Presentación
Charles Simic (1938-2023) fue poeta, ensayista y traductor serbio-estadounidense, nacido en Belgrado y que falleció en enero de 2023 en Dover, Estados Unidos. Su vida estuvo marcada por la experiencia del exilio: durante la Segunda Guerra Mundial emigró con su familia a Estados Unidos, donde aprendió inglés en la adolescencia, idioma que eligió para toda su creación literaria. Su condición de inmigrante y su contacto con la guerra configuraron una sensibilidad poética única, donde la ironía y el surrealismo son perfectas herramientas para enfrentar el absurdo de la realidad, recurriendo al tema del insomnio –que Simic padeció desde niño–, la memoria de la guerra, la crítica a los totalitarismos y una defensa del humanismo con rasgos de humor negro. La obra de Simic comprende más de treinta poemarios además de ensayos y memorias entre los que destacan Weather Forecast for Utopia & Vicinity: Poems, 1967-1982 (1983), The World Doesn’t End (1989) por el que recibió el Premio Pulitzer de Poesía, Jackstraws (1999), nombrado Libro Destacado del año por The New York Times y Selected Poems: 1963-2003 (2004), o su último libro No land in sight: Poems (2022). Recibió la beca de la Fundación MacArthur, el Premio Internacional de Poesía Griffin y el Premio Wallace Stevens. En 2007, fue nombrado Poeta Laureado de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. El ensayo que aquí traducimos se publicó originalmente en The New York Review of Books, el 27 de febrero de 2003, y luego fue recogido en el libro The Emergence of Memory. Conversations with W.G. Sebald (2007), que reúne ensayos y entrevistas al autor alemán.
W. G. Sebald: conspiración de silencio
Leí por primera vez Los emigrados de W. G. Sebald cuando se publicó en inglés en 1996 y recuerdo haber sentido que no había leído nada tan cautivador en mucho tiempo. El libro es difícil de clasificar. Narrado en primera persona por el autor, se lee a ratos como unas memorias, a ratos como una novela o una obra de no ficción sobre la vida de cuatro emigrantes. Proceden de Lituania y Alemania y acaban en Inglaterra y Estados Unidos. El libro incluye, y esta es otra peculiaridad suya, fotografías borrosas en blanco y negro sin pie de foto y con conexiones no siempre claras con las personas y los lugares que se mencionan en sus páginas. En cuanto al autor, casi no se sabía nada de él, salvo lo que se deducía de los detalles autobiográficos del libro, sobre todo que era un alemán que vivía en Inglaterra. Los emigrados fue ampliamente elogiado y considerado una obra maestra por muchos escritores y críticos eminentes. Los críticos destacaron el tono elegíaco del autor, su dominio de la historia, su extraordinaria capacidad de observación y la claridad de su escritura. Si bien destacaron su originalidad, los críticos mencionaron a Kafka, Borges, Proust, Nabokov, Calvino, Primo Levi, Thomas Bernhard y algunos otros como posibles influencias de Sebald. Hubo algunas quejas sobre el pesimismo implacable de su relato de vidas truncadas y la ocasional monotonía de su prosa divagante, pero incluso aquellos que tenían reservas reconocieron la fuerza de su obra.
El narrador de Los emigrados es un solitario, al igual que el resto de los personajes. Las incontables víctimas de las guerras, revoluciones y el terror masivo del siglo pasado son el tema que interesa a Sebald. Podría decirse que buscaba un estilo narrativo que transmitiera el estado mental de aquellos a la deriva por fuerzas que escapaban a su comprensión y control. A diferencia de quienes nunca han conocido el exilio, cuya biografía está marcada en gran medida por la clase social y el entorno, ser refugiado implica que el destino esté regido por el azar, lo que, en última instancia, garantiza una vida tan absurda en la mayoría de los casos que desafía la comprensión de cualquiera. Sebald se desempeñó como una especie de historiador oral y biógrafo poco convencional de estas personas, reconstruyendo sus vidas a partir de fragmentos que le contaron y de la investigación adicional que realizó sobre sus antecedentes. Si su libro es melancólico, es porque la tarea que se impone es prácticamente imposible.
Otra peculiaridad de la prosa de Sebald, que deleita o exaspera a sus lectores, son sus digresiones. No duda en intercalar alguna anécdota interesante o algún dato concreto, obtenido mediante un proceso de asociación no siempre evidente. Lo hace sin previo aviso, transición ni siquiera salto de párrafo. Claramente, pretende que el lector conecte los distintos hilos del libro, como se haría con imágenes y metáforas en un poema, y les dé sentido. He aquí un ejemplo de Los anillos de Saturno (1998), que narra un suceso de la expedición militar punitiva británica y francesa a China en 1860 y anticipa algunas de sus preocupaciones en Sobre la historia natural de la destrucción:
A principios de octubre, las tropas aliadas, sin saber ya cómo proceder, se toparon aparentemente por casualidad con el mágico jardín de Yuan Ming Yuan, cerca de Pekín, con sus innumerables palacios, pabellones, paseos cubiertos, glorietas fantásticas, templos y torres. En las laderas de montañas artificiales, entre riberas y arboledas, pastaban ciervos con fabulosas cornamentas, y toda la incomprensible gloria de la Naturaleza y de las maravillas que la mano del hombre había puesto en ella se reflejaba en aguas oscuras y tranquilas. La destrucción que se desató en estos legendarios jardines paisajísticos durante los días siguientes, que ridiculizó la disciplina militar y, de hecho, toda razón, solo puede entenderse como resultado de la ira por la continua demora en alcanzar una solución. Sin embargo, la verdadera razón por la que Yuan Ming Yuan fue devastada bien pudo haber sido que este paraíso terrenal –que aniquiló de inmediato cualquier noción de los chinos como una raza inferior e incivilizada– fue una provocación irresistible a los ojos de los soldados que, lejos de su patria, no conocían más que el imperio de la fuerza, la privación y la abnegación de sus propios deseos. Aunque los relatos de lo sucedido en aquellos días de octubre no son muy fiables, el mero hecho de que el botín fuera subastado posteriormente en el campamento británico sugiere que gran parte de los adornos y joyas que dejó atrás la corte en fuga, todos hechos de jade, oro, plata o seda, cayó en manos de los saqueadores… Los templos, palacios y ermitas, construidos en su mayoría de madera de cedro, ardieron en llamas uno tras otro con una velocidad increíble, según Charles George Gordon, un capitán de treinta años de los Ingenieros Reales, mientras el fuego se extendía por los arbustos y bosques verdes, crepitando y saltando. Salvo algunos puentes de piedra y pagodas de mármol, todo quedó destruido. Durante mucho tiempo, densas columnas de humo se extendieron por toda la zona, y una gran nube de ceniza que oscureció el sol fue llevada a Pekín por el viento del oeste, donde, al cabo de un tiempo, se posó sobre las cabezas y las casas de aquellos que, según se suponía, habían sido castigados por la justicia divina.
El secreto del atractivo de Sebald reside en que se veía a sí mismo, de una manera que hoy parece casi anticuada, como una voz de la conciencia, alguien que recuerda la injusticia, que habla por aquellos que ya no pueden hablar. No había nada programático en ello. Escribía como si nada más mereciera la atención de una persona seria. Como cualquiera de nosotros que se toma el tiempo de leer historia, tanto antigua como moderna, se sentía consternado. Ninguna explicación del tipo “la guerra es un infierno”, “los seres humanos son así en todas partes”, etc., podía hacerle olvidar ni por un instante las crueldades cometidas contra los inocentes. Estaría de acuerdo con la emperatriz viuda de China, quien dijo antes de morir que finalmente comprendía que la historia no consiste más que en desgracias, de modo que en todos nuestros días en la tierra nunca conocemos un solo momento verdaderamente libre de miedo. Lo extraño –y sin duda se debe a la maravillosa traducción de Michael Hulse, quien trabajó estrechamente con Sebald– es que el efecto de sus relatos de horror es lírico.
Vértigo, su primer libro en prosa, escrito a los cuarenta y seis años, se publicó en Alemania en 1990 y no se tradujo al inglés hasta 1999. Narra un viaje por Europa siguiendo los pasos de Stendhal, Casanova y Kafka, que culmina en el pueblo natal bávaro del narrador. Austerlitz, publicado en 2001 en traducción de Anthea Bell, es su única novela propiamente dicha. Cuenta la historia de un niño pequeño que llegó a Inglaterra en uno de los transportes de menores procedentes de Alemania en el verano de 1939 y su posterior empeño por descubrir la muerte de sus padres judíos y sus orígenes en Praga. Sebald afirmó que tras el protagonista se escondían dos o tres, o quizás tres y media, personas reales. Parte de la narración resulta algo artificial, con descripciones realistas que se alternan con fragmentos propios del realismo mágico; sin embargo, el libro contiene algunos de sus mejores y más conmovedores escritos.
Recuerdo que dijo en una entrevista que hay preguntas que un historiador no tiene permitido formular, porque son metafísicas. Para él, la verdad siempre reside en otra parte, en algún lugar aún por descubrir, entre la miríada de detalles pasados por alto de alguna existencia individual. “Pienso en lo poco que podemos retener en la memoria”, escribe tras una visita a una prisión belga utilizada por los nazis, “cómo todo se desvanece constantemente en el olvido con cada vida extinguida, cómo el mundo, por así decirlo, se agota, ya que la historia de innumerables lugares y objetos que carecen de memoria nunca se escucha, nunca se describe ni se transmite”.
Hay una escena escalofriante en Austerlitz en la que el protagonista, mientras camina por las calles vacías de Terezin, en Checoslovaquia, donde su madre murió en un campo de concentración, se topa con el escaparate cerrado de una tienda de antigüedades, repleto de objetos que, con toda probabilidad, pertenecieron a los prisioneros. Allí estaban esos adornos, utensilios y recuerdos que habían sobrevivido a sus antiguos dueños, junto con su propia sombra apenas perceptible entre ellos. Solo quedaban un abanico japonés, un pisapapeles con forma de globo terráqueo y un organillo en miniatura que le recordaban la realidad de una vida desvanecida y la magnitud de lo sucedido.
El libro póstumo de Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción, consta nuevamente de cuatro partes y se presenta esta vez como una colección directa de ensayos. El tema de la primera es la destrucción de las ciudades alemanas por los bombardeos aliados. Las otras tres, que no se incluyeron en la edición original alemana, tratan sobre el novelista alemán de posguerra Alfred Andersch; el escritor austríaco-belga Jean Améry, superviviente de Auschwitz; y el pintor Peter Weiss. Los capítulos sobre la guerra aérea se basan en las conferencias que impartió en otoño de 1997 en Zúrich. Su tesis, que provocó una considerable controversia cuando las conferencias se publicaron en periódicos alemanes, es que la destrucción de todas las grandes ciudades alemanas y muchas más pequeñas por los bombardeos aliados nunca se abordó adecuadamente en la literatura posterior a la guerra. Hubo una conspiración de silencio al respecto, como sobre muchos otros sucesos ocurridos durante los años nazis.
Esto no es exactamente un descubrimiento nuevo. Hans Magnus Enzensberger esencialmente hizo la misma observación en un ensayo llamado “Europa en ruinas”, que escribió en 1990. En contraste con Heinrich Böll, Primo Levi, Hans Werner Richter, Louis-Ferdinand Céline, Curzio Malaparte, y varios periodistas extranjeros, prácticamente todos los narradores alemanes evitaron el tema. Entonces, ¿por qué Sebald lo volvió a mencionar?
Algunos lo acusaron de estar motivado por la necesidad de que los alemanes fueran percibidos como víctimas y, por lo tanto, minimizar el sufrimiento ajeno creando una equivalencia moral. Esto es completamente injusto. Sebald sabía que los alemanes provocaron la aniquilación de sus ciudades y que habrían hecho lo mismo, o incluso peor, a otros si hubieran podido. Sus detractores parecen creer que existe una escala moral para calcular el sufrimiento de los inocentes entre los diferentes grupos étnicos, con los más merecedores en la cima y los menos merecedores de compasión en la base, y se sorprenden de que no compartiera su fe. Las cuestiones que plantea sobre la guerra contra la población civil no tienen respuestas sencillas. Son indescriptibles:
Hoy en día es difícil hacerse una idea, aunque sea parcialmente adecuada, de la magnitud de la devastación que sufrieron las ciudades alemanas en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, y aún más difícil pensar en los horrores que conllevó dicha devastación. Es cierto que los estudios de bombardeos estratégicos publicados por los Aliados, junto con los registros de la Oficina Federal de Estadística de Alemania y otras fuentes oficiales, muestran que solo la Real Fuerza Aérea arrojó un millón de toneladas de bombas sobre territorio enemigo; es cierto que de las 131 ciudades atacadas, algunas solo una vez y otras repetidamente, muchas quedaron prácticamente arrasadas; que unos 600 000 civiles alemanes fueron víctimas de los bombardeos; que tres millones y medio de viviendas fueron destruidas; que al final de la guerra siete millones y medio de personas quedaron sin hogar; y que había 31,1 metros cúbicos de escombros por cada persona en Colonia y 42,8 metros cúbicos por cada habitante de Dresde; pero no comprendemos realmente lo que todo aquello significó.
En vista del número de víctimas civiles en los bombardeos de zonas urbanas del siglo pasado, hay razones para pensar que puede ser más seguro ser soldado en el frente que una madre con hijos en un sótano durante un ataque aéreo. Las cifras de muertos en ciudades alemanas son estremecedoras, pero son igualmente horrendas en otros lugares. Cuarenta y tres mil murieron en el bombardeo de Londres; 100 000 en Tokio en 1945, además de Hiroshima y Nagasaki, donde perecieron más de 200 000; y la lista continúa. Más recientemente, está Vietnam, donde se estima que murieron 365 000 civiles, y finalmente Bagdad en la Guerra del Golfo, cuyas cifras se mantienen en secreto. En Japón, sin contar las bombas atómicas, más de 300 000 civiles perecieron solo en 1945. Por supuesto, estas cifras aproximadas son, en el mejor de los casos, estimaciones. La historia de los bombardeos manipula las cifras para ocultar el destino de las personas. La muerte de inocentes es una vergüenza. Todas las teorías religiosas y seculares sobre la “guerra justa”, desde San Agustín hasta la Carta de las Naciones Unidas, advierten contra la matanza indiscriminada. El Convenio de Ginebra advierte repetidamente a las partes en conflicto que distingan entre la población civil y los combatientes, y entre los objetivos civiles y los objetivos militares.
Dado que, por acuerdo internacional, los civiles no deben ser el objetivo de un ataque, las cifras de lo que hoy llamamos eufemísticamente “daños colaterales” tienden a variar mucho en retrospectiva, dependiendo de la agenda política del autor. Incluso cuando se dan claramente, suenan tan inconcebibles como distancias astronómicas. Una cifra como 100 000 transmite horror a un nivel abstracto. Una cifra como 100 001, en cambio, sería mucho más alarmante en mi opinión. Esa sola persona adicional devolvería la realidad a los miles de víctimas restantes. Hojear un libro de viejas fotografías de periódicos o ver imágenes documentales de un ataque aéreo en curso es una experiencia aleccionadora. Una de las imágenes más comunes del siglo pasado es una hilera de edificios quemados y aún humeantes de los que solo quedan las paredes exteriores. Los escombros yacen en las calles. El cielo está negro, salvo por dragones de llamas y remolinos de humo. Sabemos que hay personas enterradas bajo los escombros. Recuerdo una foto de una niña pequeña desnuda corriendo hacia una cámara en un pueblo bombardeado en algún lugar de Vietnam. Después de casi cien años presenciando este tipo de escenas, se necesita una insensibilidad asombrosa para no reconocer las consecuencias de un bombardeo en una zona poblada y quiénes son sus verdaderas víctimas.
Recuerdo las bombas incendiarias de mi infancia en Yugoslavia. Llevaban cartuchos explosivos que estallaban en llamas. Estos cartuchos se dispersaban como pajitas en un juego de tira y afloja, cada uno un iniciador de fuego. Si el tiempo estaba seco y soplaba algo de viento, estas bombas podían provocar una tormenta de fuego capaz de envolver una ciudad entera en llamas. Según los pilotos, el resplandor de estos incendios era visible a cientos de kilómetros de distancia, e incluso el olor a edificios y personas en llamas llegaba a los aviones que volaban a gran altura. Conocí a un niño que perdió ambos brazos intentando desactivar una de estas bombas. En la Segunda Guerra Mundial, también existía el famoso cóctel de bombas, en el que se utilizaban diferentes explosivos para iniciar incendios en los tejados; bombas más grandes penetraban hasta el sótano, y las más pesadas destrozaban ventanas y puertas, creando enormes cráteres en las calles para que los bomberos no pudieran llegar a los incendios. Las espantosas descripciones del infierno que hicieron Dante y Jonathan Edwards palidecen en comparación con las descripciones que hicieron los aviadores sobre lo que significaba llevar a cabo y presenciar los efectos de estos bombardeos.
No son solo los aviones que zumban, los cielos rojos como la sangre y las explosiones ensordecedoras lo que da miedo. Aún más aterrador es el poder de quienes se arrogan el derecho de decidir a quién aniquilar y a quién perdonar. Su excusa es que no se puede evitar. Si tienen razón, y no estoy convencido de que la tengan, eso podría ser lo más aterrador de todo. Sin importar lo que nos hayan contado los libros de historia, el bombardeo es una forma de castigo colectivo basado en la culpa colectiva. Los teóricos más destacados del poder aéreo nunca lo han ocultado. En una guerra, argumentan, no se puede diferenciar entre personal militar y civiles. Especialmente cuando se trata de una nación como Alemania, cuyos líderes ordenaron el asesinato y el trabajo forzado de millones de personas, y muchos de cuyos ciudadanos acataron las órdenes, es difícil sentir lástima. Las tormentas de fuego fueron consideradas universalmente un castigo justo, aunque carecieran de lógica militar y política, como ahora queda bastante claro a partir de la evidencia documental. Entiendo perfectamente la emoción. Crecí odiando a los alemanes.
Pero –y aquí reside la clave– ¿se puede justificar realmente el bombardeo de zonas residenciales densamente pobladas? ¿Se puede sostener la opinión de que las mujeres y los niños del enemigo no son inocentes y, al mismo tiempo, pretender tener una postura ética? ¿De verdad las muertes de civiles tienen tan poca importancia? La respuesta –a juzgar por la larga y cruel historia de los bombardeos del siglo pasado– es sí. Se considera que matar inocentes es un mal necesario. A eso yo diría –y hablo por experiencia– que para quienes son bombardeados, se siente como destrucción gratuita. Dado que las bombas rara vez alcanzan a los líderes que se encuentran en sus refugios subterráneos bien protegidos, los inocentes siempre pagarán por sus crímenes.
“¿Cómo debería comenzar semejante historia natural de la destrucción?”, pregunta Sebald. Quiere que reflexionemos sobre lo que significa tener una ciudad entera, con todos sus edificios, árboles, habitantes, mascotas, instalaciones y enseres destruidos. Restos humanos están por todas partes, las moscas pululan a su alrededor, los suelos y escalones de los sótanos están cubiertos de resbaladizas larvas del tamaño de un dedo, y ratas y moscas dominan la ciudad. Los pocos testimonios de testigos presenciales son espantosos. En medio de los escombros, presa del pánico, la población intenta seguir adelante como si nada hubiera pasado. Hay una mujer, por ejemplo, lavando la ventana de un edificio que se alza en un desierto de ruinas. No es de extrañar que a los supervivientes les resultara difícil hablar del tema. Los padres de Sebald no lo hicieron. Creció, según cuenta, con la sensación de que le ocultaban algo en casa, en la escuela y los escritores alemanes que leía con la esperanza de obtener más información sobre estos sucesos.
El silencio sobre lo que les sucedió a sus ciudades no fue solo una reacción alemana. Veinte años después de que la bomba cayera sobre Hiroshima, la mayoría de los supervivientes no podían hablar de lo ocurrido aquel día. Mi madre, que yacía a mi lado en el sótano durante muchos bombardeos sobre Belgrado, tampoco hablaba de ello. En sus libros, Sebald siempre se ha interesado por la forma en que la memoria individual, colectiva y cultural aborda las experiencias que se sitúan en la frontera de lo que el lenguaje puede expresar. Los bombardeos forman parte de ello, pero hay otras cosas aún más terribles con las que los seres humanos han tenido que lidiar. En el que, a mi juicio, es el mejor ensayo de Sobre la historia natural de la destrucción, cita la descripción que hace Jean Améry de haber sido torturado por la Gestapo:
En el búnker colgaba del techo abovedado una cadena que, arriba, se enrollaba en un rollo. En su extremo inferior, tenía un pesado gancho de hierro de amplia curvatura. Me condujeron hasta el instrumento. El gancho se enganchó al grillete que sujetaba mis manos a mi espalda. Luego me izaron con la cadena hasta quedar suspendido a un metro del suelo. En esa posición, o mejor dicho, colgado así, con las manos a la espalda, se puede mantener una semioblicua durante un breve instante gracias a la fuerza muscular. Durante esos pocos minutos, cuando ya estás agotando tus fuerzas, cuando el sudor ya te cubre la frente y los labios, y respiras con dificultad, no responderás a ninguna pregunta. ¿Cómplices? ¿Direcciones? ¿Lugares de encuentro? Apenas lo oyes. Toda tu vida se concentra en una única y limitada zona del cuerpo, las articulaciones de los hombros, y esta no reacciona, pues se agota por completo en el gasto de energía. Pero esto no puede durar mucho, ni siquiera para personas con una constitución física fuerte. En cuanto a mí, tuve que rendirme bastante pronto. Y entonces sentí un crujido y un astillamiento en los hombros que mi cuerpo no ha olvidado hasta el día de hoy. Los ojos se me salieron de sus órbitas. Mi propio peso corporal me provocó una luxación; caí en un vacío y ahora colgaba de mis brazos dislocados, que habían sido arrancados por detrás y ahora estaban retorcidos sobre mi cabeza. Tortura, del latín torquere, torcer. ¡Qué lección etimológica tan visual!
Sebald admira el desapego y la sobriedad del combatiente de la resistencia belga, que le impiden sentir lástima o autocompasión. Solo al final de su relato, en esa frase irónica que concluye un “pasaje curiosamente objetivo”, como dice Sebald, queda claro que su compostura ha llegado a su límite. Si alguien quisiera transmitir verdaderamente lo que se sentía, continuó diciendo Améry, se vería obligado a infligir dolor y, por lo tanto, se convertiría él mismo en torturador. La absoluta indefensión de los seres humanos en tales circunstancias, la profunda compasión y la solidaridad con las víctimas de la injusticia son los temas recurrentes para ambos hombres. Sebald cita una entrada del diario de Friedrich Reck que narra cómo un grupo de refugiados de los bombardeos intentaba subir a la fuerza a un tren en una estación de la Alta Baviera. Mientras tanto, una maleta de cartón “cae sobre el andén, se abre de golpe y derrama su contenido. Juguetes, un estuche de manicura, ropa interior chamuscada. Y, por último, el cadáver carbonizado de un niño, encogido como una momia, que su madre, medio desquiciada, llevaba consigo”.
Es demasiado, uno se dice a sí mismo al leer un pasaje así. Lo que preocupa a Sebald, como debería preocupar a cualquier persona reflexiva, es nuestra recién descubierta capacidad de destrucción total. ¿Está alguna vez moralmente justificado combatir el mal con el mal? Sigue siendo una preocupación a pesar de lo que nuestros belicistas y estrategas más apasionados nos dicen casi a diario sobre las llamadas bombas inteligentes y mininucleares que perdonarán a los inocentes y solo atacarán a los culpables. Por ejemplo, el plan de guerra actual del Pentágono para Irak, según CBS, contempla el lanzamiento de cuatrocientos misiles crucero el primer día, más de los que se lanzaron durante los cuarenta días de la Guerra del Golfo, con la misma cantidad al día siguiente y presumiblemente al otro.
El plan de batalla se basa en un concepto desarrollado en la Universidad de Defensa Nacional. Se llama “Conmoción y Pavor” y se centra en la destrucción psicológica de la voluntad de lucha del enemigo, en lugar de la destrucción física de sus fuerzas militares. “Queremos que se rindan. Queremos que no luchen”, dice Harlan Ullman, uno de los autores del concepto de Conmoción y Pavor, que se basa en un gran número de armas de precisión. “Para que se produzca este efecto simultáneo, similar al de las armas nucleares en Hiroshima, no en días o semanas, sino en minutos”, dice Ullman. En la primera Guerra del Golfo, el 10 por ciento de las armas eran de precisión. En esta guerra, 80 por ciento será guiado con precisión.
Tengo mis dudas, e imagino que Sebald también las tendría. Se invierte tanto intelecto, capital y trabajo en la planificación de la destrucción que es de esperar que en el futuro se encuentren excusas para alguna matanza involuntaria. Los supervivientes se enfrentarán de nuevo al mismo problema: cómo hablar de lo inefable y dar sentido al sin sentido.

