Mabel Cuesta, escritora

Diez películas para la Mabel que no murió durante la injuriosa primavera del coví:

Llegó la Covid-19 a recordarnos que una simple gota en la cara podría significar el final de tus días. Trajo una cuarentena que nos haría creativos y pensadores. Pero no podíamos hacer nada con el tiempo para echar a andar esas grandes obras maestras. Entonces tocó revisitar lo que ya habían hecho otros que luchaban también contra la muerte; pero sin miedo. Desde un juego a las escondidas que era menos obvio.

Cine Cubano en Cuarentena nos juntó a un grupo de quienes debíamos producir; pero sólo pensábamos en la muerte, para pedirnos nuestra lista de películas cubanas favoritas. “Las diez que más te gusten y por la razón que sea”–dijo. Me gustó lo de “la razón que sea”, porque cuando estoy pensando en la muerte todo es ridículamente irracional. Mejor dar las razones por las que no debo comerme esa bandeja repleta de croquetas porque a lo mejor va y sobrevivo y lo lamentaré más tarde.

Sin pensar intenso, porque soy de digestión lenta; pero sintiendo muchas cosas lejanas de la razón, recordé estos filmes. Ahora, unos cinco meses y otros tantos kilogramos después, debo revivir aquel arrebato con que envié mi lista.

PM (1961, dir. Sabá Cabrera Infante & Orlando Jiménez-Leal). Es un documental que vi con unos 18 años de retraso… Es decir, yo encontré semejante cosa sobre mis treinta y cinco años, viviendo ya en la ciudad de Nueva York. Y eso estuvo mal. Porque todo adolescente debe tener esa experiencia a los diecisiete. Algo así como una prueba de ingreso a la educación superior. Alguien que te sermonee a la entrada de la Colina y advierta: “Si usted no ha visto PM, no, mejor no pase por aquí”. Y la razón que recordé a mis cuarenta y cuatro sobre cómo me sentí a los treinta y cinco, cuando la vi, es que desde esos blanco y negros pude avizorar a un país que gozaba de la noche. Uno que era natural –y no folclóricamente- rumbero. ¿Cuándo y por qué perdimos ese gozo? Vi La Habana que me negaron. Y tuve rabia por mí y gusto por sus protagonistas.

Una novia para David (1985, dir. Orlando Rojas). Fue, a mis nueve años, una visión del futuro que me esperaba. Yo iba a estar en esas becas. Yo sería la “gorda” de “agitación y propaganda” y mucho, pero mucho mejor: alguien me amaría. Casi todo sucedió. Y sé que fue por mi devoción a la película.

Papeles secundarios (1989, dir. Orlando Rojas). Es un filme que obviamente no aprecié en su estreno, aunque sí lo vi. No entendí. No podía entender. No es para los trece años. Pero ya en la próxima década, comencé a revisitarlo con un profundo interés en comprender el país como representación. Esa actriz frustrada que éramos todos. Que era acaso la propia isla sometida a tiranías y divismos de diverso signo.

¡Vampiros en La Habana! (1985, dir. Juan Padrón). Nadie necesita una razón. Es amar por amar el antes y el después del género animado en América Latina. Es gozarla cada vez como si fuera nueva. Es constatar el absurdo colonizado que somos en plan vampiros.

Suite Habana (2003, dir. Fernando Pérez). Sólo he podido verla una vez. Yo llegué a La Habana en 1994. Al piso 12 de F y 3era, sin agua, sin ascensor y tomando caldo gallego como quien simula alimentarse. Sólo una vez y basta. A una de mis tía abuelas hubo que desalojarla de Bernaza 219, Habana Vieja, a los noventa años. Murió en un albergue. Sólo una vez para Suite Habana.

Vestido de Novia (2014, dir. Marilyn Solaya). ¿Pero, cómo, hay transexuales en Cuba? ¿Hay transfobia? ¿Hay violencia contra estos sujetxs? ¿Hay mujeres haciendo cine? Una sabe agradecer el documento.

Conducta (2014, dir. Ernesto Daranas). Hay un dolor allí que reconozco y del que no estoy lista para hablar. La infancia perdida de mil niños abandonados por sus padres y por la tribu que debió acompañarlos. Esas escuelas de “conducta” que los criminalizan sin razón. Ya dije mucho más de lo que puedo.

La pared de las palabras (2014, dir. Fernando Pérez). Entender que somos una nación dañada pasa por la admisión de que, a ratos, frecuentes, no sirven las palabras. De que tanta palabra es abismo. Pasa también por la locura como estado naturalizado y negado de admisión.

Santa y Andrés (2016, dir. Carlos Lechuga).Yo quiero imaginarme que esa es la historia del enorme poeta Delfín Prats y que alguien, por fin, le hizo justicia.

Insumisas (2018, dir. Fernando Pérez) ¡Ay! ¡Cómo no iba a gustarme eso a mí! Mire, mijx, yo me llamo Mabel Cuesta y una buena parte de mi vida profesional se la he dedicado a rescatar las enormes contribuciones (de lo social a lo artístico, pasando por la ciencia) de las mujeres lesbianas en Cuba. De nada.

Ernesto Hernández Busto, escritor

Es difícil hacer una criba de toda una cinematografía. Interviene, sin duda, la nostalgia (el recuerdo que tenemos de filmes vistos hace mucho), la evolución del gusto o la importancia que concedemos a esas películas en la formación de ciertas opiniones. Aquí dejo fuera demasiadas cosas: un curioso documental del italiano Mario Gallo, Al compás de Cuba (1960); aquel divertido musical de Eduardo Manet, Un día en el solar (1965); varias secuencias de Desarraigo (1965), de Fausto Canel; el documental de Nicolasito Guillén Landrián Los del baile (1965) o el de Juan Carlos Tabío sobre el trovador Chicho Ibáñez (1974); una historia de Suite Habana (2003), de Fernando Pérez, esa joyita que es Juan de los Muertos (2011, dir. Alejandro Brugués)… Pero estas diez películas que siguen, además de darme grandes momentos de placer o de revelación en la sala oscura, son, a mi juicio, clásicos, obras que van a resistir, por lo menos, 20 años más:

Las doce sillas (1962, dir. Tomás Gutiérrez Alea)

Nosotros, la música (1964, dir. Rogelio París)

La muerte de un burócrata (1966, dir. Tomás Gutiérrez Alea)

Memorias del subdesarrollo (1968, dir. Tomás Gutiérrez Alea)

Taller de Línea y 18 (1971, dir. Nicolás Guillén Landrián)

Los sobrevivientes (1978, dir. Tomás Gutiérrez Alea)

Conducta impropia (1984, dir. Néstor Almendros & Orlando Jiménez-Leal)

Nadie escuchaba (1987, dir. Néstor Almendros & Jorge Ulla)

Utopía (2004, dir. Arturo Infante)

Santa y Andrés (2016, dir. Carlos Lechuga)

Adriana Normand, escritora

Aquí va mi lista. Hace muchos años no voy al cine a ver películas cubanas. Me he vuelto recelosa con mi tiempo y con mi cuerpo. Muchas de estas cintas las vi de niña o adolescente. Casi todas las he repasado de adulta. Sigo amándolas, a pesar de muchas cosas y de mí. Junto con ellas suscribo alguna impresión que guardo, archivada con el recuerdo de sus fotogramas. El orden no se corresponde a mis preferencias. Eso nunca he podido hacerlo, es tema de charlas con mi psiquiatra.

Madagascar (1994, dir. Fernando Pérez). Los brazos abiertos en las azoteas, la foto borrosa, la caminata por el túnel. También yo busqué a Dios y a la música. También mi madre dejó de reconocer su propia imagen tantas veces repetida.

Clandestinos (1987, dir. Fernando Pérez). El llanto a mares. La voz y la simpatía del que luego fue amigo, muerto en el filme y muerto ya en la vida. La tristeza infinita por la juventud sacrificada.

Suite Habana (2003, dir. Fernando Pérez). Esta ciudad se llena de historias cada mañana. Tiene la magia de contener en ella las esperanzas de sus habitantes. Sin embargo, en la televisión aún predominan las consignas.

Los sobrevivientes (1978, dir. Tomás Gutiérrez Alea). La mano de Pinelli que pretende limpiar el polvo de los años. Una casa que es testigo del descalabro y la muerte.

Fresa y Chocolate (1993, Tomás Gutiérrez Alea & Juan Carlos Tabío). Esta es mi tierra. Esta es mi patria. Amo su música, su literatura, su luz y sus hombres. Si me destierran la llevaré conmigo como la bella pieza de Cervantes. Si permanezco asistiré conmovida a cada una de sus misas.

La última cena (1976, dir. Tomás Gutiérrez Alea). El juego de poder regala migajas. Luego las cobra. Podrás sentarte a la mesa de los amos, pero eso no te convierte en menos esclavo. Que tu hambre no permita que aceptes comer de ciertos platos.

Lucía (1968, dir. Humberto Solás). Toda la felicidad del mundo cabe en una gardenia. El amor es un delicioso engaño.

Papeles Secundarios (1989, dir. Orlando Rojas). Nunca, nunca un protagónico. Ya no tienes edad para la joven prostituta. Eres la traicionada, la de carnes blandas. Si alguna vez fuiste joven y bella, ya nadie lo recuerda, sobre todo ya a nadie le interesa. Cumple tu rol y calla, el velo ya te cubre.

Jau (1986, dir. Enrique Colina). Las uñitas del perro chino que arañan la superficie. No quiere caminar el perro chino. Se tensa como a punto de reventar y casi puede escucharse el chirrido todavía.

Taller de Línea y 18 (1971, dir. Nicolás Guillén Landrián). Estoy allí mismo, como de niña en las reuniones del CDR, a las que iba con mi madre. Sólo se escucha la palabra compañero. Tal vez es cierto, si alguna cosa puede unir a tantas personas diversas es el dolor y la desgracia.

Gerardo Fernández Fe, escritor

Asumo que tengo muchas lagunas, pues no he estado al tanto del cine cubano. Pero siempre hay títulos que no escapan, que se han quedado en la retina y en la memoria afectiva.

PM (1961, dir. Sabá Cabrera Infante & Orlando Jiménez Leal)

Ociel del Toa (1965) / Coffea Arábiga (1968) (dir. Nicolás Guillén Landrián)

Memorias del subdesarrollo (1968, dir. Tomás Gutiérrez Alea)

Lucía (1968, dir. Humberto Solás)

Los sobrevivientes (1978, dir. Tomás Gutiérrez Alea)

La ciudad de las carpas / Tent City (1980, dir. Miñuca Villaverde)

Conducta impropia (1984, dir. Néstor Almendros & Orlando Jiménez Leal)

¡Vampiros en La Habana! (1985, dir. Juan Padrón)

Suite Habana (2003, dir. Fernando Pérez)

Existen (2005, dir. Esteban Insausti)

La obra del siglo (2015, dir. Carlos Quintela)

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