Gianni Versace (FOTO David Lees)
Gianni Versace (FOTO David Lees)

The Afternoon of Gianni Versace

1

The times were simply red and glowing
with white hot aspirations, insurrections.
You bought the pink hotel on the Riviera.
O, what disgraceful sight, the beach!
Palmeras in the comic-strip afternoon.
O faun, your body disinterred and shipped
from Capri to the Miamian shore.
Who invented drapes to cover pianos?
What flag shall cover the coffin or
the sepulcher-like refrigerator?

Immense, picassoesque, the supermodels
strolled Arcadian sands barefooted, prude.
Old gentry, suave madonnas, cover-
girls and insatiable machos.
Was the sun wanting in this diurnal cave
where you had painted with archaic strokes
extreme symbols of permissive Fall?
Or was all Nature just a fashion show?
Undefeated fascist steed forever beautiful
and tanning mares reclining by your pool.
Copper and silver in ashtrays and cockrings.
Bathtubs scribbled with intestine’s ink.

A fist, young Sardanapalus,
ever the Cynic on the rope of doom,
invaded your interiors, decorated
with mortal anguish and some guilty haste.

  Those were the Times!
One hundred mirrors, like so many sages,
reflected on the fucking afternoon:
they found, of course, devoid of any intelligence
the cycling and recycling of the Ages.
How could they otherwise, how could they not?
There it was, for all to see,
camouflaged in woe and flowing silk.
The servants came and went, and Michelangelo
lent His holy presence. Honey and milk
flowed from the jewels. Those were the Times!
No time to spend in masquerades
where you wouldn’t deign to show your face.
Only those brimming with angst!
Only those made for the orange crash!

2

Any promise you wish to tear from me,
you can now tear from me. You can
make me surrender my Empire at your feet!
You, body chiseled in coral,
draped in angora, more of a demi-god
than human sore to the eyes! Unblemished
by profundities, all superficial mirror
of my desire! You come from the underside
of deep fetish dreams. O man! O superman!
To conquer the world you need me!
To dress you for the stage, reversal
of the pure and simple life. No more
walks in the dark! I forbid the driving
of stolen cars! Only luxury becomes a man
guilty of the most hideous crimes!
Let’s play with daggers and revolvers,
revolted at the sight of sleazy palaces
that wouldn’t fit your arms.
Let me dress you in palm shadows,
in tight pants and see you naked
through the lattice of my hands!

3

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The assassin walked the boardwalk with sashay.
Some Brutus! Some Charlotte Corday!
Kiss, kiss. Bang, bang! Was Paradise cinema?
Fifteen or 60 minutes show? Who knows?
Only you could
give an exact account of those amphibian moments
winding and rewinding in the flesh.
The lackeys went for ice to soothe the ayes
and some fag cried hysterically on the steps.
Like a Pompeian hut the Palace crumbled:
in the canopic jar your heart tumbled.
Who’s playing salsa in the Latin Quarter?
Is the Kiddush meant for you?
The shinny temples are set ablaze for the last time
while your hand holds yesterday’s paper.
These –too meticulous for a crime scene–
steps that lead nowhere from here
refuse to quench even your blood.
Inside the faggots come and go
comparing you with Michelangelo.

La mansión de Gianni Versace en Miami (FOTO Dave Allocca)
La mansión de Gianni Versace en Miami (FOTO Dave Allocca)

El atardecer de Gianni Versace

1

El tiempo estaba rojo y radiante
de aspiraciones, insurrecciones candentes.
Compraste el hotel rosa en la Riviera.
¡Ah, qué vista miserable, la playa!
Palmeras en una tarde como de historieta.
Ah, fauno, tu cuerpo exhumado y despachado
desde Capri hasta el litoral miamense.
¿Quién inventó los paños con que cubrir los pianos?
¿Qué estandarte ha de cubrir la urna, o
la nevera a modo de sepulcro?

Inmensas, picassianas, las supermodelos
vagaban por arcádicas arenas,
descalzas y castas. Señores bien,
madonnas zalameras, chicas de
portada de revista y machos insaciables.
¿Hacía el sol por penetrar esa gruta diurna
donde pintaste con trazos arcaicos
los signos rotundos de un generoso Abismo?
¿O era la Naturaleza toda una pasarela?
Fascista invicto corcel eternamente bello
y yeguas bronceadas tumbadas en tu piscina.
Cobre y plata en ceniceros y anillos fálicos.
Bañeras garrapateadas con tinta intestinal.

Un puño, joven Sardanápalo,
una vez el cínico en la soga del destino
invadió tus interiores, decorados
con angustia mortal y algo de prisa culpable.

  ¡Qué tiempos fueron aquellos!
Cien espejos, cual otros tantos sabios,
proyectados al puto atardecer:
hallaron, como es lógico, privados
de cualquier atisbo de inteligencia,
el eterno reciclaje de las Eras.
¿Y cómo habría podido ser de otra manera?

Allí estaba, expuesto a la vista de todos,
camuflado entre la desolación y la seda.
Los criados iban y venían, y Miguel Ángel
manifestó Su sacra presencia. Leche y miel
manaba de las joyas. ¡Qué tiempos fueron aquellos!
No había tiempo que perder en farsas
en las que no te dignaras a mostrar tu rostro.
¡Solo esos que rebosan de angustia!
¡Esos que están hechos para el choque anaranjado!

2

Cualquier promesa que quieras arrancarme
puedes arrancármela ahora. ¡Puedes
hacerme rendir mi imperio a tus pies!
¡Tú, cuerpo esculpido en coral,
envuelto en angora, más un semidiós
en apariencia que humana pena! ¡Nunca hollado
por las profundidades, superficial espejo
de mi deseo! Procedes del reverso
de los remotos sueños del fetiche.
Ah, hombre. Ah, superhombre. ¡Para conquistar
el mundo me necesitas! ¡Para vestirte
para la escena, envés de la pura y simple vida!
¡Basta ya de paseos en lo oscuro! ¡Prohíbo
la conducción de carros robados! Solo el lujo
conviene al culpable de los más horrendos crímenes.
Juguemos con puñales y revólveres,
revueltos ante la vista de palacios sórdidos
que no cabrían en tu abrazo.
Déjame vestirte en sombras de palma,
y en pantalones apretados verte desnudo
a través del entramado de mis manos.

3

Por la alameda fue pavoneándose el asesino.
¡Un Bruto cualquiera! ¡Cualquier Charlotte Corday!
¡Kiss, kiss. Bang, bang! ¿Era el Cinema Paradiso?
¿Crónica rosa o roja? Sabe Dios.
Solo tú podrías dar
la exacta relación de esos momentos anfibios
del tirar y encoger de la carne.
Buscaron hielo los lacayos con que aliviar
los ayes, y un marica lloraba sin consuelo.
Cual choza pompeyana vino abajo el palacio:
tu corazón fue a dar al vaso canópeo.
¿Quién está tocando salsa en el Barrio Latino?
¿Es por ti que entonan el Kidush?
En llamas resplandecen los templos por vez última
mientras sostienes el periódico de ayer.
Los escalones, que (demasiado minuciosos
para una escena del crimen) no llevan a parte alguna,
se niegan a apagar siquiera tu sangre.
Adentro, los maricas van y vienen
comparándote con Miguel Ángel.

(traducción de Juan Manuel Tabío)

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