anatomía del entusiasmo Rafael Rojas ■ 3 fascismo KOSHER Néstor Díaz de Villegas ■ 16 ■ POESÍA ■ Rolando Sánchez Mejías ■ 21 Reinaldo García Ramos ■ 27 ■■■ neoanexionismo Enrique Patterson ■ 33 prólogo haitiano Mats Lundahl ■ 48 cartas sobre dos poetas suicidas Efraín Rodríguez Santana / Jorge Luis Arcos ■ 50 ■ LEÓN ICHASO EN PERSONA ■ león ichaso entrevisto por mirta ojito compartiendo un secreto ■ 68 filmografía ■ 73 un posnacional en hollywood Juan Antonio García Borrero ■ 74 ■ TEXTUAL ■ «la iglesia polaca apoyó las aspiraciones de libertad dagoberto valdés entrevista a lech walesa ■ 85 ■ EN PROCESO ■ cómicos en el aire Ramón Fernández Larrea ■ 95 ■ PERFILES ■ pío e. serrano: el pensamiento liberado Elizabeth Burgos ■ 107 ■ DOSSIER ■ SUICIDIO ¿TRADICIÓN NACIONAL? introducción ■ 120 el suicidio: ¿una cualidad de lo cubano? Pedro Marqués de Armas ■ 121 fernando ortiz: tres aproximaciones al suicidio (textual) ■ 138 esclavos y culis (textual) ■ 143 el suicidio Joaquín N. Aramburo ■ 146 PAPAÍTO MAYARÍ Miguel de Marcos ■ 148 la conducta patógena como manifestación de la sensibilidad republicana Jorge Ibarra ■ 155 Director Fundador Jesús Díaz † Directores Manuel Díaz Martínez Antonio José Ponte Consejo de Redacción Jorge Luis Arcos Elizabeth Burgos Pablo Díaz Espí Josefina de Diego Carlos Espinosa Raúl Rivero Pío E. Serrano Jefe de Redacción Luis Manuel García Comité Editorial Eliseo Alberto Rafael Alcides Víctor Batista Beatriz Bernal Velia Cecilia Bobes Manuel Desdín Cristóbal Díaz Ayala Damián Fernández Roberto González Echevarría Carmelo Mesa-Lago Enrique Patterson Gustavo Pérez Firmat Marifeli Pérez-Stable Rafael Rojas Enrico Mario Santí Dirección Ejecutiva Annabelle Rodríguez Dirección artística y diseño gráfico Carlos Caso verano/otoño 2007 encuentro DELACULTURACUBANA REVISTA 45/46un pueblo suicida Jorge Mañach ■ 159 tesis sobre el suicidio en la historia política de cuba Herminio Portell Vilá ■ 162 morir en cuba Alejandro de la Fuente ■ 167 causa de muerte: suicidio Maida L. Donate ■ 169 ■ CUENTOS DE ENCUENTRO ■ acta Armando Añel ■ 179 ipatria, alamar, un cóndor, la noche y yo Orlando Luis Pardo Lazo ■ 181 ■■■ una deuda con el existencialismo Daniel Iglesias Kennedy ■ 193 por alante y por atrás José Hugo Fernández ■ 199 el color de la nación Consuelo Naranjo Orovio ■ 215 nueve años de orígenes Jorge Luis Arcos ■ 226 ■ POESÍA ■ Gabriel Pérez ■ 233 Vicente Echerri ■ 237 ■■■ cuba.cu Iris Cepero ■ 245 tomás esson: desacatos y escatologías de un iconoclasta Suset Sánchez ■ 255 poesía como acto de riesgo político IdaliaMorejón Arnaiz ■ 265 desmontando la cuba heroica Enrique Collazo ■ 273 ■ BUENA LETRA ■ 279 adiós a carlos victoria ■ 303 ■ LA ISLA EN PESO ■ 305 corrección de textos Xavier Ricardo impresión Artegraf, S.A., Madrid Ejemplar: 7,50 e Ejemplar doble: 15 e Precio de suscripción anual: España: 30 e Europa y África: 45 e América, Asia y Oceanía: $ 88.00 / 67 e No se aceptan domiciliaciones bancarias. D.L.: M-21412-1996 ISSN: 1136-6389 portada, contraportada e interior Tomás Esson PORTADA Penélope twenty years later. Óleo sobre tela, 79 x 93 plg., 2007. CONTRAPORTADA Retrato #34. Óleo sobre lino, 68 x 68 plg., 1998. Edita Asociación Encuentro de la Cultura Cubana Infanta Mercedes 43 , 1º A 28020 ■ Madrid Tel: 914250404 Fax: 915717316 E-mail: asociacion@encuentro.net www.cubaencuentro.com encuentro de la cultura cubana es una publicación trimestral independiente que no representa ni está vinculada a ningún partido u organización política dentro ni fuera de Cuba. La producción de este número ha sido posible gracias a lagenerosa contribución de la Consejería de Cultura de la Juntade Andalucía y de la Agencia Española de Cooperación Internacional Esta revista ha recibido una ayuda de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas para su difusión en bibliotecas, centros culturales y universidades de España. AECI3 L a historia de las relaciones entre la revolución cubana y la intelec- tualidad de la Isla, antes y después de 1959, supone otra, paralela o implíci- ta: la de aquella Revolución como evento intelectual de la izquierda latinoame- ricana, europea y estadounidense 1 . La Cuba de los 60 ofreció al pensamiento occidental un espectáculo de ideas, sumamente aprovechable desde cualquier latitud, y se convirtió en lugar de peregrinación para múltiples intelectuales de las más variadas corrientes socialistas. Sin ánimo de cerrar una lista, en aquellos años pasaron por la Habana Jean-Paul Sartre, Pablo Neruda, Charles Wright Mills, Octavio Paz, Hans Magnus Enzensberger, Mario Vargas Llosa, Allen Gins- berg, Max Aub, Julio Cortázar, Jorge Semprún, Oscar Lewis, Gabriel García Márquez, Michel Leiris, Graham Greene, Carlos Fuentes, Marguerite Duras, Miguel Ángel Asturias, Italo Calvino y Aimé Cesaire 2 . En un libro sobre la filosofía kantiana de la historia, Jean François Lyotard utilizaba la categoría de entusiasmopara describir la simpatía que la Revolución Francesa provocó en muchos pensadores ilustrados de Europa a fines del siglo xviii. Según Lyotard, el «espectáculo de conmociones» provocado por la toma de la Bastilla generó la ilusión momentánea de una «república sentimental» cosmopolita, en la que lo que sucedía en la Francia de Voltaire también podía suceder en la Alemania de Kant 3 . La tesis es parcialmente trasladable al efecto que produjeron en Occidente tres revoluciones del siglo xx: la Rusa, la Mexi- cana y la Cubana. El contexto de polarización ideológica de la Guerra Fría, en que maduró la última, potenció aún más su resonancia occidental. Muchos intelectuales latinoamericanos y europeos, como Régis Debray, Michael Löwy o Roque Dalton, se sumaron a la experiencia cubana porque creían firmemente que su formato —guerrilla rural, derrocamiento de una dictadura, construcción del socialismo— era aplicable a cualquier país de América Latina y a muchos de Asia y África 4 . No parece ser esa, sin embargo, la principal motivación del importante respaldo que brindaron a la Revolu- ción Cubana intelectuales como Jean-Paul Sartre y Charles Wright Mills, cuyas agendas estaban sumamente concentradas en lograr reformas dentro del sis- tema democrático por parte de los gobiernos de John F. Kennedy y Charles De Gaulle, y distaban mucho de desear una expansión mundial del comunis- mo. Sartre y Wright Mills en 1959, a diferencia de Kant en 1789, no defendían encuentro Anatomía del entusiasmo La Revolución como espectáculo de ideas Rafael Rojasa Cuba porque desearan que una revolución similar triunfase en París o Nueva York. No la defendían porque suscribieran plenamente el régimen político de la Isla o porque fueran comunistas o prosoviéticos, sino porque rechazaban la hegemonía de Estados Unidos sobre Occidente en la alta Guerra Fría. A partir de los años 70, muchos de aquellos viajeros o peregrinos ideológi- cos —«turistas del ideal» les ha llamado Ignacio Vidal Folch— se desilusiona- ron del socialismo cubano y agregaron al testimonio de sus encantamientos, las apostillas de la frustración. En sus memorias, Confieso que he vivido(1974), Pablo Neruda se distanció del tono apologético de su temprana Canción de gesta (1960), donde Fidel Castro aparecía como un ángel de la Historia que «cortaba sombras y tinieblas» con una espada de luz 5 . En otras memorias, La cérémonie des adieux(1981), Simone de Beauvoir narró la decepción de Sartre tras el respaldo de Castro a la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968 y el arresto del poeta Heberto Padilla en 1971 6 . Finalmente, Régis Debray, quien publicara una de las más tempranas y vehementes defensas del modelo cubano, ¿Revolución en la Revolución?(1967), escribió, treinta años después, sus memorias Alabados sean nuestros señores. Una educación política(1999), en la que sus viejos amigos, Fidel y Che, aparecen como caudillos precipitados en el delirio 7 . Otra historia de desengaño fue la del poeta, narrador, dramaturgo y ensayis- ta alemán Hans Magnus Enzensberger, quien había respaldado a la Revolución en El interrogatorio de La Habana (1970), una reconstrucción teatral de las entre- vistas que las autoridades cubanas hicieron a los combatientes de la Brigada 2506 que desembarcó en Bahía de Cochinos. Menos de diez años después, en 1978, Enzensberger publicó su largo poema El hundimiento del Titanic, en el que el socialismo cubano es descrito como una gran estafa política que, luego de tantas vidas y fortunas sacrificadas, culmina en transacciones financieras entre «ejecutivos del World Bank y camaradas de la Seguridad del Estado» 8 . Historia de frustración, aunque narrada, no por él mismo, sino por su amigo cubano, el poeta José Mario, fue también la de Allen Ginsberg, quien fuera expulsado de Cuba en 1965 por su apoyo a los mal vistos escritores del grupo El Puente y su crítica al autoritarismo y la homofobia de la burocracia cultural de la Isla 9 . La Revolución como espectáculo de ideas significa que la emergencia de una nueva ciudadanía es descrita como epopeya a imitar, como la vida ejemplar, no de un santo o un Mesías, sino de toda una comunidad. La imagen fotográfi- ca de la Revolución, de sus jóvenes y hermosos líderes y de sus campesinos bar- budos, de sus «masas uniformadas», que recorre la gran prensa occidental (The New York Times , Life , Times , Le Monde ) entre 1959 y 1968, nos habla de una socia- lización del espectáculo, diferente a la pensada por Guy Debord y los situacio- nistas, y que consiste en la escenificación de una utopía en el Tercer Mundo o, más específicamente, en el Caribe, una zona fronteriza donde se capitalizan símbolos turísticos, sexuales, religiosos y revolucionarios como atributos de una comunidad políticamente alternativa 10 . Una de las paradojas de esa capitaliza- ción simbólica es que las intervenciones de la izquierda occidental en ese proce- so de representación comunitaria resultan muchas veces amenazantes para el poder insular, ya que cuestionan su andamiaje de estereotipos. Rafael Rojas 4 encuentro5 Algunos libros de socialistas europeos y latinoamericanos como Enero en Cuba(1969), de Max Aub, quien rechazaba el acartonamiento burocrático de las intervenciones cubanas en el Congreso Cultural de La Habana y evocaba la advertencia de Camus contra la exaltación saturnina de la Historia, o, más explícitamente, Los guerrilleros al poder (1970), de K. S. Karol, ¿ Es Cuba socialis- ta? (1970), de René Dumont y Persona non grata (1973), de Jorge Edwards, captaron los inicios de la sovietización de la experiencia cubana y dimensiona- ron el impacto de la reacción crítica contra el hostigamiento del poeta Heber- to Padilla y su esposa Belkis Cuza Malé 11 . Entre esas intervenciones intelectua- les que tanto irritaron al gobierno de la Isla y, en especial, a Fidel Castro, destaca, por su profundidad antropológica, la del académico norteamericano Oscar Lewis en Viviendo la Revolución: cuatro hombres(1970). Lewis, autor de estudios clásicos sobre la cultura de la pobreza en América Latina, como Los hijos de Sánchez , entrevistó a varias familias cubanas entre 1969 y 1970. Como luego contara su viuda, Ruth Lewis, en el verano del 70 las autorida- des de la Isla interrumpieron la investigación bajo el cargo de que el antropólogo poseía una beca de la Fundación Ford, confiscaron sus manuscritos, encarcela- ron a uno de los entrevistados y les solicitaron a ambos académicos y a sus asisten- tes que abandonaran la Isla. Ni el canciller Raúl Roa ni el vicepresidente Carlos Rafael Rodríguez, amigos de los Lewis, pudieron impedir que la pareja de soció- logos fuera interrogada por Manuel Piñeiro y la Seguridad del Estado. En la Declaración del Primer Congreso de Educación y Cultura de 1971, en las pala- bras de clausura de Fidel Castro en el mismo y, todavía, en un discurso del minis- tro de las Fuerzas Armadas, Raúl Castro, en septiembre de 1972, se aludió directa o indirectamente a Lewis, un comprometido profesor de la izquierda norteameri- cana que, para colmo, acababa de fallecer, como representante del «colonialismo cultural» y «agente de información y colaborador de los servicios enemigos» 12 . ¿Por qué textos como los de Aub y Lewis, ya no frontalmente críticos como los de Karol, Dumont y Edwards, sino escritos desde una identificación ideoló- gica con el socialismo cubano, tuvieron una recepción tan adversa en la oficia- lidad cultural de la Isla? La explicación no sólo habría que buscarla en el clima polarizante y crispado de la Guerra Fría, sino en la susceptibilidad de unas elites políticas que trataban de institucionalizar soviéticamente un país y, al mismo tiempo, proyectar una imagen de heterodoxia ante la izquierda occidental. Aquellas elites no se percataban, acaso, de que, como ha descrito admirablemente Leszek Kolakowski, el estalinismo comienza cuando, tras el desmantelamiento de la generación bolchevique, la lucha contra los enemi- gos del socialismo genera purgas, desconfianzas, represiones y bajas en el pro- pio campo de los amigos y los aliados 13 . LA IDEA DE LA DESCOLONIZACIÓN Valdría la pena detenerse en la experiencia de Sartre y Wright Mills como espec- tadores de aquel teatro de ideas y como hermeneutas del mismo en sus respecti- vos países. En el caso del primero, es interesante advertir que la lectura de Sartre Anatomía del entusiasmo encuentrodel proceso revolucionario cubano fue hecha en clave de la descolonización norafricana y, en especial, de la independencia de Argelia, que él defendía desde mediados de los 50. Como es sabido, en varios artículos publicados en Les Temps Modernes, entre 1956 y 1958, Sartre se hizo eco de la tesis de la des- colonización defendida por Frantz Fanon en el periódico El Moudjahid , órga- no del Frente de Liberación Nacional argelino, apartándose así del enfoque sobre el problema colonial que predominaba en el Partido Comunista francés 14 . La principal crítica de Fanon a la estrategia del comunismo francés residía en que, a su juicio, era imposible, como abogaban Laurent Casanova y otros jerarcas del Partido, esperar a que se dieran las «condiciones objetivas» para crear una «comunidad de intereses entre el pueblo colonizado y la clase obrera del país colonialista» 15 . Así, a través de la mirada de Fanon, Sartre creyó ver —y los líderes de la Revolución no lo contrariaron— en la victoria de Fidel Castro y el Ejército Rebelde contra la dictadura de Fulgencio Batista otra experiencia de liberación nacional contra una metrópoli, en este caso, Estados Unidos. En el ensayo «Ide- ología y Revolución», que encabezó su libro Huracán sobre el azúcar(1960), Sar- tre aludía, sin citarla, a la frase de Raymundo Cabrera y Bosch «sin azúcar no hay país», y concluía que el latifundio y el monocultivo creaban una dependen- cia «casi total de Estados Unidos», por lo que el proceso revolucionario partía de una reforma agraria para lograr la «soberanía nacional», la cual funcionaba —en palabras tomadas de El Capital y adaptadas por Fanon a la cuestión antico- lonial— como una «abstracción» o como una «mixtificación» en el antiguo régimen 16 . El Sartre que llegó a La Habana en el verano del 60, el de la síntesis de marxismo y existencialismo de la Crítica de la razón dialéctica, había entrado en contacto con la cuestión nacional a través de Fanon. Se trata, pues, de una idea muy difundida y aceptada mundialmente desde entonces, pero que no aparecía planteada así en La historia me absolverá (1954), de Fidel Castro, ni en ninguno de los programas del Movimiento 26 de Julio, el Directorio Estudiantil Revolucionario, el Partido Comunista o cua- lesquiera de los dos grandes partidos republicanos que se opusieron a Batista entre 1952 y 1958: el Auténtico y el Ortodoxo. El argumento de que, en 1958, Cuba era una colonia, una «semicolonia» o una «neocolonia» de Estados Uni- dos era, en 1960, cuando Sartre visitó Cuba, una novedad o una tesis maneja- da por minorías radicales. No aparecía en la gran historiografía antilatifundis- ta de la República, fuera nacionalista o marxista (Ramiro Guerra, Fernando Ortiz, Leví Marrero, Raúl Cepero Bonilla, Julio Le Riverend…) y estaba sien- do abandonada por historiadores, como Emilio Roig de Leuchsenring, que la habían defendido en los años 20 y 30. Ni siquiera lo consideraba así el propio Fanon, a quien Sartre debía dicho enfoque, ya que en su artículo «Las Antillas, ¿nacimiento de una nación?», publicado en El Moudjahiden enero de 1958, proyectaba una futura «confede- ración caribe» integrada por tres «estados independientes» (Cuba, Haití y República Dominicana) y ocho «colonias» o «posesiones» (Martinica, Guada- lupe, Curazao, Puerto Rico, Jamaica, Trinidad, Barbados e Islas de Sotavento y Rafael Rojas 6 encuentro7 Barlovento) 17 . Pero como es sabido, Sartre desconocía la historiografía cubana y, aunque su ensayo se titulaba Huracán sobre el azúcar, una lectura, por ejemplo, de Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940) y El huracán, su mitología y sus símbolos(1947), de Fernando Ortiz, lo habría llevado a reconsiderar la idea de que antes de 1959 Cuba era una colonia azucarera de Estados Unidos. Luego de la visita de Sartre a Cuba, la Revolución Cubana se radicalizó aún más, en medio de la confrontación con Estados Unidos y con el exilio cubano de Miami. Tras la alianza con Moscú y la adopción del modelo de par- tido único marxista-leninista que tanto rechazaban Fanon y Sartre, el lideraz- go revolucionario hizo del respaldo a la descolonización de Asia y África una de las prioridades de su política exterior, a pesar de que dicho respaldo impli- cara no pocas fricciones con los soviéticos. Entre 1961 y 1965, el líder que más impulsó la plataforma descolonizadora fue el Che Guevara, quien adoptó directamente de Sartre 18 el tono y los dos conceptos fundamentales — enajena- ción y vanguardia—de su ensayo más intenso, El socialismo y el hombre en Cuba (1965). Los textos que más impresionaron al Chey que lo llevaron a recomen- dar la edición cubana del libro de Fanon en 1964, fueron, probablemente, el prólogo de Sartre a Los condenados de la tierra(1961), que leyó en la traduc- ción de la cubana Julieta Campos para el Fondo de Cultura Económica de 1963, y el primer capítulo de Fanon sobre la violencia. En El socialismo y el hombre en Cuba , Guevara hablaba de «masas dormidas» que debían ser despertadas por una elite de vanguardia y un líder carismático. ¿Cómo imaginaba ese despertar? Por medio de un espectáculo moral, basado en el sacrificio y la violencia, que conmovería a la comunidad. El Chese refería a la construcción del socialismo como un «apasionante drama» o una «carrera de lobos», en la que cada individuo debía recorrer un «camino solitario» hasta lle- gar a la meta. Pero la llegada, el triunfo, «el premio que se avizora en la leja- nía», era indisociable del sufrimiento y la muerte: «solamente se puede llegar sobre el fracaso de otros» 19 . Las páginas de Walter Benjamin sobre el «drama épico» y las facultades miméticas del espectador ayudan a comprender este pro- yecto de teatralización política de una comunidad que, por cierto, tenía antece- dentes cubanos en la obra de Jorge Mañach y Virgilio Piñera 20 . Las vidas ejemplares de la elite y del líder, como las de los santos del cristia- nismo, debían conformar la trama de una obra teatral moralizante, que logra- ría la cohesión de la comunidad y, sobre todo, involucrarla en la epopeya. La descolonización de Guevara compartía con la de Fanon el sentido ritual y per- formático de la violencia, pero discordaba en cuanto al tipo de resistencia cul- tural que debía ejercerse frente a la metrópoli. Fanon, a diferencia del Che y, luego, de Fernández Retamar, no consideraba la cultura occidental un legado «decadente y morboso», sino una ganancia, un acervo que se libera y se moderniza junto con la propia descolonización: «la cultura espasmódica y rígi- da del ocupante, liberada, se abre al fin a la cultura del pueblo vuelto realmen- te fraterno». La cultura de la metrópoli y la cultura de la colonia, según Fanon, se «enriquecen» mutuamente durante el proceso de «confrontación», ya que se hacen conscientes de sus límites: «la universalidad reside en esta decisión de Anatomía del entusiasmo encuentroNext >