Cederista

Corría apenas 1960 cuando nació en Cuba una de las instituciones más letales que haya conocido la libertad: los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). En palabras fundacionales del difunto Dictador en Jefe, se trataba de “un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria” para que todo el mundo supiera quién vivía en la manzana, “a qué se dedica; con quién se junta; en qué actividades anda”. Habría poco más que agregar a tan contundente definición.
Institucionalizada la delación como deber patrio, la mezquindad encontró el disfraz cívico perfecto. El vecino se convirtió en enemigo y la confraternización se volvió síndrome colectivo de la sospecha; así quedó secuestrada la capacidad del cubano de confiar, asociarse y hasta desahogarse en la privacidad de su propia casa. Los mayores nos amenazaban con el acecho del Cederista, como si se tratara del Coco o del Hombre del Saco, cada vez que entonábamos algo parecido a una inquietud política. Medíamos cada movimiento público conscientes de que podía estar monitoreándolo la bestia castrista, siempre dispuesta a inculparnos con su lenguaza inquisidora de cualquier conducta incompatible con la moral socialista, ilegalidad cometida o por cometer. Y, como es de suponer, el Cederista vivía con la misma paranoia.
Esta criatura, tristemente, no es endémica de Cuba ni de ninguna ideología o sistema político en particular. Conjunción de dos nefastas flaquezas humanas –la cobardía y el egoísmo–, la podemos encontrar lo mismo cenando al lado de Cristo que denunciando a un judío con las autoridades nazis, testificando contra colegas en los tribunales macartistas o reportando al vecino migrante ante ICE. Solo necesita, para manifestarse, que el poder la ponga frente a la disyuntiva de empujar al prójimo o recibir los golpes: entonces, por pusilanimidad, supremacismo, sadismo o alguna burda recompensa material o egotista, saldrá a la luz. Así que escojamos siempre, por nuestra propia integridad, mantenerla en la oscuridad.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudoética que puede ser el ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weil, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

