Chile permanente
Imagen promocional de ‘Colonia Dignidad. Una secta alemana en Chile’

Hay un momento en que el estómago se revuelve. Hacia el quinto o sexto capítulo de la serie Colonia Dignidad. Una secta alemana en Chile, que la plataforma Netflix presenta en su canal global, se ve la cara de la banalidad del mal de la que tan elocuentemente habló Hannah Arendt en sus escritos: un hombre ya sexagenario se relaja a pata suelta en un sofá colocado sobre un escenario teatral. Divaga a su antojo, en voz alta y para nadie, como un aburrido funcionario de una cárcel secreta que se hace espacio en medio de la porquería para hablar sobre su patológico gusto de humillar a los niños que lo rodean en ese instante, mientras al fondo del escenario un joven intenta desesperadamente sacarle notas a un piano.

La escena es de locura, sin duda. No por el contraste entre el viejo en el sofá y los niños alrededor suyo en el piso, sino por la naturalidad que adopta al narrar sus aventuras en el universo de la pedofilia. Patria, Familia, y Propiedad están presentes. El hombre es el tío permanente, como se conocía a Paul Schäfer, un alemán escapado a Chile en los años sesenta por acusaciones de abuso sexual en su país de origen, y creador del enclave alemán que durante cincuenta años profitó de la impunidad consentida del Estado chileno para crear un reino propio, regido por sus propias normas sobre la educación, el matrimonio, el sexo, el trabajo, la religión y el arte, uno de cuyos fuertes era precisamente la fotografía y el registro de cuanto aconteciera en la así llamada Colonia Dignidad.

Los niños eran rubios y morenos. Y las niñas nunca fueron favoritas, salvo si aspiraban a la enfermería. Los rubios eran hijos de los colonos que acompañaban a Schäfer desde Alemania, y los morenos eran de las familias humildes del lugar que, ante las dificultades económicas, educativas o sanitarias, entregaban el cuidado de sus hijos a la colonia. El enclave alemán los aceptaba encantado, con la modesta condición de que no volvieran a recogerlos ni a molestarlos. Así se levantó la Colonia: casas, huertos, graneros, un hospital, una piscina, un teatro, cárceles, cabañas privadas para visitantes ilustres, diversión controlada y disciplina al detalle, un Día de la Juventud, un Día de la Marcha, un Día del Canto, todos vestidos de pantalón corto y estilo tirolés con excepción de Paul Schäfer que los arengaba en alemán o en un castellano de erres arrastradas: hombres y mujeres, niños y adultos infantilizados por igual, jugando y cantando felices, obedientes, asexuados, secuestrados en un tiempo mental, ambiguo, entre la niñez y la adolescencia, a punto, se diría, rezando a Dios en las mañanas y durmiendo con el diablo en las noches, sometidos al capricho del tío permanente con la regularidad de un rito de filiación.

Es lo que muestra la miniserie de seis capítulos de Netflix, una producción chileno-alemana dirigida por Wilfried Huismann y Annette Baumeister. Con 400 horas de grabación por editar y opciones dramáticas ajustadas a la indagación de una realidad sólo a medias investigada, la serie exhibe un material de archivo impactante por sus ramificaciones.

Imágenes de Pinochet en lágrimas frente a los niños que trinan ante su presencia, y el uso de la Colonia como fábrica de armas en tiempos de la Unidad Popular, salen a flote gracias a la tenacidad del documentalista chileno Cristián Leighton, creador del proyecto original y quien pesquisó durante años las cintas de este archivo eventual cuando aún no se sabía que existía y algunos de los protagonistas de la serie, como el mismo Schäfer y su ministro de hacienda, Kurt Schnellenkamp, aún vivían. Porque Schäfer tenía ministros: de guerra y paz, como Roberto Thieme, exjefe del grupo ultraderechista Patria y Libertad, quien hizo de la Colonia uno de sus centros de operaciones terroristas para sabotear el gobierno de Allende; de relaciones exteriores, como Hernán Larraín, quien hizo de la defensa de Schäfer una política de Estado hasta el día de hoy, en que ocupa el cargo de ministro de Justicia y Derechos Humanos en el gobierno chileno; de interior y orden interno, como Manuel Contreras, jefe de la policía política en dictadura y quien tenía cabaña propia al interior de la Colonia. En fin, los subsecretarios y jefes de servicio abundaban con distintos disfraces de bonhomía. Es para ponerse a llorar o reír, depende de cuánto cariño le tenga uno a la derecha chilena y sus muchas vueltas en el aire. Porque una de las virtudes absolutas de la serie de Netflix no es sólo mostrar la pedofilia crónica de Schäfer sino también, de manera menos directa pero más significativa, la protección que gozaba la Colonia de parte del Chile permanente, como alguna vez definió el cineasta Raúl Ruiz a esa estructura de señorío que perfila de manera tan precisa el carácter nacional. Compadrazgos, patotas de cuello y corbata, familias unidas por el secreto y la corrupción ideológica están detrás de las imágenes que vinculan a ese Chile permanente y venal con el crimen, la desaparición de personas, la violación de niños, el maltrato esclavo de los adultos, la prohibición del sexo, el fanatismo religioso y, en suma, la impunidad total de una secta que secuestra el poder del Estado con la complicidad del propio Estado.

Narrada por Salo Luna, niño-símbolo de la Colonia en un primer momento y más tarde escapado de ella para dar cuenta de lo padecido, visto y oído al interior del enclave, la serie hace de él la figura central de la narrativa traumática que está en juego. Luna es el testigo verdadero, dispuesto a dar la vida por la verdad que tiene para contar en un hecho expuesto al juicio y al pleito. Al frente tiene a los otros, los testigos falsos o colonos no del todo arrepentidos que deben simular lo bien sabido y disculpar su responsabilidad personal. Es otro gran mérito de la serie, junto con el caudal del archivo documental: instalar, por un lado, la determinación de aquel que escapó y sobrevivió, y por lo mismo arriesga la vida con su palabra solitaria en un entorno hostil; y, por el otro, la imposible inocencia que adoptan los colonos, víctimas y victimarios al mismo tiempo, que hablan de un mal que dicen ignorar en nombre del bien.

Al final, son ellos y no Schäfer el secreto mejor guardado de la Colonia Dignidad. Los colonos esclavizados, las disciplinadas enfermeras, los jóvenes con sus tías-cuidadoras, infantilizados todos en sus conductas y secuestrados en su comportamiento de adultos como niños eternos de una libertad vigilada, convertidos en espías e informantes de una figura megalómana que creía ser el Führer de una nueva sociedad, son quienes ponen de manifiesto el verdadero drama de la Colonia. Y ese no es otro que haber sido, desde su origen y fundación, la copia feliz del Chile permanente que le dio amparo y protección. Fue el ideario torcido de una nacionalidad el que hizo coincidir la historia del país y el advenimiento de la dictadura con los caminos interiores de la Colonia. Tal es el relato de la serie. Ni Schäfer ni su largo reinado de medio siglo habrían sido posible sin la naturalidad de trato con que ese Chile dio amplia libertad a las actividades del enclave. Como en un espejo, sus sectores dirigentes se miraron en Colonia Dignidad, halagados por la imagen familiar que les devolvía una mentira convertida en realidad. Era un mundo perfecto y soñado: sano, trabajador, religioso, arrodillado. La dictadura extremó ese sueño hasta la pesadilla, y la imagen del espejo se inclinó, dispuesta a servir, agradecida en su condición de copia feliz en un remoto predio del sur.

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Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.

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