sólo apa- recía su nombre en tres Antologías (la más reciente era de diez años atrás), dos poe- mas en revistas («Canto a la mujer esté- ril» y «Carta de amor al rey Tut Ank Amen») y el libro Versos, casi olvidado luego de ocho años de indiferencia. Pero no había transcurrido un año de la boda cuando un libro dedicado a Álvarez de Cañas (Juegos de agua) sale a la luz y se imprime en Tenerife una se- gunda edición de Versos; más tarde apa- recería Jardín (había estado guardado des- de 1935) y Poemas sin nombre, donde hay varios inspirados en su relación con Pa- blo. Estos textos, acompañados por lo que hoy llamaríamos un inteligente trabajo de marketing organizado por él, atraerían so- bre nuestra poetisa las más exigentes mi- radas, sorprendidas por su profundidad y calidad expresiva. Diestro en estimular a quien se lo pro- ponía y con innegables habilidades publicísticas, Pablo no temía proclamar- se —cuenta Dulce María— el poeta con- sorte, cediendo así el proscenio con un gesto elegante y oportuno en un medio donde la prevalencia masculina era más que habitual, como puede advertirse en los relatos de Manuel referidos a la vida cotidiana, ya fuera en los Jardines de La Tropical o en el simple paseo por las calles. Es inevitable que en el comentario de este vínculo surja una pregunta con ribe- tes de objeción: ¿Cuántos Pablo conoció la Historia de Cuba y cuántos Manuel Ruiz? La respuesta es evidente: Los Ma- nuel son una significativa mayoría; sin embargo, no fueron pocos los Pablo. Re- cordemos que ya en el siglo pasado Ra- món Meza nos había dejado una irónica semblanza de la inmigración peninsular en Mi tío el empleado, figura que con simi- lar fortuna continuó acompañándonos en la República y, dentro de un campo u otro, sus nombres son referencia inevitable cuando se estudia el proceso capitalista entre nosotros, pues más allá de catala- nes o canarios, vascos o gallegos, curros o baleares, los Gelats, Crusellas, Partagás, Gispert, Garay o Conill se unen a los Ruiz, Toledo, Ferrán, Gener, Rodríguez o Fernández, junto a Almen- dros, Altolaguirre, Zambrano y ¿por qué no? Loynaz y Barnet conforman ese acti- vo intangible, pero imprescindible en cualquier nación, que es su historia y su cultura. Ellos, tanto en la base como en la su- perestructura social, fueron formando6 6 6 66 nexos, aparentemente casuales, como el del gallego Manuel trabajando para Flor o encolando el juego de comedor de dieci- séis piezas de los Loynaz, pero esencial- mente raigales, pues si bien es cierto que Pablo no es el prototipo económico de la mayoría de los inmigrantes ibéricos, sí es indudable que en él se recogen rasgos esenciales de una parte de la misma, in- dependientemente de que comparte con Manuel y toda la inmigración esa constan- cia en el esfuerzo, ese espíritu de lucha, esa voluntad de triunfo que ha dejado en la paremiología cubana una imagen muy gráfica: ¡Mas terco que un isleño! ¿o es que un gallego? La segunda parte de Fe de vida, donde se concentra lo que pudiéramos llamar la memoria personal de Dulce María Loynaz, su personal avatar, no es ajena a esta dimensión documental. La vida cotidiana, las posibilidades materiales, la dimensión intelectual de una familia de patricios cubanos de la pri- mera mitad del siglo XX vistas desde su interior con la precisión de quien no pre- sume de crítico porque encuentra natu- ral lo que hace, transcurre en estas pági- nas sin apartarse de lo que el exterior puede implicar. En ellas vemos desde cómo la autora considera el afán más noble y loable de su existencia el intento por rescatar los salones literarios del XIX como refugio para una aristocracia del es- píritu, hasta la discreción que se imponía ante un divorcio, sin dejar de incluir la fastuosidad y las transacciones encubier- tas que conllevaban los cumpleaños del destacado cronista, ni olvidar que tan ilus- tre casa careció de teléfono por muchos años. Más que el otro lado de la pareja o el contenido memorístico del texto, hay aquí una precisión de ambientes, una caracte- rización de época que no solo permite ubi- car mejor a Pablo en el contexto, sino que aporta un singular valor documental a la obra al ponernos en contacto con la clase dominante cubana del momento. Si Gallego de Miguel Barnet, a pesar de centrarse en la figura de Manuel Ruiz, ofrece una visión colectiva del universo popular cubano a partir de sus frecuentes referencias a ambientes, costumbres, com- pañeros de labor, pasatiempos, preocupa- ciones sociales y políticas, desastres na- turales, etc., ofreciendo una imagen bas- tante abarcadora del mayoritario inmigran- te económico y de la población cubana más humilde en su conjunto; Fe de vida en su estructura pareada, ofrece otros dos vértices del triángulo: el de la inmigración afortunada y triunfadora y el de la oligar- quía nativa con la que aquella se relacio- na, permitiendo la lectura de estos dos libros —y el de Dulce María en particular— comprender mejor los procesos históricos posteriores a la vez que entender cuanto hay de cierto en el postulado aristotélico: Nuestro carácter es el resultado de nuestra conducta. Elaborados casi en los mismos años, los contenidos de Fe de vida de Dulce María Loynaz y Gallego de Miguel Barnet desa- rrollan en principio situaciones diversas; sin embargo, una re- flexión oportuna muestra que en ambos se ha abordado el mis- mo fenómeno desde dos puntos de vista, logrando una visión más integradora y un enriquecimiento conceptual para quie- nes los asuman como valiosas fuentes documentales a la hora de estudiar tanto el proceso de afianzamiento de la nacionali- dad cubana como el de la confirmación metropolitana de su capital. En estos libros la indagación en las raíces humanas de sus personajes centrales se combina con el mundo exterior para dar lugar, principalmente en el caso de Dulce María, a una sentida narración que acerca los protagonistas a nuestra sen- sibilidad. Las aparentes divergencias resultan ser más formales que de sentido pues en su desenvolvimiento vital los dos van mos- trando una similitud de rasgos y, lo que es más importante, un sostenido y sólido proceso de identificación con la tierra de adopción, que culmina en la común decisión de yacer definiti- vamente en este suelo y no en sus terruños natales. En unos renglones la Loynaz confiesa no haberse propues- to escribir una obra maestra pues le bastaba haberla vivido; tras esa huella han de transcurrir los pasos de quien se adentra en Fe de vida, porque es así que se puede llegar a comprender cuán ardua fue esta etapa en la existencia de sus protagonis- tas; la de Dulce María con emociones, triunfos y sinsabores —como afirma— y la de Pablo, dura, batallosa, batalladora. En la interacción de ambos se va trenzando la historia sin que por ello queden soslayados otros sucesos y figuras que la en- riquecen y enraízan en el decursar nacional. En el dúo el importante aporte sociológico de Fe de vida es el menos advertido pues, aunque la autora lo confiesa en el texto, realmente la desgarrada narración de su amor junto con la relevancia que otorga su condición de protagonista de una época convulsa y la riqueza estilística de un texto elaborado sin filiación excesiva a un género dado, derivan de la obra un disfrute estético que unido a la significación literaria de la autora proyecta más el ámbito de las memorias de una celebri- dad que su importancia documental. Si bien es cierto que la memoria desempeña en el texto una función básica, lo es también que precisamente por eso resulta más significativa la atmósfera que se crea con tan po- » Yo quiero a Cuba como si fuera mi tierra. (...). Pero a Galicia no se le olvida (...). Digo esto porque uno puede ser orgulloso de su Patria y querer a otra, como quiero yo a esta.7 7 7 77 enero-marzo cos elementos al delinear con precisión una época y un grupo social. La familia Loynaz, esbozada a grandes rasgos que recogen básicamente a la autora y sus hermanos, resulta un aguafuer- te de estirpe goyesca, no porque describa deformidades o lastres genéticos sino porque proporciona una visión interior de un mundo cerrado, esquemático, maniqueo y autoconvencido de su corrección. Simultáneamente la constancia de Pablo en alcanzar su unión con Dulce María puede ser asumida como la concreción más visible de una fuerza de voluntad que ha hecho célebres a los habitantes de las Islas (tanto los de esta como los de aquellas) pero ya había podido ser apreciada a lo largo del libro en las varias ocasiones en que hubo de manifestarse para que él pu- diera irse imponiendo en un mundo que no era el suyo. Esa dedicación, esa voluntad y ese captar una época a partir del comportamiento de sus habitantes son los factores que correlacionan Fe de vida con Gallego. En ambas, Pablo y Manuel se nos van integrando en la misma medida que los vamos sin- tiendo como cosa propia, como historia oída en familia al hablar del vecino de la esquina. La exquisita sensibilidad de los autores y su identificación con lo que nos distingue como pueblo, fueron tejiendo párrafo tras párrafo estas singulares sagas donde la vida, en todos sus mati- ces, va dando fe de cuanto hizo un «ga- llego» en su tierra de adopción. Así, con mucha fe en la vida, llegaron y se asentaron entre nosotros gallegos y canarios; al desembarcar traían una que otra peseta; cuando años después tan- tearon sus bolsillos, las que habían ga- nado —menos de las que habían soña- do— llenas de azúcar o cemento, de tinta o serrín, mostraban en el lado del cora- zón un viejo león dormido al pie de una palma real que les crecía en el alma. C I T A S 1.- Loynaz, Dulce María. Fe de vida (p.37). Editorial Letras Cubanas, Institu- to Cubano del Libro. C. de La Habana. 1995. 2.- Loynaz, Dulce María. Ibidem (p. 48). 3.- Barnet, Miguel. Gallego (p. 130). Edi- torial Letras Cubanas, Instituto Cubano del Libro. C. de La Habana. 1983. 4.- Barnet, Miguel. Ibídem (p.63). 5.- Barnet, Miguel. Ibídem (p.63). 6.- Barnet, Miguel. Ibídem (p.75). 7.- Loynaz, Dulce María. «Poemas sin nombre CXXIV» en Obra lírica. (p.378), Edi- ciones Aguilar. Madrid. 1955. .8 8 8 88 vv vvv entana centana c entana centana centana c on gato que observon gato que observ on gato que observon gato que observon gato que observ aa aaa por la tela metálica avizoro el peligro he venido a tronchar la aventura campestre de mi gato y lo he encontrado solo observador del pedacito de paisaje que constituye mi existencia en el antes era yo como un niño perpetuado por el deslumbramiento cómo es posible que terminara en esto que golpea y desbarata puertas transparencia de mí indefensión que regala enemigos se ha sentado mi gato a contemplar mi encierro y con sus ojos de ver más allá sabe que no soy presa del verano ni de los exabruptos del amor «son los golpes» dicen y siento el deambular de las voces pequeñas en su misión de agriar la vida cotidiana «son los golpes» dicen y no hay palacio para la verdad ni amnistía para la forma miserable en que pude gozar ese pedazo de paisaje que ahora es naturaleza muerta de ventana con gato que observa cómo sería en el después si mi mano ratificara la soledad y fuera convirtiendo en gatos-compañeros cualquier indicio de subsistencia enemiga gatos que no alcanzaron a saborear los poemas de Emily Dickinson Juan Carlos y se acostumbran a la idea de alimentarse con poetas desconocidos. es una verdad a medias reconozco que no he sabido ser el domador entrañable que enjaula su fiera diminuta necesitaba un cargamento de piedad y han puesto piedras al pormayor muelle de utilería donde se estrella mi respiración y mi gesto felino amañado por el golpeteo de la convivencia. por la tela metálica avizoro el peligro pero mi gato de la contemplación mi gato fértil de los días estériles mi gato de acompañar está velando que aparezca con su disfraz humano el cazador nocturno que ambiciona mi noche. .9 9 9 99 enero-marzo miedos (II)miedos (II) miedos (II)miedos (II) miedos (II) hace unos meses escribí un poema al que llamé «miedos» esta es una versión de esa mentira que cual verdad ostento con mis manos hambrientas de ti y en la que te pierdes como en selva oscura compitiendo con los precipicios artesanales del hombre. el hombre eres tú yo soy el pedazo de conversación el montículo de polvo el paisaje visto de la ventana hacia adentro una especie de miedo con cabeza absoluta y ojo de cíclope un miedo febril y distante de tu colección de miedos infantiles inútiles y sacros. hace unos meses no sabía que en la ventana iba a encontrar el final de mis viajes y el principio de todos los laberintos por eso le prohibí a Dios la virtud de poseer la docilidad como emblema de circo y entender mis temores como un acto único y solitario. ahora poseo la claridad de los doctos la paciencia de los simples en mi angustia de no ser se revelan los sueños de mis antepasados y la vida de la ventana hacia adentro es este poema que cual verdad definitiva funda las magras cosas sembrándolas en mí en el lugar del hijo que no florecerá. ni árbol ni palabra serán mi testimonio apenas ver pasar junto a la juventud el temor a vivir de mi ojo geométrico. rr rrr esplandecienteesplandeciente esplandecienteesplandecienteesplandeciente cc ccc omo un deseoomo un deseo omo un deseoomo un deseoomo un deseo Antón Arrufat cuando uno vuelve sobre un poema que ya una vez fue grande todo puede cambiar miras con otros ojos tocas con otras manos de pronto has empezado a comprender la tonta vida en que te sumergías los momentos en vela la corta duración de lo que sospechabas. está dormido el niño que anhelas en secreto se ha vuelto un hormiguero la casa de los padres tu cuentas los cuchillos invocas a los muertos y les regalas flores a cambio de otro día recostado en el pecho que no volviste a ver. regresas al poema y sientes como pasa tu vida diminuta la poca aristocracia con que fuiste feliz descrees del amor que ayer noche inventaste te vuelves a los astros al polvo a las canciones a la mancha en tu boca a la primera vez al poema a tus padres otra vez al cuchillo a la pequeña vida con que hilarás mañana el ruido verdadero de la palabra paz. . .Next >