Junot Díaz (FOTO Kianny Antigua)

En marzo del 2020, Michel está leyendo This is How You Lose Her. Comenta el libro con sus amigos y se le ocurre hacerle una entrevista a Junot Díaz para publicarla en el magazine de Rialta; se le ocurre más, que sea Keysi quien haga la entrevista. Hay “tantos temas comunes y actuales al respecto: el bilingüismo, la diáspora, la dominicanidad, la vida –no sólo académica– en Estados Unidos”. Acordaron que, si Junot aceptaba, entonces Michel debía colaborar con preguntas emanadas de su fresca lectura de Así es como la pierdes.

Recién llegado de Cuba, Michel comenzaba a vivir su travesía migratoria en Kentucky. Junot estaba en Japón, atrapado en una cuarentena. Keysi, en New Hampshire, comenzaba a abrumarse por lo que se veía venir. Entre marzo 2020 y hoy, se nos quiso caer el mundo encima a todos (todos, no sólo Michel, Junot y Keysi, perdimos algo). Pero Junot aceptó la entrevista: Michel Mendoza y Keysi Montás preguntaron y Junot Díaz contestó. Hoy Michel vive, como Yunior y Óscar Wao –mientras hace un doctorado en la Universidad de la Ciudad de Nueva York–, en un barrio populoso de New Jersey; Junot está en Cambridge, Massachusetts, tramando otra novela; Keysi sigue en Lebanon, New Hampshire, menos abrumado, alerta y escribiendo.

Keiselim Montás

Keiselim Montás (KM). Lo primero es lo primero: ¡Gracias por darnos esta entrevista! ¡Gracias por lo que has escrito y dicho! Y ¡gracias por lo que vas a decir y a escribir!

Junot Díaz (JD). Es un placer. Gracias por la invitación y por tomarse el tiempo.

KM. ¿Has escrito, quizás en tus comienzos o para alguna jeva, poemas? ¿Eres poeta a lo calla’o?

JD. Nunca en mi vida he escrito poesía, nunca lo he intentado siquiera. En ficción es mucho más fácil esconder tus debilidades como escritor con tus fortalezas, pero siempre parece que el nivel de exposición en poesía es mucho mayor. Hay que ser más valiente e impetuoso que yo para escribir poesía.

KM. Tú eres un comelibros, ¿algún libro en particular al cual regresas y relees?

JD. Siempre estoy releyendo, siempre volviendo a mis raíces literarias. Están los perennes como La canción de Salomón y La mujer guerrera y Yo, Claudio y todo lo que Octavia Butler ha escrito y todo lo que Bolaño ha escrito. Y otros libros sobre los cuales recaigo de vez en cuando como viejos amigos –La estación de la calle Perdido, Sputnik, mi amor y Out de Natsuo Kirino–. Este verano pasado me sumí en un maratón de novelas de terror. No estoy hablando de H. P. Lovecraft o Stephen King. No estoy hablando de una lista de best-sellers, sino de una lista de novelas de bolsillo. En julio leí 12 novelas de Brian Keene una tras otra. Amo a Keene, pero la última vez que leí tanto así de él fue en 2010.

Michel Mendoza (MM). Junot, has contado en algún ensayo (“Una historia de once años”) y en varias entrevistas sobre el origen de tu novela The Brief Wondrous Life of Oscar Wao. Más allá de que afirmas que el título surgió del choque imprevisto, una noche de fiesta en un apartamento del D. F., entre un libro de Wilde y una pronunciación defectuosa en inglés (de Oscar Wilde devino, pronunciada a la dominicana, Oscar Wao), me interesan las raíces de esa novela. ¿Es cierto que querías, en un principio, escribir una especie de versión tercermundista de Akira llamada “The Secret History” donde reemplazarías Neo Tokio por New York? ¿Has continuado escribiendo esa novela o, al menos, publicarás parte de ella?

JD. Siempre fue mi intención escribir una novela de género denso como mi primera novela –algo que sólo los nerds disfrutarían, algo que requeriría cierta cantidad de conocimiento del género literario–, pero nunca me resultó. Quizás no le di tiempo suficiente, o tal vez yo no estaba listo. Y así, de esa decepción o incapacidad salió Oscar Wao. Desafortunadamente para mí, no he vuelto a nada de ciencia ficción o fantasía. Lo cual me causa no poco dolor.

(Esta respuesta la escribí en agosto, cuando comenzamos la entrevista. Cuatro meses después y ahora estoy escribiendo una novela de ciencia ficción que absolutamente nadie leerá. Pero déjame terminarla primero y luego veremos si le encuentro lector.)

Junot Díaz (FOTO Rodrigo Ramírez)

KM. Háblame de Japón. Me interesa saber el camino que te llevó a tu primera visita, y luego, ¿qué te hace regresar?

JD. Siendo un adolescente, me hice amigo de un japonés; ellos más o menos me adoptaron, me hicieron su cuarto hijo. Voy a Japón todos los años por la misma razón que voy a RD; quiero estar con mi familia. Aparte de eso, los japoneses son un pueblo isleño que ha sobrevivido apocalipsis y dictadura militar. Están obsesionados con la cuestión de la pureza de quién es o no es japonés. Los inmigrantes japoneses han jugado un papel clave en la sociedad moderna dominicana. Tenemos muchas cosas en común y muchas conexiones. Además, cuando estoy en Japón vuelvo, de una pequeña manera, a mis años de inmigrante. No entiendo mucho, cometo muchos errores constantemente, soy o hipervisible o hiperinvisible. Supongo que me gusta estar en contacto con mis años de inmigrante, aunque fueron años de sufrimiento. El sufrimiento de inmigrante me hizo quien soy, y Japón es como una segunda prueba, una segunda oportunidad para volver a ser.

MM. Por otra parte, y siguiendo con esto de los referentes de tu libro, me encantó que en el desarrollo de la historia de Oscar Wao, ese chico nerd de los suburbios aquejado por la maldición del “fukú” y tan alejado de los estereotipos eróticos sobre lo que debe ser un dominicano, hayas echado mano a las fantasías psíquicas plasmadas en una novela como Dune. ¿Podrías comentarnos un poco más de esto?

JD. Bueno, para ser honesto, la novela que estoy escribiendo es más Dune que cualquier cosa a la que haya aludido en Oscar Wao. Dune, de hecho, tiene muchos problemas –central en el DNA de la novela está la narrativa del Redentor Blanco, a lo T.E. Lawrence–. Pero a pesar de sus defectos, Dune es un libro importante y pocas novelas del género han hecho un trabajo tan convencedor en dramatizar cómo sería si la consciencia humana llegara a ser algo mayor. E incluso, dado todo el tiempo que se pasa en el espacio psíquico de Paul Atreides, la acción no cesa en el libro. (He ahí la razón por la que Hollywood sigue intentando hacer con Dune una película o una serie de televisión,) Dune, ciertamente, significó mucho para mí según crecía. No sólo su increíble creación de un mundo y su sofisticada política ficcional, sino también la perturbadora tesis de Herbert de que el tipo de héroes comunes en nuestras épicas populares son en realidad monstruos.

KM. Recuerdo que unos años antes de que saliera Así es como la pierdes, habías solicitado (no recuerdo si por Facebook o por email) que compartieran contigo experiencias de relaciones amorosas fallidas, o traiciones, o cuernos que se dieron o que se descubrieron mediante Internet. ¿Cuánta investigación haces para escribir sobre un tema?

JD. Una modesta cantidad de investigación. Con Oscar Wao investigué un sinfín y hay un libro que algún día terminaré sobre Japón que me ha llevado mucho tiempo también. Me gusta tener las voces de otras personas en la cabeza cuando comienzo a escribir; ayuda a producir la ilusión de comunidad, de multiplicidad de voces. Con Así es como la pierdes entrevisté a once players dominicanos diferentes. Eso fue una ronda de entrevistas para espabilar a cualquiera, déjame decirte. Esa hipersexualidad que la cultura caribeña gusta de incentivar en sus hombres es venenosa para todos.

MM. Hay quienes perciben como una coartada artificiosa, como una ratificación o sello de “latinidad”, la inclusión de palabras en español en un texto narrativo escrito en inglés. Por mi parte, sólo al vivir como inmigrante en un mundo de inmigrantes con diferentes competencias y entrecruzamientos idiomáticos, comprendí mejor que el universo cultural al que remiten tus libros no es una fantasía lingüística más allá de su estilización literaria, sino una realidad. Imagino que esa representación de la oralidad que se da, por poner un caso, en los relatos de This Is How You Lose Her, sea uno de los retos que puntúan o marcan tu escritura. ¿Es así?

JD. A través de mi carrera –y ahora que estoy en mi 24to año como escritor publicado me siento cómodo diciendo “mi carrera”–, me he esforzado para representar a plenitud la complejidad del mundo lingüístico en que habito, un mundo donde hay un espectro destructor de habilidades lingüísticas, tendencias y registros. No es fácil, y no he elegido algo que satisfaga a todo el mundo. Pero estoy conforme con mi elección y espero que por lo menos algunos lectores también lo estén. Escribo ficción, pero en esa ficción hay ficciones y una de esas es la ilusión de oralidad. Capturar la oralidad en un texto es como capturar el baile en una fotografía. Podemos sugerir, pero nunca expresar de forma plena lo que buscamos comunicar.

KM. ¿Cómo funciona el silencio, los silencios (lo que no dices, lo que no escribes o quitas), en tus cuentos?

JD. El silencio siempre ha sido mi lenguaje dominante. Estructura no sólo lo que se escribe, sino también cómo se desarrollan las tramas y cómo se resuelven. Lo que se queda sin ser dicho –lo que se niega, lo que se contradice– es el estilo arquitectónico en el que construyo. El lector promedio está entrenado para enfocarse en lo que se dice, en el drama frente a sus ojos, pero su mente adquiere el segundo lenguaje, lo que no se dice. Todos somos bilingües. Todos tenemos nuestro lenguaje materno y luego tenemos el lenguaje de nuestras abuelas que es el silencio –un silencio particular a las culturas en que habitamos–. Leer un libro en el que los silencios no estén cuidadosamente estructurados crea unos efectos diferentes a los de un libro donde los silencios lo estén. Como mencioné en otra entrevista que hicimos, Keysi, antes de escribir un personaje me gusta hacer un bosquejo de los silencios que guardan dentro de sí mismos. Esos que nunca romperán, de los que no tienen ni idea que llevan dentro y esos con los que activamente luchan. Así es como creo mis personajes –primero encuentro sus silencios.

Junot Díaz (FOTO Rodrigo Ramírez)

MM. Volviendo al lenguaje, hace poco le comentaba a Keysi que tengo la edición en inglés de This Is How You Lose Her, y la edición en español, Así es como la pierdes. Tengo la rara impresión de que ambas parecen ser “originales”, que el libro muy bien parecería haber sido escrito directamente en español y traducido al inglés. Y eso casi nunca me pasa. ¿Otros lectores te han comentado que han tenido experiencias similares?

JD. Me han dicho que la traducción es magnífica; siempre la creí así, pero no soy quién para juzgarla. Una excelente traducción siempre perturba los cuestionamientos de autenticidad. Que es lo mismo decir que una excelente traducción se convierte en un gemelo gótico, un raro doble que podría fácilmente reemplazar el original y ¿cuál sería más sabio? Si tan sólo todas las traducciones fueran tan sagaces.

KM. Tienes fotos personales en los libreros de tu oficina: ¿alguna foto con un significado especial?

JD. Una foto conmigo, Samuel R. Delany, Octavia Butler and Avery Brooks. Si alguna vez se armara un fuego, yo trataría de salvar a la gente primero y después esa foto. A la mierda mi computadora y pasaporte –esa foto primero y ante todo.

MM. Sobre ese personaje que muchos han considerado una especie de álter ego tuyo has dicho: “Esa es su biografía: un tiguere que no puede mentir en la escritura mientras que en su vida no puede decir la verdad”. ¿Qué cosas, más allá de lo aparente, acercan o alejan a Yunior de Junot?

JD. Imagínate que un conocido tuyo se robe tu identidad –coja tu diploma, comience a hablar del pueblo donde naciste, use tu ropa, adopte tus intereses y gestos y tus pasiones–. Para un extraño esa persona puede parecerse a ti, pero quien te conozca sabrá inmediatamente que es un fraude. Yunior simplemente parece parecerse a mí porque muy pocas personas me conocen, conocen mi pasado y saben de mi verdadera vida. He hecho eso intencionalmente; no quiero darme a conocer a extraños; valoro mi privacidad y en este mundo donde todo el mundo se mercantiliza sin pensarlo dos veces y revela cada molécula de su vida y sus excrementos a cambio de likes en los medios sociales o para mover el jarro de Patreon, no tengo inconvenientes con ser parte de los reservados. Pero para contestar tu pregunta sin mala fe: tengo dos hermanas que me transformaron del todo y Yunior no.

KM. La narración en segunda persona te la planteas como un conflicto entre el autorreferente de un personaje que es autor, que se dirige a sí mismo, y juegas con el enfrentamiento ofensivo-defensivo; como decirle a alguien: “¡Mira tú!” (ofensivo), y la persona contesta: “¿Quién yo? ¡No, no yo!” (defensivo), pero queda claro que sí, que es contigo que va la cosa. Haces eso en tu escritura, y te pregunto: ¿Es un recurso artificial de creatividad, o hay ahí cierta intimidad entre el personaje (digamos Yunior) y el autor Junot?

JD. No sé bien cómo contestar, Keysi. He aquí lo que puedo decir: no me siento cómodo con la relación naturalizada que la mayoría de los libros proponen entre la persona del autor y los lectores. Quiero llamar la atención hacia el hecho de que no solamente está la persona del narrador que va narrando el libro, pero hay un autor que muchas veces trata de ocultarse tras la persona del narrador. Al llamar la atención hacia estos niveles entrecruzados, espero poder resaltar un cuestionamiento sobre autoría y autoridad y la manera en que estas cosas se hacen invisibles / naturalizadas y los peligros de una relación tan cómoda entre autor y lector. En mis libros, siempre les estoy dando a los lectores una miradita detrás de la máscara del autor, y luego les señalo que esa cara detrás de la máscara es probablemente una máscara también.

MM. Alguna vez has comentado que la cuestión subyacente en tus libros (y creo que te refieres a que ningún libro debe aspirar por sí solo a representar el sentido histórico o existencial de una comunidad), no es exactamente la de qué significa ser dominicano. Lo que está en la base de personajes como Yunior u Oscar, según dices, es el cuestionamiento sobre la masculinidad, y sobre ser negro, en el contexto diaspórico. ¿Cómo llegas a plantearte eso?

JD. La pregunta de quién es dominicano me interesa por sus orígenes –y no porque esté super interesado en la respuesta–. En mi mente no hay respuesta real a esa pregunta, sólo argumentos maravillosos. Pero la pregunta misma y su obsesiva presencia en el discurso dominicano viene de ontologías coloniales que cuestionan la humanidad de quien no sea blanco y de un historial de dictaduras, especialmente la trujillista, que siempre estaba haciéndole pruebas de lealtad al pueblo. Cada vez que cuestionas la dominicanidad de alguien, no sólo estás siendo víctima de la falacia de autenticidad (fallo clásico de imaginación), sino que estás evocando muy siniestras fuerzas históricas incrustadas en la dominicanidad. Pero es cierto –la búsqueda de una esencia de dominicanidad no es la fuerza motriz de mis libros, sino los retos más específicos de crecer dentro de una comunidad dominicana diaspórica de descendencia africana, lo que tocaría la primera pregunta pero que tiene muchas otras preocupaciones.

KM. La duda. Cuando nos decimos “¿se dice eso?” o “¿se escribe eso así?” Sé que has hablado de esa experiencia al momento de hablar, y lo has denominado como “quality control” (control de calidad), como algo que sucede al momento de hablar, cuando las palabras están saliendo por la boca y por dentro piensas: “¿Coño, se dice eso así?”. ¿Cómo te jode la duda y cómo resuelves las dudas al momento de escribir? ¿Paras y consultas, marcas la duda (para luego consultar), y sigues escribiendo?

JD. Todo lo que he escrito desde Drown ha sido marcado por la incertidumbre y el cuestionamiento de la posibilidad de autoridad. Mi trabajo puede ser menos descrito por la preocupación bloomiana de “ansiedad de influencias” que por “ansiedad de autoridad” de los sujetos de posdictadura. Me doy cuenta de que estoy empujado a dedicarme a la autoría, en un atentado por perturbarla. Soy autor con la esperanza de inocular a los lectores contra los autores –para hacerlos más resistentes contra la confianza fácil a la que invita la autoría.

Pero hay un nivel mucho más fundamental al cual creo que te refieres. Habiendo vivido en una situación en la que nunca he tenido un idioma que me haya sido cómodo o natural, soy un alienígena en todos mis idiomas, lo que significa que nunca me siento seguro de que lo que esté escribiendo sea correcto. Hay siempre un intervalo de incertidumbre –para la mayoría de la gente, las palabras están separadas por segmentos de texto o discurso– para mí, internamente, cada palabra está dividida por un segmento de incertidumbre. Así es justamente como vivo. No conozco otra cosa. Sería una carga más, supongo yo, si tuviera memoria de un tiempo mejor o más fácil, pero no la tengo.

Junot Díaz (FOTO Rodrigo Ramírez)

KM. Esa duda lingüística nos pasa a los transterrados, los que vivimos entre dos idiomas, dos culturas, dos patrias, dos sistemas, montados en un puente que conecta nuestro aquí y allá, nuestro presente y nuestro pasado; a los que por obligación tenemos que jurar lealtad a dos países ninguno de los cuales nos acepta plenamente, y ambos, a cada rato, nos niega, nos desnacionaliza. Cuéntame un poco de cómo se manifiesta el transterro en tu vida: en lo personal y familiar, en lo político y legal, en lo social e íntimo; ¿qué pericias, trucos (hacks), utilizas en tu cotidianidad para negociar la permeabilidad necesaria para sobrevivir?

JD. Paciencia, compasión, tolerancia de absurdidades y tolerancia de las simplificaciones nacionalistas de otras personas – estos son mis hacks para vivir como sujeto diaspórico en una era de hiperfantasías de pureza y unidad nacionalistas. Me llevó algún tiempo el destetarme del opio de la autenticidad. Es increíble como esta interrogante sobre la autenticidad está en todo. Es como el azúcar procesado de la sociedad y no es menos tóxica. Una vez te das cuenta de que no puedes permitir que sean otros los que tengan el poder de admisión sobre un fenómeno tan complejo e inimaginable como el de pertenecer, entonces comienzas a deslegitimar a esos guardianes fronterizos – eso lleva tiempo y conlleva paciencia porque la mayoría de esos guardianes fronterizos viven entre nosotros. Las disputas con los bullies que dicen que no eres negro o que no eres dominicano son secundarias a la disputa con el bully que llevamos dentro.

MM. En tus libros el fantasma del fracaso erótico o afectivo masculino está ligado también a la infidelidad de los protagonistas. En ello, y en la forma en que a veces se expresan sobre las mujeres personajes como Yunior, se ha apoyado cierta crítica para calificar tu obra como algo misógina o sexista. Sin embargo, tus personajes femeninos son, en mi opinión, bien fuertes. ¿quisieras comentar algo al respecto?

JD. Simple verdad universal: representar la masculinidad hegemónica no es aprobar la masculinidad hegemónica. Si es más fácil llamarme misógino porque el enfrentarse con la complejidad del trabajo excede tu capacidad o tu interés –entonces, mátese usted mismo–. No cambia el hecho de que hay complejidad en el trabajo y una fuerte animosidad hacia toda la opresión que representa; tampoco cambia el hecho de que esta complejidad le ha llegado y ha inspirado a mucha gente a través de todo el espectro de los géneros. El descartar un trabajo ignorando su complejidad –condenar lo complejo usando lo simplista– es el primer reflejo del contrincante, del antiartista, de infeliz, del resentido, del dictador. Condenar lo complejo usando lo simplista es un impulso juvenil que ninguno de nosotros debería permitirse; no sólo daña la habilidad de los críticos como artistas, casi garantiza que serán pésimos artistas, también convierte a esas personas en pésimos seres humanos.

KM. Para resolver un problema, igual que para reparar un error o curar una enfermedad, hay que reconocer, nombrar, aceptar, que hay un problema, que existe un error, que estamos enfermos: en nuestra sociedad y cultura patriarcales, a los hombres se nos ha permitido ser, y hacer, de todo. En una entrevista en 2013, definiste “privilegio masculino” diciendo: “Estando en la secundaria, yo podía llegar a casa a la 1 de la mañana, cualquier día de la semana, con un arpón sangriento en las manos, y mi mamá me recibiría con un «¿Qué tal m’hijo; qué quieres de cena?». A mi hermana la llamaban por teléfono, y si era voz de hombre, mi mamá le cerraba el teléfono”. Hoy tú, Junot Díaz, ¿eres feminista?

JD. No creo que un hombre pueda ser feminista. El privilegio hegemónico es demasiado vasto para poder de pronto conjurarlo diciendo que soy feminista. Creo, eso sí, que podemos ser aliados del feminismo, lo que marca ambas cosas: lo ineludible de nuestro privilegio, como también nuestro deseo de darle fin.

KM. Has batallado contra muchos tipos de discriminación e injusticia desde tus años de estudiante universitario; entre esas batallas, la de la discriminación racial que sufrimos aquí en Estados Unidos y en la República Dominicana; pero allá con un agravante, el típico: “Yo no quiero saber de negros, pero no soy racista”. Sé que muchas veces has sentido frustración con ese país nuestro, ¿has querido tirar la toalla alguna vez?

JD. Nunca. No confundo un par de interacciones con una nación. Y soy un dominicano sentimental. Me enamoré de lo mejor de la República Dominicana siendo muy joven y es ese amor lo que nunca he perdido. Seguro que sí, Erredé me ha roto el corazón en más de una ocasión, pero eso sólo significa enfocar tu amor en lo que no esté jodido en el país. A pesar de lo que dicen las bachatas, el sufrimiento no justifica el fin del amor. El día en que muera todo el amor, mi amor por RD morirá, pero no antes.

Hay que ser crítico, siempre, de las naciones, pero no soy, por naturaleza ni por política, de ningún tipo de deportaciones. No me interesa desechar o cancelar –creo que uno debe siempre intentar abordar eso que uno desea transformar–. Ahora bien, está claro que no todo el mundo tiene la energía o la inclinación para ello, pero es la triste consecuencia del poder psíquico del neoliberalismo que uno de sus principales mandatos –el de buscar cualquier excusa para evadir solidaridad – se pase por desapercibido entre círculos progresistas.

MM. Acabo de terminar Islandborn (2018), tu más reciente libro y el primero que escribes para niños (las ilustraciones, por cierto, son preciosas). En él cuentas la historia de Lola, una niña que se pregunta por República Dominicana, el país de sus orígenes familiares, donde ella nunca ha estado. Esa indagación reconstructiva que la llevará a hablar con familiares y conocidos del barrio, la conducirá a hablar con Mr. Mir (sospecho, claro está, que hay algo de homenaje a Pedro Mir en él). Este le preguntará a Lola si ha oído hablar del “monstruo” de la isla. Esa pregunta, y lo que va a tejerse en torno a ella, me parece uno de los momentos más dolorosos y políticos del libro. Todo eso me ha llevado a cuestionarme, y aprovecho para lanzarte la pregunta, si ¿acaso las sombras de la dictadura de Trujillo seguirán siendo uno de los trasfondos más oscuros de tu obra?

JD. Tanto como la tierra en que nací, todavía me falta por exorcizar a Trujillo de mi vida y de mi arte. Si alguien quisiera esclarecer que es quizás lo más dominicano de mí, tal vez esto pueda proveer una respuesta. Y pudiera de igual manera ser lo menos dominicano sobre mí –es difícil decirlo–. Creciendo bajo un padre que era excepcionalmente pro-Trujillo no ayudó, pero uno no necesita un padre así para que el trujillato sea algo inmanente.

KM. Creo que es momento de observar lo que pasa a nuestro alrededor y no de, necesariamente, hablar de lo que pasa. Estamos viviendo un momento histórico de grandes movimientos y cambios en el cual múltiples factores ejercen influencias; un momento que es a la vez muy difícil. ¿Crees que de esta saldremos (la humanidad) mejores, o nos jodemos más sin darnos cuenta?

JD. A corto plazo parece que estamos jodidos. Y a menos que ocurra un milagro, estamos jodidos a largo plazo también. Afortunadamente para nosotros, lo que es más humano de los seres humanos aún es capaz de milagros. Pero si pasa o no, solo estas vidas lo sabrán.

KM. Hay muchos factores que contribuyeron a la elección de Trump en 2016; he destilado muchos de ellos en tres campos: el fallo del sistema educativo estadounidense, la misoginia y el racismo. ¿Qué me puedes decir al respecto?

JD: Trump no es un mal funcionamiento del sistema. Él es el sistema –o por lo menos su hijo natural–. Este sistema nos dará muchos más Trumps en el futuro a menos que se cambie. A menos que todos nosotros matemos nuestra devoción a los valores neoliberales. Mira, soy progresista, a la izquierda de la mayoría de la gente y aun así hasta para mí es un tanto obvio que gran parte de la izquierda progresista ha adoptado muchas de las tácticas, bajo distintas poses, que hicieron posible un Trump. Somos tan hijos del neoliberalismo como lo es Trump. Digo, seguro que la mayoría de nosotros creemos en la ciencia y creemos que la verdad importa –eso no es una pequeñez–, pero ¿es en realidad la izquierda menos punitiva que la derecha? ¿Menos apta a deportar a gente que no se ajuste a nuestra formula del buen ciudadano? ¿Tenemos menor inclinación a la polarización? Trump tiene cero de compasión y eso es lo que impulsa a la derecha, pero ¿es la izquierda una fuente de compasión? Supongo que no estoy seguro. Mucha gente dice odiar a Trump; me gustaría que odiaran de la misma forma las crueldades sistémicas que hicieron de Trump algo inevitable. Crueldades tales como: los juicios precipitados, la profunda seguridad en nuestro propio sentido de la razón, el incontrolable impulso de demonizar a gente que no está de acuerdo con nosotros, el deseo de castigar más allá de toda razón y humanidad a personas que creemos estar equivocadas. Lo que me asusta no es el hecho de Trump, sino que haya tantos en la derecha y en la izquierda tan asombrosamente parecidos a Trump.

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