Heberto Padilla
Heberto Padilla

Presentación

Heberto Padilla fue enviado a Rusia en 1962 por el gobierno cubano a trabajar como corresponsal de Prensa Latina y corrector de estilo del semanario Novedades de Moscú. Para desempeñar su labor, el escritor contó con la asistencia de Pedro Cepeda, un traductor de origen español que había llegado a territorio soviético en 1937.

Nacido en Málaga en 1922, Cepeda formaba parte de un contingente de aproximadamente 3 000 niños y jóvenes que habían sido enviados a Rusia por sus padres y familiares durante la Guerra Civil para ponerlos a salvo de los bombardeos de la aviación franquista. En 1948, había sido condenado a un campo de trabajos forzados por haber intentado huir de la Unión Soviética ocultándose en el baúl de un diplomático argentino que viajaría en avión a Francia. La condena era de veinticinco años, pero en 1956 fue rehabilitado por una comisión de revisión de delitos creada tras la muerte de Stalin. Seis años más tarde, formaría parte del equipo de redacción de Novedades de Moscú, donde haría las veces de traductor e intérprete hispano-soviético.

En La mala memoria (1989), Heberto Padilla dedicó varias páginas a quien llegó a ser su amigo y no dudó en señalar cuán diligente fue mientras trabajó a su lado:

Pedro Cepeda ordenaba diariamente un riguroso itinerario cultural, me preparaba las noticias más importantes de la prensa soviética, me señalaba la dirección de la literatura en boga, las críticas que aparecían a los métodos de Stalin, edulcorados por un tratamiento tan prudente que para Pedro constituían la prueba de que la llamada “desestalinización” había sido frenada por los mismos que la pusieron en marcha.

Pedro Cepeda pudo retornar a su patria en 1966. Allí sabría del arresto de Padilla. Nadie como él, que fue torturado durante seis meses en la Lubianka, podía imaginar a qué estuvo expuesto el autor de Fuera del juego (1968) mientras estuvo detenido en la Villa Marista. Nadie como él podía dar cuenta de los hechos y vivencias que marcaron la estadía de Padilla en Moscú y que tantos presagios y temores sembraron en el poeta. En eso residen los méritos de la semblanza que hoy ofrecemos al lector, un texto escrito a mediados de 1979 y que ha sido posible dar a conocer gracias a la gentileza de Ana Cepeda Étkina, hija del autor, custodia de sus manuscritos y autora de Harina de otro costal (2014), libro que ofrece la historia de su padre.

Heberto Padilla

Como me gustaría hoy decirle:
—Cuando un pueblo rinde homenaje a un poeta muerto cabe admirarse, porque ese pueblo comienza a crear.

Mil veces me he preguntado: —¿por qué la revolución devora a sus hijos… Y mil veces me he contestado: —la revolución no los devora. Esto lo ha inventado alguien que quiere servirse de la revolución; que es enemigo de la revolución, que la odia. Son inventos, oleajes del miedo, raudo alboroto de quienes sienten pánico ante el trote del pueblo en busca de aire puro para sus mariposas fantásticas de mil colores. Son ellos, cuatro o cinco hombres que se erigen líderes, que entre los altos trigales del campo humano se visten de zarzamoras de la revolución, manchan de sangre el cielo azul diáfano de la revolución e intentan, de ese modo, demostrar a todo ser viviente que el movimiento revolucionario, sin su concurso, no puede hacer nada. Por ello, cuando alguien intenta demostrar lo contrario, los grillos politicastros le devoran entre las veredas del amanecer.

El Moscú jrushchoviano se despierta asustado e incrédulo: —¿Será posible?

Pena, preocupación y miedo, esos trillizos del estalinismo han muerto. La homosexualidad ideológica tipificada en estas tierras de estepas dicen haberla visto fallecer. “Desde hoy, el socialismo soviético, vestirá camisa más humana” –me aseguran.

El XX Congreso del partido comunista de la URSS llena de rosas las esperanzas del mundo del trabajo que vive fuera de la Unión Soviética; ese mismo mundo de dentro, el que ayer lloraba ante el cadáver del Gran Jefe lágrimas puras y convencidas, sin contaminación de la duda humana; este mundo capaz de ser panal de amor por un hombre tiene miedo a convertirse en panal de odio. Pero ante las evidencias, suelta un día: —¡Increíble, pero es VERDAD!

La puerta negra de la celda negra cae hecha mil pedazos para algunos-muchos. Jrushchov habla al pueblo del lechero de míster Churchill, bien por simple similitud, bien sabiendo que el discurso del premier británico no lo leen en estos lugares porque no se publica, bien por no ser menos que sir Winston.

Y por si todo fuese poco, una perra cualquiera, una tal Laika vuela y ladra por el cosmos. Después sube también Gagarin; más tarde lo hacen otros, mientras el tatarabuelo del Skylab se pega el tortazo treinta y cuatro.[1]

En. este mismo instante llegó al aeropuerto Vnúkovo de Moscú el poeta Heberto Padilla.

No entiendo el porqué Yuri Páperov, entonces director de la edición en castellano del semanario Novedades de Moscú, intentó mandarme a recibirle al aeropuerto. Después creo que le desaconsejaron puesto que “a un ex-preso político, por muy rehabilitado que esté, no lo pondremos nunca en la presidencia” –me aseguró un alto cargo del partido comunista de España en Moscú. Sin embargo, la primera noche que Padilla pasó en Moscú cenamos juntos con Berta, su esposa.

Les pareció sabrosa aquella sopa solianka con carne, pepinillos agrios, salchichas y aceitunas.

“Tienes que ver Cuba. Debes verlo para creer lo que es una revolución de habla hispana. Hay que palparla, sentirla en todo los más profundo de tus vísceras…” –me aseguraba y, desde el primer momento noté en su voz perfección al pronunciar y nada de acento latino-andaluz-americano. “Mis padres son castellanos, pero da lo mismo. El español es un idioma que debemos hablarlo todos de la misma forma, no inventemos”.

Días más tarde repite su invitación a Cuba, mas cuando intento contradecirle con mis dudas, él se encoge de hombros, infla aún más sus abultados mofletes, limpia los cristales de las gafas y comienza a jugar con el tenedor y el plato que acaba de comer. “El mundo está hecho de todo eso que tú dices. Sin crímenes, sin robos, sin asesinatos, disturbios, políticos falsos; ¿acaso sería mundo? …” Aquella misma noche me dedicó su segundo tomo de poesías: “A mi amigo Pedro Cepeda, esperando reconfirmar esta amistad en Cuba”.

De la “pachanga” a la vida cotidiana de trabajo y sacrificio en la isla, saga de un motín donde aún está por demostrar la verdad intrínseca de una revolución socialista hecha por el pueblo para el pueblo, hay un buen trecho. “Puede que ello sea causa de la desconfianza que se nota entre los hombres del PCE, en Moscú, respecto a la revolución de Fidel. Pero, quieran estos o no, la “pachanga” se canta en La Habana y no en Madrid.

Cuando hablamos de las secuelas de la revolución en la Unión Soviética, Heberto no duda: “Eso no ocurrirá con nosotros. Los cubanos hemos llegado a la revolución no en alpargatas, sino con buenos coches, lavadoras automáticas y con televisores. Esto, no dejarás de convenir que es otra cosa muy distinta. Además, nos sirven de ejemplo otros países; por ello cuidaremos de la revolución como de la niña de nuestros ojos”.

De día, siempre que el periódico vomita pausas, Heberto se pierde por las retorcidas calles del viejo Moscú, allá, tras el malecón de granito gris del río Moscova, paseando de la mano de ella por la vieja puerta de la iglesia hoy destinada a biblioteca de autores extranjeros; sube los peldaños del GUM, esa tienda de mil mostradores y cinco mil dependientas que te ofrecen artículos que a nadie interesan. Ella le conduce entre copos de nieve blanca junto a los baños turcos, los célebres Saundanovski de la calle Nieglinnaya, donde la gente se apiña en tomo a un hombre caído en el suelo: “No le toques, –le advierte la jovencita. “El ruso odia a los borrachos, quizá por eso, porque beben como verdaderos cosacos”.

Al poco tiempo aparece un guardia urbano, pide ayuda a dos de los mirones y cogiendo por piernas y brazos al beodo lo lanzan sobre la tarima de una camioneta.

—Está helado.

—Qué va, –apunta ella–. Ahora le llevarán a una clínica para beodos, lo duchan, lo reaniman, le darán algo de comer y lo ponen a dormir la mona. Mañana, al despuntar el día le mandan al trabajo. Tan solo cuando cobre el salario del mes, se dará cuenta que le han descontado los servicios prestados en la clínica y la multa que el guardia le ha puesto por caerse borracho en la calle.

Un día que cambiaron de ruta, siempre por los barrios apartados del centro, al pasar frente a la iglesia de la calle León Tolstói, ella le habló del odio de todo ruso hacia el judaísmo: “Son mercaderes de cuerpo y alma, –dijo ella–. Stalin también les odiaba. Míralos, por doquier, –apuntó con sus ojazos negros con brillo de antracita–. Ahí los tienes, jefe de la panadería en busca de lo práctico. Míralo, en esa tienda del Estado, casi inadvertida para muchos, donde compran a los extranjeros la ropa usada o nueva que les sobra. Ahora, llamará a su Sara, a su Rita u a otra de sus compinches y le dirá: Vente por aquí que me han traído un vestido casi nuevo de seda india. Da asco…”

Por las noches, ella corre entre la imprenta y la redacción llevando galeradas a corregir, o ya corregidas para que le eche el último vistazo el corrector o censor estatal.

Cuando discuten entre cubanos las primacías de la Seguridad Social soviética, Heberto pensará: “Farsantes, ella me llevó al hospital y he visto con mis propios ojos como tiemblan en el corredor los maláricos por falta de camas”.

O cuando alguien, llegado en delegación política desde la isla, hable de los cuidados del Estado soviético por el pueblo, Padilla me comentará a solas: “Mangantes; ella me llevé a casa de su prima, después tuvo que salir un momento, el que aprovechó la prima para desabrocharse la blusa puesto que yo le había traído un regalito de París”.

En uno de esos menudos trotes del haber periodístico llegamos hasta aquel prado verde donde los jóvenes comunistas plantan finos abedules a fin de cubrir franjas en las estepas rusas, todas ellas cercanas a las vías ferroviarias.

Heberto quiere escribir algo sobre la inventiva social-agraria y pregunta al secretario del partido de la región: “La consigna no se hace esperar: Demos árboles a la madre naturaleza” –comienza este burócrata del partido quien, al mismo tiempo me advierte: “Les ruego no se salgan de la ruta prevista puesto que así quedó determinado por el Comité Central”. Acto seguido le dice al poeta: “Estos jóvenes han llegado hasta aquí con palas y picos para transformar el mundo en que vivimos. Vinieron voluntarios, porque comprenden la política de nuestro partido, previsor de esa campanada triste y cantarina, de ese aviso de la prodigiosa madre naturaleza sedienta en estos lugares…” “Ha traducido exactamente, ¿verdad?”–se interesa el ruso con aires de satisfacción por la frase pronunciada: “Hablamos con un poeta, ¿no es así?”

Mientras tanto el poeta guarda silencio, toma notas, asienta a lo que dice el secretario del partido con su cabeza de pelo negro ensortijado, pero, cuando de vuelta hacia Moscú nos lleva el automóvil por la “ruta prevista”, Heberto suelta entre dientes: “¡Comemierdas! Aquí el hombre se hace Demon por decreto”.

Unos días antes de nuestra visita a la estepa recién repoblada de abedules y de jóvenes “voluntarios” ella le dijo con patente mal humor: “No nos veremos una semana. El director del periódico me manda a plantar abedules en la estepa”. Volvió a la semana justa. Se reanudaron los encuentros, los paseos por las viejas calles moscovitas, los besos; pero, ahora el poeta besaba los labios abultados de la chica, carnosos… Y esta vez con sumo cuidado para no hacerlos sangrar por aquellas grietas que dejó el viento y la falta de agua.

En las horas libres de imprenta y redacción, cuando no va con ella o no está en casa, Heberto Padilla busca formas de comprensión de la poesía rusa-soviética y estudia concienzudamente la “cocina del poeta soviético”.

“Quiero ver con mis propios ojos como los poetas crean la vida en estas tierras”. Y las veladas con Símonov, Evtushenko, Tvardovski, se hacen amaneceres. Símonov viaja al extranjero; su casa rebosa de confort y la alegría de los redactores del Izvestia, del Pravda o de la revista literaria Novi Mir es otra, muy otra que ellos llaman “normal” por ser parecida a la del resto de la población. Sin embargo, Evtushenko acaba de llegar de Cuba, se detuvo unos días en París y su segunda esposa, Galia, viste como lo puede hacer una damisela afrancesada y moderna. En el saloncito de Tvardovski huele también a perfume francés y se habla de los logros de la química moderna al servicio de las damas del mundo occidental. Aquí se bebe buen ron Bacardí y se fuma tabaco de Virginia comprado en Londres…

En una de las muchas reuniones con la inteligencia soviética, Jruschev ha soltado: “No tengáis miedo; fabricaremos bragas de nylon para vuestras esposas del alma”

Evtushenko ríe: “Me imagino las de metros de nylon necesarios para las bragas de la esposa de Nikita Jruschev…”

Entre copas y bocanadas de humo de los cigarrillos americanos aparecen los temas profesionales, se habla de Solzhenitsin a quien le han prohibido, o le “retienen” la publicación de El pabellón del cáncer, se comenta el último poema de un tal Graniev que promete en el horizonte literario. Padilla va poco a poco descubriendo este mundo intelectual lleno de contradicciones, embarazado de problemas de censura, aficionado al aforismo que Heberto retiene en su memoria:

—En caso de que te pregunten: ¿qué es más provechoso la luz del sol o la de la luna?, contesta siempre que la segunda, porque el sol alumbra siempre de día, cuando hay bastante claridad.

—Las alabanzas para el escritor genial son como la pez para el arco del violín del virtuoso.

—Si miras a lo lejos verás la lejanía; si lo haces hacia el cielo, el infinito, pero si te miráis a un espejo pequeño verás solamente tu rostro.

Las hay que advierten:

—El gallo despierta temprano, el canalla –mucho antes.

—Si la brújula marca al norte, no olvides que también marca el sur.

—Los filósofos triunfan en el futuro, vencen al pasado y no dan pie con bola en el presente.

—Si Sócrates llamó cobarde al guerrero que huía, es porque nunca estuvo en el lugar del guerrero con miedo.

—El hombre lleva la cabeza sobre los hombros para no andar cabeza bocabajo.

Entre las veredas del camino madrugador, el relente abre los pensamientos. Cuando alguien menciona la muerte de la Duncan, otro alguien recita:

La Duncan, siempre descalza,
dejó su chal al viento tibio
para que otra vez se enrolle
en los finos radios de las viejas ruedas
del coche de Yesenin

 Y el poeta se convierte en soga
donde se balancea con sus zapatos
de punta fina, en la isba perdida
de una aldea olvidada en la arcaica Rusia.

A Padilla le fascina el poema ruso, como la catedral de mazapán de San Basilio:

Las once torres de la catedral inmóvil
hacen intentos para abrir sus ojos.
Son siglos telaráñicos;
son siglos de sigilo silenciosos;
mientras me encuentro en pie,
en pie me encuentro,
sobre los viejos adoquines
de esta plaza misteriosa.

Los poemas de Evtushenko los traduce Padilla con mi ayuda: “Bien podría decirse: nadie ha visto caer la luna desde lo alto del cielo / yo si la vi caer. Estas estrofas son ya casi un poema, pero Evtushenko tiene la manía de llevarla a la anécdota para que aquí la llamen poesía, aunque para ello tenga que prenderla con alfileres oxidados”.

Otras veces vamos hacia el encuentro con los poetas que forman agrupaciones literarias en fábricas y talleres. Son hombres simples, amantes de la poesía, fresadores, mecánicos, ingenieros, torneros, peritos, electricistas… Son muchos aficionados a este arte en esta tierra donde cada época tiene a su propio Pushkin. A ellos les voy traduciendo línea tras línea de lo que lee de memoria Padilla; palabra por palabra, intentando no cambiar ni la entonación o, por lo menos, haciendo que comprendan el contexto de la idea que el poeta suelta. ¡Y como lo comprenden! El milagro de la poesía suple a las deficiencias de traducción y, entonces, el idioma es común.

De vuelta a la redacción de Novedades de Moscú, mientras los barrenderos lavan la faz de las calles de este Moscú temprano en despertar, Heberto razona: “Todo llegará a su tiempo… Para dar la vuelta a una esquina, debes llegar a ella primero… Demos al tiempo tiempo”

—Pero ¿te dejarán llegar? –me intereso.

“Ahí está el secreto. Tienes, debes llegar, aunque para ello te cueste mil sacrificios, aunque debamos hacer mil pedazos las estrellas del cielo infinito, aunque cueste perder una tonelada entera de prestigio o de gloria conquistada de forma fácil” –apunta el poeta-. En caso contrario, a llorar solo, como solía hacerlo Fausto, en espera de las tres campanadas que anuncien el ocaso”.

A veces le veo en su casa, junto al mismo puente de Borodino, sobre el río Moscova, le veo salir del quirófano parturiento de su poesía envuelto en gasas de un poema recién nacido. Allí –y de este modo– nació su “Abedul de hierro” que tanto daño le reportaría años más tarde.[2] Poema sobre el pueblo ruso, al que iba conociendo poco a poco, con certeza y entre la gente de ese mismo pueblo de sueños mitológicos y de esperanzas interminablemente largas. Entonces, el color de la piel de Heberto adopta tono glauco, como cuando discute con Berta, su esposa, a quien ya no le dedica poemas. A continuación, le obligo a que me lea lo escrito y, cuando lo hace, repite: “Esto no ocurrirá en Cuba. Somos otro pueblo y la Revolución cubana es otra. Sé que la vida no es un escampado que debemos atravesar, aunque el sol caliente, derrita nuestra sesera. La vida es algo más serio. Aquí está todo trocado, a mi modo de entender. No es que lo visto, lo vivido sea bueno o malo, es que es otra cosa y esa misma cosa no nos va. Tomemos, como simple ejemplo, la montaña rusa que, aquí la llaman, no sé por qué «montaña americana». Hasta la ensaladilla rusa lleva aquí el nombre de Olivier, apellido de no sé qué cocinero francés al servicio de un príncipe ruso antiguo, quien dicen que inventó la ensaladilla rusa. Por lo tanto, son otros términos, en otro mundo que sea bueno o malo, a nosotros no nos va por una serie de razones”.

También, a veces, cuando el sol agostero del medio día asfixia los pensamientos, Berta me pregunta qué le pasa a su esposo mientras ella anda entre telares. Contesto con evasivas; le hablo de desengaños, de realidades crueles que le acosan; suelto toda una maraña de ideas inconcretas y confusas que me oculten, que me sirvan de escondite quizá por ese pretérito imperfecto llamado hombre, quizá por un erróneo, falso concepto de la, amistad masculina. Y me escudo, logro convertirme en serpiente escurridiza, suelto sonidos semejantes a los de los platillos, huecos y caldereros de la banda de música de un pueblo cualquiera del mundo.

Ella me mira, sonríe lastimosa y no me cree, aunque se conforma con lo que le digo.

La reunión comenzó temprano. En ella debía debatirse la postura a adoptar con esa “actitud traidora, derrotista, de un pequeño grupo de escritores soviéticos, quienes, endiosados, no tanto en la URSS como en el extranjero, hacen el juego a la burguesía”.

La acusación es terrible. El código penal en su artículo cincuenta y ocho, punto cuatro, dispone incluso largos años de prisión o pena de muerte, por mantener contactos con la burguesía.

La realidad es que el antiestalinismo de Jrushchov daba ya sus primeros frutos. El mismo secretario general del PCUS estaba algo asustado. Por lo tanto, vale la pena buscar un cabeza de turco que enseñe a los demás los límites de lo permisible. Y el cabeza de turco fue hallado: en Francia apareció un artículo, bajo título, “Autobiografía precoz”,[3] en el que Evtushenko recordando su infancia en Siberia, cazando osos con su tío, llega a conclusiones contra el estalinismo aún vigente en Rusia, contra los errores del partido y el sectarismo en la Unión Soviética. Y, aquello era demasiado –según los topos agazapados en espera.

Padilla llegó puntualmente a la reunión para autoconvencerse una vez más que los sectarios tienen gran capacidad de espera y que sus uñas siempre fueron afiladas. “El sectarismo hace siempre cobardes”.

Los topos soviéticos de la pluma estaban furiosos: “Esto ya limita con la contrarrevolución… Al antiestalinismo de los cuatro escritores vendidos a la burguesía hay que poner fin. Hasta donde les permitiremos llegar” Evtushenko trata justificar sus declaraciones en París: “Quién acusa a quien, gente que tan solo trata de continuar su vida cómoda, tranquila… ¿Quién crea y quién vive a cuenta de los que otros crean? ¿Con qué mano escribí para la burguesía y con qué otra mano escribo para el pueblo soviético?”

Pero el cabeza de turco está elegido y “hay que dar ejemplo a los demás”. Solzhenitsin deja de publicarse, Símonov retorna al vodka como único consuelo, Tvardovski bebe como buen cosaco;[4] Evtushenko tiembla ahora al oírme hablar:

—¡Chist! Pueden haber instalo micrófonos en mi cocina; ¡Chist!…

Heberto Padilla, en su casa moscovita junto al puente de Bopodinó, recibe a sus amigos cubanos, españoles y rusos. Se leen nuevos poemas, se discuten los sucesos políticos del día, se bebe café, mucho café que Berta hace colándolo a través de una media de nilón; se hacen augurios sobre el poema que no será publicado, o se planea a que aldabón llamar a fin de que intenten publicarlo… Mientras y, a raíz de la citada reunión de poetas y escritores, corre un cuarteto por Moscú que se lo atribuyen a Yevgueni Evtushenko, dirigido por este –dicen– al presidente de la Unión de Escritores Soviéticos, sección de poesía, a quien también llaman Yevgueni:

Tú eres Eugenio y yo soy Eugenio.
Tú no eres genio y yo no soy genio.
Yo soy un mierda, tu mierda al caso;
Tú, de hace siglos. Yo, no hace tanto…

Eugenio jura no tener nada que ver con el cuarteto. Heberto ríe y Juan Arcocha, corresponsal de prensa cubana en Moscú, dice que el cuarteto es genial pues representa la situación del momento. Tan solo guarda posturas un tal Sergio Alpízar, viejo periodista, al parecer viejo comunista, dicen, corresponsal del recién fundado Granma en Moscú.

“Fue una desgracia, –repite Alpízar–, yo partía con el grupo de Fidel en el Granma, pero no pude hacerlo, ¿sabes? Resulta que las botas de uniforme que me dieron era un número más pequeño que el que yo calzo. Por ello no pude estar en Sierra Maestra”.

Los cubanos que le oyen ponen cara de tristeza: “En realidad fue una pena. La Revolución se vio privada de un gran hombre”. Heberto guarda silencio ante estas declaraciones. Arcocha no las oye, siquiera. Alpízar las ha repetido tantas veces que se las va creyendo. Eso le digo a mis amigos que rehúsan comentar.

Notamos, desde un tiempo a esta parte, cierto cuidado poco fingido entre los cubanos, cuando comentan este u otro momento de la revolución en su patria: cuando comentan de dos en dos la crítica es fuerte, pero tan sólo aparece un tercero cuando todos cambian de parecer. Por lo visto, se temen unos a otros; todos se ponen de acuerdo con lo dicho por Fidel y creen ya que la revolución comienza a devorar a sus propios hijos, en la isla también.

Cierta vez entra en el despacho de traductores de Novedades de Moscú el viejo César Escalante: “Tradúceme lo que dice aquí” –me pide entregándome un ejemplar del Pravda fresco de tinta–. Comienzo a leer: “La Unión Soviética advierte al Gobierno de Estados Unidos de América que toda la responsabilidad de lo que pueda ocurrir en Cuba, recae sobre el Gobierno del presidente Kennedy. La URSS, no admitirá jamás injerencia alguna en los asuntos que son patrimonio del pueblo cubano”.

Escalante, secretario general del PC de Cuba, antes de la toma de poder por Fidel Castro y enviado al “exilio voluntario” en Moscú está eufórico con el caso de los célebres misiles: “Joven, estamos en los umbrales de la Tercera Guerra Mundial. La Unión Soviética no saca de la isla los misiles”.

Padilla guarda silencio, Páperoy guarda silencio. Miro al viejo Escalante y me da pena: “No pasará nada, Aníbal”, –le digo.

—¡Estás loco!

—¡No estoy loco! La URSS no expondrá nada por Cuba, retirará los misiles.

—Jrushchov ha dicho…

—Jrushchov no ha dicho nada. Como Stalin con su célebre telegrama enviado a José Díaz[5] en 1936: “La causa del pueblo español es la causa de toda la humanidad avanzada y progresiva… Eso dijo, y nada. Por España no arriesgaron nada de nada. Por Cuba menos, puesto que el tiempo es otro, el arma atómica hace más pupa y los intereses de la URSS están claros: «Mientras que exista la Unión Soviética existirá el movimiento comunista internacional». Además, hay que reconocer que esto es un hecho”.

Escalante quisiera en este momento disponer de la llave de los infartos de miocardio.

Cuando una hora más tarde, Páperov, aún director de la edición en castellano del periódico, paga la comida de Heberto y mía en el restaurante Pinchos Morunos de la esquina de la plaza de Pushkin, Heberto se interesa: “¿Crees que Pedro lleve razón?”.

Yuri Páperov, el diplomático soviético expulsado hace años de Argentina como persona non grata, reflexiona durante unos minutos, baja su voz y pronuncia: “Es muy posible que esté en lo cierto”.

El viejo de César Escalante ha encajado un golpe más en su vida: el bloqueo implantado por Kennedy y los suyos se lleva a cabo, Jrushchov retira sus cohetes nucleares de la isla. Me cuentan como Fidel humilló a este viejo luchador: “No importa que llevase o no la razón, pero las canas adquiridas en la lucha, hay que respetarlas”.

Heberto, en cierta ocasión, cuando hablamos a solas porque la confianza entre los cubanos residentes en Moscú también se tambalea, me espeta: “Tú te reirías, seguramente, cuando te invité a Cuba… Yo hice gestiones ante la Unión de Escritores cubanos para que te invitasen a trabajar en la isla… Ahora es cuando te digo que en La Habana no tienes que hacer un carajo..”

El contrato con Novedades de Moscú toca a su fin. Heberto fue enviado al periódico buscando formas de aumentar la tirada y venta, pero se sabe que hasta los cubanos hacen papel de los números que les envían a la isla. También la corresponsalía de prensa de Padilla ha pasado a manos de Alpízar, el hombre que no pudo participar en la revolución por culpa del calzado. Ahora, el viejo periodista Sergio Alpízar se contenta con enviar crónicas a base de los materiales que proporciona diariamente el protocolo del Ministerio del Exterior traducido al castellano y con una que otra noticia de TASS, sección de habla hispana.

“Aquí no tengo nada que hacer”, me dice Heberto. Cabe también contar que el año trabajado en la capital soviética ha sido año de altercados para Padilla: el primero lo sufrió con la agencia TASS de noticias cuando la sección española se atrevió a retener el envío de un artículo suyo a Cuba en el que hacía cierta mención de la emigración española: “Ya es hora de que a estos españoles republicanos Cuba los acoja como verdaderos revolucionarios”. El encargado de la sección de habla hispana, antes de transmitir por telex el artículo de Padilla, quiso consultar con su partido. La delegación del PCE tardó en reaccionar y desde Cuba, el periódico de Padilla comunicó su extrañeza al no haber recibido la crónica anunciada de su corresponsal. Heberto puso el grito en el cielo. Protestó ante el director de TASS, este amonestó al español encargado de la sección. Heberto insistió ante la delegación del PCE: “Inaudito…”

El segundo caso fue a cuenta de la postura del poeta cubano ante la reunión de escritores soviéticos. Aquí Padilla se puso de parte de su amigo Evtushenko y lo hizo en público: “Carajo, ¡si el poeta es creador de la vida, debe ser libre de creación!”. Esta vez los soviéticos no presentaron disculpas.

La cena de despedida la hicimos en casa de Heberto y en familia: “Nos vamos, pero nos veremos. El mundo es un pañuelo… Quisiera encontrarme contigo en Madrid, porque lo tienes merecido y porque es tu patria. Pero, estés donde estés, Padilla sabe encontrar a sus amigos”, me dijo.

Yo le aconsejé quedarse en Europa: “Ya sabes lo que está ocurriendo en Cuba, hazme caso”. El movió negativamente su abultada frente: ¿y qué sería de mí, emigrado político en Europa? Aunque te dé la razón, debo volver a la isla”.

De vez en cuando recibo alguna que otra carta corta de Heberto, una que otra noticia de mi amigo que llega a Moscú de forma imprevista: le han visto en una reunión en Praga, le han enviado a la capital checoslovaca de corresponsal de prensa, ha vuelto a la isla.

De repente recibo un telegrama: “Espérame en aeropuerto. Llego vuelo X, directo. Abrazos: Padilla”.

En el hotel Berlín charlamos largo y tendido: tiene a punto de publicar su tercer libro de poemas El abedul de hierro, obra que tanto fue criticada en Cuba por parte oficial.[6] Me vuelve a hablar de Barral: “Un buen editor y buen poeta. Debes conocerle”. No para de citar frases enteras de las obras de Juan Goytisolo y cuando habla del poeta Blas de Otero pierde la noción del tiempo y a qué ha venido en este viaje oficial.[7] Por fin me dice, muy por encima, a que vino a la URSS con ese traje de ejecutivo cubano. Llega representando al Ministerio de Comercio Exterior, con él llega un tal Rojas, con aire de viejo comisario de batallón y otro compañero cubano más, también con cargo de partido. Días más tarde, nuevos abrazos en el aeropuerto de Vnúkovo y el avión desaparece rápido en el aire frío moscovita.

Mucho después y aquí en España leo no poco sobre su detención. La prensa occidental se escandaliza: “Fidel arresta al poeta revolucionario”. Yo tan solo me pregunto: ¿Sabrá aguantar los interrogatorios? No importa cómo, pero hay que sobrevivirlos. La policía, sea roja, verde o azulada, es la policía. Hay que saber aguantar lo que ella quiere, sea como sea, donde sea y con quien sea. Yo mismo no sé si podría de nuevo resistir interrogatorios día y noche, golpes, vejaciones… Cuando te detienen, aunque tengas experiencias por haber sido antes detenido, nunca digas de esta agua no voy a beber… Los interrogatorios como los fusilamientos se hacen siempre al amanecer y, tan sólo varía la latitud del meridiano, esas rayas finas, casi invisibles, color azulado que los cartógrafos trazan sobre los mapas. Por lo demás los golpes tienen el mismo sonido aquí que en la China de Mao.

La intelectualidad europea se hace eco del arresto del poeta, se oyen voces tercas de protesta: Sartre, Louis Aragón, dicen que Picasso, aseguran que los escritores italianos progresistas… Fidel se ve obligado a soltar a Padilla por no hacerlo mártir. Y paren versiones raras, provocativas, miserables: “Ha delatado a sus amigos, a los escritores cubanos…”

Todo aquel quien ha logrado salir de un presidio sabe que cuando cierran tras tu espalda el portalón de entrada es cuando comienzan los verdaderos problemas por vivir esa vida que el dictador de turno te dona con más o menos generosidad o susto, con mayor o menor dosis de calumnia para mancillar tu nombre, para aislarte, convencido que la vida hará lo que no pudo hacer la cárcel, desarmarte, quitarte esa misma vida de forma lenta.

El féretro de Blas de Otero, del poeta que él me descubrió, dio a leer y me hizo amarle a cinco mil kilómetros de distancia desde donde Blas escribiese, sale despacio del chalet de Majadahonda. No veo a Padilla y podría estar en el cortejo fúnebre. Me dicen que anda por la Universidad de La Habana dando clases de ruso, impartiendo un idioma donde él tropieza.

Quizá lo haga por sobrevivir esa vida tras la cárcel. Quizá se lo ordenen para humillarle. Quizá no exista ningún quizá. Pero no veo el rostro del amigo Padilla en el cortejo fúnebre de Blas de Otero. Y me da pena, doble pena de no verlo. Como quisiera, como me gustaría hoy decirle:

—Cuando un pueblo rinde homenaje a un poeta muerto, cabe admirarse porque ese pueblo comienza a crear. Y entonces, que tiemblen los tiranos.


Notas:

[1] En 1979 —año de escritura de esta semblanza—la NASA se vio obligada a precipitar la estación espacial Skylab al advertir que se había salido de su órbita. En el marco de la carrera espacial protagonizada por los Estados Unidos y la URSS, eso ofrecía una idea de los fracasos que debió haber afrontado la agencia estadounidense antes de lograr poner en órbita su primera estación.

[2] “El abedul de hierro” es uno de los poemas de Fuera del juego y el título de la segunda parte de ese poemario. Con respecto a los poemas que conforman esta parte, los miembros de la UNEAC, en la declaración que redactaron para expresar su desacuerdo con el jurado que favoreció de manera unánime al libro, expresaron lo siguiente: “Si en definitiva en el proceso de la revolución soviética se cometieron errores, no es menos cierto que los logros —no mencionados en “El abedul de hierro”—, son más numerosos, y que resulta francamente chocante que a los revolucionarios bolcheviques, hombres de pureza intachable, verdaderos poetas de la transformación social, se les sitúe con falta de objetividad histórica, irrespetuosidad hacia sus actos y desconsideración de sus sacrificios.”

[3] Escrita durante una breve estadía de Evtushenko en París, Autobiografía precoz fue publicada originalmente en febrero de 1963 en el semanario L’Express, en versión al francés realizada por K. S. Karol. La posición asumida por el autor con respecto a la burocracia estalinista hizo que el libro fuera prohibido en la Unión Soviética. Fue publicada oficialmente en Rusia en 2014, como parte del volumen I de la Obra completa de Evtushenko; previamente solo había circulado clandestinamente, en samizdat. Hay edición al español seguida de ocho poemas (Ediciones Era), incluido “Los herederos de Stalin”, cuya versión al español fue hecha por Heberto Padilla.

[4] Aleksándr Tvardovski (1910-1971) era el director de la revista literaria Nóvy Mir cuando tuvo la oportunidad de leer el manuscrito de Un día en la vida de Iván Denísovich. Al advertir los méritos de esa novela, solicitó y obtuvo la autorización de Nikita Jruschov para publicarla.

[5] José Díaz (1895-1942). Fue el secretario general del Partido Comunista Español desde septiembre de 1932 hasta el día de su suicidio, ocurrido en marzo de 1942 en la ciudad de Tiflis, Georgia.

[6] El tercer poemario de Padilla fue La hora (1964). Pedro Cepeda debe estar haciendo referencia a Fuera del juego, editado originalmente en 1968.

[7] Blas de Otero (1916-1979) vivió tres años en Cuba, de 1965 a 1968. Inauguró su estadía en la isla con un recital en el que Padilla hizo de presentador (se habían conocido en París en 1962). Junto al cubano recorrió pueblos y ciudades; además, realizó trabajo voluntario y escribió poemas de elogio a estas y otras actividades revolucionarias. De acuerdo con lo referido en La mala memoria, Blas de Otero fue un interlocutor clave a la hora de definir el tono estilístico de Fuera del juego y uno de los compañeros de viaje con los que Padilla pudo hablar sobre “los campos de concentración estalinianos, la carencia total de debate político en el seno de los partidos comunistas […] la ausencia de libertades y el predominio de la policía ideológica en esa «sociedad sin clases»”.

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1 comentario

  1. Es bueno leer estos articulos que nos proporcionan otro ángulo mas en la historia tal como se nos dijo que era o la otra historia que nadie nos contó con mentiras porque la vivimos y la sufrimos en carne propia.

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