Fernando Pérez
Fernando Pérez

¿Te consideras un(a) cineasta independiente? ¿Por qué? 

No.

Me veo como un cineasta cubano al que yo mismo no logro clasificar.

El porqué viene en la respuesta a la tercera pregunta.

¿Qué criterios –económicos, políticos, culturales– han condicionado tu autonomía creativa para hacer cine en Cuba? 

Desde que entré en el ICAIC con 16 años en plena Crisis de Octubre he acumulado experiencias profesionales que siempre irán conmigo y otras que he dejado por el camino. En este proceso de formación (¿o de educación sentimental?) he realizado cine con la industria, cine fuera de la industria, cine en coproducción, cine independiente, cine fuera de Cuba, cine por encargo (Suite Habana lo fue), cine con recursos, cine sin recursos, etcétera. Cada película fue una experiencia distinta. Hoy, a mis 76 años como jubilado (pero activo), miro hacia atrás sin ira y puedo decir que, si algo puede caracterizar esa filmografía, es que todas son películas que yo (mal que bien) quise hacer: nada hay en ellas que no me pertenezca en forma y contenido. Aunque los criterios económicos, políticos y culturales variaron, el derecho al corte final siempre fue, es y será únicamente mío, y eso ha asegurado mi autoría y por consiguiente, mi autonomía (¿o debería decir independencia?) creativa.

Desde los años noventa, el campo cinematográfico cubano ha experimentado importantes transformaciones, entre ellas, la pérdida de la hegemonía productora del ICAIC. En este panorama, ¿hacia dónde apunta la denominación “cine independiente” en el caso cubano? ¿Tiene sentido hablar de cine independiente hoy? 

A partir de esta pregunta sí puedo hablar de lo que yo entiendo por “cine independiente” –en el caso cubano–. Lo primero que me viene a la mente es un verso de Nicolás Guillén: qué largo camino anduve para llegar hasta ti…” Ha sido un largo camino no sólo para la aceptación del fenómeno en sí mismo, sino también para asumir la palabrita independiente. Porque desde los remotos tiempos en que Tomás Piard y otros jóvenes comenzaron a hacer cine al margen de la industria (en 8mm o 16mm, sin mezclas sonoras, sin laboratorios, sin nada) sólo se podían nombrar esas obras como cineclubistas y más adelante como cine aficionado y más tarde con cualquier otro nombre menos independientes –aunque lo eran–. Recuerdo que en las primeras discusiones que precedieron a la aprobación del Registro del Creador Audiovisual y Cinematográfico hubo que disentir ante la propuesta de otras denominaciones sesgadas como cineastas autónomos o cineastas no estatales o…

Con esto quiero decir que hubo que vencer muchos prejuicios para que –como siempre sucede– la vida finalmente determinara las leyes, definiciones y clasificaciones, y no al revés, porque el cine independiente, o como quieran llamarlo, se ha ido haciendo epidémicamente exponencial y ha enriquecido, oxigenado, dinamizado, descentralizado y diversificado nuestra producción cinematográfica como parte congénita y legítima del cine nacional. En la oración anterior dejé para el final el verbo “diversificar” porque si algo puede definir este fenómeno (que aún hoy todavía no me atrevo a llamar movimiento) es su diversidad, no su monocromía.

A lo largo de estos años he visto a Jorge Molina hacer cine (¿gore? No: ¡cine!) sin nada; a Miguel Coyula dirigir, editar, fotografiar, sonorizar casi en solitario Corazón azul durante cinco años o más; a Claudia Calviño vencer todas las incomprensiones para crear una casa productora (en un limbo legal durante mucho tiempo) de nivel internacional y llegar junto a otros jóvenes a horizontes inimaginables; a los muchachos de Nuevitas organizar en coches de caballos un evento-taller para hacer cine como sea; a Da Ro De en Guantánamo hacer él solo cine extraterrestre y surrealista; he visto a Heidi Hassan y Patricia Pérez y otros seguir haciendo cine cubano más allá de nuestras fronteras; he visto a tantos…

Al mencionarlos estoy reconociendo pero no privilegiando el esfuerzo, porque en el arte –como en muchas esferas de la vida– los resultados son los que cuentan. Y si hoy estamos discutiendo la denominación de este cine es porque ya no es una promesa: es una realidad que legitima y despliega su propia existencia en un amplio abanico de obras polémicas y, sobre todo, diversas. Veo positiva esta discusión porque nuestro cine –y aquí me salto las clasificaciones– no debe expresarse en un pensamiento único porque donde todo el mundo piensa igual, ninguno piensa mucho. Lo dijo Jean Renoir interpretando el papel de Octavio en su obra maestra La regla del juego: “el problema es que cada uno tiene sus razones”. Tampoco convido a la conciliación: que cada quien defienda su verdad, pero sin atrincheramientos.

Por mi parte, siempre he creído que las clasificaciones, las etiquetas y codificaciones, más que definir, pueden encasillar y reducir la multilateralidad de un fenómeno. Y con el inevitable decursar de los años esas mismas definiciones se modifican, mutan, corrigen o expanden, porque nada es eterno, excepto el cambioY confío en que la justicia poética (porque la otra…) irá poniendo las cosas en su lugar.

Recientemente, el Gobierno cubano ha legislado sobre el cine nacional. ¿Cómo impacta el decreto ley 373 las condiciones de posibilidad de los cineastas? ¿En qué medida responde a los intereses y las demandas del gremio?

Creo que responde en gran medida a las demandas discutidas durante las memorables sesiones de la Asamblea de Cineastas en “Fresa y Chocolate” y conveniadas por el G-20 con el ICAIC y, en ese sentido, son muy positivas. Pero quedan aspectos esenciales por definir (y cuya discusión resulta siempre aplazada), como son: el sistema de exhibición, la censura, la libertad de expresión.

¿Cómo evalúas el modelo de desarrollo cinematográfico que supone la puesta en vigor del Fondo de Fomento? ¿Cuáles son sus principales beneficios y limitaciones?

Dentro de las nuevas medidas del modelo de desarrollo cinematográfico, considero que el Fondo de Fomento será un motor impulsor esencial para dinamizar, estimular y abonar una producción cinematográfica descentralizada. Numerosas cinematografías latinoamericanas cuentan con un Fondo de Fomento similar con resultados alentadores.

¿Cuáles son los desafíos, los límites y las posibilidades para el desarrollo de una industria audiovisual en la Cuba actual? ¿Cómo será el cine cubano del futuro?

Los principales desafíos siempre serán artísticos. En consecuencia, una industria audiovisual tiene que proyectarse atípicamente. Es por eso que la elaboración de una Ley de Cine que legisle y contemple desde la especificidad la necesaria libertad de movimiento de los diversos talentos individuales, las inmanentes experimentaciones y el sinuoso flujo de la creación cinematográfica resulta fundamental para abonar ese terreno.

¿El futuro? El futuro nos traerá nuevos y contrarios enfoques e interrogantes, porque el cine, como la vida, únicamente se genera y expresa y fructifica en la diversidad y la búsqueda constante.

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FERNANDO PÉREZ
Fernando Pérez (La Habana, 1944). Es uno de los realizadores más importantes del cine cubano contemporáneo. Entre sus películas más conocidas se encuentran Clandestinos, Madagascar y Suite Habana. Casi toda su filmografía ha sido realizada con el ICAIC. Obtuvo en 2007 el Premio Nacional de Cine de Cuba. Su película La vida es silbar (1998) termina con el personaje de Bebé decretando la felicidad absoluta de los habaneros en el año 2020.
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