FOTO Marlon R. White

Virgil Suárez (La Habana, 1962) es uno de los más destacados poetas cubanoamericanos. Tiene en su haber seis colecciones de poemas, cuatro novelas, dos libros de memorias y ha editado varias antologías. Nació en La Habana, emigró a Estados Unidos en 1974, y actualmente vive en Tallahassee, Florida.

Junto con poetas de origen cubano como Ricardo Pau-Llosa, Gustavo Pérez Firmat, Richard Blanco y Carolina Hospital, entre otros, Suárez escribe en inglés poemas sobre Cuba. Ante ese fenómeno no ceso de preguntarme: ¿cómo sonarían esos poemas cubanos escritos en inglés en un “español cubano”? La pregunta, lo confieso, me obsesiona, aun cuando no estoy seguro de que exista tal cosa –un “español cubano”–… En un esfuerzo anterior (Intruder Between Rivers / Intruso entre ríos, Del Centro Editores, Madrid, 2018) intenté hacerlo con veinticinco poemas de Pau-Llosa. Ahora quiero hacerlo con Suárez. ¿Por qué lo hago, o seguiré haciéndolo? Me preocupa que en un futuro el lector cubano que no sepa inglés no tenga acceso a lo que en un momento estos poetas dijeron, pensaron, sobre Cuba y su experiencia, histórica y personal. Valga esta modesta contribución para restituir parte de la conciencia, y el alma, de un canon, y una Cuba, fragmentados.

Los poemas de Suárez, escritos en lenguaje transparente, se nutren de al menos dos savias: recuerdos de su infancia en Cuba y la vida, a un tiempo pública y doméstica, en el exilio americano. Van dos ejemplos que permiten conocer esas fuentes, y la excelencia de la obra de este autor.

Enrico Mario Santí, 22 de mayo, 2020

Un tren llamado Lechero

Guapeando aquella comida con que en ciudad malvivimos
Cuba entera mi padre recorrió.

Largos viajes hacía él para luego regresar
de fruta o vianda cargado, que luego mi madre freía

en manteca bien guardada. Traía con él pescado,
venado, patos y pollos, y alguna que otra tortuga.

De noche transita el Lechero, cuando el cocuyo es estrella.
Pero era cuentos lo que más traía, cuentos

que en apagones hacía sobre gente en tropelía,
guapeándola como él, resolviendo como podía.

Presos y soldados que a cortar caña se iban,
o amantes que a casarse a la ciudad se venían.

El cuento hizo una vez de un hombre que como él viajaba
para resolver, decía, y logró cambiar ese día

dos liebres por saco de arroz. El hombre iba muy contento,
sin saber que el saco aquel se mojó, se le pudrió,

y al final se le rajó cuando el pobre levantó
aquel saco que, sin saberlo, por la escalera rodó
donde él y mi padre añoraban sus tiempos de juventud.
Y mi padre soplando la vela que mi madre

por si acaso prendía, con el brillo de sus ojos nos contaba
cómo aquel hombre con él los granos de arroz recogían

a manos llenas rogando que la lluvia el arroz no pudiera,
como antes, arrasar: con la casa, con provechos,

con familia, y mi padre que lo ayuda con su ruego
con los granos que rodaban, ahí sentados los dos,

aturdidos por el baile del Lechero, tren que avanza
por la isla, donde aguardan los muchachos su chiflido,

su chirrido con las ruedas, y el silencio de ese ruego
de dos hombres, ese ruego en el que piden

que la lluvia de esa noche no les agüe el futuro que quedó.

The Night Train Called El Lechero

My father rode it all over Cuba when he went foraging
for the food we needed back in the city, food to survive.

He went on long trips and always returned with fruit,
Vegetables, the tubers like yuca and boniato my mother

Friend up crispy in the lard of the pigs we slaughtered.
He brought back turtles, fish, venison meat, duck, chickens.

El Lechero, the milk train, traveled the island at night,
When the fireflies could easily be mistaken for stars.

Most of all, my father brought back stories, stories he told
to my mother and me, during the blackouts in Havana.

People on the move, like him looking, foraging for better
chances for themselves. Soldiers, prisoners on their way

to cut sugarcane, lovers coming to the city to get married.
My father told us the story of a man, like him, out to find

Something to bring back to his family, a sack of rice he bartered
a pair of rabbits for, and the night rain soaked through the yute

sack, which unbeknownst to the man, had rotted, and when
the man lifted the sack it split down the center, and the rice

spilled down the steps of the crowded train where he and my
father sat and talked of better days in their youth,

my father’s breath almost blowing out the candles my mother
always put on the table, in case of a blackout, and the shine

in my father’s eyes as he spoke of that man, like him, on his knees,
scooping up the rice with cupped hands, begging the rain

not to wash the rice that would nourish his family back home,
not to wash away like everything else in his life: home, family,

opportunity . . . and my father helps the man gather what little
rice is left, then both en sit there in the silence, dulled

by the rocking train, El Lechero, which still travels through
the island, where boy stay awake to listen for its whistle,

the clank-clank of its wheels, and in the silence it leaves
behind, the sound of men as they plead, plead with the night’s

downpour not to wash so much of their future away.

Jaibas

En Key Biscayne los cubanos
los llaman jaibas, cangrejos

azulosos que aparecen en masa
sobre ardientes carreteras

entre medianas, debajo
de los colgajos color beige

de poderosos banianos, al lado
de cocoteros. Invaden el cayo

una vez el año en campaña
de cópula y banquete, con tal

urgente escabulleo que los carros
los aplastan y apestan todo.

Llegan para irse enseguida. Con ellas
los raqueros llenan cubos que luego

hierven y devoran. Pero esos cangrejos
sólo quieren cruzar

de una costa a otra
buscando compañía.
¿Cómo no van a envidiarlas?
Mucho menos que las jaibas,

el cruce de costa a costa
nunca tan fácil ha sido para el cubano.

Ni tan azul, ni tan jodido.

Jaibas

The Cubans on Key Biscayne
call them jaibas, these blueish

crabs that appear en masse
on the steamy road, between

the medians, under the beige
tendril roots of the mighty

banyans, by the coconut palms—
they invade the key on a mating-

eating spree once a year—such
urgency in their scuttling ways

to be squashed by cars, they stink
up the place. One day here,

gone the next. Beachcombers
fill buckets with them, take

them home to boil and feast.
The crabs simply want to cross

from one end of the shore
to the other, find a mate.

How can the Cubans not
be jealous. Unlike the jaibas

their own water crossings
have never been this easy

nor this blue and portentous.

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