Evidentemente, Marzel

El pasado 22 de julio se cumplió el primer aniversario de la muerte de Manuel Marzel, cineasta cubano de culto. Fabio Quintero, promotor y conservador de su obra, lo recuerda en esta crónica.

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Se preparaba para ser cartero. Si este recuento fuera algo, pudiera ser una carta.

Alina, una de sus mejores amigas, no se despega del cuadro con su retrato. Caminamos el Benimaclet de madrugada de un bar a otro. Alina es rumana, y se aferra al cuadro de Marzel, y no entra. Dice que lo quiso mucho. Su hermana compartió piso con él varios años; se contaban todo, sabía que Marzel era un artista, sabía que tenía un poco de ego de genio o de loco, pero no sabía la dimensión de sus películas ni que hubieran sido o fueran importantes para Cuba o para otro lugar. Dice otras cosas más lindas que el alcohol y la hora no me dejan retener. Su exmarido nos había llevado en un taxi desde el tanatorio hasta Al Final de la Palmera, el bar chino donde murió el lunes. Murió solo, le dio un dolor y él mismo llamó a la ambulancia. Tomaba casi siempre un copetín. Por eso, Alina y yo, Silvia, Nuria, Aparicio, Lucía Malandro, Bebé, Rolando Díaz, Julián, una amiga a la que le pintaba la casa y otras personas cercanas tomamos y comemos en su nombre. En el funeral, habló Epi, uno de sus mejores amigos valencianos y Silvia Ibañez y Nuria Villazán, sus amigas valenciana y catalana de los años en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños (EICTV). Su amigo notario no pudo venir, quizá por estar drogado.

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Es 26 de julio y en la capilla del tanatorio de Valencia ponemos un proyector a todo volumen con sus películas, desde otros pabellones se quejaron por tener música tan alta en un velorio. Bebé recordaba cómo Marzel contaba la historia de la caída de la madre de su madre Mayra desde el balcón de su casa. La misma señora que aparece y roba cámara en Evidentemente comieron chocolate suizo. Yo provoqué un poco la historia de la abuela cayendo del balcón porque ya Yolanda Samohano me la había hecho, era uno de los cuentos más divertidos sobre Marzel que yo conocía. Yolanda es la viuda de Tomas Piard. Marzel produjo (para decirlo de algún modo) sus tres primeros cortos con el cine club Sigma, donde Piard era el presidente, y un joven estudiante de Física de la Universidad de La Habana, Manuel Iglesias, participaba. Iglesias y Marzel eran amigos y confidentes. Marzel vivía en 17 entre 44 y 46, a unas pocas cuadras de Fernando Pérez. Fernando Pérez le dio unos rollos de descartes del ICAIC y junto a otros materiales que encontró en la basura el propio Marzel estuvo varios meses en su cuarto pintándolos y rayándolos y garabateándolos con una mesa de luz inventada por el mismo.

Las fotos animadas que aparecen en A Norman Mclaren, las hizo Marcel con una cámara fotográfica Leyka, que era de Iglesias y dividía a la mitad el fotograma enorme que usualmente entregaban las cámaras de fotografía fija, es decir, en vez de 36 fotos podías tirar 72. Iglesias compró alrededor de 20 rollos Orwo positivos, para usarlos con un proyector (también soviético) y con esos rollos se hicieron esas “animaciones” a lo McLaren, fotograma a fotograma. Eran muy difícil de hacer por la falta de experiencia y porque cada rollo equivalía solo a 3 segundos de animación. Después de las primeras pruebas Marzel hizo el resto. La película una vez terminada se entró de forma clandestina a los laboratorios del ICAIC y se le hizo un negativo gracias a Ricardo Vega, el editor del filme. De ahí se generaron dos copias de proyección. Una de ellas se puso en el Festival Cine Plaza 1990 donde un jurado encabezado por Enrique Pineda Barnet (quien recibe un balazo en la cabeza en Evidentemente comieron chocolate suizo) le dio el premio a mejor animación.

Mi primera interacción con Marzel había sido enviándole un recorte de prensa sobre ese premio. Luego, la película compitió en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y ganó premio a Mejor Animación. Era la primera película del movimiento de cine aficionado que competía en el festival y, por lo tanto, la primera que ganaba premio. La sorpresa y la calidad del filme hacen que viaje por Europa. Llega al Festival de Cine de Bilbao, Zinebi, gana el Mikeldi de Oro a Mejor Animación, por ello se le hace una copia al rollo. Se guarda en el archivo.

En 2022, comienza el proyecto de investigación Deposito Zinebi, desarrollado por el escritor e investigador vasco Santiago Aguilar, como parte de un convenio de colaboración entre el festival y la Elías Querejeta Zine Eskola (EQZE) de San Sebastián. Los alumnos del curso 2023-2024, que pertenecen al proyecto, inspeccionan A Norman Mclaren como parte de los trabajos a realizar. Aunque no estaban vinculados directamente, se les informa a Lucia Malandro y Daniel Saucedo, también alumnos de ese curso, cuando ya estaba fundado el colectivo Archivistas Salvajes, del hallazgo del rollo. Yo le digo a Marzel. Marzel no había ido a Zinebi en 1991, no había recibido el premio en metálico ni la estatuilla y no tenía idea de la copia como colofón de su (no) paso por ahí. Parece que todo estaba deseando ocurrir y comienzan las gestiones para digitalizar este rollo en tan buen estado. Esto ocurre finalmente en abril de 2025, cuando Josué Gómez y yo ya estamos en la Zine Eskola. Ya habíamos conocido a Marzel en París. Yo no había escrito el resumen de nuestro encuentro, lo hice después de su muerte.

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Parecía un capricho. Y por suerte lo fue. Luego de reuniones, correos y envíos de visionados, el festival Cinema du Reel conformaba un programa sobre archivos recuperados del cine cubano de adentro de la isla, su diáspora y lo subterráneo, e invitaba a Archivistas Salvajes a través de la Elías Querejeta Zine Eskola. Los organizadores seleccionaron qué películas del archivo querían, algo que no nos convenció del todo. Y coincidió que entre las 5 programadas eligieron Opus Havana de Ricardo Vega y A Norman McLaren de Manuel Marzel. Ricardo, que había sido editor de A Norman, invitó a Marzel a París. El festival nos dio una invitación a nosotros (que me dieron a mí), y Daniel Saucedo y Lucía Malandro se las arreglaron para llegar a París. Cinco años de conversación a distancia concretadas a golpe de un tren. De ver sus películas en YouTube desde mi casa en Cuba a contribuir a programarlas en un cine de París. No hay mucha explicación posible a todo esto, como una buena película de Marzel.

Al finalizar la presentación en el Christine Cinema Club teníamos una invitación a una cena a las 11 de la noche. Todos estábamos muertos de hambre tras una jornada que comenzó a las 2 de la tarde y finalizó sobre las 8. Dimos vueltas por París, fuimos a una taberna a tomar algo para hacer tiempo y llegar listos a devorar lo que creíamos sería una comida de gala. Rumbo al lugar, alguien comentó que aquello era una pizzería. Y Marzel explotó, cómo que nos invitan a una pizzería en París a esta hora. A pesar del hambre, todos los grandes platos imaginados se desvanecían. Más que una pizzería era un restaurante italiano, pasamos a una zona reservada. Éramos los primeros de todo el festival que llegábamos. Marzel comenzó a hablar con un camarero y dijo que no le apetecía un lugar así, que estaba decepcionado imaginando la comida que traerían. El camarero le decía que tuviera paciencia y que sobre todo esperara el tiramisú de postre. Marzel no quería saber de eso, y seguía inquiriendo al mozo. Hasta que se fue. Todos nos reímos. Y cuando empezó a llegar la comida que al principio era solo para nosotros, nos reímos aún más con la boca llena. Marzel confesaba que se había pasado un poco y que igual el chico era muy lindo. Ronda a ronda devorábamos bandejas de quesos, jamón, ensaladas, pizzas. Marzel no estaba molesto, pero tampoco complacido del todo. Si lo habían invitado a París tenía que ser por todo lo alto. Llegó el mousse y el tiramisú. ¿Qué es esto de mousse? Pregunta en A Norman McLaren, ¿qué es esto? Como mismo abrimos cerramos el lugar, y ya no quedaba agua para servir. Ante tanta sed, Marzel agarró un búcaro y estuvimos a punto de tragarnos el agua si Ricardo Vega no nos detiene. Manuel Asín, el programador del Círculo de Bellas Artes se acercó debido a la sorpresa que le produjo su corto y le pedía algún sitio donde ver más. Marzel decía que estaban en su blog pero que era de muy difícil acceso. Asín insistía en la petición y Marzel en la desidia, confesaba estar cansado ya. Yo le hacía señas, pero no captaba, hasta que interrumpí y me ofrecí a enviar sus películas. Después le expliqué a Marzel quien era y reímos para cerrar la noche. Horas antes le habían preguntado que sentía al ver tantos años después A Norman McLaren, y decía que la seguía disfrutando, que la seguía pasando bien.

En Madrid, 5 meses antes, durante el ciclo que programamos en la Cineteca donde también se pasó su Evidentemente comieron chocolate suizo, un amigo cubano me decía con cierto desgano que de las películas de Marzel salías feliz, muy feliz, y ya. Yo no sé si habrá algo mejor a que la irreverencia de alguien provoque felicidad, goce, en el otro. No sé si hay mucho así en el panorama del cine cubano. Ese divertimento hasta las últimas ocurrencias, que solo se detiene porque se acaba el rollo, porque se acaba el agua, porque no hay más comida. Ese respeto solo por el irrespeto, la Z donde debería ir la C, la conciencia que se resbala desde el comienzo, el deslizamiento de la provocación hasta que se escuche.

Marzel me había enviado un DVD con el primer telecine que en el ICAIC se le hizo A Norman Mclaren, esa era la guía válida para él de la corrección de color que había que hacer una vez digitalizáramos el rollo de 35mm. Esto lo comenzamos en septiembre porque antes del cierre de la escuela el 18 de julio, habíamos ido a Saint Foy la Grande, una villa de 2 500 habitantes en la campiña francesa, a poner sus tres cortos del Sigma. La ballena es buena, su corto de 1991, fue hecho con la película virgen restante de la filmación de Evidentemente comieron chocolate suizo, que a la vez había sido filmada porque Alain Martínez, miembro del Sigma, tenía un proyecto aprobado, pero no lo rodó. Entonces un poco a espaldas de Piard, Marzel comía. Luego de haber filmado un domingo de 1991 en su barrio a unos niños, no tenía música que ponerle. Una amiga llamada Ileana lo invitó a su cuarto a bailar y puso un casete con una música llamativa. Marzel pensó que sería perfecto para el corto. En los créditos pone “Grupo Egipcio desconocido” cortesía de Ileana Astiozorain (apellido que parece vasco), con los labios de Ileana impresos sobre la película. Ese no era su apellido y Marzel 34 años después no lo recordaba. En realidad, Manuel Iglesias cuando remasterizó el material descubrió que son 3 grupos egipcios, uno por cada canción, y la primera que se utilizó originalmente jamás apareció.

Causó desconcierto y discusión está música. De dónde, cómo y por qué, terminó en un corto cubano donde unos niños juegan en la calle al mediodía. Un día antes de su muerte mientras por un canal nos decía esto, por otro comentaba sobre su amante uruguayo de los años de la EICTV, quien iba a ser el protagonista de su largometraje censurado. Treinta años después una uruguaya presentaba sus películas en un remoto pueblo de Francia en un casón que fue un convento, una escuela de pintura, una cárcel para alemanes, una bodega de vinos, un taller de artistas y ahora era el espacio de confluencias de personas del cine, la música y las artes de varias regiones, al menos por unos días. Un collage, una mezcla a lo Marzel.

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Cuando regresábamos en un tren de Bordeaux a Hendaya (donde habíamos hecho alguna que otra falsificación para pagar más barato el billete), para volver a San Sebastián, no podíamos imaginar que Marzel moría de un infarto.

En septiembre de 2025, volvemos inspeccionar la copia de A Norman Mclaren, volvemos a digitalizar el sonido y la imagen. La inspección la realicé con la profesora argentina Carolina Cappa, quien también en París había gozado con Marzel. Ahí vimos la diversidad de ventanillas utilizadas en esa película hecha con fragmentos de otras películas. Es un cine sin cámara, algo que no tenía precedentes en la Cuba de 1990. Escrito en el celuloide se lee “Son del tiempo”, algo que no se ve en la proyección. Los fragmentos de películas responden a filmes cubanos, noticieros, cortos nicaragüenses, largometrajes peruanos, norteamericanos y algunas imágenes sin identificar. Como será sello de Marzel a partir de este momento, la banda sonora divertida y envolvente hace que parezca que la película no termina. Como mismo los créditos son una película casi dentro de otra. Un divertimento impenitente.

En noviembre de 2025, se pudo organizar un homenaje a Marzel en el Festival Zinebi, donde se reestrenó la copia mejorada de A Norman McLaren, luego de la corrección de colores, ajustes de posproducción y el DCP hecho por Archivistas Salvajes. Asistimos al regreso del cineasta al sitio que había hecho posible esa recuperación.

El crítico e investigador de cine cubano, también antiguo cineclubista, Pedro Noa, estaba en el público, y se realizó un gran debate sobre Marzel, el cine amateur y la situación del archivo en Cuba. Noa había estado presente en el Festival Cine Plaza 1990 donde se estrenó A Norman Mclaren. Sentados juntos identificábamos bajito cada uno de los filmes que la película incorpora: de El hombre de una sola nota le contaba que su director, Frank Pineda, vivía en París. Pineda había visto a finales de los noventa el corto y se había quedado sorprendido de su existencia. Para Marzel encontrarse al autor era una locura, pero un problema de salud hizo que Pineda no fuera a la función de Cinema du Reel, pero sí su hija Camila, cineasta que había estudiado con Lucía y Daniel en la Zine Eskola. Marzel nunca vio la película completa, solo los trozos que metió en la suya.

El cortometraje de 14 minutos de Pineda narra las vicisitudes de un músico en un mundo acechado por la guerra. Corto hecho sin recursos, sin dinero, en 1988. Ahí seguimos Noa y yo con las conexiones locas como que Birri era de Santa Fe, como Lucía Feuilliet, una de las colaboradas más importantes del proyecto Archivistas Salvajes en los últimos tiempos. Después, La boca del lobo, que quizá es la película más importante y una de las más polémicas del peruano Francisco Lombardi, que por el contexto histórico que narra y como lo hace solo parece que envejeció bien en los fragmentos de A Norman. De La vida en rosa le comento que Rolando nos acompañaba en el funeral. Y así hasta llegar a la cartela final que hemos puesto con todas las personas que colaboraron para la digitalización y posproducción del corto, una lista variopinta como la de los créditos de Marzel, donde hay italianos, vascos, ticos, mexicanos, cubanos, argentinos, uruguayos.

En abril de 2026, en el Barbican Centre de Londres, durante el Open City Film Festival presento junto a Jonatan Ali un programa sobre Archivistas Salvajes que combina 3 cortos de Marzel y de Juan Carlos Alom. Al finalizar las preguntas del público, se me acercan dos señoras, una es Marta y la otra Giovanna, habían sido compañeras de Marzel en San Antonio. Giovanna es la Giovannita de El sueño de Giovannita querida (1993), de Alejandro Normand, colaborador y gran amigo de Marzel. En ese corto enloquecido, Marzel hacía de la madre de Giovannita. Yo había conocido en Cuba a Adriana Normand, hermana de Alejandro, persona a la que admiro. Adriana vive o alguna vez vivió en Playa, cerca de donde vivía Marzel, epicentro de los tres cortos del Sigma: la casa de los Pérez Royero, su casa, su barrio.

José Luis Sepulveda y Carolina Odriozola, cineastas chilenos que coordinaron el encuentro en Saint Foy en julio de 2025, tienen una teoría sobre el intralocalismo, que entienden como un hundimiento en lo cercano próximo para conectarse con otros lugares. Mirando la obra de Marzel siento que hay un poco de eso y, a la vez, no. Pero algo reverbera hasta la cinemateca portuguesa donde hace una semana la archivista Mariana Torres, como parte de un taller de intervención en películas que impartió en ese centro, utilizó A Norman McLaren para mostrarle a sus alumnos ejemplos de esta práctica y también motivarlos a sus propios juegos con el celuloide. Mariana me preguntó qué más hizo Marzel una vez en el exilio y le hablé de una serie de más de 20 cortos en Valencia, que filmó con una handycam, y subió poco a poco a su web. Su amiga Lucía Malandro al velorio del 26 de julio había llevado una handycam para filmar lo que pudiera pasar en esta aventura.

No imaginó que a las 5 de la mañana, junto con Aparicio, fuéramos caminando hasta la Calle de Lepanto para dormir en casa de Bebé y no encontráramos la dirección. El problema es que era Carrer de Lepanto, en valenciano, no en español. A pesar del bueno de Miguel nos habíamos equivocado. Estábamos en la otra punta de la ciudad. El problema del idioma nos hacía pedir un Uber. Cuando le damos la dirección nos dice que si estamos seguros porque es la de un pueblo a las afueras. Volvemos a revisar y es Carrer de Lepant, sin la o: 3 direcciones por un cambio de letra. Kilómetros recorridos entre el equívoco y el azar.

Pero como los caminos conducen de regreso muchas veces a San Sebastián, como parte del cierre del año 2025 en la EQZE y de las presentaciones de los proyectos finales, se presentó un programa doble, casi involuntario, que iniciaba el documental chileno Descomedidos y chascones de Carlos Flores y luego A Norman y Evidentemente comieron chocolate suizo. Hay un contraste entre este filme militante con pulsión experimental del Chile previo al golpe de Estado y los de Marzel en el de la Cuba cayendo en el abismo. Una gravedad en el desparpajo y el caos que inesperadamente comparten.

Al final algunos de los nuevos alumnos de la Zine Eskola nos preguntaron por Marzel, yo hubiera tenido que omitir muchas cosas, hasta la emoción, y limitarme a responder que era el amigo de una rumana que se llama Alina, una mujer que a las 4 de la mañana lo lleva consigo, abrazada por las callejuelas del Benimaclet.

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FABIO QUINTERO
FABIO QUINTERO
Fabio Quintero (Bejucal, 1999). Licenciado en Periodismo por la Facultad de Comunicación de la Universidad La Habana. Colaborador de la Enciclopedia Digital del Audiovisual Cubano (ENDAC).

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