Los créditos finales de los capítulos de Paranoia Agent (2004) son de los momentos más emotivos y simples que he podido ver en un animado, aun cuando la animación, en el sentido estricto de la palabra, estuviera casi ausente de ellos. Si pudiese compararlos con algo, por oposición, sería con los también bellos créditos iniciales de Cowboy Bebop (1998-1999), los cuales, a ritmo de jazz frenético, nos dicen todo y nada sobre la serie que estamos viendo.
Por supuesto, es una comparación forzada y subjetiva, pero la belleza es una sola, y todo depende de cómo decida mostrarnos su rostro. Para cerrar cada capítulo de Paranoia Agent, muchas veces aberrados y no del todo comprensibles, Satoshi Kon decidió darnos una visión de la calma, de la tranquilidad total que se siente solo cuando sabemos que alguien cuida de nosotros. En ese momento, al entregarnos al sueño, toda la fealdad desaparece, y somos puros… o eso es lo que parecen decir los personajes de la serie, durmiendo en un círculo cómplice que nos anuncia, desde el primer capítulo, la maraña triste que forma y conecta sus vidas, todo al son de una música muy simple, artificial y, a menudo, pegajosa.
Y es que para Satoshi Kon (1963-2010) la música fue uno de los elementos fundamentales a la hora de desarrollar su propio estilo. Esto, no solo como modelo o inspiración para construir estructuras e innovar con la puesta en escena, sino directamente, al trabajar con algunos de los músicos japoneses más experimentales de finales del siglo XX en la banda sonora de sus animados. La obra de Kon fue relativamente corta, con apenas cuatro largometrajes y una serie de trece capítulos, pero su despliegue de virtuosismo visual, narrativo y, en general, cinematográfico la convierten en uno de los directores más respetados de la historia de la animación japonesa, y en un referente dentro del cine mundial. Entre los directores occidentales que reconocen admirar a Kon, vale mencionar a Darren Aronofsky, quien pensó en su momento comprar los derechos de la primera película de Kon, Perfect Blue (1997), para reutilizar recursos de esta en Requiem for a Dream (2000); no llegó a comprar los derechos, pero sí copió los planos al pie de la letra, y la influencia de la película de Kon llegó a verse incluso en Black Swan (2010). En esto, Aronofsky no sería, por supuesto, ni el primero ni el último.
El motivo de estos homenajes (por no decir plagios) es sencillo: la obra de Kon, desde Perfect Blue, e incluso antes, está caracterizada por protagonistas femeninas en situaciones de estrés extremo y alienación, por una exploración de tono social sobre cómo el mundo a su alrededor las consuma, consume y desecha (la protagonista de Perfect Blue es una “idol”, una joven cantante convertida en actriz; la de Millennium Actress es una actriz retirada) y, de forma más evidente, por el creciente debilitamiento, ruptura y confusión de los límites entre el mundo psicológico interior y la realidad exterior de los personajes. A diferencia de Nolan o Aronofsky, sin embargo, Kon utiliza el medio de la animación para ilustrar y dar vida a esta inundación de lo irreal con tanta maestría que uno llega a cuestionarse si sería posible hacerlo mejor de otra manera.
Paranoia Agent es la única serie de televisión que Kon realizara, y su penúltima producción antes de morir. A lo largo de trece capítulos, lo que comienza como un atentado contra una joven diseñadora y la investigación policial al respecto, se va convirtiendo en un análisis social –el más abarcador que hiciera el autor– sobre la desesperanza en sus múltiples aspectos. Paranoia Agent es una serie sobre la desilusión, la opresión social y el escapismo (si bien la traducción oficial del título utiliza el término paranoia, este podría traducirse también como delirio o autoengaño). Tomando ideas que no habían tenido cabida en sus películas anteriores, Kon reúne un elenco de personajes muy disímiles: además de la descolorida diseñadora, están los detectives que investigan su caso; héroes que en casa resultan ser monstruos; Cenicientas que son Jekyll y Hyde; niños que no tienen nada; niños que lo tienen todo; fantasmas suicidas de suicidas; profetas dementes; el equipo de producción de una serie animada… A primera vista no tienen nada que ver unos con otros, pero poco a poco se van enlazando en una espiral de infelicidad y alucinaciones de la que no pareciera que podrán escapar.
En el centro de esa espiral, se hallan dos figuras encontradas, dos memes que son las caras de una moneda: el criminal Chico del Bate, un niño con un bate y patines dorados que agrede a personas aparentemente al azar, y cuya presencia se va convirtiendo en una especie de coco, un monstruo a quien culpar de todos los males, y que también sirve de salvación o escape; y su opuesto Maromi, un perrito de peluche que parece sacado de Hello Kitty y que funciona como mascota y analgésico universal. Ambos personajes van abandonando de a poco el reino de las ideas para manifestarse de manera muy konesca en las vidas de las “personas reales” que protagonizan la serie.
Y nosotros, ¿qué podemos sacar de todo esto? ¿Qué intenta decirnos el autor? Después de la muy temprana muerte de Kon, esta pregunta ya no la puede responder nadie, y él se esforzó más en dejarnos sensaciones que argumentos para entenderlo. La explicación de la serie está en sí misma, en verla como es, sin caer en lecturas excesivas ni abusos hermenéuticos. Mi primera impresión al verla fue que la vida alrededor nuestro ha crecido más allá de lo que podemos vivir y comprender y que, sin embargo, la sociedad actual nos ha llevado a todos a un nivel que en mucho podría compararse al de una colmena de abejas repleta de estupefacientes: lo que experimenta cada uno de nosotros va a ser eventualmente experimentado por todos. Es como una ola gigante que barre un océano lleno de pequeños botes. Nuestras opciones son simples: o nos dejamos llevar por la ola, o saltamos del bote y nadamos contra ella. De cualquier manera, en el fondo tenemos la certeza de que todo podría ser inútil.
Eso mismo sucede dentro de la serie. Cada personaje espera tener una existencia simple, lineal, ir del punto A al punto B sin complicaciones. Es la vida misma quien los traiciona, la que coloca un dédalo de complicaciones entre ellos mismos y sus metas. A veces el obstáculo es para ellos tan insalvable como el propio cuerpo; otras, está fuera, pero es enorme. Lo importante es que, para poder seguir adelante, cada personaje debe sacrificar una parte importante de sí mismo, rehuyendo el miedo que paraliza y mata. La serie parece decir que ya no tenemos, quizás nunca tuvimos, la capacidad para enfrentar ese miedo, que crece más rápido que las criaturas a las que da forma (como la forma psicótica de ese niño armado con un bate de béisbol).
El momento álgido de Paranoia Agent viene de la mano de un ama de casa que sabe que va a morir y que lleva a cuestas el peso de años de culpa. Debe enfrentar a ese niño, que ha crecido más allá de todo control, y que trata de matarla con cada frase de debilidad, con cada resbalón en su monólogo, con cada empujón de sus remordimientos. La mujer llena su discurso de objeciones, y, con cada una, descubre la fuerza que tiene ella, y que llevan todos los demás en su interior. Esconderse del miedo no lo aleja, a lo más nos hace creer que ha desaparecido, aunque sigue allí dentro. Paranoia Agent es, valga recalcarlo, también una serie sobre el miedo, una colección de relatos sobre aquellas cosas que a menudo intentamos ocultarnos a nosotros mismos. Pero también sobre el costo de dejarlas hacerse más fuertes, y sobre ver cómo estas regresan un día multiplicadas y dispuestas a arrollarnos.
Es curioso que los mejores personajes de Kon, dentro de la serie y en el resto de su obra, sean los más simples, o los que actúan motivados por razones más triviales y, si se quiere, más humanas. En general los cómics y animados japoneses adolecen de cerebrismo y verborrea, y es bueno ver como Kon deja atrás ese modelo. Dentro de esos universos increíbles que maneja, los personajes nos mantienen anclados a la realidad de la que partimos. El no abandonarla nunca del todo hace que la obra de Kon parezca mucho más hermosa y terrible, que su impacto sea mucho más fuerte, y que –en secreto, por supuesto– esperemos que haya algo de cierto en todo eso, que de verdad los sueños, como a través de esas máquinas oníricas de Paprika (2006), puedan colarse en la vida real, para hacerla quizás un poco menos monótona, sin dejarnos caer, claro está, en la soledad de los paranoicos.

