Retrato de Mary Shelley (FOTO Getty Images)
Retrato de Mary Shelley (FOTO Getty Images)

En ocasiones, un incidente casual provoca consecuencias cuyas dimensiones no se corresponden con la importancia del hecho que les dio origen. Por ejemplo, no sugiero que el asesinato del heredero de la corona austrohúngara sea una bicoca, pero creo que todos estaremos de acuerdo en que la comedia de errores que concluyó con la muerte de Franz Ferdinand en Sarajevo no justifica la hecatombe que a continuación asoló Europa durante cuatro años. Tampoco, y guardando las distancias, la afirmación distraída de que la ciencia ficción fue inventada por Verne, Wells y Gernsback parece causa suficiente para detonar el espasmo de cólera que durante unas horas sacudió a Twitter y Facebook el pasado noviembre.

La afirmación se encuentra en un artículo publicado en el New York Times con el título “How H. G. Wells Predicted the 20th Century”. Firmado por Charles Johnson, reseña la más reciente biografía dedicada al novelista británico, cortesía de Claire Tomalin: The Young H. G. Wells: Changing the World. Hacia el último tercio de su texto, Johnson afirma de pasada: “Con Julio Verne y el editor Hugo Gernsback, [Wells] inventó el género de ciencia ficción”. El comentario, cuyo origen, supongo, reside más en la ignorancia que en la malicia, provocó acusaciones airadas de estar tratando de “borrar” a Mary Shelley, la celebrada autora de Frankenstein o el moderno Prometeo.

Cuesta imaginar que exista un aficionado a la ciencia ficción (CF a partir de ahora) que no estuviera encantado con ubicar el origen del género en la novela de horror más famosa de la lengua inglesa. La felicidad de esa elección no se limita a la popularidad del libro. Ningún esnob que se respete pondría en cuestión las credenciales de la creadora de Frankenstein, quien no solo fue una persona brillante y culta, sino que además pudo presumir de haber sido la hija de Mary Wollstonecraft y William Godwin, y la esposa de uno de los más importantes poetas románticos ingleses.

Luego están las circunstancias que dieron pie a la creación de la novela, una historia casi tan conocida como la propia obra. En 1816, Percy y Mary viajaron por segunda vez al continente para reunirse con Byron en Ginebra animados por la hermanastra de Mary, Claire Clairmont, que había tenido un affaire con el autor de Childe Harold y aspiraba a reanudarlo. Byron, que ya llevaba un tiempo viajando con Polidori como acompañante y médico personal, había decidido instalarse en la villa Diodati. La erupción el año anterior del Monte Tambora en Indonesia había afectado el clima del hemisferio norte, y una serie de tormentas acompañadas de bajas temperaturas provocó que a 1816 se le conozca como “el año sin verano”. Forzados entonces a permanecer bajo techo la mayor parte del tiempo, los viajeros solían reunirse en la villa Diodati donde se distraían con conversaciones sobre literatura, ciencia y filosofía, intercaladas con lecturas en voz alta de los libros que tenían a mano. Un libro alemán de cuentos de fantasmas provocó que Byron propusiera que todos escribiesen una historia similar a las que acababan de leer. Shelley no escribió nada y Byron no pasó de unos fragmentos, pero Mary concibió por esos días su Frankenstein, cuya primera versión saldría publicada en 1818. Como historia de origen para un género, es difícil concebir otra más satisfactoria.

Construirle una genealogía a la CF ha sido un pasatiempo popular entre los entusiastas y algunos estudiosos del género. Una de las opciones más comunes consiste en escoger alguna obra célebre –puntos extra si es realmente antigua– y afirmar que ciertos elementos presentes en ella son razón suficiente para etiquetarla como CF sin detenerse a considerar que semejantes interpretaciones hacen violencia a cualquier lectura razonable de esos libros. Así, mientras los más prudentes no pasan de proponer a Kepler, Cyrano de Bergerac, Margaret Cavendish, Swift o Voltaire, los más atrevidos se han remontado al Gilgamesh, el Ramayana o la Historia Verdadera de Luciano de Samósata.

Sin embargo, como apuntan John Clute y Peter Nicholls en su Encyclopedia of Science Fiction, para existir, la CF exige una toma de consciencia del punto de vista científico y probablemente exija también un sentido de la posibilidad de cambio, ya sea social o tecnológico. Ahora bien, una perspectiva científica del mundo no emergió hasta el siglo XVII y no se propagó entre la sociedad en general hasta el XVIII –de manera parcial– y el XIX –en mayor medida–. Por otro lado, una percepción de la fragilidad de las estructuras sociales y su potencial de cambio no se extendió hasta las revoluciones políticas del siglo XVIII, cuando, según Kundera, la Historia entró en la novela. Si aceptamos estas condiciones, el rango de nuestras indagaciones genealógicas se ve considerablemente reducido.

La candidatura de Mary Shelley a la plaza de madre fundadora del género demoró tiempo en ser presentada. No fue hasta 1973, en Billion Year Spree, que Brian W. Aldiss afirmó que se podía trazar una tradición literaria coherente de CF a partir de su origen en Frankenstein. La idea, como ya indiqué, tiene su encanto, y confieso haberla suscrito de manera intermitente en el pasado. No obstante, nunca le ha faltado competencia y las candidaturas de Poe, Verne y Wells han sido ofrecidas como alternativa. Darko Suvin, en su estudio Victorian Science Fiction in the UK de 1983, asegura que, si alguna vez en la historia de un género literario hubo un día en que se pudo decir que este había comenzado, en el caso de la CF británica ese día era el primero de mayo de 1871, pues entonces habían aparecido publicados The Coming Race, de Lord Lytton, la versión para revista de The Battle of Dorkin, de George Chesney, y Samuel Butler había entregado el manuscrito de Erewhon. La precisión de Suvin es sin duda admirable, pero se le puede reprochar que, puestos a escoger aniversario, resulta poco estimulante terminar con uno que descansa en obras y autores que perdieron la atención del público hace más de medio siglo. Sin embargo, preferencias personales aparte, está claro que, en la versión de Suvin, Mary Shelley también queda fuera.

Una cosa es cierta, la conciencia de que un género existe no precede a, ni coincide con, sino que le sigue a la aparición de los primeros libros que se inscriben en él. Consideremos, por ejemplo, el policiaco, cuyo posible origen en Poe nadie encontrará polémico. Es razonable suponer que ninguno de los lectores contemporáneos de Poe se percató de que se enfrentaba a un nuevo género al leer por primera vez “Los crímenes de la calle Morgue” o supo prever a Holmes, Poirot o el Padre Brown, menos aún a Philip Marlowe, Parker o Raylan Givens. Primero tuvo que publicarse cierto número de obras antes de que el público comenzara a agruparlas bajo una misma etiqueta. Esta realidad no es exclusiva de los géneros populares. El simbolismo, por mencionar otro caso, recibió su nombre en 1886, cortesía de Jean Moréas, cuando el corpus más sustancial de ese movimiento ya llevaba años escrito y Rimbaud, uno de sus cultores más exquisitos, había abandonado la literatura por completo. La excepción, si hay una, serían las vanguardias históricas, donde en muchos casos los manifiestos no solo precedieron a las obras, sino que en ocasiones las superaron en interés.

La construcción de un género, entonces, suele preceder a su identificación e implica numerosas obras y autores que poco a poco establecen las características que vamos a asociar con aquel, además de las décadas necesarias para que los lectores comiencen a ubicar una serie de libros dentro de una misma categoría. Cuando concentramos la historia de un género en la sucesión de unas pocas figuras –como Mary Shelley, Edgar Allan Poe, Jules Verne, H. G. Wells y Hugo Gernsback– perdemos de vista que ellos representan las cumbres en un proceso que avanzó la mayor parte del tiempo a través de valles que, con el tiempo, los lectores hemos dejado de percibir y que se han convertido en el patrimonio de los especialistas. Por ejemplo, aunque ahora lo ignoremos, entre la publicación de Cinco semanas en globo, de Verne, en 1863, y La máquina del tiempo, de Wells, en 1895, la CF se había ido consolidando y expandiendo. Everett F. Bleiler, en Science-Fiction: The Early Years, enumera 618 obras, entre cuentos y novelas, publicadas en este período. Otro tanto sucede en el intervalo que va de 1895 a la aparición de Amazing Stories en 1926, cuando incluso aumentó el número de autores que publican dentro del género.

Los contemporáneos de Mary Shelley no leyeron su novela como CF, género que no existía, sino como una novela gótica, una modalidad mejor establecida entonces. Son nuestras lecturas de autores posteriores las que afinan y desvían sensiblemente, al decir de Borges, nuestra lectura de Frankenstein y que ex post facto lo trasladan de un género a otro en una suerte de anacronismo que es bastante común y al que no escapan ni las historias de la literatura. (Los simbolistas, con no menos descaro, se habían apropiado de Baudelaire para situarlo a la cabeza de la fila porque todo el mundo gusta de un personaje célebre como reclamo de legitimidad.) Lo cierto es que el primer autor que incluso los lectores poco familiarizados con la CF identifican como tal es H. G. Wells, lo que demuestra no que nos encontramos en el inicio, sino que, para ese momento, el género se había cristalizado lo suficiente para que resultara fácil identificarlo.

Se equivoca entonces Charles Johnson en su afán genealógico, pero se equivocan también quienes lo atacan y corrigen. La CF no apareció de golpe producto de la desmedida creatividad de tres superhombres, o como consecuencia de una novela concebida en circunstancias convenientemente dramáticas, o a raíz de la publicación –o entrega– fortuita de tres manuscritos en un mismo día. La CF no tuvo un comienzo definido, ni se desarrolló de manera clara, en una progresión lineal, como si de una carrera de relevo se tratara en la que un autor sucede a otro ordenadamente. Debió ser más bien un proceso complejo en el que un tropel de escritores –la inmensa mayoría bastante menores– fue perfilando las convenciones del género y educando las expectativas de generaciones de lectores. Cualquier intento entonces de destacar un momento o un libro como el momento o el libro solo puede sostenerse con una dosis considerable de arbitrariedad y desdén por la evidencia.

Por convención, por pereza, porque así se presenta la versión de la realidad que habitamos, nos parece natural que cualquier cosa creada tenga un progenitor, unos pocos a lo sumo. La idea de centenares de personas trabajando de manera descoordinada durante cerca de un siglo, sin ser conscientes de ello o tener un propósito común, pero de cuya labor acumulada puede abstraerse un sistema de reglas –eso, no otra cosa, es un género literario–, es algo que nos cuesta aprehender. Queda de nosotros ajustar nuestros prejuicios a los hechos y no lo contrario.

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