‘Man entering the room’ (detalle), Niklāvs Strunke, 1927

Ya en mi casa, pasé cerca de tres horas encerrada en el baño. Quería estar en un espacio reducido. Encogerme. Hubiera querido ser del tamaño de una hormiga y entrar, junto a otras decenas de hormigas, en un orificio que hay entre la loza y el marco de la puerta. Me quité la ropa que llevaba puesta, me quedé en blúmer, me senté en el suelo. Allí permanecí un buen rato, hasta que comencé a hablar con mis amigas por teléfono. Les conté, como pude, lo que había vivido. ¿Qué había vivido? Me lo conté a mí misma.

No hay manera más efectiva de sanar un dolor que contando su historia, incluso varias veces, hasta que el dolor se desacraliza, se desgasta, y sólo perdura su recuerdo como una mancha de agua seca. La misma creencia la he verificado cuando hago periodismo. Casi siempre escribo sobre el dolor ajeno: lo busco o me busca, me lo confían, lo padezco y le doy forma en un relato. Algunas personas encuentran alivio en contarme sus vidas, sus problemas, sus aflicciones, sea porque creen que hay algo de justicia en ayudar a que una verdad oculta salga a la luz o porque necesitan que alguien se siente por horas a escucharles con auténtico interés.

En el interrogatorio al que fui sometida el 17 de abril, el agente del Departamento de Seguridad del Estado del Ministerio del Interior (Minint) que me interrogó, quien se identificó como mayor Ernesto, me preguntó si yo pagaba a mis fuentes para que me concedieran entrevistas. Esa fue, probablemente, la única pregunta suya que me ofendió. Le respondí que jamás. Debí decirle también que si conociera un poco el país en que vive me hubiera preguntado si mis fuentes me pagaban a mí para que yo contara sus historias.

Si el mayor Ernesto supiera cuántas historias me esperan, cuánto me atormenta mi parsimonia para escribir y mi necesidad de ser exhaustiva, de indagar en todo lo que puedo indagar desde mi desventajosa posición de periodista independiente, quizás no me miraría como una amenaza. Quizás. Si supiera.

Yo me pienso semidesnuda en el baño de mi casa y me pregunto: ¿cómo me he convertido, yo y lo que escribo, yo y mis verdades, en una amenaza para mi país?

*   *   *

Un interrogatorio con un agente del Departamento de Seguridad del Estado no es, como suele afirmar el oficial a cargo, una entrevista. No es un proceso de diálogo, no se basa en relaciones de poder horizontales. Tú no eliges la fecha, ni el lugar, ni las condiciones, ni con quién conversar. Lo único que puedes elegir, en el momento, son tus reacciones. Si un interrogatorio fuera una entrevista, las preguntas no inducirían maliciosamente las respuestas –algo imperdonable en el periodismo.

En un interrogatorio las preguntas son ataques. No persiguen el discernimiento sino la confesión. De cada pregunta, de manera explícita o implícita, pende una acusación. No hay margen para la discrepancia. Si no dices lo que el agente quiere escuchar, si no le complaces, tu voz se anula. En un interrogatorio una no dialoga, una se defiende.

Si a algo se parece un interrogatorio es a un combate. Yo no he atravesado muchos interrogatorios (aparte de este del 17 de abril, pasé por dos durante una detención en octubre de 2016 en la provincia de Guantánamo). Tampoco he combatido en ninguna parte. Desprecio la violencia en todas sus expresiones. Pero cada interrogatorio por el que he pasado me ha parecido eso, un combate. Porque me han tratado como una enemiga, una enemiga de mi país o de una idea de mi país.

El interrogatorio más reciente tuvo lugar de principio a fin con mascarillas, porque desde el 11 de marzo se reportó en la isla la presencia del nuevo coronavirus, y el 17 de abril ya se habían cerrado fronteras y centros docentes y se había suspendido el transporte público urbano. Hubo varios momentos en que me sentí parte de una obra de teatro y que todos estábamos actuando. Llegué a creer que en cualquier minuto el mayor Ernesto se quitaría la mascarilla intempestivamente y empezaría a carcajearse antes de decir: “Esto es una broma, Mónica. El Departamento de Seguridad del Estado no existe. La pandemia es un simulacro.”

Toda la historia fue muy teatral.

Primero, el 13 de abril, me llamó a mi celular desde un número desconocido un hombre que se identificó como “Jorge del Minint” y me dijo que quería que nos viéramos para una entrevista sobre algo que me podía interesar. Así, sin ofrecerme ninguna evidencia de que se trataba, en efecto, de un oficial del Minint y no de un depravado cualquiera que encontró mi número en la guía de Etecsa (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S. A.).

“No”, contesté. Pedí una citación oficial y pregunté si era tan urgente el asunto como para hacerme salir a la calle en medio de una pandemia que obligaba a gran parte del mundo a aislarse en su casa. Jorge del Minint respondió que yo debía saber que por teléfono me podían citar. “Sí, lo sé, pero tiene que decirme al menos el motivo”, alcancé a decir. Pero Jorge del Minint no precisó el motivo e insistió en que la entrevista debía tener lugar cuanto antes, a pesar de la pandemia. Concedió, eso sí, proceder con la citación “oficial”, como yo solicitaba.

El día 16, a media tarde, una oficial con uniforme de policía tocó a mi puerta y me entregó un pedazo de papel con el siguiente encabezado: “República de Cuba, Ministerio del Interior, Policía Nacional Revolucionaria”. Todo fusionado, como si esas fórmulas pertenecieran a un mismo conjunto de significados. Y más abajo: “Diligencia de citación”. Con un subrayado. La oficial me preguntó si yo había puesto una denuncia. Dije que no. Me preguntó si había perdido un celular. Volví a decir que no. Le sonreí. La pobre, no sabe a qué la mandaron, pensé.

Al recibir la diligencia de citación, noté que no cumplía con lo establecido por el código de procedimiento penal, pues la firmaba “el primer teniente Willian”, cuando debía expedirla y firmarla el instructor, secretario o fiscal de un tribunal. Hubiera podido no aceptar la citación, o declararla nula. Pero entonces me hubiera tocado esperar más días, más días en los que el número de personas contagiadas por el nuevo coronavirus podía aumentar. O me hubiera tocado recibir, en lugar de una diligencia de citación correcta, una patrulla policial. Así que la acepté, me despedí de la oficial y cerré la puerta.

Al día siguiente, a las 2:30 p. m., llegué a la estación policial a la que me habían citado. La estación queda lejos de donde vivo, así que tuve que buscar un taxi que me llevara y me recogiera. El taxista quiso saber a qué hora pasaba a buscarme y le respondí que le avisaría. Una espera que ese tipo de cosas no tomen más de dos horas, pero nunca sabe.

No me pareció buena idea ir sola a un interrogatorio, así que le pedí a un amigo que me acompañara. Yo preferiría no involucrar a nadie en situaciones de ese tipo, pero lo prudente es que te acompañe alguien para que pueda avisar a tus familiares en caso de que te dejen detenida o te trasladen. Por lo demás, reconforta encontrar una cara amable una vez que sales del interrogatorio.

La estación estaba casi desierta. A causa de la pandemia, supuse. Imaginé que así de desahuciados lucirían los interiores de Cuba si de pronto pudiera emigrar todo el que lo desea. ¿Cuántos agentes emigrarían si pudieran? ¿Cuántos no serían agentes si hubieran podido largarse? Todas las personas emigran más o menos por lo mismo: porque aquí no pueden tener la vida que quieren. ¿Cuántas elegirían –elegirían de verdad, libremente– vivir en los términos que el poder impone? Cuando yo tenía 24 o 25 años escribí un poemario que ahora me parece pésimo, salvo por un verso: “quedarse es regresar”. El problema es a qué regresar, lo cual conduce al mismo punto que propicia la partida.

Al primer teniente Willian debía localizarlo en el tercer piso, en la puerta de la derecha. Eso me indicó un policía que me crucé en la entrada. Cada piso estaba decorado con fotos enmarcadas de figuras históricas. Encontré retratos de José Martí, Mariana Grajales, Camilo Cienfuegos. A los demás prefiero no recordarlos. A Pepe y a Mariana les pedí fuerza con la misma intensidad que le pido a los santos de la Iglesia católica, a los Orishas, a los espíritus, a todo lo divino. De haber vivido en esta época, Martí sería asiduo en estos trances, pensé.

En la puerta de la derecha del tercer piso había un cartel que decía Dirección o Departamento de Contrainteligencia. No recuerdo bien. Faltaban algunas letras de las que sólo quedaba la marca churriosa del pegamento.

A los pocos segundos de tocar, de la puerta de enfrente salió un hombre vestido de civil –quien luego se identificaría como el mayor David– y me preguntó qué buscaba. Me identifiqué y le dije que había sido citada. No preguntó nada más. Le pidió a mi amigo que me esperara en una sala y regresó al segundo piso para que una oficial me revisara. Quería cerciorarse de que yo no hubiera ocultado en mi cuerpo ningún dispositivo para grabar.

Esta vez, a diferencia de mi experiencia de 2016, la oficial no exigió que me quitara la ropa. Sólo las botas. En menos de cinco minutos quedé lista para el gran momento.

*   *   *

Hubo un tiempo en que yo pensaba con cierta recurrencia en la posibilidad de que una patrulla viniera a buscarme a mi casa: imaginaba a varios policías poniéndome las esposas a plena luz del día delante de una multitud de vecinos y curiosos. Entonces no sentía miedo, sino vergüenza. Vergüenza por ser tratada como una criminal. Esa sensación desapareció. No sé cuándo precisamente, pero en algún momento desapareció.

Nada legitima más el trabajo de una periodista que ser considerada una amenaza por un poder totalitario. Mi detención de 2016 y mi último interrogatorio, lejos de humillarme, me honran. Una no busca ser reprimida, detenida, atropellada por las autoridades, algo no precisamente difícil de conseguir en Cuba (para una periodista el mérito está en obtener la mejor historia posible sin ser encarcelada, sin renunciar al rigor periodístico y sin violar los códigos éticos de la profesión). Pero si una hace periodismo en un país totalitario, donde no se respetan las libertades de prensa y expresión, y el poder no le muestra su costado represivo en algún momento, es porque algo no está haciendo bien.

Por eso pienso ahora que la citación del 16 de abril fue, en cierto sentido, una buena noticia. Confirmó que iba por el camino correcto. Soy de ese tipo de gente que trata de encontrar el lado positivo de las cosas, o se lo inventa. Eso me aligera, me ayuda a enfocarme.

*   *   *

La sala del interrogatorio era larga y estrecha, poco iluminada, calurosa. Contaba apenas con un ventilador. Al fondo había un escritorio con un monitor de computadora encima. Un poco más atrás, a la derecha, había una puerta que conducía a otra habitación. Por esa puerta irrumpió el mayor Ernesto.

Yo llevaba unos minutos esperando y su entrada me recordó una película mala de gladiadores. Sentí que lo habían echado a pelear y que éramos observados por espectadores escondidos detrás de aquella puerta.

La silla dispuesta para mí estaba colocada de frente al escritorio, a metro y medio de distancia. El mayor Ernesto se sentó detrás del escritorio. El mayor David, unos cuantos años más joven que el mayor Ernesto, permaneció a un costado y no pronunció una sola palabra durante todo el interrogatorio. Sostenía una pluma y una tablilla de madera con una hoja en blanco en la que no llegó a anotar nada. En dos ocasiones intenté hacer contacto visual con él sin lograrlo. Enseguida bajaba la mirada. Supuse que para él esa era una aburrida sesión de entrenamiento.

Llegué a pensar incluso que el interrogatorio sería grabado con el monitor, cuya pantalla oscura miraba hacia mí, y transmitido por todos los canales de la televisión nacional, que no pasan de cinco o seis, porque tenemos una sola televisión, la del Estado, desde antes de yo nacer, y un solo partido, y una sola ideología, y una sola orientación sexual, al menos oficialmente. Pero bueno, el caso es que me dio por pensar en eso, y me dije: “Mónica, tú habla como si toda Cuba te estuviera escuchando, como si en Groenlandia te estuvieran escuchando.” En la televisión de Groenlandia, eso pensé.

A mí me han aconsejado no hablar en los interrogatorios. Yo misma he aconsejado no hablar a amigos que han recibido citaciones, porque el código de procedimiento penal reconoce que ninguna persona acusada de un delito tiene la obligación de declarar en su contra, y hay que usar los pocos recursos disponibles para defenderse. Aunque vale aclarar que los periodistas independientes que han sido sometidos a interrogatorios en los últimos años, por lo general, no han sido acusados formalmente de ningún delito. No hubo acusaciones contra Carlos Melián, Yoe Suárez, Carlos Manuel Álvarez, Luz Escobar, Maykel González, Abraham Jiménez, Darío Alejandro Alemán o Camila Acosta. Tampoco a mí me acusaron de cometer delito alguno.

Desde el punto de vista legal, lo más prudente es ejercer el derecho al silencio, pero desde el punto de vista moral yo no logro encontrar razones para guardar silencio en un interrogatorio. Sé que nada voy a cambiar en Cuba hablando con agentes que, desde antes de escucharme, ya me condenaron, pero hago lo que me hace sentir mejor conmigo misma, aunque no suela ser lo más aconsejable.

Yo no quiero jugar el juego que proponen. Yo no tengo nada que ocultar, nada de lo que avergonzarme. No quiero ser la periodista que “colabora”, ni la periodista que guarda silencio para no incriminarse, ni la que baja la cabeza y se intimida con amenazas. Esa no soy yo. Me parece absurdo que el ejercicio de derechos humanos elementales, que no me los otorga ningún gobierno porque me los concede el hecho incontestable de haber nacido humana, sea algo que me incrimine.

El mayor Ernesto en varios momentos me dijo que yo estaba ahí, frente a él, no por mi trabajo como periodista, sino por violar las leyes de mi país al publicar en medios independientes que funcionaban con cooperación internacional, como si una cosa no tuviera que ver con la otra. Ese fue, en resumen, su discurso durante todo el interrogatorio. Eso era lo que me tenía sentada a un metro y medio del buró de un oficial de la Seguridad del Estado cubano, a kilómetros de mi casa en medio de una pandemia mundial. Mi trabajo como periodista en medios independientes, el ejercicio de la libertad de expresión.

Si para ejercer derechos humanos universales debo violar leyes cubanas, el problema no está en mí sino en las leyes. La historia de la humanidad podría ser narrada a partir de legislaciones injustas y los movimientos de desobediencia que las desafiaron. El comercio de esclavos africanos fue legal, como mismo fueron ilegales las sublevaciones por su libertad. Ilegales y fuertemente reprimidas. Eso contesté varias veces al mayor Ernesto en nuestro interrogatorio.

La esclavitud fue legal.

La esclavitud fue legal.

La esclavitud fue legal.

La cosa terminó con él golpeando la mesa con el puño. Decía que lamentaba mi actitud, que esperaba que yo hubiera reconocido mis errores, que él me creía más inteligente. A mí aquello me desconcertó. Me sorprendió su deseo de convertir los últimos cinco años de mi vida en una equivocación, su obcecación por hacerme aceptar que las historias que he contado han sido una equivocación, historias que tanta gente me ha confiado junto con sus dolores, miserias y esperanzas.

No lo culpo. El mayor Ernesto no tiene por qué saber lo que han significado para mí esos cinco años. Además, yo le pregunté si leía El Estornudo, la revista para la cual escribo con mayor asiduidad, y me respondió, con tono de despreocupación, que hacía tiempo no la leía. Supuse entonces que, con respecto a Periodismo de Barrio, El Toque o Rialta Magazine, donde también he publicado, su actitud sería la misma. A lo mejor, si me hubiera leído, sus expectativas hubieran sido otras, y no se hubiera molestado al punto de arremeter contra el buró.

Antes de dejarme ir, llamó a unos inspectores del Ministerio de Comunicaciones, quienes me impusieron una multa de 3000 pesos cubanos –unos 120 dólares aproximadamente–, amparados en el decreto ley 370. El motivo: mis publicaciones en Facebook, en mi perfil personal, difundían “información contraria al interés social, las buenas costumbres y la integridad de las personas”. No firmé la multa. Pensé no pagarla, iniciar un proceso de reclamación. Pero desistí de dedicarle tiempo a esa batalla.

Por cierto, en la estación de la policía no conocí a nadie que se identificara como el primer teniente Willian.

*   *   *

Las semanas que siguieron al interrogatorio fueron intensas. Desde el 18 de abril distintos perfiles falsos en Facebook empezaron a acosarme, a publicar información tergiversada sobre mí, a mandar mensajes intimidatorios a familiares, amigos y fuentes que aparecían en mis trabajos. Violentar la intimidad ha sido siempre uno de los métodos preferidos del Departamento de Seguridad del Estado en Cuba. Es en la vida privada donde araña y atiza para presionar o desestabilizar a quienes cataloga de enemigos.

No era algo para lo que no me hubiera preparado. Desde que decidí ser periodista independiente en 2015, que para mí no fue más que decidir hacer periodismo –así, sin apellidos–, empecé a acostumbrarme a la idea de que yo podía quedar expuesta públicamente de muchas maneras. Mi cuerpo, mi vida, mi destino, hace rato no me pertenecen como deberían pertenecerle a una mujer libre, si es que alguna vez me pertenecieron.

Duele reconocer que el Departamento de Seguridad del Estado y sus agentes pueden disponer de mí a su antojo, con absoluta impunidad: pueden impedirme salir del país, pueden interrogarme, multarme, detenerme, desnudarme, encarcelarme. Pueden, he llegado a pensar, fusilarme, pues el código penal cubano contempla la pena de muerte para el delito de “mercenarismo”, y ellos, los agentes de la Seguridad, no se cansan de repetir que los periodistas independientes somos mercenarios.

Yo intento proteger mi intimidad, pero me preocupa lidiar con el miedo a quedar expuesta. Si pienso demasiado en esto, puedo acabar desconfiando de todas las personas con las que me relaciono, y eso me parece enfermizo. No quiero que el miedo me transforme en una persona que no soy, que me impida vivir plenamente. No voy a concederle al Departamento de Seguridad del Estado semejante poder sobre mí.

La desconfianza te aísla. Puede salvarte de quienes pretenden hacerte daño, pero al mismo tiempo puede privarte de conocer personas extraordinarias. Esta ha sido una de las tácticas más efectivas del poder para sustentarse a lo largo de varias décadas: romper tu capacidad para confiar en otras personas. Sin confianza no hay tejido social y sin tejido social no hay posibilidades de cambiar nada.

En el interrogatorio, el mayor Ernesto hizo esa jugada de intentar crearme sospechas. No habían pasado ni cinco minutos de su entrada cuando dijo que X le había dicho que yo una vez había dicho tal cosa en tal lugar, que X había colaborado con ellos, que X les había dado un documento. Sin embargo, yo sólo sentí pena por X, sobre todo porque no cuidaron su identidad.

A nadie que “colabora” le guardo rencor. No puedo volver a confiar nunca más en esa persona, pero procuro entender las circunstancias y los miedos que pudieron haberle llevado a dar un paso así. Mi mejor amiga suele decir: “una no es la medida del mundo”. Porque es importante no juzgar los actos de otra persona por lo que una supone que habría hecho si hubiera estado en su lugar, pero no paso por alto que es en circunstancias excepcionales cuando una realmente conoce a alguien, o a sí misma.

“La medida definitiva de un hombre –dijo el líder afroamericano Martin Luther King– no está en dónde se posiciona en momentos de conveniencia y confort sino en dónde se posiciona en tiempos de desafío y controversia.”

A veces, claro, una se siente sola. Es difícil, ya no un interrogatorio, sino vivir confrontando un poder totalitario, hacer tu trabajo y defender tu derecho a hacer tu trabajo. No poca gente querida se aparta, me esquiva, para no buscarse problemas, y aunque no le reprocho su conducta, de todas maneras me lastima. “Al final, no recordamos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos”, dijo también Martin Luther King. Ni modo.

Pero siempre hay gente que elige quedarse y hay gente nueva que llega a ofrecer su solidaridad, y una termina por agradecer esos silencios tan reveladores.

Las tres horas que pasé encerrada en el baño el pasado 17 de abril las pasé respondiendo mensajes de amigas y amigos que están en Cuba y en distintas partes del mundo. Salí del baño y solté el teléfono sólo cuando ya no pude aguantar más el hambre.

MÓNICA BARÓ
Mónica Baró (La Habana, 1988). Periodista y escritora. Trabajó para la revista estatal Bohemia entre 2013 y 2014 y luego en el Instituto de Filosofía de Cuba. En 2015 formó parte del equipo fundador de la revista medioambiental independiente Periodismo de Barrio, donde fungió como reportera y miembro de su consejo editorial, hasta 2018. Ha publicado en OnCuba, Univisón Noticias, El Toque, Cuba Posible, Hypermedia Magazine. Ha escrito principalmente sobre comunidades vulnerables a desastres naturales, envenenamiento por plomo, problemas de vivienda y violencia de género. En 2019 ganó el premio Gabriel García Márquez con el texto “La sangre nunca fue amarilla”. Actualmente trabaja como reportera de la revista El Estornudo y reside en La Habana.
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