Vista un campo de concentración estalinista abandonado, Siberia, Rusia, 1989.

Señoras y Caballeros de la promoción de 1984:

Independientemente de lo audaces o prudentes que decidan ustedes ser, durante su vida están destinados a entrar en contacto físico directo con lo que se denomina el Mal. No me refiero en este caso a una propiedad de la novela gótica, sino a una realidad social palpable –por no decir algo peor–, que ustedes en modo alguno pueden controlar. No hay grado de bondad o de cálculo astuto que pueda impedir ese encuentro. De hecho, cuanto más calculadores, cuanto más cautelosos sean, mayor será la probabilidad de esa cita y más duras sus consecuencias. La estructura de la vida es tal que lo que consideramos el Mal puede tener una presencia bastante ubicua, aunque solo sea porque suele presentarse disfrazado de bien. Nunca lo verán anunciarse al cruzar su umbral: “¡Hola, soy el Mal!”. Naturalmente, eso indica su carácter secundario, pero el consuelo que podemos obtener de esa observación queda amortiguado por su frecuencia.

Así, pues, una recomendación prudente sería la de someter sus ideas del bien al examen más exhaustivo posible, repasar, por decirlo así, todo su guardarropa para ver cuáles de sus prendas pueden caer bien a un extraño. Naturalmente, puede llegar a ser una ocupación permanente, y así debería ser. Les asombrará cuántas cosas que consideran propias y buenas pueden caer bien, sin demasiado ajuste, a su enemigo. Pueden incluso empezar a preguntarse si este no es su imagen especular, pues lo más interesante del Mal es que es totalmente humano. Dicho suavemente, nada se puede volver del revés con mayor facilidad que nuestra concepción de la justicia social, la conciencia cívica, un futuro mejor, etcétera. Una de las señales más seguras de peligro a ese respecto es el número de quienes compartan sus opiniones, no tanto porque la unanimidad tenga la virtud de degenerar en uniformidad cuanto por la probabilidad –implícita en los grandes números– de que el noble sentimiento sea fingido.

Por la misma razón, la forma más segura de defensa contra el Mal es el individualismo extremo, la originalidad del pensamiento, la rareza, incluso –si se quiere– la excentricidad, es decir, algo que no se puede fingir, falsificar, imitar, algo que ni siquiera a un impostor avezado podría satisfacer, algo –dicho de otro modo– que no se puede compartir, como su propia piel: ni siquiera una minoría. Al Mal le resulta irresistible la solidez. Siempre se inclina por el gran número, por la firmeza segura de sí misma, la pureza ideológica, los ejércitos con una instrucción impecable y los balances bien cuadrados. Su proclividad para con esas cosas tiene que ver –es de suponer– con su innata inseguridad, pero comprenderlo sirve, una vez más, de poco consuelo, cuando el Mal triunfa.

Y así es: en tantas partes del mundo y en nuestro interior. Dados su volumen y su intensidad, dada, en particular, la fatiga de quienes se oponen a él, hoy podemos considerar el Mal no una categoría ética, sino un fenómeno físico que ya no se calibra en partículas, sino que se representa geográficamente. Así, pues, la razón por la que estoy hablándoles de todo esto nada tiene que ver con que sean ustedes jóvenes e inocentes y se encuentren ante una pizarra limpia. No, la pizarra está obscura de suciedad y resulta difícil creer en la capacidad de ustedes o en su voluntad para limpiarla. El propósito de esta charla es simplemente el de indicarles una forma de resistencia que puede resultarles útil algún día, un medio que puede ayudarlos a salir tal vez menos mancillados del encontronazo con el Mal, ya que no necesariamente más triunfantes que sus predecesores. Me refiero, naturalmente, al famoso asunto del poner la otra mejilla.

Doy por sentado que de una forma o de otra han oído ustedes hablar de las interpretaciones de ese versículo del Sermón de la Montaña por parte de León Tolstói, Mahatma Gandhi, Martin Luther King y muchos otros. Dicho de otro modo, doy por sentado que están ustedes familiarizados con el concepto de resistencia no violenta o pasiva, cuyo principio principal es el de devolver bien por mal, es decir, no responder con la misma moneda. El estado del mundo en la actualidad hace pensar, como mínimo, que esa concepción dista de ser apreciada universalmente. Hay dos razones para su popularidad. En primer lugar, lo que se necesita para poner en práctica dicha concepción es un margen de democracia. Eso es precisamente aquello de lo que el 86 por ciento del planeta carece. En segundo lugar, el sentido común es el que revela a una víctima que lo único que conseguirá poniendo la otra mejilla y no respondiendo con la misma moneda es, en el mejor de los casos, una victoria moral, es decir, algo totalmente inmaterial. La renuencia natural a exponer otra parte de nuestro cuerpo a un golpe está justificada por la sospecha de que esa clase de conducta solo sirve para agitar y aumentar el Mal, de que una victoria moral puede ser confundida por el adversario con su impunidad.

Hay otras razones, más graves, para mostrarse receloso. Si el primer golpe no ha dejado a la víctima aturdida, puede comprender que poner la otra mejilla equivale a manipular el sentido de culpa del ofensor, por no hablar de su karma. La propia victoria moral puede no ser tan moral, al fin y al cabo, no solo porque con frecuencia hay un aspecto narcisista en el sufrimiento, sino también porque vuelve a la víctima superior, es decir, mejor que su enemigo. Sin embargo, por perverso que sea su enemigo, lo decisivo es que es humano y, aunque seamos incapaces de amarnos los unos a los otros, sabemos que el mal echa raíces cuando un hombre empieza a pensar que es mejor que otro. (Esa es la razón por la que se ha recibido un golpe en la mejilla derecha, para empezar.) Así, pues, en el mejor de los casos, lo que podemos obtener ofreciendo la otra mejilla a nuestro enemigo es la satisfacción de avisarlo sobre la futilidad de su acción. “Mira”, dice la otra mejilla, “lo único que golpeas es simple carne. No puedes aplastar mi alma”. Naturalmente, el problema que plantea esa clase de actitud es que el enemigo acepte el desafío.

Hace veinte años, la siguiente escena se produjo en uno de los numerosos patios de cárceles de la Rusia septentrional. A las siete de la mañana, la puerta de una celda fue abierta de par en par y en su umbral apareció un carcelero, que se dirigió a sus internos: “¡Ciudadanos! El colectivo de custodios de esta cárcel os desafía a vosotros, los internos, a una competición socialista para cortar la leña apilada en nuestro patio”. En aquellas zonas no hay calefacción central y la policía local, es un decir, impone a todas las empresas madereras de las cercanías una contribución del 10 por ciento de su producción. En el momento que estoy describiendo, el patio de la cárcel parecía un auténtico almacén de madera: las pilas tenían la altura de dos o tres pisos y a su lado el cuadrángulo de una planta de la propia cárcel parecía enano. La necesidad de cortar la leña era evidente, si bien ya había habido competencias socialistas de esa clase. “¿Y si me niego a participar?”, preguntó uno de los internos. “Pues en ese caso te quedarás sin comida”, replicó el custodio.

Después se repartieron hachas a los internos y empezaron a cortar. Tanto los presos como los custodios trabajaron con ganas y, al medio día, todos ellos –en particular los presos, siempre subalimentados– estaban exhaustos. Anunciaron un descanso y se sentaron a comer, excepto el tipo que había hecho la pregunta, quien siguió balanceando su hacha. Presos y guardas intercambiaron bromas sobre él: algo así como que los judíos solían ser considerados personas inteligentes, mientras que aquel hombre… y demás. Tras el descanso, reanudaron el trabajo, aunque de forma algo menos vigorosa. A las cuatro de la tarde, los custodios pararon, pues era el fin de su turno; un poco después, los internos pararon también. El hacha de aquel hombre seguía balanceándose. Presos y guardias lo instaron varias veces a parar, pero él hizo caso omiso. Parecía que hubiera adquirido cierto ritmo y no deseara interrumpirlo, ¿o sería un ritmo que lo poseía a él?

A los otros les parecía un autómata. A las cinco, a las seis, el hacha seguía subiendo y bajando. Entonces los guardias y los internos lo miraban con mucha atención y la sardónica expresión de sus caras fue quedando substituida poco a poco primero por una de perplejidad y después por otra de terror. A las siete y media, el hombre paró, caminó tambaleándose hasta su celda y se quedó dormido. Durante el resto de su estancia en la cárcel, no se volvió a convocar una competición socialista entre custodios e internos, pese a que la leña seguía acumulándose.

Supongo que aquel tipo pudo hacerlo –doce horas de cortar leña sin parar– porque en aquel tiempo era bastante joven. En realidad, tenía veinticuatro años: solo un poco mayor que ustedes. Sin embargo, creo que pudo haber habido otra razón para su comportamiento de aquel día. Es muy posible que el joven –precisamente porque era joven– recordara el texto del Sermón de la Montaña mejor que Tolstói y Gandhi. Como el Hijo del Hombre acostumbraba a hablar con tríadas, puede que aquel joven recordara que el versículo pertinente no se interrumpe en

antes bien, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, ofrecerle también la otra

sino que continua sin punto ni coma:

y al que quiera ponerte un pleito y quitarte la túnica déjale también la capa
y a cualquiera que te obligue a llevar carga a lo largo de una legua acompáñalo a lo largo de dos.

Citados íntegramente, esos versículos tienen, en realidad, muy poco que ver con la resistencia no violenta o pasiva, con los principios de no responder con la misma moneda y devolver bien por mal. El significado de esas líneas es cualquier cosa menos pasivo, pues sugiere que se puede reducir al absurdo el mal mediante el exceso; sugiere reducir al absurdo el mal empequeñeciendo sus exigencias con el grado de cumplimiento, lo que devalúa el daño. Esa clase de actitud coloca a la víctima en una posición muy activa, en la posición de un agresor mental. La victoria que es posible en ese caso no es moral, sino existencial. La otra mejilla en ese caso no pone en marcha el sentido de culpa del enemigo (que este es perfectamente capaz de sofocar), sino que expone sus sentidos y facultades a la insignificancia de todo el asunto: como hace cualquier forma de producción en gran escala.

Permítanme recordarles que en este caso no nos referimos a una situación en la que se dé una lucha en igualdad de condiciones. Nos referimos a situaciones en las que nos encontramos en una posición irremediablemente inferior desde el comienzo, en las que no tenemos la posibilidad de defendernos, en las que tenemos todas las de perder. Dicho de otro modo, nos referimos a las horas tenebrosas de nuestra vida, cuando la sensación de superioridad respecto de nuestro enemigo no representa un consuelo, cuando dicho enemigo ha llegado a un extremo en el que no puede ser avergonzado ni se puede hacerle sentir nostalgia por sus abandonados escrúpulos, cuando solo tenemos a nuestra disposición la cara, el abrigo, la capa y un par de pies que aún puedan caminar una legua o dos.

En esa situación hay muy poco margen para maniobras tácticas. Así, pues, la de ofrecer la otra mejilla debe ser una decisión consciente, fría, deliberada. Las posibilidades de vencer, por escasas que sean, dependen de que sepamos o no lo que estamos haciendo. Al adelantar la cara para ofrecer la mejilla al enemigo, debemos saber que solo es el principio de nuestro aprieto, como también el del versículo… y debemos poder vernos a nosotros mismos a lo largo de toda la secuencia, a lo largo de los tres versículos del Sermón de la Montaña. De lo contrario, una línea tomada fuera de contexto puede dejarnos inválidos.

Basar la ética en un versículo mal citado es provocar a la suerte o, si no, acabar convertido en un burgués mental que disfruta del consuelo definitivo: el de sus convicciones. En cualquiera de los dos casos (de los cuales el segundo, con su participación en movimientos bienintencionados y organizaciones sin ánimo de lucro, es el menos aceptable), el resultado es el de ceder terreno al Mal, retrasar la comprensión de su debilidad, pues el Mal –permítanme que se lo recuerde– es simplemente humano.

La ética basada en ese versículo mal citado no ha cambiado nada en la India posterior a Gandhi, salvo el color de su gobierno. Sin embargo, desde el punto de vista de un hombre hambriento, da igual a quién deba su hambre. Se me ocurre que tal vez prefiera a un hombre blanco como responsable de su lamentable estado, aunque solo sea porque de ese modo puede parecer que el mal social puede tener otro origen y tal vez parezca menos eficiente que el infligido por la mano de sus compatriotas. Con un extranjero al mando, aún hay margen para la esperanza, para la imaginación.

De forma semejante, en la Rusia posterior a Tolstói, la ética basada en ese versículo mal citado socavó gran parte de la resolución de la nación para afrontar a la policía estatal. Lo que siguió es demasiado bien conocido: seis decenios de ofrecer la otra mejilla transformaron la faz de la nación en un gran moratón, por lo que actualmente el Estado, harto de su violencia, se limita a escupir a dicha faz, además de a la faz del mundo. Dicho de otro modo, si se quiere secularizar el cristianismo, si se quieren plasmar las enseñanzas de Cristo en términos políticos, se necesita algo más que la jerigonza política moderna: se necesita disponer del original… en la cabeza al menos, en caso de que no haya encontrado sitio en el corazón. Como Él era menos un hombre bueno que un espíritu divino, resulta fatal insistir en Su bondad a expensas de Su metafísica.

Debo reconocer que me siento algo incómodo hablando de estas cosas, porque ofrecer o no ofrecer esa otra mejilla es, al fin y al cabo, un asunto extraordinariamente íntimo. El encontronazo siempre se produce entre dos. Se trata siempre de nuestra piel, nuestro abrigo y nuestra capa y nuestras piernas son las que habrán de caminar. Aconsejar a alguien sobre el uso de esas propiedades –por no hablar de instarlo a que lo haga– es –ya que no del todo impropio– indecente. A lo único que aspiro aquí es a borrar de las cabezas de ustedes el tópico que ha perjudicado a tantos y ha rendido tan poco. También quisiera inculcarles la idea de que, mientras tengan su piel, abrigo, capa y miembros, aún no están derrotados, sean cuales fueren sus posibilidades.

Sin embargo, hay una razón mayor para sentirse incómodo al hablar en público de estos asuntos y no es solo la renuencia natural de ustedes a considerar su joven yo como víctima en potencia. No, se trata de simple lucidez, que nos hace prever que también entre ustedes habrá posibles malvados, y la de divulgar los secretos para la resistencia frente al enemigo potencial constituye una mala estrategia. Lo que tal vez nos libere de la acusación de traición o, peor aún, de proyectar el statu quo táctico en el futuro es la esperanza de que la víctima será siempre más inventiva, más original en su pensamiento, más emprendedora que el villano. A eso se debe la posibilidad de que triunfe la víctima.

Williams College, 1984


* Este texto de Joseph Brodsky está recogido en el volumen Menos que uno: ensayos escogidos (Ediciones Siruela, 2006), bajo el título “Discurso con motivo de una entrega de diplomas”.

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