La foto de Robert E. Howard con que abre El rey del pulp, publicada este 2026 por Walden en Argentina (con traducción de Juan Pablo Martese y compilación de Ariel Pukacz, ya nos dice mucho de lo que hallaremos en sus relatos: crudeza y acción, creatividad y calle. Hay algo en esa mirada y en esa pose que resume una literatura hecha desde el impulso, desde la necesidad de contar antes que desde cualquier cálculo académico. El autor tan solo vivió treinta años, pero alcanzó a construir un universo narrativo cuya influencia todavía se expande. Su ambiente fue el de los pueblos texanos de principios del siglo XX. Autodidacta. Cuentista para Weird Tales y Action Stories. Creador del recordado personaje Conan el Bárbaro. Howard es de esos autores que enamoran para siempre a quienes, como lectores, apreciamos la valentía de imaginar sin pedir permiso, la decisión de avanzar hacia territorios narrativos excesivos, improbables o directamente salvajes.
Cinco relatos en verdad cautivantes. Cinco relatos escritos con la convicción de que la aventura todavía podía ser una forma seria de la literatura. Pero ¿cómo leemos esas ficciones prácticamente un siglo después? La pregunta aparece sola mientras avanzamos entre peleas, ruinas, exploradores y demonios. Guerras no faltan, crisis económicas tampoco. ¿Sujetos agobiados por el trabajo? ¿Una era de cambios tecnológicos y de nuevas formas de producción? Nada de ello nos es ajeno hoy. Quizás por eso Howard sigue funcionando: debajo de la superficie pulp hay una percepción áspera del mundo moderno, una sensación de intemperie que continúa siendo contemporánea. Sus personajes viven al borde de algo, como si el derrumbe pudiera llegar en cualquier momento.
Debo decir que la tesis paleontológica del primer cuento, “Lanza y colmillo”, supera a casi todo lo que he leído sobre la edad de piedra (no soy un experto ni mucho menos, pero prefiero un argumento deslumbrante a las mediocres teorías que salen en las redes de esos divulgadores modelos). Howard logra allí esa verosimilitud de la buena ficción que es capaz de vendernos universos completos. Hay violencia, supervivencia y naturaleza hostil, pero también una imaginación histórica muy precisa. Uno siente que detrás del relato existe un mundo entero respirando. Esa es una de las grandes virtudes de Howard: incluso cuando exagera, convence. Incluso cuando todo parece imposible, la narración avanza con tal seguridad que terminamos aceptando sus reglas como si fueran evidentes.
Finales abruptos, escenas de acción cinematográfica, personajes lineales: entretenimiento audaz para una época (la actual) sin ilusiones. O, mejor dicho, desilusionada a la fuerza. En tiempos donde buena parte de la ficción parece obsesionada con justificarse intelectualmente o demostrar complejidades morales a cada paso, Howard recuerda el poder elemental del relato bien contado. La aventura pura, el misterio, la pelea, el monstruo, el viaje hacia lo desconocido. Por un momento siento esa vieja electricidad del pulp que no viví: ir corriendo al quiosco a buscar aquellos mundos que valen, a veces, más la pena que el real. Tal vez allí resida parte del encanto de estas historias: en devolvernos cierta experiencia física de la lectura, cierta ansiedad adolescente por pasar rápido de página.
En “La cosa en el tejado”, el terror, el esoterismo y las atmósferas al estilo de su amigo H. P. Lovecraft nos transportan a una historia capaz de desafiar a la Historia misma. Un templo profanado “en el corazón de la jungla hondureña” es la raíz de una trama con la ya clásica etiqueta de “venganza poscolonial”, todo un género en sí mismo que luego explotaría el cine con Indiana Jones. Howard trabaja muy bien el clima de expedición maldita: el lector siente el calor, la humedad, la sensación de haber atravesado un límite prohibido. Y aunque algunos elementos hoy puedan parecer previsibles por la enorme influencia posterior que tuvieron estas ficciones, el relato conserva intacta su capacidad de fascinación.
El tercer cuento, “Pisadas en el interior”, sigue una línea similar pero ambientada en Oriente Medio. Con el encanto de nombres y términos árabes, simbolismos que mezclan jeroglíficos con mensajes extraterrestres y la fantasía de culturas avanzadas que cayeron en el olvido, Howard construye una ficción que bien le hubiera gustado a Borges (aunque me pregunto si lo hubiera admitido). Hay en el relato una imaginación arqueológica muy propia de comienzos del siglo XX: civilizaciones perdidas, saberes ocultos, escrituras imposibles. Pero además aparece algo más interesante: la intuición de que toda cultura es apenas una capa superficial sobre ruinas mucho más antiguas. Esa idea, tan borgeana en cierto sentido, le da profundidad a un relato que podría haberse conformado solamente con la aventura.
“El corazón del viejo Garfield”, como se lo define en la contratapa, se trata de un weird western, con rituales apaches y sujetos que además de habitar los primeros pueblos habitan una lengua primigenia que, al igual que sus creencias, va tejiendo el espíritu (a veces solapado) de una de las tantas caras de los Estados Unidos. Hay polvo, superstición y oralidad. Me parece muy atinada la traducción (desafiante en este relato) que hace J. P. Martese: “Vi este pueblo de Loma Perdida salir dela ná. Ni tienda había cuando llegué, pero Viejo Jim Garfield estaba en la mesma casa, que antes era una cabaña de troncos”. Traducir una lengua deformada sin volverla caricaturesca es tarea compleja, y aquí el trabajo encuentra un equilibrio notable. Imposible no pensar en los relatos de Mark Twain o de Ernest Hemingway (siempre me gustó su trabajo con la lengua en los cuentos de Nick Adams). Incluso podría agregarse cierta anticipación de los westerns sucios y crepusculares que décadas más tarde poblarían el cine norteamericano.
El último, “El juego de noqueador”, es mi preferido. Steve Costigan, marinero y campeón de boxeo, se enfrenta a un peligroso rival que utiliza un falso nombre. El relato de la pelea principal es sensacional, solo posible de lograr por un conocedor del deporte. Howard entiende el ritmo del combate, la tensión física y la brutalidad del ring. No hay épica elegante: hay sudor, apuestas y tipos desesperados. Marineros rudos, recintos ilegales, héroes del bajo mundo: un Street Fighter de los años treinta. Pero además el cuento posee algo muy difícil de conseguir en la literatura de acción: alegría narrativa. Howard parece divertirse escribiéndolo, y ese entusiasmo se contagia de inmediato al lector.
Relatos con salsa barbacoa. Simples, efectivos, todoterreno. Relatos escritos para entretener, sí, pero también para demostrar que la imaginación puede ser un refugio contra la monotonía del mundo. Pueden mejorar cualquier día de aburrimiento con sus tramas de misterio y acción. La edición de Walden es bella desde su portada; la traducción impecable, la selección justa para sintetizar el universo de Robert Howard. También hay algo valioso en rescatar hoy estas literaturas populares sin pedirles que se conviertan en otra cosa. El pulp no necesita justificaciones. Juguemos entonces a ser adolescentes en los años treinta, yendo al puesto de revistas por nuestras publicaciones favoritas o por aquellas que, simplemente (y hermosamente, así es la literatura) nos llaman la atención en el momento como un amor a primera vista.



