Un mural de Gustav von Will en los muelles de Nueva York (FOTO Leonard Fink)

Última escena

Todo gesto inútil y toda latitud pequeña,
mezquina para el tramo que nos falta,
si es cierto que cualquier otra sensación, premonición
o ensayo comprende el resto. Un collar más,
otro arete en la oreja, comprados a la vendedora
de anillos hondureña, mientras fumabas el penúltimo
cigarro, antes de que el veneno que te hundió por detrás
tu compañero te llegara al cerebro.

(Camarada de guardia en las bodegas
de los muelles, con la mano en la masa, el que
te hizo un guiño y se perdió en la sala atestada
de peste, ese que amabas sólo porque se alejaba).

Entonces la mujer te abrió otro hueco. Puso colgajo
en el lóbulo seco. El cigarro bailaba en tu belfo
entrenado, en pocos días de hospital y fatiga,
a estarse quieto, a hablar de carros y juguetes de fuego,
cuando en realidad hablaba por ti el veneno,
por ti el gesto inútil, la alegría perdida y
la lasitud pequeña que precede al infierno.

Memoria de un festival

No habré terminado de decirlo todo
mientras quede tu fantasma. Hace algo
que parece cien años caminábamos juntos,
hombro con hombro: y ha sido más el tiempo
que no estás que el que estuviste. Tú,
maestro del signo, jugador de ruleta
del inapresable entendimiento.

Sabías todo antes que yo, y ahora también
sabrás que lo sucedido, ocurrió en la discoteca.
Tal vez así lo dispusiste, otra ironía antes
de partir. Un baile que despoja a la carne
del cuerpo y que baña a la muerte de alegría.
Una alegría que estuviera de luto cinco días
(por ti) y que saliera de la tumba olorosa a éter.

¡Así sería la cosa, petimetres! La semilla de mil
extraños que no dieron simiente,
o que la dieron solo en tu mente, indigente
ente, ente, ente, ente, ente…

No era un poeta, sino los negros altoparlantes
los que repetían las últimas letras.
Un juglar de otra época conocía
de antemano nuestra suerte, y nos daba vueltas
como marionetas enganchadas por luces
y tramos de cruces y tendones y cuerdas
de los techos pintados. Había puertas
abiertas que daban a la calle desierta
cierta, cierta, muerta, cierta…

El poeta no sólo hacía música: retumbaba
y singaba en nuestras almas, y alababa, manaba,
iluminaba. ¿Cuántos años no intenté
ponerlo en palabras? ¿Cuántos pasos desde la puerta
a los baños y las barras? Palabras dichas en el ruido,
camufladas en música y espaldas. ¿Cuántos peldaños
rotos no hicieron falta?

Tus brazos en el aire, negros, equívocos,
cargados de manillas, amuletos, gangarrias
que de nada sirvieron, recibían fuetazos
de luces y guitarras. ¡Oh, Carmina Burana,
bacanales romanas, nosotros que supimos lo que
fueron las ganas! ¡Qué infamia peinar canas!

Magali

Olía a leña y a grajo.

Un sendero insinuado
de vello enroscado
conducía a su puerta.

Puse mano
en el fuego.
Lamí dedos salados.

Eran leños
con lenguas.

Reverbero
atorado en el hueco
emboscado.

A tragar
el humor derramado

a morderle los
labios morados.

¡Desgraciado de mí
que soy sabio!

Al final del camino enlodado,
olía a leña y a muerte.

A madera arrancada
a las puertas
incendiada entre
piernas abiertas.

Calentando calderas
debajo de un puente:
la gente.

Era sopa su leche
y mojaba
la mente.

Al final del camino,
la cueva.

En la mente
delicias rupestres.

No era cierva silvestre,
era ella.

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