Juan Carlos Tabío (FOTO Flaco García Poveda)

Para los habitantes de La Fe, el pequeño pueblo en que se emplaza la historia de El elefante y la bicicleta (1994), ir cada noche a ver la película que proyecta El Isleño es, a un mismo tiempo, diversión y toma de conciencia, evasión de su rutina cotidiana y reflexión sobre sí mismos, fuga de la realidad y meditación sobre el destino de su pueblo. El cine es el detonante de una revolución, de un sentimiento de trasformación del mundo. Como los personajes de El elefante y la bicicleta –una obra mayúscula de la cinematografía nacional, el homenaje más hermoso consumado entre nosotros al séptimo arte–, Juan Carlos Tabío hizo del cine un espacio autosuficiente y un vehículo para meditar sobre sus circunstancias. En el universo dramático que él fundó, el cine se presenta como una expresión artística que confiere la lucidez suficiente para pensar la realidad, para cambiarla –como hicieron los vecinos de La Fe–, o para soportarla –como hacen todos los días los residentes de Yaragüey en El cuerno de la abundancia (2008).

En la obra fílmica de Juan Carlos Tabío se cumple un ciclo que parte justamente de la confianza en la trasformación de la realidad y desemboca en la desesperanza ante su apariencia. El cine de este director viaja de la ilusión al desencanto. Y, en tal sentido, constituye una inmersión profunda en la sensibilidad de la nación cubana. La poética de este cineasta se ha nutrido de la revisión de muchos de los accidentes que conforman el imaginario del cubano, esos estamentos de la subjetividad social que ordenan su mundo físico y de aspiraciones. Con astucia fílmica y agudeza antropológica, este director recorrió en sus películas el viaje espiritual de Cuba de los años ochenta a la contemporaneidad.

En Se permuta (1983), su primer largometraje de ficción, las ansias de ascendencia social de Gloria resultan indiferentes a su hija Yolanda, una joven nacida en la sociedad nueva, quien está convencida de que su voluntad individual basta para cambiar las circunstancias y mejorar la sociedad. Esa misma contradicción generacional –que sirve a Tabío para mapear determinados perfiles de la lógica social de aquella época: las diferencias de clases, el racismo, la estratificación cívica, el oportunismo burocrático…– se retoma en Plaff o demasiado miedo a la vida (1988), una suerte de variación temática de Se permuta, si bien de una mayor complejidad dramatúrgica y mucho más arriesgada en su propuesta estética. El personaje de Clarita, más que enfrentar la paranoia y la incapacidad de ser feliz de su suegra Concha, debe soportar un entorno sumido en una debacle burocrática retardataria que reprime su individualidad, sus ansias de hacer, ella misma, la revolución.

Entretanto, la suspensión en que quedan los personajes de El elefante y la bicicleta en el plano con que termina la película –ellos se miran expectantes en la pantalla del cine, intrigados e inconformes con su inmovilidad–, es una interrogación que se torna fracaso colectivo en Lista de espera (2000). En El elefante y la bicicleta, ellos han podido hacer la revolución, pero en Lista de espera no pueden sino sufrir el escenario por donde pasó la revolución, y soñar con la realización de una utopía. Todos en Lista de espera encuentran en el sueño la felicidad, su realización personal, la posibilidad de ser cuanto esperan de sí mismos; el sueño –resuelto a nivel narrativo no sólo como una muda de realidad, sino como estrategia de caracterización de la sensibilidad colectiva– es el único espacio donde estos individuos pueden consumar sus deseos, aquello que en la realidad es imposible para todos ellos. La terminal de Lista de espera, en el sentido inverso del pueblo de El elefante y la bicicleta, es un cosmos, epítome de la sociedad, despojado de todo porvenirismo, de cualquier clase de confianza en el mañana.

La pérdida de esa confianza, la misma angustia que sumerge en la tristeza a muchos de los personajes de Lista de espera, es justo lo que hace tan profundamente infelices a Alberto y a Mercedes en Aunque estés lejos (2003). Ellos son víctimas de una verdad política y una Historia que no reconocen como suyas. El cine los ayuda a expurgar esos demonios, pero incluso ahí los alcanza la fatalidad de sus tragedias personales. También los pobladores del Yaragüey de El cuerno de la abundancia viven presas de la tragedia. Las familias Contrera y Contreras están empeñadas en escapar de un entorno material que los oprime emocionalmente y los aboca a una existencia miserable donde no saben cómo, no pueden encontrar la felicidad.

Lo verdaderamente sorprendente de ese universo dramático es su articulación en los marcos de la comedia, uno de los géneros más complejos de la historia del cine. Juan Carlos Tabío supo fundar su autoría desde el género, del mismo modo que lo hicieron maestros como Alfred Hitchcock o Charles Chaplin. Pocos directores logran hacer suyo, aprehender en un sistema de expresión y narrativo que los diferencia, las convenciones dictadas por los géneros. La singularidad que imprimió este creador a la comedia le debe muchísimo a la incorporación de los mecanismos propios del distanciamiento brechtiano a su estructura, algo que consiguió con tal organicidad que deviene una herramienta propiciadora de la comicidad.

Además de los múltiples juegos textuales, las alusiones y citas a la historia del cine cubano e internacional, y las técnicas metafictivas y de autoconciencia diegética que Juan Carlos Tabío incorporó como componentes estructurales intrínsecos a su concepción de la comedia, quizás lo que definitivamente haga sobresalir su obra entre los miembros de su generación que cultivaron este género, sea la personalidad autoral con que procuró insertarlo en la tradición fijada por el propio Charles Chaplin. Jamás las películas de Juan Carlos Tabío se limitaron a articular una cadena de acciones hilarantes deudoras del absurdo o las contradicciones de la cotidianidad cubana. Él hizo del humor un medio para hablar del drama que supone vivir en esta Isla. Las peripecias y los enredos argumentales de sus filmes están siempre en función de sustentar hondas reflexiones sobre la vida de la gente y su destino en Cuba. No importa la forma que tome el humor en el cine de Juan Carlos Tabío –a modo de comedia de enredos en Se permuta, más corrosivo y sarcástico en Plaff, tendente a la parodia en El elefante y la bicicleta, al estilo de un esperpento anecdótico en Lista de espera, marca caracterizadora de los personajes en Fresa y chocolate… (1994)–, la risa nunca es un fin, es un catalizador. La comicidad acá (de)pende siempre de una aguda observación antropológica.

Probablemente heredado de Tomás Gutiérrez Alea, uno de los motivos que alimentó la poética de este director, el cual retomó en cada nuevo filme, es la crítica al burocratismo; la figura del burócrata —en un sentido genérico— deviene uno de los principales antagonistas a que deben enfrentarse sus personajes protagónicos, como aquel, también recortados del coro social. El tema del burocratismo es una obsesión que ocupó siempre a este realizador, basta recordar sus ingeniosos cortometrajes La cadena y La entrevista, donde las búsquedas expresivas supondrán también una fuerte acusación al orden burocrático, algo que volverá en los personajes de Guillermo (Se permuta), Contreras (Plaff), Cristóbal (Lista de espera)…

Otras muchas constantes emparentan los estilos tan personales de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, en ambos es apreciable una propensión a la intertextualidad y una tendencia a funcionalizar dramáticamente el espacio y la dirección de arte; esto, entre otros aspectos, explica la complicidad con que pudieron afrontar la codirección de esas interesantes obras que son Fresa y chocolate y Guantanamera. La funcionalización del espacio, amparada en una cuidada dirección de arte, en el caso de Tabío, tiene su mayor acabado formal en El elefante y la bicicleta, Lista de espera y El cuerno de la abundancia. Estas películas articulan los espacios de emplazamientos como microcosmos donde el entorno físico explica la tragedia colectiva de los personajes, a la vez que conforman metáforas de la condición insular.

Un aspecto de especial relieve en el cine de Tabío, y estrechamente relacionado con el diseño espacial, es la construcción de los personajes. Este director tenía la inteligencia de, incluso cuando dibujaba roles arquetípicos –y de alguna manera sus personajes implican una dimensión alegórica por encima de sus individualidades, que los hace representativos de conductas y actitudes de la sociedad cubana–, forjar sus caracteres a partir de una atenta mirada a su contexto. Tanto importó a Tabío el diseño de los personajes que en Aunque estés lejos desplegó una meditación sobre el uso del estereotipo o del manejo de caracteres tipos en el cine. El conjunto de personajes de Plaff, Lista de espera, El elefante y la bicicleta y El cuerno de la abundancia –sin necesidad de subrayado psicológico en sus caracterizaciones, y en ocasiones parodiándose a sí mismos– son entes de una vida propia, que hablan de la excepcionalidad de los individuos, pero además resultan ellos mismos concreción de conflictos históricos o líneas de pensamiento en el país. Ese montaje entre individualidad y abstracción genérica hace del diseño de los personajes una de las conquistas autorales de este director.

Decía antes que las técnicas metatextuales y el distanciamiento brechtiano son elementos distintivos de la poética Tabío, fundamentales para el carácter reflexivo (sobre la vida y sobre el propio cine) que él imprimió a su actualización de los códigos de la comedia. En este aspecto se localiza también una revisión de los postulados teóricos de Julio García Espinosa, de quien el director de Se permuta toma la concepción del cine como un espectáculo que favoreciera la risa y, a su vez, motivara el pensamiento sobre la condición de representación del cine y sobre aquello que se representa. Ese es un principio que Tabío delineo a la perfección en una de sus tempranas obras de ficción, una joya de nuestra cinematografía: Dolly Back, un desborde de ingenio creativo y destreza en el manejo del lenguaje fílmico que constituye una suerte de ars poetica capaz de explicar muchas de las inquietudes creativas e intelectuales de este realizador. Armónica, inquietante e hilarante práctica de cine dentro del cine, Dolly Back, a través del movimiento de cámara que informa el título, va develando diversos planos de realidad como puestas en escenas de un filme, hasta que al final, el supuesto director comenta en una entrevista: “Esta película pretende que el espectador reflexione acerca de lo engañosa que pueden resultar las apariencias. La película, el filme, trata de demostrar cómo cualquier juicio superficial, cualquier visión esquemática de la realidad conduce a un fracaso”.

Esa es una perspectiva que articula el tipo de cine que le interesó a este realizador. Todos los juegos textuales y metafictivos además de enriquecer la narración –suficiente con recordar los saltos de nivel de realidad y la violencia con que se modifica la diégesis en Plaff, o el narrador de El cuerno de la abundancia, con esa secuencia extraordinaria en que se escenifica un situación dada a la manera de un oeste americano, porque así se la contó a él una persona que gusta mucho del western–, son una manera de desnudar las apariencias ante los ojos del espectador para que emerja la conciencia de lo verdadero. De este modo, Juan Carlos Tabío fundió arte y política, en un montaje sorprendente entre comedia y distanciamiento brechtiano —entendido aquí como un protocolo de pensamiento sobre el propio cine—. Quizás la organicidad con que hizo de lo anterior una dimensión propia de la comedia, lo convierta en uno de nuestros grandes cineastas.

Este lunes, en algún momento de la madrugada, falleció con 77 años, Juan Carlos Tabío. Con su muerte, Cuba despide al autor de una de las obras más sólidas de la cinematografía nacional. Su amplia cultura no sólo le permitió consumar películas de una impactante calidad fílmica, nacidas de una voluntad de riesgo estético todavía sorprendente, sino acometer una lúcida reflexión sobre el país y sus trabazones históricas. Esta es, sin lugar a duda, la faceta que más extrañaremos de este excepcional creador.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.

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