Max Sebald, arte y artesanía

En su búsqueda de una tradición, de una referencia sobre sí mismo, estudió obsesivamente a un puñado de escritores y artistas. Walser, Bernhard, Handke, Canetti, Nabokov, Roth, Mann, Kafka.

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“Nacido en 1944 en Allgäu, necesité algún tiempo para percibir y comprender la destrucción presente al comienzo de mi vida”. Sebald entró al Colegio de la Academia Alemana en 1996 y se presentó con estas palabras. Su discurso tiene solo una página. Recuerda a sus maestros y los acusa de haber hablado de Napoleón y Alejandro y callado sobre Hitler. Por su culpa vivió siempre entre la familiaridad y la dislocación, entre ser alemán o sentirse “traidor a la patria e impostor”.

En su búsqueda de una tradición, de una referencia sobre sí mismo, estudió obsesivamente a un puñado de escritores y artistas. Walser, Bernhard, Handke, Canetti, Nabokov, Roth, Mann, Kafka. Los estudió toda la vida –fue, de hecho, amigo de varios– y acumuló fotos, postales, cuadros, máscaras mortuorias, libretas y papeles. Hizo algo más. Intentó vivir de nuevo los recuerdos de esos escritores y artistas viajando a los lugares en que habían estado. Intentó ser ellos o caminar con ellos. Es la modestia, no del impostor sino del recolector, lo que le permitió a Sebald encontrarse en la literatura.

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Sebald murió el 14 de diciembre de 2001 en un accidente. Iba manejando en una carretera en Norfolk, con su hija, cuando sufrió un infarto. La reacción de su agente ante la noticia, recogida por The Guardian, es casi humorística: “It was the last gasp of a bad year”, dijo. Sebald llevaba meses fatigado y disperso. Javier Marías, que lo había nombrado Duke of Vértigo en su ficticio Reino de Redonda, también hizo una observación forense pero muy británica ante la muerte del amigo: “El automóvil se fue contra el tráfico de la dirección contraria y se empotró contra un camión… el volante a la derecha, ya que estaba en Inglaterra”.

Para un escritor cuya tarea fue, en sus propias palabras, la transformación de algo pesado en algo ingrávido, esa frase de Marías –“ya que estaba en Inglaterra”– está cargada de fatalidad. Como si el hecho de estar en Alemania o en España, con el timón en el lugar correcto, hubiera salvado a Sebald de morir a los 57 años.

En la colección de ensayos preparada por Anagrama para conmemorar los 25 años de esa muerte nos enteramos de que no hubo fatalidad alguna en la muerte de Sebald. Llevaba meses agobiado, enfermo, se iba muriendo. ¿De qué? Él decía que tenía dolor de espalda, solo eso. No podía ya salir a sus queridas excursiones. Lo enterraron cerca de su casa, pero su biblioteca y su archivo fueron enviados poco a poco a Alemania.

Llamar ensayos a lo que recoge el compendio de Anagrama es solo una convención. Llamar novelas al que planean publicar el año que viene –que contendrá la narrativa, incluido material inédito en español– no es menos trivial. Sebald es un tono, una combinación reconocible y tramposa de fotos y párrafos. Las fotos son neblinosas y los párrafos son turbios (ya que estaba en Inglaterra). No se podría reconstruir el argumento de un libro de Sebald. Solo aludir a él. Para mí, Los anillos de Saturno es “el libro de Sir Thomas Browne”; Vértigo es “el de Stendhal y Napoleón”; Austerlitz es “el del judío que recuerda su infancia”.

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Sobre la historia natural de la destrucción, el núcleo evidente del compendio de ensayos, es, por tanto, “el negativo de Las ciudades invisibles”. Si el entrañable libro de Calvino nos muestra las ciudades del futuro, las optimistas metrópolis del próximo milenio, Sebald en cambio recuerda que lo verdaderamente invisible sí existió y tiene nombre: Frankfurt, Brunswick, Berlín, Hamburgo… las viejas ciudades alemanas, antaño decoradas con esvásticas, y que hoy están a la cabeza –como recuerda Sebald en un párrafo de ejemplar amargura– de la economía europea.

Los alemanes, desmoralizados después del terror nazi, guardaron silencio ante la destrucción planificada de sus ciudades. Las “cabezas maniáticas de orden”, los civiles del Tercer Reich, presenciaron la caída de un millón de toneladas de bombas en su territorio. Sebald pudo pasear por los viejos hangares británicos desde los cuales despegaban los bombarderos Lancaster, de noche, rumbo a Berlín. Sebald registra la conversación de dos pilotos después de arrojar las bombas. El comandante dice: “By God, this looks like a bloody good show!” Y uno de sus subordinados contesta: “Best I’ve ever seen”.

¿Cómo protestar contra las operaciones aéreas cuando inventaste el campo de concentración y el Holocausto? Ante ese dilema, solo la inconsciencia –asegura Sebald– se presentaba como vía de salvación.

Es la inconciencia, el “mirar y apartar los ojos al mismo tiempo”, la que alimenta el vigor de la reconstrucción. En sociedades acostumbradas al horror, los escritores y artistas pululan como hombres y mujeres de “tenacidad absoluta”. ¿Cómo sobreviven a una guerra? ¿Cómo siguen escribiendo a pesar de la enfermedad, la depresión o la idea de que la propia literatura es algo repulsivo? A Walser, afirma Sebald, lo sorprendían los enfermeros con un lápiz y unos papelitos en el bolsillo, y a pesar de su rechazo a la escritura seguía escribiendo, a escondidas incluso de sí mismo.

El ensayo de Sebald sobre Walser forma parte del otro núcleo de la edición de Compendium. Estancia en una casa de campo, al cual pertenece “Le promeneur solitaire”, había permanecido inédito hasta ahora con la excepción de ese texto, publicado como cuadernito por Siruela.

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“El arte no puede prescindir de la artesanía” es la clave de Estancia en una casa de campo. En los almanaques ilustrados de Johann Peter Hebel ve Sebald toda su infancia; en la isla de San Pedro, vista de lejos en 1965 y visitada treinta años después, contempla la distancia de su juventud; en las fotos de la degradación de Walser con la edad ve su propia degradación; en los gabinetes de maravillas, en las pinturas de sardinas Jan Peter Tripp, en los garabatos de Rousseau, quien está es Sebald. Ese es su mundo, vinculado gracias a su patológico sentido de concurrencia.

Releer o leer por primera vez Pútrida patria, Estancia en una casa de campo, Sobre la historia natural de la destrucción y Campo Santo es una buena manera de acostumbrar el paladar a Sebald. Él impone su velocidad, impone su tradición y su gusto. Su Kafka no es el Kafka de los otros. No es el Walter Benjamin de los otros. No es la Europa equilibrada y próspera, sino la vista de lejos, desde la costa. Es una Europa distinta, ya que Sebald estaba en Inglaterra y desde las islas todo se ve distinto.

Lo que más me gustó de los ensayos de Sebald fue, sin embargo, un casi insignificante trabajo sobre Bruce Chatwin. ¿Es Chatwin el reverso de Sebald o su alma gemela? Ambos fueron “paseantes solitarios”, ambos fueron “antropológicos y mitológicos”. Quizás a lo único que aspiraron ambos fue a la aventura, a las novelas de aventuras en las que el héroe sale a caminar y encuentra toda clase de vicisitudes que, pese a todo, no rebajan su optimismo ni amargan su visión del mundo.

Por desgracia, el héroe de Sebald y el viajero Chatwin encuentran la Historia, el peso de la Historia, la amargura y el horror, la enfermedad súbita, la muerte solitaria. Herzog cuenta que en los últimos días de Chatwin, antes de entrar en coma y flaco como una lanza, Chatwin le pidió que lo matara. Sebald no le pidió la muerte a nadie, pero en toda su literatura anhela por lo menos la pureza de la muerte. La muerte sin horror. “No es fácil imaginar un escritor alemán contemporáneo que haya puesto en juego tantas cosas desde el principio como Bruce Chatwin”, escribió Sebald. Pero sí es fácil. Para nosotros es fácil. Es Sebald. 

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XAVIER CARBONELL
XAVIER CARBONELL
Xavier Carbonell (Cuba, 1995). escritor. Su novela El fin del juego (Ediciones del Viento, 2021) obtuvo en Cuba el Premio Italo Calvino, al cual renunció, y en España el XXV Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Es autor de las novelas El libro de mis muertos (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara) y Náufrago del tiempo (Editorial Verbum). Ha publicado ensayos y artículos en Letras Libres, La Lectura, Rialta, 14ymedio, Hypermedia Magazine y Bookish & Co. Desde 2021 vive exiliado en Salamanca.

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