michio kaku
Nebulosa de la Hélice

Cuentan que algunas tardes de principios del siglo pasado, en la casa de Macedonio Fernández, los visitantes solían escuchar el rasgueo de una guitarra que seguía unos intervalos espaciados y constantes. Si se le preguntaba por lo que estaba haciendo, Macedonio respondía:

—Que es muy interesante tratar de buscar en la música los acordes fundamentales de los cuales, tal vez, derivaría todo el universo.

La anécdota me vino a la mente al leer La ecuación de Dios, el más reciente libro de Michio Kaku, físico teórico que ha sabido compaginar su labor científica con la no menos importante de la divulgación. El subtítulo de la obra anuncia su objeto: la búsqueda de una teoría del todo. Se trata de la llamada teoría de cuerdas, cuya ansiada formulación, postulan sus defensores, debería ser una ecuación que en sus pocos centímetros de desarrollo permitiera descifrar el universo. Para entender cómo los mayores esfuerzos de la física actual están dedicados a esta especie de utopía, Kaku traza una breve historia de la ciencia moderna, desde Newton, pasando por Einstein y llegando hasta los hallazgos de la teoría cuántica.

Michio Kaku resume así la concepción del universo que esta teoría plantea:

Se cree que, al principio del tiempo, había una única superfuerza cuya simetría incluía todas las partículas del universo. Pero esta era inestable, y la simetría se empezó a romper. La primera que se separó fue la gravedad. Luego la siguieron la fuerza nuclear fuerte y la débil, y quedó la fuerza electromagnética. Así, el universo actual parece roto, y todas las fuerzas son diferentes entre sí. Es trabajo de los físicos volver a montar las piezas en una única fuerza.

Puede que lo más atractivo de este ensayo sea la defensa que hace Michio Kaku de la simetría, es decir, de la belleza, como el elemento fundamental de la validez de una teoría: “No todas las teorías bellas tienen aplicación física, pero todas las teorías fundamentales de la física halladas hasta ahora, sin excepción, incorporan cierta belleza o simetría”. Esta justificación estética del universo es el complemento de la afirmación que hiciera Joseph Brodsky, una de las más rotundas, polémicas e inapelables que yo haya leído en esta época de persignaciones biempensantes: “La belleza es siempre externa”.

A pesar de los esfuerzos didácticos del autor, creo haber comprendido un cinco por ciento de lo explicado en este libro. Lo que me consuela es saber que una parte importante de la comunidad científica tampoco ha comprendido mucho más sobre esta teoría, “la más polémica de la física” y también la más disparatada por su vocación definitiva. Aunque, más que incomprensión, quizás se trate de escepticismo, pues hasta el momento la teoría de cuerdas, al postular y requerir la existencia de un universo de diez dimensiones, no ha cumplido con el requisito fundamental del método científico: la verificación. Sin embargo, como advierte Kaku, “la ciencia siempre debe ser verificable, pero, como ya hemos establecido, la mayor parte se lleva a cabo de forma indirecta”.

En efecto, no ha sido necesario hacer un imposible viaje al sol para poder afirmar que está compuesto principalmente de hidrógeno y helio. Otro tanto ha sucedido con la teoría cuántica, que en un primer momento generó la suspicacia del propio Einstein pero de la cual, con el pasar de los años, se han corroborado sus predicciones hasta convertirla, según Kaku, en “la teoría más precisa de todos los tiempos”.

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Ahora bien, viendo los toros desde la barrera y yendo más allá de su inverificabilidad circunstancial, ¿qué tiene la teoría de cuerdas para generar esta suspicacia? Según Kaku, esto tiene que ver con que la teoría de cuerdas unificaría la gravedad y la teoría cuántica, resolviendo de esta manera los principales problemas de la física. ¿Cuáles serían las consecuencias prácticas si se llegara a demostrar su exactitud? Para la vida cotidiana, ninguna. “El verdadero impacto en nuestra vida puede ser más bien filosófico”, afirma Kaku, “porque la teoría del todo puede dar finalmente respuesta a profundas cuestiones existenciales que han obsesionado a grandes pensadores durante generaciones, como ¿es posible viajar en el tiempo?, ¿qué sucedió antes de la creación? y ¿de dónde viene el universo?”.

Michio Kaku
Michio Kaku

En otras palabras, una satisfactoria teoría del todo acabaría con ese no saber que ha dado lugar al arte, la filosofía, la ciencia y las religiones. Como en la parábola del palacio que tanto le gustaba a Borges, al dar con la ecuación que explicaría todo nos quedaríamos sin nada.

Por otra parte, si nunca se llegaran a verificar sus asertos, o, incluso, si fuese refutada o superada por otra teoría distinta, la teoría de cuerdas quedará, gracias al testimonio de Michio Kaku, como una quijotada digna de remembranza. Algunas de las ideas finales de La ecuación de Dios subrayan el carácter cervantino de la empresa. Por ejemplo, su reivindicación de una fe en la ciencia que, de tan profunda, llega a ser anticientífica: “Personalmente, yo creo que el pesimismo de muchos científicos puede llevarlos por el mal camino, porque las pruebas de la teoría [de las cuerdas] podrían no encontrarse en un gigantesco acelerador de partículas, sino en el hallazgo de la formulación matemática definitiva de la teoría”. En otras palabras, se trataría de una teoría cuya formulación fuese tan perfecta que se bastara a sí misma. Y por si quedara alguna duda de lo que está planteando, Michio Kaku agrega: “Lo que quiero decir es que quizá no necesitamos en absoluto una prueba experimental de la teoría de cuerdas”.

Esta exigencia, ¿no es la misma que don Quijote le hace a los mercaderes cuando estos le piden que dé alguna prueba de la hermosura de su amada, Dulcinea del Toboso? La respuesta de don Quijote a los mercaderes, a los “cuerdos”, sería del agrado de Michio Kaku:

—Si os la mostrara –replicó don Quijote–, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia.

Al defender una teoría que “es más inteligente que nosotros”, Michio Kaku nos pone en el camino de un desprendimiento absoluto: buscar el todo hasta alcanzar la nada. O, por lo menos, quedarnos con la convicción matemáticamente exacta de que la belleza preside y habita cada rincón del Universo.

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Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981). Escritor venezolano. Ha publicado varias colecciones de historias, entre las que se encuentran Una larga fila de hombres, Los invencibles, Las rayas y Los terneros. También publicó una novela, titulada The Night, donde relata la crisis de su país natal. En 2007 fue incluido en la lista Bogotá 39, que se encarga de destacar a los mejores escritores jóvenes de Latinoamérica. En 2019 ganó el Premio de la III Bienal de Novela Mario Vargas Llosa.

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