Conocí a Eliseo en su casa del Vedado en la Habana, a fines de los años setenta. Llegué por la noche, con una carta para su hija Fefé. Cuando pregunté por Josefina, como indicaba el sobre, ella, dudando, contestó con otra pregunta: “¿Usted busca a Josefina García Marruz o a Josefina de Diego?”. Yo ya conocía y admiraba la poesía de Fina, pero ignoraba el parentesco de tía y sobrina, así que mi sorpresa fue tan grande que por poco no atino a responder.

La presentación con Fefita fue breve y ahí mismo ella propuso “pasar al estudio de papá”. Ahí estaba Eliseo en mitad de su reino de escritos y de libros, como el personaje central de uno de sus cuentos y poemas. Había algo mágico y al mismo tiempo familiar e íntimo en su compañía. La amistad comenzó de inmediato, sin ninguna duda y la conversación se alargó por varias horas, hasta despedirnos con esa felicidad incomparable que dan los grandes encuentros.

Pasaron un par de años y al final de ellos, la tormenta más inesperada y violenta que terminó con mi matrimonio. El sol del milagro salió por el horizonte, más inesperado aún y con una ternura más violenta que la tempestad, me devolvió la vida que paradójicamente nunca tuve. Para festejar el renacimiento, Julia y yo decidimos, naturalmente, viajar a Cuba. Y otra noche, regresé a tocar la puerta del barrio de El Vedado.

Era el fin de una fiesta infantil. Ismael, entonces el único nieto, cumplía años y le habían organizado una gran función de títeres. El acto teatral corrió a cargo de los hermanos Diego: Rapi, Fefé y Lichi y también de los primos Vitier: Sergio y José María. Pero a la hora de nuestra llegada, al fin de la tarde, la infantería se había retirado y el festejo continuaba con el público adulto.

Presenté a Julia. Eliseo la saludó como si la conociera o mejor dicho como si la reconociera. El poeta reinaba en su estudio, sonriente, los ojos entrecerrados dejando ver la risa traviesa del niño que fue siempre. Nos ofreció el primer ron, de una botella que hizo aparecer detrás de uno de los estantes repletos de libros, aclarando que, si no lo escondía, sus hijos se lo acabarían.

En algún momento, Eliseo nos habló de su mamá y quiso presentarla. Fuimos a su recámara. Doña Berta, vieja y achacosa, estaba recostada en su cama, junto a un enorme aparato de radio de aquellos que, por sus volúmenes, merecían el justo nombre de “consola”. No era fácil la comunicación con Doña Berta. Por dos razones, por su sordera casi total y por su carácter áspero y difícil. Sin embargo, Julia, echando mano de su experiencia como terapista de sordos, entabló rápidamente, para sorpresa de Eliseo y mía, una conversación con la abuela. La plática demostró ser tan sólida, que el poeta, luego de unos minutos, me guiñó un ojo y meneando la cabeza me invitó a dejarlas solas. Nosotros dos volvimos al estudio.

Pasó un buen rato antes de que Julia regresara y en ese rato, Eliseo me felicitó varias veces por mi “infinita suerte” al haber encontrado a Julia. Cada vez que hablaba de ella la llenaba de elogios y cada vez chocábamos nuestros vasos por mi descubrimiento. El poeta insistía en las virtudes de “Julita”, a la que desde entonces llamaría así y le tendría un cariño tan grande como para incluirla, años después, en la dedicatoria: “A mis muchachas”, del libro Cuatro de oros.

Yo no podía estar más feliz. Al deslumbramiento de mi amor por Julia, sumaba ahora mis sentimientos con los de Eliseo. ¿Qué felicidad puede compararse a la simpatía mutua entre nuestra mujer y nuestros amigos más queridos y admirados? La confirmación de la felicidad íntima es la mejor bendición de los amigos y con la bendición de Eliseo vivimos hasta el día de hoy.

Muchos ratos pasamos juntos con él, algunos solamente los tres, horas que vuelven en el recuerdo como horas doradas, fortunas de la amistad. Otras veces compartimos la felicidad con Bellita, con Rapi, Roxanna e Ismael, con Lichi y Maria José, con Fefita, con Cintio y Fina, hijos y nietos, con toda nuestra entrañable familia cubana.

Días antes de morir, Julia le llevó a Eliseo un libro que había encargado en una librería cercana a nuestra casa, el último día que vino a comer. Era el Orlando de Virginia Woolf. Según me cuentan, fue ese libro el que quedó entre sus manos cuando murió.

En su poema “Testamento”, nos dice que nos deja “todo, todo el tiempo”… para recordarlo, para releerlo, para revivirlo y estar siempre juntos –como dijo Asdrúbal, el mago– “de corazón a corazón”.

‘Apunte para un retrato de Eliseo Diego’, Carlos Pellicer, c. a. 1985
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CARLOS PELLICER LÓPEZ
Carlos Pellicer López (Ciudad de México, 1948). Pintor, ilustrador y narrador. Recibió su formación artística en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Ha realizado numerosas exposiciones individuales en México y los Estados Unidos y es autor de los títulos de literatura infantil Juan y sus zapatos (1982), Julieta y su caja de colores (1984) y La historia de la abuela (1995). Es el albacea de la obra literaria de su tío paterno, el poeta mexicano Carlos Pellicer.
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