Fotograma de 'Pink Narcissus', James Bidgood dir., 1971
Fotograma de 'Pink Narcissus', James Bidgood dir., 1971

Fly high and proud.
De “Don’t cry out loud”, interpretada por Melissa Manchester

Para Enzzo Hernández, que me presentó a Bobby Kendall. Y también para Roberto Viña

Me imagino a James Bidgood, un mito ya del cine gay glam-camp, como Udo Kier. Fotografiado por Moss Roberts y entrevistado por Michael Kowalinski en el verano de 2010, a Bidgood lo vemos feliz ante el teclado de una vieja pianola.

Hay cantos de cisne que se parecen entre sí, en especial cuando son épicos, radiantes y están llenos de bizarría, desdén y elegante discreción. Nada tienen que ver con esa vanidad de andar por casa que identifica a los artistas mediocres e inauténticos. Esto es un lugar común, pero resulta necesario repetirlo.

En Swan Song (2021), Udo Kier es Patrick Pitsenbarger. Pat, una drag envejecida e impávida (la muerte lo ronda, pero él no le hace caso) que escucha a Judy Garland mientras trepa sobre su silla de ruedas y cruza con gracia las piernas, o cuando escapa del home donde vive y se pone el sombrero muy pink (y de encajes brillantes) de su amiga Erma, ya muerta, y se mira, femenino, en los cristales de lo que había sido su peluquería. Después, con la ayuda de una cliente agradecida, se pone un traje verde primavera (el verde que inventó Claude Monet) con un sombrero violeta.

(Hay colores para la subversión y el encantamiento. Parecen de hoy, pero no lo son. No hay más que ver cómo pintaba Monet la superficie del agua y los nenúfares).

James Bidgood murió en 2022, el día de mi cumpleaños. Me enteré de eso y me sobrecogí. Era un anciano vivaz y disparatero. Tenía 88 años. Era drag, era gay, era pobre, era un influyente fotógrafo y devino, con Pink Narcissus (1971), un cineasta de talento e influjo descomunales.

Más allá de su craftwork y de la tejeduría simbólica que se aprecia en la dirección de arte que puso en práctica, la mejor invención de Bidgood es el chapero morocho Bobby Kendall, de quien aquel no recuerda casi nada cuando le preguntan cómo fue la convivencia con Kendall. Bidgood, a medio camino entre la evocación ficcional y la testificación, dice que puede visualizar mejor sus sueños con el joven, pero que eso no es lo real de su vínculo con él durante los años que duró la filmación de Pink Narcissus, aproximadamente entre 1964 y 1970. Bidgood le llevaba unos 12 años a Bobby. Este aparecía y desaparecía. A veces dormía en el minúsculo apartamento de Bidgood, que era donde se construía la película. O dormía fuera o venía a cenar y volvía a irse o traía a algún desconocido con quien el sexo florecía dadivoso y repentino.

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(Preparar el entorno de una secuencia de 2 minutos podía tomar semanas de búsquedas y esfuerzos).

Cuando empieza a filmar Pink Narcissus, Bobby andaría por los 20, o posiblemente menos, y Bidgood por los 30 y algo. Bobby Kendall fue, al parecer, el nombre con que Bidgood bautizó a su fastuoso modelo-actor: chaquetas de jovencito “duro”, botines, y pantalones claros, muy ceñidos, para mostrar la redondez dura de las nalgas y remarcar la obradura del pene y de los muslos. Todo un estereotipo.

La mejor manera de mirar y ver a Bobby Kendall es desde abajo y comprobando, en su desnudez, su fitness sin gym, su piel, su aspecto de chicano, su calidad queer, sus testículos magnánimos y recogidos, su pene medio endurecido. No es exagerado conjeturar, entonces, que todos esos escorzos llenos de devoción y meticulosidad fueron preparados y filmados por Bidgood en momentos en que Bobby Kendall disfrutaba de sus semierecciones.

Después aparecían los cristales, los azogues, los espejos, los desdoblamientos. Los primeros planos cerrados del actor-puto, en los que se mira a los ojos y se acaricia los labios.

(¿Puede que la desnudez de Bobby Kendall sea la de ciertos modelos de Wilhelm von Gloeden? Arrojar al mejor modelo de Von Gloeden en una calle de New York. Ponerlo allí a la caída del sol. Hacerlo caminar mirando los escaparates. Vestirlo con un pulóver ceñido, un pañuelo rosado en el cuello, unos blue jeans y botas de gamuza).

Pink Narcissus es una insólita película de arte donde cada uno de los frames deviene una foto que deja su timbre. Azules tibios, rosas azulados, rojos brillantes, violetas, amarillos de sol, rojo tomate, rojo coral, rojo persa, magentas, azul Klein, azul de lapislázuli, añil, azul cerúleo. Y el resplandor del oro y la plata adornados por una pedrería artificiosa.

El mood de la obra es lo suficientemente camp, y muy glam, y no hay que equivocarse, sin embargo, con la supuesta falta de seriedad del relato que Bidgood alcanza a pintar. Se trata de eso: de pintar. Y sin palabras. Bobby Kendall no habla. ¿Que toda esa tramoya es kitsch en demasiados momentos? Sin duda. Pero la historia del chapero es la de un sueño. O más bien una cadena de sueños. El soñar del despierto y el soñar del durmiente. Un soñar desagraviado, sin pausas, liberal, ilimitado, donde se siembran anhelos cuya energía permite que ciertas existencias muy deseadas (Bobby Kendall: un Narciso replicándose a sí mismo muchas veces y de muchas maneras) sobrevivan a cualquier gestualidad frívola y realzada, ¿qué más da?, por las lentejuelas o la purpurina o las perlas de plástico bañadas en falso nácar.

Entre paréntesis: la canción interpretada por Melissa Manchester aparece en Swan Song cuando Udo Kier se pone aquel traje verde primavera y mira, atónito, la libertad de los chorros de agua de una fuente. Esa canción, un manifiesto acerca de los poderes del yo, podría sonar también en Pink Narcissus. La diferencia, sin embargo, está en que en la altivez del quijotismo drag y gay de Udo Kier se esconde una queja pugnaz, de pura rebelión, mientras que en el pavoneo (casi tierno, diríamos) de Bobby Kendall no hay queja porque él vive, casi exclusivamente, dentro de un mundo inexpugnable: sus sueños.

La mejor ternura (la más convincente ternura) de Bobby Kendall es la que transpiran sus desnudos sobre la hierba de ese paisaje arcádico que sirve a veces de teatro donde su cuerpo fulgura.

El sueño del Narciso Bobby Kendall empieza frente a los espejos (los espejos de los urinarios, donde el sexo es presunción y avidez), cuando comprende que le gusta mucho su cuerpo y saborea, mirándose a los ojos con una espectral serenidad, uno de sus dedos. Después se ve tirado bocarriba sobre un césped selvático, bucólico. En su ojo derecho aletea una diminuta mariposa. A continuación, lo vemos como un matador. El toro es un rubio (otro chapero) en una moto. El torero está excitado por los aplausos. Un muchacho de aspecto pobre y sombrero grande le tira, tímido, una flor desde las gradas. Ese muchacho es el propio Bobby Kendall. La lidia tiene lugar en el salón de los urinarios y acaba como debe acabar: Bobby Kendall obliga al rubio a que le haga una felación que se convierte en irrumatio. Los movimientos pélvicos de Narciso, haciendo que el otro se trague su pinga completa, son de una elegancia danzaria.

Cuando otra vez está Narciso frente al espejo, aparece un segundo rubio con champan y de pronto Bobby Kendall se transfigura en un noble romano a quien le traen un esclavo para que lo castigue. El esclavo es él mismo. Aburrido, se tira en el suelo a darle vueltas a una esfera del mundo, y lo vemos acostado en el césped de su ensueño. Se acaricia largamente con una brizna, y la brizna exacerba su ombligo, y la mariposa de antes abre y cierra las alas en la palma de su mano derecha, y después, ¡qué pervertido lirismo!, en el vello del pubis. Y vierte vino (o más champan) sobre su vientre, saborea sus labios, y sus propios dedos entran y salen de su boca.

Bidgood va enseñando la progresión (onírica, sí, pero da igual) del deseo, y entonces concibe, con esmero extraordinario, cómo es el tránsito de una danza del vientre (no es Bobby Kendall quien la ejecuta, sino otro) a ese estado de no poder resistir más, justo en los segundos que anteceden al orgasmo y la eyaculación. Hay una mano que acaricia hacia arriba y hacia abajo un fornido manojo de perlas, y luego, en un close-up, aparecen un glande y un chorro de semen que cae como esas mismas perlas. El esclavo que baila usa una especie de clámide transparente, hecha de gasa. El pene, recio y golpeador, se bambolea frenético del ombligo al pubis.

Estoy seguro de que una secuencia así no se había realizado, hasta entonces, en la historia del cine.

A pesar de todo, Pink Narcissus no es ni pretende ser, en rigor, una película lasciva, pero conviene aclarar que por detrás de su hechura asoma la poiesis pornográfica y la lógica de su narrativa. Aun así, ella se encuentra al servicio de un proyecto de declaración de libertad en una época difícil. O, por lo menos, más difícil que la nuestra. Tal vez por eso la visión que Bidgood ofrece de la ciudad no encaja bien en la tesitura general de la obra, aunque la ciudad (New York) es La Ciudad: una suerte (acaso irresoluta) de alegoría de neones, entre trágica y festiva, de la Sodoma bíblica.

Un marinero masturbándose, un vendedor de dildos, un establecimiento llamado BAR 69, que en realidad es un gym. Un tipo encadenado. Una mujer con un cartel que dice OUR LORD IS COMING. Un Banco de Sangre. Todo eso reconforma el espacio del chapero antes de retornar a la mariposa. Esta acaricia, lúcida, el glande de Narciso en una secuencia pastoril donde se incluyen la masturbación, la destrucción simbólica de la mariposa y la eyaculación. Los sueños se enfrentan a lo real: se desata una tormenta y Narciso empieza a caminar desnudo hacia ninguna parte. Es el errante que se entrega. Cae la lluvia y todo es agua, voluptuosidad y desnudez. Y al final vence la maleza, la vegetación, la hiedra viva que se lo traga, y con esto queda enfatizada la victoria del sueño y el regreso de Narciso a la tierra que lo nutre.

El temperamento grandilocuente y simbólico de ese desenlace confirma que Pink Narcissus es un hiperrelato gay de estirpe rousseauniana. No por amanerado, glam y pomposo deja de tomarse con melancólica gravedad las cosas de la vida deseada, y en ese sentido rinde un tributo tal vez inconsciente a la huella, en la modernidad del hoy, del alma romántica, que posee su enclave en el sueño del ideal del amor. Dicho ideal se centra en la vida nocturna de la ciudad y en la protección de esa comarca solitaria que es casi pánica, instintiva, silvestre, originaria.

Cualquier coincidencia del ayer de esa aspiración con el hoy del aferrarse a lo virtual, por la vía de la tecnología, que permite la construcción del otro como espejo, independientemente de su dudosa o inalcanzable materialidad… cualquier coincidencia de esa índole, repito, acredita y revalida la legitimidad de toda búsqueda. Hasta las que son, de hecho, imposibles.

Es así que Bobby Kendall vuelve a su estrecha cama citadina. Está despierto y mira por la ventana hacia la noche de New York. La realidad inexorable es que él es un chapero, aunque mucho anhele afincarse, con mansa desesperación, en sus sueños. Pero de pronto el vidrio de lo real se rompe, y la imagen de la rotura es la de una telaraña. Un cristal rajado, pero también una telaraña en medio de un bosque. Y con este artificio, en los segundos finales de Pink Narcissus, indica Bidgood que a su personaje le ha sido concedido, al fin, entrar en el orbe que se constituye en su trasfondo y su atmósfera, su visceralidad y su paisaje: la Arcadia sensualista como refugio y Lebensraum.

A los 88 años, tras muchos homenajes, y luego de acostumbrarse a los asombros más o menos retóricos de sus admiradores, críticos y editores, James Bidgood acaricia las teclas de su pianola, yendo del music hall al vaudeville y los espectáculos de su pretérito drag. Y, no bien cierra los ojos, el chapero soñador mueve su pasmosa y exquisita desnudez entre nubes rosadas y candelabros de oro.

En La Habana que sobrevive, 6 de mayo de 2023

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Alberto Garrandés. Narrador, ensayista y editor. En años recientes ha publicado Sexo de cine (Premio de la Crítica en Cuba, 2013), Body Art (cuentos, 2014), El ojo absorto (ensayo, 2014), Una vuelta de tuerca (ensayo sobre cine de autor y películas de culto, 2015), y Demonios (novela, 2016, Premio Alejo Carpentier). En 2018 reunió lo esencial de sus cuentos en Mar de invierno y otros delirios.

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