Me gustaría empezar esta reflexión sobre Desde el banquito (RIL editores, Santiago de Chile, 2026) de Alejandro Varderi con una apreciación muy personal, producto de nuestra amistad desde hace muchos años; de cuando éramos jóvenes hace, quizás, cuarenta años. Ahora mismo podría yo empezar a adoptar el papel de alguno de los personajes de esta novela, tal vez Llúcia; no tanto por la edad, que quede claro, pues nonagenario todavía no lo soy… Me refiero a que podría escribir sobre alguna anécdota, quizás picante o divertida, también triste y profundamente amarga, como lo que ha sido para nosotros la Venezuela donde nacimos; o hablar de nuestros anhelos juveniles, de formarnos y trabajar como creadores y conectar con un público lector. Hablar de libros, de teatro, de cine, de otros tiempos, o de los amigos que ya no están. Ya hemos llegado a esa edad donde se empieza a pensar que lo anterior era mejor… En fin.
Pero no era este el motivo de mi apreciación, digamos que personal, pues sé lo que significa poder llegar hasta aquí, tras una larga y fructífera carrera en el mundo literario, de manera incansable. Algo ciertamente difícil; y cuando veo que Alejandro lo ha conseguido, ello es para mí como una luz de esperanza en medio de un tiempo indiferente, brutalmente feroz, marcado por la fugacidad y la tiranía del mundo editorial. Crear en este momento, velando por un estilo, unas formas, un ritmo pausado y un compromiso al margen de las normas editoriales o los mecanismos marcados por la inflexibilidad de las redes sociales, es sobrevivir constantemente al borde de un precipicio.
—Alejandro, qué alegría que puedas haber escrito esta novela.
Y entonces, siguiendo nuestro diálogo, él me pregunta si me gustaría presentarla en Gavà, cerca de Barcelona,
—¿Qué? –No me lo pensé ni un segundo–. Sí claro, Alejandro, por supuesto que puedes contar conmigo.
(¿Pero qué haces, Enric, me pregunté, si tú no eres un buen lector de novela, te cuesta mucho; es un hecho que quizás no estés a la altura?)
He de reconocer que no leo muchas novelas, pero no porque no me gusten; las he leído magníficas. Es más bien un problema de concentración, que arrastro toda mi vida. La razón de mi reserva. Lo hago muy lentamente y corro el riesgo de perder el hilo… algo que no me pasó con esta obra, que conste. Me explico: normalmente prefiero la experiencia lectora con el cuento o el relato corto. Por otra parte, soy un lector voraz de literatura dramática, quizás por deformación profesional. Generalmente me cuesta integrar las digresiones, o la multiplicidad de universos o niveles narrativos a los que ciertas novelas nos invitan. En fin, que le dije que sí. Y esta es toda la verdad. De hecho, no me costó mucho asumir mi poca habilidad lectora de novelas, para convertir esta extraordinaria obra de Alejandro en un reto. Y así lo ha sido.
Al comienzo: una imagen aparentemente intrascendente y cotidiana, como, por ejemplo, tres mujeres nonagenarias sentadas a media mañana en un banco bajo la sombra. Es verano en cualquier plaza o parque de Barcelona. Estamos en Barcelona, en la plaza Virrey Amat, por ejemplo –ahora Joan Salvat-Papasseit–. Tres mujeres entonces, vestidas de acuerdo con su edad, acompañadas de muletas y bolsos de mano, viendo pasar la vida. Esta imagen podría convertirse en materia prima de una novela, si fuéramos capaces de descubrir, con mucho y notable esfuerzo, una profunda inmersión en la intimidad, y una mirada especialmente ajena del universo entero, que ellas son capaces de aglutinar. Y esta gesta literaria, aparentemente sencilla, es lo que Varderi provoca.
Inmerso en la primera parte de la obra, el autor nos plantea la premisa implícita, como lectores, de proponernos detener nuestra marcha constante por un minuto, y escuchar con atención, ver y sentir lo que estas mujeres evocan cada día que se encuentran juntas desde el banquito; refugio vital en donde ven pasar la vida y conectan ahí con su pasado. La realidad hostil, sin duda las amenaza; se ha de tener en cuenta que esta imagen debemos ubicarla en el contexto de lo que significó la pandemia del COVID, de la cual todavía encontramos rastros. Una circunstancia terrible para las personas de la tercera edad, que hace todavía más difícil su existencia; tanto como las luchas por hacerse un espacio en un contexto que invisibiliza a las personas mayores, sus problemas de salud, las ausencias y los duelos.
Pero nuestra aventura como lectores no se queda aquí. Varderi nos sumerge en sus pasados a través de un ejercicio de la memoria de los personajes, que enuncian como testimonio, la línea de evolución histórica de España, partiendo de la ciudad de Barcelona y los lugares donde han vivido, desde la Guerra Civil hasta nuestros días. Estas tres mujeres tienen en común el pertenecer al bando de los perdedores de una guerra; hijas, mujeres y nietas de represaliados, que implacablemente encarnan las consecuencias de la conflagración hasta el final. Transformadas en documentalistas vivas y resistentes, con un admirable discurso político que se sustenta en la experiencia y que va retroalimentándose, encuentro tras encuentro, construyen un juego comunicativo donde surge la historia personal de cada una. Por otro lado, curiosamente, la estrategia de situar a las protagonistas en el contexto de la pandemia y en el refugio de la plaza, nos lleva necesariamente a una especie de Decamerón del siglo XXI, donde estas sobrevivientes de una época que llevan en sus cuerpos –junto con la memoria de las heridas de la Guerra Civil, y que se han salvado de esta terrorífica peste– se reúnen en un gesto de compartir, narrar y celebrar la vida.
“Yo estoy aquí para explicarte, a ti, lector, que he sobrevivido a la muerte”, podrían ellas habernos dicho.
En mi opinión, esta premisa fundamenta el impulso o el gesto liminar narrativo, alimenta el sentido profundo del texto. Toda nuestra vida inscrita sobre una amenaza latente. Aparece en cada palabra, recuerdo y movimiento, y les da sentido a los encuentros hasta el final.
Me sumerjo en el universo compuesto por Varderi desde la primera palabra. La puesta en escena se despliega ante mi mirada de forma precisa. Poco a poco, de la mano de su elocuente narrador, entro en la ciudad que creo conocer muy bien y, así y todo, me sorprende la atmósfera, íntima y de profunda experiencia vital que respira. El puente que une mi realidad con la de la ficción se construye, con una maestría tal, que de golpe y sin pensarlo ya estamos con ellas. Esto ocurre, porque la forma fragmentaria en que se distribuyen los relatos me hace olvidar que estoy ante una novela. Es como si estuviese leyendo la obra de un Boccaccio contemporáneo.
Uno de los hechos más relevantes que ha afectado a las protagonistas, Llúcia, Montse y Amèlia, y quizás como consecuencia directa o indirecta de la Guerra Civil, ha sido la emigración, y en un sentido sobre todo metafórico o simbólico. Me explico: sabemos que Llúcia emigra a Caracas, Venezuela, y en ese país hace su vida, construye una familia y un negocio. Y Montse, con sus padres, acaba en Nueva York, donde creció y se casó. Por otra parte, si bien Amèlia, la tercera en el banquito nunca salió de Barcelona, el autor nos la presenta como si hubiese experimentado una suerte de migración interna; una especie de ausencia de su propia identidad durante mucho tiempo, a causa, quizás, de las situaciones familiares que vivió, y del contexto social asfixiante y estéril del franquismo.
En todo caso, desde el banquito, las tres mujeres actúan como un espejo para que reflexionemos sobre los procesos migratorios contemporáneos, a partir de sus experiencias: el derecho a una vida digna, a una identidad plural sin persecuciones ni menosprecios, a un trabajo y una casa en condiciones y, sobre todo, a la no discriminación; abiertas al mundo y enriqueciéndose con la diferencia cultural bajo el lema: “Que nos una la diferencia”. Y este aspecto lleva a una reflexión sobre los temas de la autodeterminación, y especialmente, sobre los usos y abusos de las lenguas. Se trata el conflicto entre los conservadurismos recalcitrantes y la apertura; el multiculturalismo y la integración: el reto de construir un espacio ideal donde convivan, con el mismo nivel de compromiso, personas de culturas y lenguas distintas, pero sin dejar de comunicarse; más bien enriqueciéndose e hibridándose, sin imperativos adversos de una cultura y lengua dominantes, que acabarían por convertirse en arma discriminatoria y esterilizadora.
Y este es un tema del que puedo hablar por experiencia personal, y que comparto con Alejandro Varderi, ya que ambos nacimos en Caracas y nuestros respectivos progenitores emigraron de Cataluña a Venezuela por las mismas causas y en la misma época que Llúcia, por poner un ejemplo. Vivimos una experiencia muy profunda, que tiene que ver, pienso, con el amor; un amor que nos lleva a nuestras lenguas, que se convertirán definitivamente en las herramientas del trabajo creativo, y con nuestra cultura híbrida y mestiza. Las diferencias saltan a la vista, pero aquello que tenemos en común también: él se fue a Nueva York y allí ha construido su vida personal y profesional, haciéndose novelista; y yo emigré a Barcelona, donde también he desarrollado mi vida profesional y familiar, y me hice dramaturgo.
Pero vuelvo a la novela. Y al llegar a este punto, lo que quizás me llama más la atención, de los recursos empleados por Varderi en su obra, son las secuencias en que, situándose las tres mujeres, juntas, sentadas y en silencio, se dejan llevar por sus propios pensamientos, y nosotros como lectores, asistimos a un fenómeno mágico, de movimiento hacia una nueva dimensión paralela, que convive con la misma fuerza vital que la misma realidad. Estos períodos, se distancian de cuando en cuando, con la llegada de alguna persona que pasea o algún niño que juega con la pelota, pero enseguida vuelve nuevamente este mismo estado, digámosle de contemplación profunda. Es tanto el afecto, la confianza y el amor que sienten estas mujeres inconscientemente, cuando están juntas en este refugio, que no necesitan palabras, y el silencio entre ellas se transforma en la máxima expresión de complicidad. A veces, uno podría pensar que han encontrado el don de comunicarse a través de sus pensamientos, pero no: lo que pasa es que se acompañan, y esto, que resulta tan fácil de decir, es una de las experiencias humanas más difíciles y extrañas en la vida. Ellas son afortunadas de tenerse, aunque no sean conscientes del valor que esto tiene, sobre todo en un mundo donde cada vez es más difícil vincularse con el colectivo, y mucho más con una realidad totalmente monetizada y grotesca.
No querría profundizar más, porque a mi entender sería entrar en detalles que probablemente el lector encontrará con la lectura de la obra. De todos modos, avanzo que este banquito existe, doy fe; y que, si el relato transita por un vivaz estío, un maduro otoño y un invierno despiadado y enigmático, no he podido evitar revivir a lo largo de la lectura, los múltiples momentos cuando, durante cuarenta años, Alejandro y yo nos hemos reencontrado, año tras año, en Barcelona. Nos hemos acompañado en las muertes de nuestros padres, hermanos, amigos comunes; hemos compartido la publicación de nuestras obras, nuestros éxitos y fracasos; los relatos de nuestros amores y nuestros proyectos. Hemos dialogado sobre la situación de Venezuela, la política y la cultura. Y he sentido lo que apuntaba antes, esta experiencia de quedarnos en silencio, compartiendo solo el hecho de estar juntos, en una mesa, en un banquito, donde sea, y dejar aflorar la memoria que es, en el fondo, lo único que tenemos. Paradójicamente, eso intangible, pero que posee la misma energía que la realidad.
Por cierto, lo he conseguido, creo, ¡he podido leer con éxito esta novela!

