Asumiendo una estructura tradicional y una estética costumbrista a través de la ficción, Dashel Hernández ha escrito, de todas formas, una novela infrecuente.
El castigo ejemplar tiene dos destinatarios, el que lo sufre y el que mira, y va dirigido sobre todo al segundo: su lección viaja de boca en boca, entra en las casas por la puerta del amor y termina pareciendo costumbre. Lo único que no sabe procesar es la compañía.