La Academia Sueca ha decidido reconocer a una escritora que convierte la erudición en temblor y que traduce a los antiguos como quien negocia con los vivos.
El castigo ejemplar tiene dos destinatarios, el que lo sufre y el que mira, y va dirigido sobre todo al segundo: su lección viaja de boca en boca, entra en las casas por la puerta del amor y termina pareciendo costumbre. Lo único que no sabe procesar es la compañía.