< Previous«L os que hemos vivido la revolución cubana, acabamos teniendo una piel muy dura.» La frase es de Antonio Benítez Rojo, y no cabe duda de que tiene razón: las revoluciones suponen un vórtice de avatares donde todo es trascendente hasta la extenuación. Dentro de ellas, cualquier individuo corriente adquiere una dimensión épica. Lo que en nuestro aburrido sistema «normal» y burgués es materia heroica —las guerras, las movilizaciones, las vidas extremas—, reservado a unos pocos elegidos, en las revoluciones alcanza una magnitud cotidiana que, ciertamente, endurece las cortezas de aque- llos que viven en ellas. Si bien es verdad que fortalecen las pieles, no es muy seguro que las revoluciones endurezcan el corazón. Por el contrario, podría decirse que una revo- lución es sintomáticamente cardiaca, con una tensión arterial demasiado acelerada. El pasado dos de mayo, en Madrid, Jesús Díaz, que protagonizó, siempre en primera línea de fuego, los cuarenta años de la revolución cubana, desde la adhesión más furibunda hasta el desencanto más combativo, murió de un infarto mientras dormía. Así, lo que había aguantado su piel endurecida en cientos de polémicas, no fue capaz de soportarlo su corazón. Desde el centro de todas esas batallas, la labor creativa de Jesús Díaz estaba parcelada en tres espacios identificables —la literatura, el cine, el liderazgo cultural— y en dos épocas que señalan su apoyo a la revolución (1959-1991) y su oposición a la misma, en los once intensos años que vivió desde 1991 hasta el 2002. En su era revolucionaria, Díaz alcanza una temprana notoriedad al ganar, con 25 años, el premio Casa de las Américas con un libro de cuentos, Los años duros (donde aborda el nacimiento revolucionario de una generación que despierta a la madurez con la llegada de Fidel Castro a La Habana), y llega a su clímax en Las iniciales de la tierra (una novela fundamental, donde esa misma generación, ya situada en el futuro, se ve obligada a repasar la diferencia 39 encuentro homenaje a jesús díaz Iván de la Nuez El intelectual, el corazón y la pielentre la realidad y la profecía revolucionaria). Esos años duros fueron especial- mente ricos en su labor cinematográfica, en la que destacan el documental 55 hermanos, a través del cual sigue el viaje a Cuba de un grupo de jóvenes creci- dos en Estados Unidos pero que apoyaban desde el exilio al proyecto socialis- ta cubano, así como su película Lejanía, que le dio un espaldarazo como cine- asta y, asimismo, le granjeó una enemistad con parte del exilio cubano que tardó mucho tiempo en neutralizar. Su carrera cinematográfica incluye ade- más, entre otras obras, los guiones de Clandestinos —una exitosa y bien cons- truida película en la que regresó a la insurrección contra Batista— y la aseso- ría de Alicia en el pueblo de Maravilla, parábola esperpéntica del caos cubano, que se convirtió en una de las películas más polémicas de las producidas en la isla. Si su labor como escritor y cineasta fue, con los matices correspondientes, importante, no menos ejemplar fue su liderazgo cultural, con la fundación de las revistas El Caimán Barbudo, que dirigió, y Pensamiento Crítico, una revista de jóvenes filósofos, guevaristas, portadores del pensamiento de la entonces Nueva Izquierda, acaso criptotrotskistas, crecidos a la sombra del Che Gueva- ra, el cual formó parte de su consejo editor. Pese a su apoyo entusiasta y militante de la Revolución, a la que defendió más de una vez de forma furibunda y en ocasiones dogmática, Jesús Díaz tam- bién fue víctima de la maquinaria que, en buena medida, él había contribuido a formar. De este modo, conoció la censura como escritor —11 años aguardó en sus cajones Las iniciales de la tierra—; como editor —la inclusión de un artí- culo de Heberto Padilla en defensa de Guillermo Cabrera Infante provocó el cierre temporal de El Caimán , al tiempo que la muerte del Che, primero, y la posterior sovietización del país, provocaron la clausura de Pensamiento Crítico . Con Las palabras perdidas, posiblemente su mejor novela, en la que a través de cuatro personajes consigue una metáfora de su generación y de las com- plejidades del huracán revolucionario, comienza un periodo de duda y desen- canto que le llevan a la ruptura y el exilio: salida en 1991 a una beca en Ber- lín, polémica posterior con el escritor uruguayo Eduardo Galeano en Zurich, publicación de un artículo, «Los anillos de la serpiente», con el que rompe con el régimen cubano y por el que recibe una agresiva respuesta de las esfe- ras oficiales cubanas, que no encajan su crítica y llegan a calificarlo de Judas y traidor. Esta ruptura traumática nunca fue superada por ninguna de las par- tes. El régimen cubano no perdonó lo que consideró alta traición en uno de los suyos. Jesús Díaz entró de lleno en una escalada de acción-reacción cuyas tensiones, quizá, no pudo soportar. Es, entonces, cuando se desplaza de Ber- lín a Madrid y, fiel a sí mismo, comienza a preparar su último y sin duda más ambicioso proyecto: la revista Encuentro de la cultura cubana, para dar cabida a intelectuales cubanos de casi todas las partes y posiciones. Durante este tiem- po publicó, además, otras cuatro novelas, en la última de las cuales — Las cua- tro fugas de Manuel—, calificada como una novela de no ficción, alcanzó los momentos de rigor y experimento literarios de sus mejores piezas. He hecho este recorrido —seguramente conocido por muchos— para explicarme a mí mismo esta vida rica y complicada. Y porque, pienso, más de 40 Iván de la Nuez encuentro homenaje a jesús díazuna vez he repetido mentalmente el itinerario de esa vida para entender mis propias relaciones con Jesús Díaz; unas relaciones que él mismo calificó públi- camente como «una amistad no exenta de polémica». Fue sin duda una buena definición para hablar de la amistad entre dos personas tercas que siempre tuvimos el orgullo, algo primitivo, de alardear sobre el hecho de que, entre nosotros, nunca había existido la diplomacia. A veces, Annabelle Rodrí- guez solía regresar después de un viaje o unas vacaciones y nos encontraba en una bronca con los teléfonos, los e-mail y todo lo que sirviera para comunicar- se entre Madrid y Barcelona, ardiendo. Annabelle solía mediar y siempre repetía lo mismo: «No puedo dejarlos solos». Hoy Jesús Díaz ha muerto y la primera sensación es que ha sido él quien nos ha dejado un poco solos a nosotros. Después de nuestra última discusión, tuvo lugar el último encuen- tro. Ocurrió en Barcelona, pues Jesús pasó por encima de la trifulca y me pidió que presentara en esta ciudad su última novela. Allí, entre muchas otras cosas, contó que, en su vida alemana, cuando su hija Claudia decía en el cole- gio que su padre se llamaba Jesús, sus compañeritos se reían, pues no era nor- mal que alguien llevara ese nombre. No he comprobado esa costumbre ale- mana, pero en todo caso me pareció muy extraña, dado que Jesús es el nombre del hombre y, por lo tanto, es algo que nombra, también, esa antolo- gía de defectos que somos. Jesús Díaz prefirió siempre el vórtice de todas las tormentas, el centro de todas las guerras. No se dio un minuto de resuello ni se concedió la menor posibilidad de esperar a que amainara la tempestad. Todo lo contrario, como correspondía al intelectual comprometido que no pudo, ni quiso, dejar de ser, no dejó de construir y fustigar, de crear y criticar, de acertar y equivocarse. A cualquiera le hacen falta el doble de los años para desarrollar la creatividad que él alcanzó durante cuatro décadas. Muchos se hubieran conformado con una zona cualquiera de esa creatividad. La historia de la cultura cubana en la Revolución no puede escribirse sin el compromiso y la obra múltiple y abarca- dora de Jesús Díaz. Lo curioso es que sin ella tampoco es posible escribir la historia del exilio cubano. 41 El intelectual, el corazón y la piel encuentro homenaje a jesús díaz1 Estaba a punto de aparecer el primer número de esta revista cuando Jesús me preguntó si iba a colaborar en ella. El calor era insoportable aquel verano del 96. Ni una gota de brisa, ni una gota de sudor: uno se cocinaba por dentro, simplemente. Yo hacía una breve escala en Madrid, procedente de Mannheim, o de Tenerife, o de Alicante, no recuerdo. Habíamos estado conversando en un banco del Retiro y ahora subíamos por Gran Vía hacia Fuencarral, en una de cuyas sigilosas pensiones —que yo conocía desde mi época de estudiante— me alojaba en el viaje de regreso a La Habana. Le respondí que prefería esperar a que salie- ran los tres primeros números. Rechazó la evasiva con un gesto. «Yo sé que no vas a colaborar —me dijo—. Ni tú ni Retamar van a colaborar.» Siempre me he preguntado por qué nos asociaba a Roberto y a mí en aquella previsible negativa que, desde su óptica, y no sin razón, implicaba un acto de hostilidad o intransigencia. Pues bien, en homena- je a su memoria —y atendiendo la invitación de Carlos Espinosa— he decidido contrariar su pronóstico, hacer una excepción, por primera y —supongo— última vez. 2 Aquél fue sólo uno de los varios encuentros que tuvimos desde que salió definitivamente de Cuba, a principios del 91. El primero había sido en Mérida, Venezuela, en el vera- no del 93, durante un congreso de escritores dedicado a Mariano Picón Salas. Él venía de Madrid. Yo había llegado un día antes, procedente de Caracas, donde estuve dos semanas dirigiendo un Taller de Guiones Cinematográficos en el Centro Rómulo Gallegos, y fui a esperarlo al aero- puerto con dos amigos muy queridos por ambos, Julio Miranda y Milagros Socorro. Creo que también estaba allí Gregory Zambrano, uno de los organizadores del congre- so, a quien yo acababa de conocer y que si mal no recuerdo se proponía escribir su tesis de licenciatura sobre la obra de Jesús. Fue una feliz coincidencia que al congreso asistiera Román de la Campa, uno de los integrantes de aquel 42 encuentro homenaje a jesús díaz Ambrosio Fornet Jesús en la memoriagrupo legendario, residente en los Estados Unidos, cuyo reencuentro con la patria registró minuciosamente Jesús en un documental austero y conmovedor. Esa noche hubo fiesta en los jardines del motel donde nos alojábamos, en las afueras de la ciudad, y en cierto momento Jesús y yo nos retiramos subrep- ticiamente a una zona cercana a la piscina vacía, dispuestos a inventariar recuerdos y a ventilar diferencias sin más testigos que los sapos y los grillos. Por increíble que parezca, nadie tuvo la indiscreta ocurrencia de acercarse. Estuvimos conversando y tiritando de frío hasta bien entrada la madrugada. 3 Allí se hizo evidente que nuestra amistad —precisamente por tener raíces tan profundas— sólo podía mantenerse en las fronteras de la esquizofrenia. Éra- mos los mismos, en lo personal, pero rajados por la mitad o mejor dicho doblados en dos tiempos y dos personalidades distintas en lo político. Y como para Jesús —y para mí también, no tardé en darme cuenta— lo personal y lo político estaban íntimamente unidos, resulta que la simple relación personal tendía a hacerse conflictiva en cuanto se proyectaba al espacio público. Lo paradójico era eso. A pesar de la diferencia de edades —yo le llevaba casi diez años a Jesús—, nuestra amistad era demasiado sólida, demasiado compac- ta, se basaba en demasiados gustos, experiencias y aspiraciones compartidas como para admitir ese tipo de fractura, una quiebra que no amenazara con extenderse y resquebrajar el conjunto. Como extraños siameses, habíamos estado unidos desde siempre por la columna vertebral de aquel binomio ígneo —Literatura/Revolución— que iluminó como un fogonazo la atmósfera social y cultural de una época. En esa atmósfera lo conocí, cuando él era todavía un muchacho y acababa de inaugurar toda una corriente narrativa con el volu- men de cuentos Los años duros, premio Casa de las Américas. Rezumaba talen- to, lucidez y energía por todos los poros: era narrador, dramaturgo, ensayista, profesor de marxismo, intérprete estusiasta de guarachas y guaguancós, pole- mista temible... Ya en esos años, con una arrogancia de mosquetero, la emprendió a estocadas contra supuestos esteticistas, por un lado, y convenci- dos populistas, por el otro, excesos que le aplaudíamos o perdonábamos por admiración o reciprocidad, porque sabíamos que su pasión era auténtica y por- que él mismo tenía la suprema virtud de ser amigo de sus amigos. Para mí —y para otros muchos como yo—, Jesús, acusado a menudo de autosuficiente y autoritario, era sin embargo, o por eso mismo, el producto natural de su tiempo. Encarnaba el prototipo del joven escritor que nosotros no fuimos ni podíamos haber sido por la sencilla razón de que ese espécimen no prosperaba en el árido suelo de nuestra época. Él era dueño de su mundo, un animal político en el sentido estricto de la palabra, que se proyectaba sobre la polis sin titubeos, consciente de hallarse en plena posesión de sus derechos de ciudadanía. Y no se trataba sólo de un estado de ánimo sino tam- bién, y sobre todo, de un estado de cosas, un despliegue de alternativas reales, situadas al alcance de la mano. Cierto día, aquel joven de familia modesta quiso enseñar y obtuvo una cátedra, quiso publicar y encontró editoriales, 43 Jesús en la memoria encuentro homenaje a jesús díazquiso fundar revistas y halló los recursos necesarios, quiso viajar y recorrió medio mundo, y cuando —forzado por las circunstancias— decidió hacer cine, pudo dirigir documentales y películas, tanto dentro como fuera de Cuba. Claro que nada de eso ocurría en condiciones de laboratorio ni sobre la alfombra de Aladino, sino en medio de un tumulto de contradicciones e inte- reses en pugna, donde tanto Jesús como sus compañeros actuaban unas veces como martillo y otras como yunque, enfrentando o esquivando cautelosamen- te los obstáculos, arañando al contrario o en retirada, lamiéndose las heridas. Esto último fue lo que sucedió en un período como el Quinquenio Gris, ini- ciado en 1971, durante el cual la mediocridad y el dogmatismo se alzaron con el poder cultural e intentaron construir un mundo a su torcida imagen y semejanza. Por lo pronto, pretendieron negar el arte y la literatura existentes en nombre de una cultura de maquiladora cuyas piezas, recién importadas y barnizadas de color local, debían ensamblarse a toda prisa en la oxidada plan- ta de montaje del realismo socialista. Fue entonces cuando Jesús, refugiado en el icaic —territorio libre de dogmatismo— hizo sus primeros guiones, en colaboración ( ¡Viva la República! , 1972, de Pastor Vega, Ustedes tienen la palabra , 1973, de Manuel Octavio Gómez), dirigió sus primeros cortos (Cambiar la vida en 1975, Canción de Puerto Ricoen 1976) y acabó desarrollando una intensa actividad política, como secretario general del pccen el icaic, entre los años 76 y 80, período que coincide con la etapa de realización de sus dos grandes documentales (55 hermanos, 1978, y En tierrade Sandino, 1980). No sé cómo se las arreglaba para seguir escribiendo prosa narrativa, pero es también en esos años cuando termina la primera versión de Las inicialesde la tierra , cuya inge- niosa estructura —la del cuestionario que se sometía a los aspirantes a ingre- sar al pcc— la condenó al limbo de una censura tácita, que no osaba decir su nombre: aquel juego imaginario se consideró una herejía, sobre todo vinien- do de un militante(como se denomina en Cuba a la persona que pertenece al Partido Comunista). Por cierto, se cumplía así, una vez más, el refrán según el cual no hay mal que por bien no venga, porque cuando se levantó al fin la no declarada prohibición —en 1981, si mal no recuerdo— Jesús, en lugar de correr con la novela para la editorial, como seguramente lo aconsejaba la impaciencia, tuvo la sangre fría y el valor profesional de sentarse a reescribirla de cabo a rabo, por lo que la versión que conocemos es incomparablemente superior al original. (Seguí desde tan cerca ese proceso que todavía puedo evocar la acción de Las inicialescapítulo por capítulo, con sus correspondien- tes pausas, como debió ocurrirles a los lectores de las novelas por entregas.) 4 Así que allí estábamos, en el lomo de los Andes, a quién sabe qué horas de la madrugada, junto a la piscina vacía de aquel motel de Mérida, sabiendo que ya nada iba a ser igual y que no había nada que añadir. Su decisión del año anterior nos había colocado inesperadamente en bandos ideológicos opuestos. Él la argumentaba como una toma de conciencia, no sé si gradual o súbita, sobre la situación política de Cuba. Me atrevería a resumirla con las palabras 44 Ambrosio Fornet encuentro homenaje a jesús díazque él mismo utilizó tiempo después, al referirse al llamado caso Padilla: en aquella época «muchos, yo entre ellos», escribió, «estábamos fascinados por la utopía cubana, ciegos a la realidad dictatorial que ya se enmascaraba tras ella...» No era la ceguera misma, sino el hecho de que le durara veinteaños más lo que, en mi opinión, hacía insostenible su argumento. Se me dirá que uno tiene el derecho de rectificar, que cualquiera podía llegar a esa conclu- sión, que Jesús no era el primer intelectual cubano que decidía marcar distan- cia, romper abiertamente o —como dice La Gaceta de Cuba en el sentido obi- tuario que acaba de dedicarle— abjurar «del proyecto cultural y político de la revolución cubana». Cualquiera podía hacerlo, es verdad, muchos lo habían hecho antes, otros más lo harán en el futuro, probablemente, pero la cosa es más simple y más complicada a la vez: Jesús no era cualquiera. Jesús era Jesús —una prueba palpable de la existencia de la Revolución—, y ahí estaban su trayectoria política y su obra narrativa y cinematográfica para demostrarlo. Nadie, ni uno solo de los escritores del exilio, había dicho o hecho lo que él hizo y dijo a lo largo de treinta años; nadie había participado en tantos comba- tes y escaramuzas, ni fungido como ideólogo de una generación, ni escrito aquellos cuentos, artículos, testimonios y novelas, ni concebido y dirigido aquellos filmes (los ya citados documentales, a los que muy pronto se sumarían las películas Polvo rojo, 1981, y Lejanía, 1985). Jesús era Jesús y por eso —caigo ahora en la cuenta— decidí allí mismo, junto a la piscina, en medio de aque- lla sinfonía de grillos y sapos, asumir la esquizofrenia como base de nuestras relaciones futuras, lo que me parecía el único modo —valga la paradoja— de mantener con él una relación sana . No podía dejar de ser su amigo pero no podía reconocer del todo a mi amigo en aquel Jesús que ahora tenía delante. O mejor dicho, podía, sí, siempre que la conversación no derivara hacia temas escabrosos, es decir, siempre que no «cayera» en la política. Pero ese silencio autoimpuesto —que podía funcionar muy bien con las tías y los primos del exilio— no significaba nada entre nosotros, porque ninguno de los dos se abs- tenía de «hablar de política» en privado y en público, y yo, por mi parte, siem- pre me enteraba —a veces con tristeza, otras con irritación— de lo que él escribía en los periódicos o declaraba a las agencias de noticias. Para decirlo en cubano: no era fácil. Si la Revolución, ahora, resultaba ser como él decía, yo, que la apoyaba —que todavíala apoyaba— era un canalla. En cambio, si lo que él decía no era verdad, o era sólo una verdad a medias... No, no era fácil en absoluto. Y menos aún en la situación internacional que siguió a la desinte- gración del Gran Simulacro Socialista, en la que se anunciaba el Fin de la His- toria y, con ello, el muy probable fin de aquel experimento utópico que algu- na vez el Che había descrito como una relación entrañable y dinámica entre el hombre y el socialismo en Cuba. Caminábamos por el filo de una navaja y, dependiendo de las expectativas de cada quien, todo —tanto las soluciones milagrosas como las catástrofes inminentes— parecía posible. Pero yo no creía en milagros, de manera que tenía que prepararme para lo peor. Aquí en Cuba se entendió que también Jesús se estaba preparando para afrontar ese desenlace, pero cantando victoria, con la satisfacción de haber abandonado a 45 Jesús en la memoria encuentro homenaje a jesús díaztiempo un barco que se hunde. Si yo hubiera compartido ese criterio, el de considerar a Jesús un vulgar oportunista, no habría podido seguir siendo su amigo. El nivel de mis perplejidades se trasluce todavía en la carta que le escribí —y que me permitiré citar in extenso— al historiador y crítico de cine inglés Michael Chanan, a propósito del obituario que éste le dedicó a Jesús en TheGuardian, de Londres. Con Chanan —a quien ambos admirábamos como persona y como autor de The Cuban Image, un clásico en la historiografía del cine cubano— nos unía una vieja amistad. De ahí el comienzo de mi carta: «Todavía recuerdo con nostalgia nuestros encuentros en La Habana y aquel magnífico brunchal aire libre que tanto tú como Pat nos ofrecieron a ambos en el Paseo de la Castellana». Eso había sido probablemente en el 97 ó 98, cuando yo regresaba vía Madrid de un trabajo en Tenerife —el guión de Mambí, película de Teodoro y Santiago Ríos, en el que colaboró con nosotros Rolando, el hermano de Jesús—, o tal vez de un curso de verano en la Univer- sidad de Alicante. Al leer, conmovido, aquel obituario que Chanan acababa de enviarme, sentí la necesidad de puntuar algunas íes. Debo hacerte algunas precisiones en relación con un aspecto clave que para nosotros sigue siendo un misterio (y que en su momento produjo un verdadero estupor aquí, entre sus amigos). Ese aspecto se resume en la pregunta: ¿Por qué se exilió Jesús? O mejor dicho, ¿por qué decidió asumir públicamente la condi- ción de exiliado político? Desde hacía un par de años, él estaba en Berlín, con toda su familia, primero con una beca y después como profesor de la Escuela de Cine. Seguía siendo militante del pccen el icaic. Seguía manteniendo con nosotros, sus amigos, una relación normal y fraternal. Las críticas que tal vez hacía allá, sobre aspectos específicos de la política o la política cultural de la Revolución, no podían ser más drásticas de las que hacía aquí, y a menudo muy semejantes a las que hacíamos nosotros. Su posición crítica —como la de Titón [Gutiérrez Alea], como la de tantos otros— formaba parte de su activi- dad intelectual. Puede haberle acarreado muchos enemigos, pero también muchos aliados. Que yo sepa, nadie aquí en el icaic, la uneaco el Ministerio de Cultura objetó nunca que Jesús no regresara de inmediato a Cuba al terminar su beca. Y nadie lo objetó por dos razones: primero, porque era un compañero de absoluta con- fianza, del que nadie podía suponer, ni remotamente, que iba a cambiar de bando; y segundo, porque el Muro de Berlín se había desplomado y la Unión Soviética acababa de desaparecer, y en Cuba la incertidumbre sobre el futuro era grande, y la situación económica empezaba a hacerse tan difícil que no tenía sentido pedirle a Jesús que apresurara su regreso. Para decirlo brevemente y con toda ingenuidad: yo no entendía —no entiendo, tal vez no quieraentender— por qué Jesús se embanderó como vocero de un exilio que no era el suyo y al que, en definitiva, llegó demasiado tarde. Sé que dondequiera que estuviera iba a desempeñar un papel protagó- nico —estaba genéticamente programado para ser cacique, no indio—, pero 46 Ambrosio Fornet encuentro homenaje a jesús díazese protagonismo podía haber asumido fuera de Cuba un carácter diferente, similar al que de hecho, como le digo a Chanan, tuvo en Cuba: el del intelec- tual cuya actitud crítica está puesta en función de una causa, no contra ella. En fin, no se trata ahora de imaginar la historia que noocurrió. Lo que ocu- rrió fue que Jesús apareció de pronto al otro lado, cuando menos lo esperába- mos, y que en torno a ese insólito hecho comenzó a tejerse una red de espe- culaciones, tergiversaciones y leyendas. De ahí que yo, al ver que una persona tan cercana y tan enterada como Chanan repetía sin reparos algunas de ellas, me sintiera obligado a hacer las «precisiones» de rigor, desde mi muy perso- nal punto de vista. 5 Nadie pudo haberle «advertido» a Jesús —nadie con dos dedos de frente, quiero decir— que más le convenía no volver a Cuba en 1991, después del estreno y subsiguiente prohibición del filme Alicia en el pueblo de Maravillas (una desenfadada sátira sobre el burocratismo). Tanto el director (Daniel Díaz Torres) como el guionista (Eduardo del Llano), ambos amigos de Jesús, aseguran que éste colaboró muy eficazmente con ellos como asesor, pero sin aportar al guión ni una sola línea de su cosecha. Cierto que los enemigos de Jesús (que, como buenos guardianes de la doctrina, solían serlo también de sus amigos y de todo lo que oliera a diversionismo ideológico), creyeron ver su perniciosa influencia en los desenfadados planteamientos de la película, pero en ninguna de las discusiones que tuvimos sobre ella, a los más altos niveles, fue inculpado de semejante herejía. «Los anillos de la serpiente» —el artículo en el que Jesús hizo pública su ruptura con la Revolución a principios de 1992— se reprodujo aquí en La Gaceta de Cubay suscitó una airada reacción del entonces Ministro de Cultura, cuya condena moralfue convertida por Jesús—no sé si sincera o burlonamente—, en una fatwa, como si los metafóri- cos anillos de su argumentación fueran otros tantos versículos satánicos que merecieran la sentencia fatal de un ayatolá criollo. Cuando Jesús fue a Miami en plan de periodista, lo que nos escandalizó (y dolió) no fue que se reuniera con miembros de la extrema derecha cubana, sino que al volver a Madrid, des- pués de volar con los pilotos de la organización Hermanos al Rescate, publica- ra «Al rescate de los Hermanos», artículo en el que, desde el título mismo, parecía sellar una amistad que a nosotros, sus verdaderos hermanos de toda la vida, nos dejaba fuera. En fin, terminaba mi amistosa controversia con Chanan subrayando lo que me parecía más importante: «Jesús hizo lo que hizo a plena conciencia, tanto antes como después de escoger el exilio, y no necesita, creo yo, que le reconstruyamos su biografía, donde por lo demás hay muchos momentos inolvidables, tanto en el plano personal como intelectual.» 6 Y allí estaba yo, petrificado, con el auricular incrustado en la oreja mientras del otro lado de la línea, en Miami, José Antonio Évora se esforzaba por pare- cer sereno y se veía obligado a repetirme aquella disparatada noticia, que yo 47 Jesús en la memoria encuentro homenaje a jesús díazNext >