ʽInstalación efímera, nueve esculturas de terracota degradadas con la lluviaʼ (2012)

Tanto la obra como la persona de Elizabet Cerviño (Manzanillo, 1986) me sugieren una marea tranquila, sosegada, dentro de la cual puede aparecer de imprevisto una tempestad, lo mismo en un sentido poético como místico. Otorgo a dicha tempestad una capacidad simbólica capaz de abarcar todo lo que habita en el espíritu de una artista de su calibre.

Las imágenes que ella produce desde los diferentes soportes en los que se performancdesempeña precisan ser interrogadas, sometidas a una tensión o duda que de inmediato generan una riqueza capaz de superar cada uno de los referentes utilizados, para mostrar un espacio legítimo donde se adquiere conocimiento sin renunciar a la emoción irrepetible del espectáculo, de una mente que se instala con audacia en diferentes campos de representación.

Elizabet Cerviño parece guardarse debajo de la manga algunos códigos que se antojan medulares, como sostén del torrente de subjetividad que suele emanar de sus piezas, sumándole a estas un encanto muy particular que acontece cuando la experiencia del individuo logra fundirse con las cosas que le circundan.

La sensación a la que me remite la consecución de sus procesos es a la de estar ante una llama tenue, perseverante, que fluye a través de la memoria, porque el efecto de este tipo de poética se extiende y madura en la reflexión, sin estar exento de las constantes crisis que acompañan a todo hecho de apreciación auténtica. Aquí las formas corporales de la transgresión tienen su momento, una conexión con las ya mencionadas imágenes circundantes y, sobre todo, con la actividad conceptual, que va generando verdaderos combates simbólicos.

Performances o pájaros sustraídos de sus estamentos

Cuerpos menudos, cuyas rutas de vuelo se trastocan para reforzar el efecto de lo metafórico. Ideas que exigen una dinámica rigurosa, una lógica que cobra sentido en esa expresión poética, que entre despiadada y tímida se manifiesta. Detrás de cada presencia, de cada mutación de lo representado, aparecen los puntos de conflictos, intervalos en que lo físico se desmiembra para que la esencia de las cosas pueda perdurar.

La artista evacua los contenidos de un sitio para otro, y justo en esa movilidad urge ir leyendo los signos que se desprenden de las transacciones de significados. Los conceptos, el lenguaje, los objetos, las formas que aspiran a la plenitud se diluyen; en ese momento es importante comprender que el mayor protagonismo de cualquier objeto o escenario radica en su voluntad de transformarse. Así, aceptamos de manera rotunda la cuestión del destino –su sentido personal– y, a contrapelo de lo anterior, la libertad del acto creativo, que ha sido responsable de que la mente se mueva y, a la vez, ofrezca un tipo de connotación a través de la cual queda legitimado.

Con contundencia, Elizabet Cerviño nos obsequia una especie de vértebra energizada en donde inserta los estados de ánimo, los gestos, y la necesidad de transmitir a los demás cuestiones urgentes, que una vez abordadas nos dejan en mejores condiciones de establecer un verdadero intercambio. Estos performances llevan en sí una especie de voz que taladra en la conciencia del espectador, ente, revelación que indica y garantiza que las cenizas de lo ocurrido no se enfríen y continúen mostrando un aspecto perdurable.

En estas acciones, el cuerpo se retira, coloca la huella o rastro en una posición privilegiada (Descanso, 2010). Sus volúmenes de expresión se disparan, y borran con eficacia cualquier arco turbio que haya podido dejar el cuerpo, dándole a esa imagen la potencia de un vacío que multiplica cierta resonancia a partir de la pérdida y el abandono. Quedamos ante escenarios liberados de la posesión, donde transita, en todas las direcciones posibles, lo que se sugiere.

Su protagonista se desenvuelve con una economía muy particular, con estricta exactitud, marcando territorios, para que el lenguaje propio de cada intervención pueda fluir sin la interferencia de lo retórico, o de un toque de histeria que frustre lo deseado.

Instalaciones, la rebelión de los objetos

Estos escenarios se transforman en territorios fértiles para dramatizar, y volver totalmente visible lo que de manera permanente ocurre y no apreciamos, producto de la inercia que tiende a enajenarnos y deja oculta parte de esa batalla sin límites que la mente humana libra frente a lo natural. Los engendros que nos regala Elizabet Cerviño pueden poseer la utilidad de una trampa, en tanto provocan tantas reflexiones en el espectador que este puede llegar a rechazar su propio comportamiento, a partir del impacto que le provoca la obra.

El tono de estas piezas es abiertamente filosófico, con mucho de la lógica del pensamiento orientalista, y resulta inquietante el vínculo que se establece entre el relato y la materia que se emplea para hacerlo funcionar. Lo efímero, lo artificial –tanto como fracaso o como parodia–, la posibilidad de construir a través de la mente una vitalidad para todo aquello que, de alguna manera, se ha quebrado o corre el peligro de desaparecer, establecen conflictos frecuentes en esta zona de su trabajo.

Ya sabemos que “si no hay pan se come casabe”, justamente viene siendo ese casabe la ironía que ella introduce para crear un raro encanto, que congratula a la imaginación y pone en duda los supuestos límites de la normalidad: algo así como describir las maneras tan ingenuas en las que los individuos se adaptan a sobrevivir en el umbral de lo falso y engañoso.

Aquí, el ritual, que entre otras cosas suele ser padre de la sublimación, se manifiesta con las dotes de un punzante minimalismo; vigoroso y eficiente en una obra como Estanque (2018) u Oración (2018). Bordes a través de los cuales se deslizan referentes notables de la cultura, e instantes de emoción que ya nos han hecho vivir otros lenguajes que van de la música al cine.

Lo cierto es que si nos detenemos ante varias de sus instalaciones —Fango (2012) y el citado Estanque (2018)– presentimos el canto en su sentido más clásico, una mezcla del lirismo de la tragedia con el lirismo de la salvación; quedamos ante estructuras amainadas por un soplo que las supera, y dinamiza el sentido de su expresión.

ʽEstanqueʼ (2018), instalación

Las telas: óxido, gesso, óleo, acrílico, rasgados

Lo que comúnmente se conoce como pintura, en ella es una gestión que se vincula a la rectitud cromática, lo que la lleva a polemizar, quizás inconscientemente, con toda una amplia tradición pictórica. Sus telas constituyen un reto para el espectador, quien tendrá que develar con astucia su vena narrativa, agazapada en la tersura, la sobriedad, y el soplo zen. Aunque parezca contradictorio, lo estricto en su trabajo conlleva una liberación dada por el uso de elementos y eventos naturales para producir la belleza que se inscribe de súbito y deja significados manifiestos.

Sin temor, podemos hablar de paisajes, pero igualmente de huellas, marcas, síntomas que adquieren una tonalidad y forma, presencias dadas a sugerir y muy cercanas a manifestaciones poéticas y filosóficas del Oriente (Japón y China). En algunas de sus piezas, agua y oxido fecundan y dejan alumbrar momentos estelares para el pensamiento, criptas que a raíz de una explosión liberan su contenido oculto para propiciar el festín de la mirada. Elizabet Cerviño transita el camino hacia el sitio donde el poder de la sencillez reina. Obsesionada con lo tenue, deja entrever esos espectáculos que entre nieblas, nubes, resinas, auroras, brisas, desgates y hasta el ámbar, se sincronizan para delatar un tono interior y sugerir la construcción de un horizonte que hasta cierto punto será alternativo a los que ya se nos imponen.

Es un proceder que parece jerarquizar el protagonismo de las telas por encima de otros elementos que terminan interviniendo en el aspecto final de la imagen: las texturas que una y otra vez han sido elegidas representan la permanencia dentro de un rango de pequeñas variaciones. Pero dije parece, porque al final se impone una súbita horizontalidad que, de manera placentera, evalúa el rubor de la mancha, de la misma manera que el rasgado casi imperceptible por donde puede fugarse el pensamiento.

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