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Presentación

En el marco de una discusión mayor sobre el mercado y el arte, que se sostuvo en el mundo cultural cubano desde finales de los ochenta, se dieron varios intercambios de opiniones entre artistas, críticos e intelectuales, con el ánimo de pensar las implicaciones y los conflictos que suponía esa dupla en un país donde el discurso oficial había satanizado por décadas el tema del valor comercial y la retribución monetaria de la producción estética.

La polémica sobre el cinismo, dirimida entre la crítica e investigadora Elvia Rosa Castro, el editor y periodista Manuel Henríquez Lagarde, y el ensayista y profesor Emilio Ichikawa, puede mirarse como uno de aquellos episodios. El Caimán Barbudo, publicación periódica que vio la luz en 1966 como suplemento cultural del diario Juventud Rebelde, órgano de la juventud comunista, y ya para entonces autoproclamada “revista de la juventud cubana”, será el espacio por donde circulen los textos que se confrontan.

Elvia Rosa Castro inició la controversia con un artículo en el que reflexiona sobre el cinismo, en tanto postura y conducta filosófica, en relación con el artista, el arte y el consumo, el compromiso y la herejía, la ética y la creación, a partir de series de asociaciones y motivos que enlazan el pensamiento y el mito griegos, la sacarocracia en la época colonial en Cuba y varios postulados de Karl Marx, entre otros.

Será justamente ese eclecticismo de referentes uno de los primeros aspectos a los que dirija los dardos Manuel Henríquez Lagarde. Para el periodista, también por entonces editor principal de El Caimán Barbudo, el artículo de Castro desvirtuaba el sentido con que los diccionarios etimológicos y enciclopédicos recogían la palabra cinismo. Su actualización del término en atención a las circunstancias del arte en Cuba, además de equivocada, respondería más a la urgencia por participar de una tendencia en la crítica teórica de raigambre posmoderna y posestructuralista, que a “una investigación seria”. Para cerrar su intervención, de viso reaccionario ante el auge de discursos emergentes como el de la poscrítica y los estudios culturológicos, Lagarde acusa a la autora de sumarse a la politización de asuntos que, en su opinión, deberían ser tratados desde un punto de vista estético. Para él parece claro que el objetivo no era otro que coquetear con los procedimientos y perspectivas de publicaciones extranjeras y del exilio cubano, de declarado perfil multidisciplinario.

La respuesta a esos ataques llegará de parte del profesor Emilio Ichikawa, quien, pretendiendo no terciar, se involucra en la disputa y pondera los dos textos con sus virtudes y fallas, si bien no logra guardarse las simpatías hacia las elucubraciones teórico-simbólicas del primero. Además de lamentar la falta de profesionalidad de Lagarde para discutir sin apelaciones ad hominem, así como los estragos que hacían a su argumentación el incordio y la ironía, Ichikawa repara en la estructura didáctica del texto –aun cuando lo aleccionador había sido un defecto apuntado para desacreditar el escrito de Castro–, y no deja pasar las insinuaciones de raíz ideológica que hace el editor cuando se refiere con patente recelo a las “camarillas intelectuales del exilio”.

En el mismo número –e incluso en las mismas páginas, gracias a un diseño que dispone ambas intervenciones a modo especular–, Lagarde contesta a la lectura de Ichikawa y busca defender su criterio de que Elvia Rosa confunde o “disfraza”, tanto en la exploración conceptual como en el rastreo histórico que hace del tema en Cuba, el cinismo con el “oportunismo, maquiavelismo, hipocresía, simulación u otras palabras que simplemente no se corresponden con el referido término”.

Unas semanas más tarde y al calor de otra polémica, el ensayista Víctor Fowler y el editor de El Caimán Barbudo volverían a hacer breves referencias a la disputa sobre el cinismo con más de un punto en desacuerdo.

Sin dudas, se trata de un episodio que no por particular deja de arrojar luz sobre ciertas inflexiones y contorsiones del discurso crítico y el pensamiento cultural en la Cuba de los noventa.

Documentos


* Expediente coordinado por Roberto Rodríguez Reyes y Pablo Argüelles Acosta.

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