Fotograma de ‘Santa y Andrés’, Carlos Lechuga, dir., 2016
Fotograma de ‘Santa y Andrés’, Carlos Lechuga, dir., 2016

Carlos Lechuga empezó a salir menos de la casa. A asomarse cada dos segundos al balcón a ver si alguien lo vigilaba. La locura y el delirio de persecución se apoderaron de él. La incertidumbre era lo peor. Tanto en las oficinas del Festival de Cine, como en el Ministerio del Interior, como en el ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos), como en el Ministerio de Cultura, se reunía gente para hablar de los creadores y nadie les decía lo que pasaba.

Los cineastas que querían ayudar, al mismo tiempo pecaron por no hacer una carta pública y no ser más claros y abiertos con la pareja. Incluso se reunían sin Carlos y Claudia Calviño para ver cómo iban a tratar el tema con ellos cuando se incorporaran a la reunión citada. Manolo Pérez osó decir en algún momento que él no confiaba en los creadores. Se repetía aquello de que había que ponerse del lado del opresor, salvar la institución y nunca al humano, al individuo.

Poco a poco la inocencia fue quedando atrás y los creadores, solos, tuvieron que fortalecerse para no perecer en el intento.

Fotograma de ‘Santa y Andrés’, Carlos Lechuga, dir.
Fotograma de ‘Santa y Andrés’, Carlos Lechuga, dir., 2016

El 23 de noviembre se realiza finalmente la proyección al ministro de Cultura, Abel Prieto. La cita había sido aplazada en varias oportunidades porque el funcionario se encontraba fuera de la provincia en un ejercicio militar y disponía de poco tiempo. Estaba programado que en la mañana se exhibiría la copia del filme al ministro y varios invitados y en la tarde habría un encuentro con diversos participantes. A la película se le había retirado el cartel introductorio a sugerencia de los cineastas convocados en el visionaje anterior, con el objetivo de no “empeorar las cosas”.

Por Santa y Andrés participan Carlos Lechuga, Claudia Calviño y Alejandro Tovar. Cuando ingresan a la conocida sala del séptimo piso del ICAIC se encuentran en primer lugar con los periodistas Pedro de la Hoz y Rosalía Arnáez, el poeta Alex Pausides y una diligente pantrista que repartía agua y café.

En un rato hacen su entrada el ministro, Abel Prieto; el escritor y presidente de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), Miguel Barnet; el representante de la AHS (Asociación Hermanos Saíz), Luis Morlote; los viceministros Abel Acosta, Fernando Rojas y María Elena Salgado; la artista plástica Lesbia Vent Dumois; el actor Rolando Núñez; la directiva del ICAIC: Roberto Smith y Ramón Samada, y múltiples desconocidos y miembros de la UNEAC, la AHS y policías encubiertos.

Carlos se presenta diciendo que es un cineasta cubano y que su filme es completamente independiente, ya que no le ha costado un centavo al presupuesto estatal. En ese momento se escuchan unas risas socarronas.

El ambiente es bien cargado. Se respira una atmósfera de juicio ejemplarizante por parte de una veintena de desconocidos y jefes culturales contra los jóvenes creadores cubanos.

Comienza la proyección.

Durante la muestra se escuchan sonidos reprobatorios como un rechistar de incredulidad o murmullos. Hay pequeñas quejas y frasecitas sueltas como la de “esta mierda es ofensiva”. El equipo de Lechuga permanece tranquilo y en silencio.

Para Lechuga esta experiencia, más allá de los nervios, fue bien satisfactoria. La sentía como una galleta directo al rostro de todos estos burócratas que sin saber cómo ni cuándo había aparecido una película (no era un texto, no era una foto, ni una pintura) hecha con todas las de la ley enjuiciando la relación del Estado con la cultura. Para el director, nada más por ese momento, todo había valido la pena.

Cuando termina la película se puede ver que Abel Prieto se encuentra en una especie de shock, sin expresar palabra alguna se va a otra oficina y alguien dice que se verán en el mismo lugar en la tarde. Carlos Lechuga y Claudia Calviño recogen la copia del filme y se retiran. En el ascensor se encuentran con el viceministro Fernando Rojas. Permanecen en silencio y sin intercambiar miradas hasta llegar al lobby del edificio, donde cada cual toma su rumbo.

En esa pausa antes del enfrentamiento, Lechuga va a conectarse al parque wifi de 23 y L, y tras él aparece en un auto Ramón Samada, que disponía de internet en su oficina y lo invita a conectarse. Si era una casualidad era bien raro todo. Lo vio conectado y Lechuga dijo para sí: este debe creerse que le estoy escribiendo a la CIA. Reportándole al “enemigo” o simplemente hablando con alguien de la prensa extranjera. En la mirada de Samada había algo de incriminatorio. Como si la juventud o el internet ya de por sí fueran un peligro para la revolución.

En la reunión de la tarde se encontraban presentes algunos cineastas que se habían sumado a la carta contra la censura de la película que se había dirigido al ministro. Sin embargo, personas fundamentales para este debate como Fernando Pérez, Senel Paz, Juan Carlos Tabío, Enrique Pineda Barnet y Arturo Arango no acudieron. Se esperaba una confrontación entre la oficialidad, los consagrados y el joven equipo censurado.

A Lechuga le pareció curioso que la única persona que había ido con los censores en la mañana, y que había reído y disfrutado (una joven desconocida), no había sido invitada a la charla de la tarde. Quizá alguien se le acercó para decirle: “en la tarde no vengas”.

Al inicio de la conversación todos tuvieron que entregar sus móviles. El ministro comenzó aclarando que no deseaba que la discusión tuviera tono de juicio y que quien quisiera hablar que empezara.

Todos se miraron. Nadie quería ser el primero en abrir la boca. El miedo los silenciaba. Así permanecieron unos minutos hasta que de pronto Miguel Barnet dijo que él no se había quedado en Cuba para “limpiar mierda”. El escritor aludía a la secuencia final del filme donde Santa, de vuelta a sus labores en la finca donde trabaja, está limpiando los chiqueros. Al parecer, para Barnet, el filme proponía dos futuros: irse de Cuba o quedarse para limpiar excrementos.

Él consideraba que la película era inexacta, no entendía muchas de las situaciones y argumentaba que la producción estaba llena de errores como eso de que Andrés, el protagonista, dijera en una escena que no sabía nadar y luego fuera nadando hasta el bote que se lo llevó del país (Este asunto en particular será objeto de señalamiento en múltiples ocasiones para apuntar contra la veracidad de la historia narrada).

Barnet continuó diciendo que la película lo había golpeado. Que las actuaciones le parecían impecables y que había valores artísticamente hablando. Luego se refirió a que él había vivido los sesenta y los setenta y que había superado sus heridas, pero que la película le dejaba un sabor amargo. Él vio en esos años un lado donde había luz, una luz que lo había hecho llegar a donde había llegado. Pero que en la película no veía esa “luz”.

También dijo que él había visto películas con temas polémicos, pero en las otras había miradas, vías que ayudaban a aguantar ese resentimiento. Y en esta no veía eso. Continuó diciendo que a él lo había salvado creer en los principios de la revolución. Esta película lo había dejado con un sabor amargo, de dolor. No veía luz en esta obra. La película lo dejó pensando y recordó que en 1983 ya estas cuestiones estaban superadas. No ve la posibilidad de una salida. No hay resquicio para la luz. Además, mencionó el derecho que tenía el ICAIC para mostrarla o no.

El realizador Kiki Álvarez, muy emocionado, abogó a favor de la película y se refirió a que, en las calles, en esos momentos, se golpeaba a los artistas, a las personas; eso pareció sorprender mucho a Abel Prieto que bromeó diciendo que no estaba informado al respecto.

Kiki habló con un sentimiento muy fuerte mientras Fernando Rojas le daba la espalda y negaba con la cabeza, como guiando a Abel, para que el ministro no se dejara ablandar.

Kiki se refirió a que difería del análisis que hacía Barnet y lee su texto, el de Santa y la silla. Dice que la voluntad política es la que decide cómo posicionarse. Recuerda la reacción con Suite Habana, que también era una película dura. Menciona que Carlos Padrón, el actor, mandó a todos sus contactos de correo un mail con extractos de ideas extremistas contra el cine independiente. Que decían: “Una pelea cubana contra estos demonios”. Cosa grave, ya que Carlos Padrón era el presidente de la Asociación de Artes Escénicas de la UNEAC.

Para Kiki lo que ha pasado con la película es una crisis bien grande, es un problema de política cultural y de voluntad política.

Kiki se refiere a que en el salón había gente con familiares que pensaban distinto (claramente pensando en Fernando y su hermano Rafael Rojas) y que, así y todo, la gente se hablaba, que no se podía crear ahora una situación de incomunicación.

El periodista Pedro de la Hoz opinó que Santa y Andrés debía ser presentada, para después destruirla con la crítica, ya que estaba convencido de que en algún momento la obra se filtraría y era preferible tener control sobre su exhibición.

La cineasta Rebeca Chávez leyó las cartas de Fernando Pérez, Enrique Pineda Barnet y Juan Carlos Tabío donde defendían la película y su derecho a ser vista.

Fotograma de ‘Santa y Andrés’, Carlos Lechuga, dir., 2016
Fotograma de ‘Santa y Andrés’, Carlos Lechuga, dir., 2016

La carta de Fernando Pérez

“Hubiera preferido que esta nota no se estuviera leyendo ahora. Santa y Andrés no será exhibida, pero será vista por todos porque ya nada se puede silenciar. Su no exhibición como una película polémica que invita a la necesaria reflexión sobre zonas contradictorias de nuestro pasado reciente solo contribuirá a profundizar la ya agotada actitud del secretismo, exclusión e información parcial. La historia ha demostrado que las ideas germinan por su propia y libre naturaleza y no por ser impuestas. Suprimir la posibilidad de confrontación con otras miradas no será más que un signo de debilidad que desgasta y socava la definición del cine cubano y de nuestra cultura artística. No es Santa y Andrés y una abierta discusión sobre ella lo que hay que excluir. Lo que debemos acabar de excluir es una política de exclusión que solo ha conducido y conduce al descreimiento.”

La carta de Enrique Pineda Barnet

“Amigos:

Necesito excusar mi ausencia física a estas reuniones acerca de la película Santa y Andrés, de nuestro colega Carlos Lechuga, ya que mi salud me impide moverme como quisiera. No obstante, en mi absoluta cabalidad deseo reiterar los criterios que emití en la reunión posterior a la proyección conjunta.

Creo que Santa y Andrés es una obra de arte. Sobria y austera, de excelente factura y magistral tratamiento de una historia de sentimientos encontrados, heridas de nuestra historia, profundo patriotismo y dolor dramáticamente expuesto.

Una película revolucionaria, revolucionariamente tratada.

Mi aplauso conmovido.”

La carta de Juan Carlos Tabío

“Queridos amigos, me es imposible asistir a esta reunión porque estoy padeciendo una bronconeumonía que me impide salir de casa. Todos y cada uno de los cineastas que asistimos a la proyección de Santa y Andrés el 24 de octubre rechazamos la posibilidad de que esta película fuera censurada. No obstante, Santa y Andrés fue retirada del Festival de La Habana. En el artículo “Alicia, un festín para los rajados”, publicado el 19 de junio de 1991 y firmado por Roxana Pollo (por cierto, hace mucho tiempo que no sé de ella), se descalifica la película de Danielito apelando al eterno recurso de complicidad con el enemigo. Esta misma operación se repite en el artículo “¿Cine independiente de quién?”, firmado por Arthur González. Pero en este caso la descalificación se hace extensiva a todo el cine independiente, al que el señor González se empeña en ponerle comillas. Como si fuera posible un cine, un arte, un pensamiento que no fuera independiente. Según el artículo del invisible señor González, «La historia que relata Santa y Andrés, pretende destacar una persecución política y agresiones que en la Isla no han tenido lugar, a pesar de que, ante determinadas posiciones asumidas por algunos intelectuales, en momentos históricos que no pueden sacarse de contexto para su análisis, se cometieron errores rectificados con creces». Entonces me pregunto: ¿cuándo se va a rectificar el error cometido con Alicia en el pueblo de Maravillas?; si se censura Santa y Andrés, ¿cuándo se irá a rectificar este error? Bueno, ahora veo que ha aparecido otro artículo descalificando la película de Carlitos. Seguramente aparecerán otros más. Es una campaña, orquestada no sé por quienes, pero que está funcionando a todo trapo. Yo pienso que cualquiera tiene el derecho de decir lo que le dé la gana sobre una película estrenada, pero descalificarla a priori es cualquier cosa menos revolucionaria.

¿A quiénes les escriben Arthur González y Rafael Cruz Ramos si nadie ha visto aún Santa y Andrés? Estos señores le están exigiendo al pueblo cubano que tomen sus criterios como una verdad incuestionable. Para pensar están ellos, el pueblo no tiene que pasar ese trabajo. Ruego que alguno de los compañeros que ha recibido este correo, lo lea ante todos los reunidos.

Besos y abrazos. Juan Carlos

PD: Si Arthur González está presente en la reunión de mañana, retiro lo de invisible”.

Carlos Lechuga | Rialta
Carlos Lechuga

Rebeca Chávez después de leer estas cartas defendió la película y dijo que ella no había hecho la revolución para ahora ser acorralada de esta manera.

Regino Oliver comenzó diciendo que creía que había que hablar de muchas cosas. La película lo había tocado a fondo. Había que defenderla, porque merecía existir esa historia. Él siempre iba a abogar por un cine que tocara los temas y los problemas de la realidad. Todos habían coincidido en la primera reunión en que la película debía ser exhibida y que el público sacara sus propias conclusiones. Si la película no se exhibe habrá un daño a la sociedad. Para él, el ICAIC en esta se había equivocado. Luego mencionó que es verdad que Carlos se había equivocado en sus entrevistas, pero que después había sido comprensivo y había quitado el cartel del inicio.

Luego Luciano Castillo habló de los tres errores del cine cubano: PM, Alicia… y Regreso a Ítaca. Luciano pidió que no se cometiera un cuarto error. Iván Giroud le dijo que con Regreso… se había rectificado invitando al director a ser jurado al año siguiente en el Festival de La Habana. Luciano dijo que este error era peor que todos y que era regalarle una película al enemigo.

Ernesto Daranas menciona un libro donde le hacen una pregunta a Fidel Castro y este responde que no hubo persecución ni campos de internamiento y de cómo después se entera y dice algo al respecto. Daranas dice que la película está hecha sin odio. Hizo hincapié en que Lechuga vivía en Cuba y es entonces cuando el ministro de cultura lo interrumpe y le pregunta: “¿Cuántos de los jóvenes que se han ido han hecho cine afuera?” Se crea un careo. Daranas le dice que lo respeta mucho, pero que cree que en esta se está equivocando.

Magda González dice que la película le parece útil y que hay que ponerla. Menciona la crisis de la guerrita de los emails del 2007 y que eso demostró que la herida todavía estaba abierta. Dijo que la película era útil para provocar un debate sobre estas cosas. Que Santa representaba a la revolución y que las lágrimas purificaban.

María Elena Salgado (asesora de Abel) dice que la película ha estado acompañada por los medios de una manera que ayuda poco. Que reta a la institucionalidad. Que la manera de hablar de Andrés es fea, que en la escena donde mencionaba a Fidel se pasaba. Abel Prieto la interrumpe y le dice que Andrés se parecía a Rafael Serrano, el locutor de la televisión (en una especie de broma que a nadie le hace gracia).

María Elena cree que Andrés culpa a Fidel y que eso le dolió. Vio al pueblo en un esquema muy estrecho de representación. Ella no logra ver en el filme la otra cara de la revolución. En ese momento Calviño la interrumpe y le dice que no está de acuerdo con ella y que Lechuga en todas las entrevistas es realista, incluso que se refiere a sus estudios gratis en la isla que no le han costado un centavo.

Lechuga comenzó a hablar. Contó al ministro que se sentía vigilado y amenazado, que luego del primer pase en el ICAIC la Seguridad del Estado lo acosaba con llamadas telefónicas, vigilancia fuera de su casa y visitas inesperadas.

Abel Prieto expresó que eso era algo inadmisible y que se comunicaría con la Seguridad porque algo como eso no podía suceder. Entonces, Prieto habló de su amigo Carlos Victoria y de cómo el imperialismo le “había jodido la salud” en una operación quirúrgica mal hecha. Dijo también que lo narrado por Lechuga tenía muchos errores, que era una historia incierta y que en algún momento habría que revelar todas las cosas tal y como habían sucedido en el pasado.

El director de Santa y Andrés se dirigió entonces al escritor Miguel Barnet y le dijo que estaba convencido que este había visto la película con mucha predisposición y que en lo personal no esperaba algo así de su parte (aludía a la relación de amistad que Barnet había tenido con Reinaldo Arenas, uno de los más censurados y perseguidos en la isla).

El ministro señaló que sabía que Lechuga había entregado un guion falso para obtener los permisos de rodaje y que luego había filmado otra cosa diferente; que el Estado cubano se encontraba muy molesto con la Embajada de Noruega porque les daba dinero a los del cine joven y que en enero siguiente (2017) se aprobaría la Ley de Cine y entonces las instituciones cubanas aportarían presupuesto para filmar.

El ministro venía preparado y recitó de memoria la sinopsis que habían entregado para pedir los permisos de rodaje (alguien se la había pasado; ¿la Seguridad del Estado?). Según el ministro habían mentido. Como un mago con un gesto trató de “desenmascarar” todo y hacer quedar mal a los creadores, como si eso (tener una sinopsis un poco diferente) fuera un gran error.

Abel Prieto le recordó a Lechuga que, desde su primer filme, Melaza, se había burlado de “los factores” y que ante el MININT y el MINFAR debía enfrentarse al diálogo.

Abel dijo que Lechuga no había entendido que los agentes estaban para cuidarlo y que debía reunirse con ellos y hacer un pase de la película para los militares y factores a los que él hacía quedar tan mal en la película. Se forma un careo y los cineastas le dicen que no, que si la película no se había mostrado a los críticos ni al pueblo en general que por qué había que ir a un teatro de las FAR.

Fidel Castro y Abel Prieto
Fidel Castro y Abel Prieto

Abel actuaba como un niño chiquito dolido y en un momento trata de cerrar el diálogo diciendo que la película quedaba fuera de lo que Fidel marcó como el margen que no se podía pasar en “Palabras a los intelectuales”.

Carlos Lechuga observó entonces que el ministro se veía cansado y se lo dijo: consideraba que era una decisión que no debía tomarse a la ligera.

El ministro de cultura respondió que sí, que estaba muy cansado a causa del ejercicio militar Bastión en el que participaba desde hacía varios días.

Carlos Lechuga se sentía alterado, solo y con miedo. Se dirigió a Smith y Samada para preguntarles si el día que la policía secreta fuera a golpearlo ellos iban a ir a interponerse, los culpó de no hacer bien su trabajo y de que por eso el asunto de la película había alcanzado esas dimensiones. Smith se puso rojo y no dijo nada, pero Samada, en una actitud de guapo, saltó de la silla y le dijo a Lechuga que él lo iba a defender siempre sin lío.

Mijaíl Rodríguez, quien participaba en el pase por parte de la Muestra de Jóvenes Realizadores del ICAIC, habló conmovido sobre el desencanto que le producía lo que estaba sucediendo con el filme, no creía que algo así pudiera seguir pasando.

Manuel Pérez, ofuscado por el tratamiento histórico de la película, se refirió a la historia de Cuba y cómo debía ser respetada. Dejó claro que se sentía identificado con los compañeros que habían hablado antes y que los acontecimientos habían ocurrido de una forma no adecuada. Se quedó perplejo por cómo las experiencias anteriores no eran aprendidas y se seguían cometiendo los mismos errores. Dijo que, de esa dinámica de desinformación, la revolución salía peor parada. Dijo que cuando las películas estaban hechas eran como los hijos, había que asumirlas.

Tomó la palabra Abel Acosta, viceministro de Cultura, y le dijo a Carlos Lechuga que Raúl Castro había estado ajeno a los sucesos de la UMAP y que, en su casa, se vivía con los huevos de la libreta de racionamiento. Abel Acosta recalcó que el comandante estaba malito y que había que cuidarlo. Se refirió a Abel Prieto como un príncipe que había hecho mucho por la cultura.

Abel se veía dolido, como un niño egoísta y perverso.

A pesar de toda la discusión generada y de todo lo que se había dicho contra la película, Carlos Lechuga y Claudia Calviño se fueron a casa más tranquilos. Pensaron que todo había terminado. Creyeron que ya podrían respirar en paz.

Cartel de ‘Santa y Andrés’, Carlos Lechuga, dir., 2016
Cartel de ‘Santa y Andrés’, Carlos Lechuga, dir., 2016

El 26 de noviembre de 2016 Carlos Lechuga enciende su televisor al despertar. En la pantalla le esperan unos cintillos negros con una noticia alarmante: la noche anterior había muerto Fidel Castro.

Fidel Castro murió la noche del 25 de noviembre de 2016. Unas horas más tarde su hermano Raúl Castro, presidente del Consejo de Estado y de Ministros de Cuba, lo daba a conocer mediante una alocución transmitida por la televisión nacional. Muchas personas en la Isla no supieron la noticia hasta la mañana siguiente, al verlo en los titulares de todos los canales de televisión. Uno de ellos fue Carlos Lechuga.

El director de Santa y Andrés experimentó entonces varios sentimientos. Fidel Castro había sido cercano a su familia, por su abuelo que había estado durante muchos años como parte de la élite en el poder, pero en ese momento él se encontraba en franca batalla con las autoridades culturales y se sentía muy molesto por esa razón. Sabía que en la UNEAC se habían colocado libros de firmas para expresar pésame, pero se debatía en si asistir o no. Para su esposa Claudia todo era bien surrealista: ella sí que no iba a ir a firmar nada. Carlos tomó la decisión de acudir. En la puerta de la institución había un agente que había estado en la reunión-juicio con Abel Prieto e inmediatamente lo recibió con la frase: “Bienvenido, Lechuga”.

La muerte del líder anunciaba un punto de giro en la vida de los cubanos. Decenas de miles de personas desfilaron por el Memorial José Martí para mostrar respeto hacia Fidel Castro, aunque en ese lugar no se encontraban sus restos sino una fotografía suya con muchas flores. Las personas hacían horas de colas para ver ese retrato. El país se sumió en una especie de letargo. Había conmoción y miedo. El luto nacional se extendió por nueve días.

En una pared habanera apareció una frase enigmática: “Se fue”. Era obra del artista del grafiti conocido como El Sexto, que fue entonces golpeado, apresado y amenazado con un proceso judicial que podía condenarlo incluso a la pena de muerte. Al ser reseñada la noticia sobre este suceso en la prensa internacional y las redes sociales, se asoció al proceso de censura en que se encontraba Santa y Andrés y sobre todo al nombre de Carlos Lechuga como parte de los disidentes del régimen cubano.

La situación de la película, que desde mucho antes era bastante comprometida, se vio aún más afectada a partir de la circulación de un artículo sobre el tema publicado en OnCuba, en la columna del realizador Eduardo del Llano, que, aunque no había participado en ninguno de los pases del ICAIC o las reuniones de debate acerca del filme, reclamaba su derecho a opinar sobre el asunto. El texto había sido entregado por su autor a la revista digital el día 24 de noviembre, pero fue publicado el 29. Enseguida se interpretó como una afrenta a la figura de Fidel Castro.


* Este fragmento pertenece al libro “Ni Santa ni Andrés”, de próxima aparición por la Editorial Hypermedia.

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