A través del vinoso ponto. Emily Wilson y los encantos de la literatura antigua
La notoriedad alcanzada por Emily Wilson en nuestros días resulta a un tiempo merecida y absurda.
Merecida porque la respaldan una exitosa carrera académica, cuatro libros publicados, entre ellos el que nos ocupa, y celebradas traducciones de Homero, Séneca y Sófocles. Su traducción de la Odisea, publicada en 2017, la convirtió en la primera mujer en trasladar este poema al inglés. Dato que no pasa de una curiosidad, ya que la propia Wilson ha reiterado que la posibilidad de este título no informó su decisión de emprender la retraducción del relato del accidentado regreso de Odiseo a Ítaca.
Lo absurdo reside en la desmesurada indignación que, en respuesta a la susodicha traducción, ha sostenido de manera intermitente la derecha online al menos desde ese nefasto exceso de tiempo libre que impuso la pandemia en 2020. Reacción que tiene su origen en el desconocimiento del poema en específico y de la historia del mundo antiguo en general, sumado al disgusto que les provocan las efusiones de una prensa casi igual de ignorante y al deseo de amplificar una determinada narrativa política tan reiterativa como estúpida.
Todo eso, claro, es irrelevante. Al final el libro es lo único que importa.
Crossing the Wine-Dark Sea: Journeys through Ancient Literature (W.W. Norton, 2026) es una recopilación de ensayos centrados en el tema de la traducción y sus diversos problemas. Contrario a las acusaciones de sesgo ideológico, el acercamiento de Wilson a la traducción es notablemente pragmático. Wilson es consciente de que el proceso de la traducción no ocurre en el vacío social: hay editoriales que encargan las traducciones y pagan por ellas, hay grupos de lectores a los que están dirigidas, sean lectores especializados o no; hay medios que las reseñan y publicitan o las ignoran. Los lectores, además, arrastran sus propias expectativas, que varían en función de la obra traducida y que no siempre se corresponden con la realidad de la obra original. Con frecuencia, nos dice Wilson, los lectores de obras clásicas esperan encontrarse con textos en un inglés arcaizante e incómodo a pesar de que los originales muchas veces presentan un estilo fluido que para sus primeros destinatarios sonaba natural y para nada afectado o rebuscado.
Frente a los reclamos ideológicos y de justicia social de tantos teóricos de la traducción, Wilson prioriza lo estético. Para ella, el traductor debe, en lo posible, ajustarse al estilo de la obra original al tiempo que se asegura de que el idioma de destino sea empleado con propiedad. No se trata de que exista una sola traducción correcta para cada texto; más bien se negocia una serie de compromisos que, con suerte, producen un nuevo texto que a su vez recoge los aciertos del original y acaso añade algunos propios. Sin embargo, eso no niega que existan traducciones poco idiomáticas y torpes que desmerecen los originales. Cuando se trata de poesía, Wilson prefiere que se reproduzca el verso, de ser posible con métrica, para intentar recrear, hasta donde se pueda, el efecto del original. En consecuencia, desaprueba en particular las traducciones en prosa porque, aunque conservan el sentido, se pierde el artificio, que es parte esencial del texto y su disfrute.
Sin embargo, la posición básica de Wilson es de tolerancia. Tolerancia que se extiende incluso a las recreaciones. Por ejemplo, en “Sparrows and Scrubbers”, un ensayo delicioso dedicado a la obra de Catulo y sus numerosas versiones al inglés, celebra la traducción homofónica de Louis y Celia Zukofsky, que trata de reproducir en inglés la sonoridad latina de los poemas de Catulo sin alejarse demasiado del sentido original. También se refiere con entusiasmo a la versión experimental de Isobel Williams (Switch: The Complete Catullus, 2023), que actualiza los poemas añadiéndoles términos contemporáneos como poliéster, pendientes Gucci, Coca-Cola, Doritos, vindaloo y criptomonedas, y que traduce las líneas clásicas de la exhortación a amarse, dirigida a Lesbia:
rumoresque senum severiorum
omnes unius aestimemus assis
por:
We’ll set the regulators
hisses at the lowest rate of interest
Lo que añade al poema el sabor convulso del capitalismo tardío, aproximándolo a nuestros días.
En general, estees un libro inteligente y erudito que, aunque fascinado por la literatura antigua, no desdeña mirar al presente, como cuando recuerda que Trump es un violador o explica la obsesión de Silicon Valley por el estoicismo, esa filosofía que, al insistir en que la libertad consiste en aceptar nuestro estado en la vida, permite a los privilegiados no tener que mirar a la cara a su egoísmo. Ya sea discutiendo la fragmentaria supervivencia de Safo, la extraña decisión de la élite romana de traducir al latín las obras de la literatura griega, los reiterados intentos de presentar a Helena como una mujer fácil, los discretos encantos de la comedia ática y latina, diversas traducciones del tríptico de la Orestíada, o, en el ensayo más extenso y ambicioso, donde discute varias traducciones de pasajes de la Odisea –de la de Chapman, contemporáneo de Shakespeare que vertió por primera vez Homero al inglés de forma completa, a la de Stanley Lombardo, publicada en las postrimerías del siglo XX–, incluyendo la suya, Wilson se nos presenta como una mujer brillante, culta, perspicaz.
En un tiempo en que la literatura antigua se lee cada vez menos y se discute cada vez peor, un libro como este –lúcido y generoso– es un inmerecido regalo. No resuelve los dilemas de la traducción, pero los ilumina. Y eso, tratándose de un arte que consiste en decidir sin respuestas definitivas, es lo más que se puede pedir.
A continuación, presentamos en versión al español uno de los textos del volumen, el cual se ocupa de manera general de los dilemas de la traducción.
Emily Wilson: “Los placeres de la traducción”
En 2016, el Premio Internacional Booker se entregó por primera vez a una sola novela, La vegetariana, traducida del coreano. El premio lo compartieron la autora, Han Kang, y su traductora, Deborah Smith. Kang y Smith son colaboradoras y amigas, y Smith ha traducido las obras posteriores de Kang. Pero, a finales de 2017, la traducción suscitó una polémica cuando los lectores coreanos acusaron a Smith de no conocer la lengua lo bastante bien como para traducirla de manera responsable y de haber producido, supuestamente, una versión al inglés que no merecía en absoluto el nombre de “traducción”. La versión inglesa de Smith resultaba para algunos una traición al original, a pesar de que la autora parecía haber quedado totalmente satisfecha con ella, y a pesar de los elogios que recibió. La tormenta literaria reveló cuán espinoso puede resultar el tema de la traducción y cuán poco consenso existe sobre qué constituye exactamente una buena traducción.
El estudio de la traducción se remonta a los romanos, si no antes; Cicerón, él mismo traductor en ejercicio de poesía y filosofía griegas, hace comentarios interesantes e influyentes sobre la importancia de traducir “sentido por sentido” y no “palabra por palabra”. La máxima de Cicerón la utilizó Jerónimo contra Agustín, y la recuperó Ezra Pound contra Vladimir Nabokov, defendiendo la necesidad de traducir “sentido por sentido” en lugar de “palabra por palabra”. Los supuestos sobre lo que constituye una práctica de traducción “correcta” han cambiado de acuerdo con las normas culturales y literarias de cada época: por ejemplo, en el siglo XVIII era completamente normal traducir la poesía grecolatina, que nunca rima, en pareados rimados, y transliterar los nombres griegos por sus equivalentes romanos (Odiseo se convertía en Ulises, Zeus en Júpiter y así sucesivamente, para desconcierto de muchos lectores modernos). Los contemporáneos de Dryden y Pope se habrían quedado perplejos ante la idea de que el verso métrico antiguo pudiera traducirse sin metro, porque el “verso libre”, sin métrica, no existía aún en la cultura literaria anglófona ni europea.
Los supuestos modernos sobre cómo abordar la traducción suelen variar según el género del texto original y su estatus en la cultura receptora. Los lectores de ficción contemporánea tienden a esperar que una “buena” traducción al inglés se lea con soltura y fluidez, disimulando su condición de traducción; en cambio, los lectores de literatura canónica antigua traducida son menos propensos a compartir estas expectativas, por muy fluido o terso que sea el original. La Biblia en hebreo y griego es un caso inusual y fascinante porque a menudo la lee en traducción a múltiples lenguas gente de todo el mundo, y porque muchos están apasionadamente aferrados a opiniones incompatibles sobre qué constituye una traducción bíblica “correcta”, y porque tantos han muerto por haberse “equivocado”. La Biblia es, por tanto, un buen caso de prueba para trazar las múltiples maneras en que las traducciones podrían responder al original. El misionero Eugene A. Nida sostenía, en un ejemplo que se cita a menudo, que una frase como “blanco como la nieve” debía traducirse, para una cultura sin nieve, como “blanco como las plumas de la garza”. En el caso de un texto sagrado, distintas posiciones teológicas dan lugar a prácticas de traducción muy diversas. La traducción que Lutero hizo del Nuevo Testamento al alemán (1522) fue concebida para ofrecer al pueblo un acceso más directo a la palabra de Dios. La traducción de 2021 de la clasicista y cuáquera Sarah Ruden invita a los lectores a reencontrarse con ese mismo texto como una obra extraña de un tiempo histórico distante.
En el mundo anglófono contemporáneo, los estudios de traducción despegaron como disciplina académica independiente en los años setenta, después de que James Holmes, traductor de poesía holandesa al inglés, abogara por una nueva clasificación del campo en su artículo “The Name and Nature of Translation Studies” (1972). Desde entonces, muchos académicos que no son traductores en activo han hecho carreras con la “teoría de la traducción”, mientras que algunos traductores promueven teorías que parecen estar en notable contradicción con su propia práctica. Como hace notar Mark Polizzotti, en su polémico libro de 2018 Sympathy for the Traitor, el estudio académico de la traducción tiende a incurrir en “un discurso cada vez más abstracto” que no sirve para que la gente entienda qué es la traducción ni contribuye a producir mejores traducciones; ni siquiera nos ayuda a definir qué podría significar “mejor” o “peor” en este ámbito.
El auge de la teoría de la traducción responde en parte al incremento de cursos universitarios de literatura en traducción. Uno de los primeros cursos sobre los Grandes Libros se puso en marcha en la Universidad de Columbia entre 1917 y 1919, como respuesta explícita a la Primera Guerra Mundial: la primera parte era un estudio de “La civilización contemporánea en Occidente”, centrado en “Temas de paz”, al que se añadió a partir de 1920 un segundo curso dedicado a “Las obras maestras de la literatura occidental”. Por todo Estados Unidos florecieron muchos más cursos sobre Grandes Libros o civilización occidental. En las décadas siguientes, el enfoque en la literatura occidental pasó a considerarse limitado y de dudosa solidez ideológica. Paradójicamente, un currículo creado a principios del siglo XX con el propósito explícito de conjurar las amenazas del fascismo y el autoritarismo no tardó en ser reivindicado por simpatizantes de esas mismas tendencias. Cada vez más instituciones comenzaron a ofrecer cursos de literatura mundial o estudios de literatura mundial. Pero tanto si se centran en “Occidente” como en “el mundo”, la traducción es el cimiento de todos estos cursos. No cabe esperar que los estudiantes y sus profesores dominen todos los idiomas en que están escritas las obras literarias más canónicas del mundo. Inevitablemente, todos los libros no anglófonos del programa –el Corán, Homero, Tolstói, Sundiata, Balzac, El relato de Genji— se leen en traducción.
El papel central de la traducción en el estudio de la literatura mundial y la comparada, al menos a nivel de pregrado y para el lector general, genera una mezcla muy particular de sentimientos. Por un lado, sin traducciones, la mayoría de nosotros tendría poco o ningún acceso a la mayor parte del patrimonio literario mundial. Las traducciones nos permiten cruzar las fronteras lingüísticas y nos abren los ojos a experiencias culturales y formas literarias radicalmente distintas. Siento una profunda gratitud hacia los traductores que me han permitido leer literatura coreana, japonesa, árabe, hebrea, en sánscrito y sueca, entre otras, dado que no tendré tiempo para aprender ninguno de estos idiomas en el limitado número de años que me quedan de vida.
Por otro lado, al leer este conjunto diverso de textos traducidos al inglés se corre el riesgo de crear una falsa homogeneidad. A menudo se espera que los traductores consigan que su trabajo suene tranquilizadoramente familiar para los lectores de novelas de habla inglesa, incluso si las tradiciones en las que se crearon los originales son muy distintas. Las categorías literarias familiares para la mayoría de los hablantes de inglés –novela, tragedia, comedia, épica, lírica o soneto– tienen sus propias historias y no son universales presentes en todas las culturas literarias. Además, el inglés es una lengua del colonialismo y del imperio, y la traducción puede ser vista como una herramienta más con la que los hablantes de inglés imponen su hegemonía sobre el mundo y silencian otras voces. Emily Apter, en la provocativamente titulada Against World Literature (2013) y en la anterior The Translation Zone (2005), ha señalado los peligros de la “inclusividad liberal” que implica el estudio de la literatura mundial en traducción, y ha defendido un mayor reconocimiento de lo que podría ser intraducible entre tradiciones literarias y lingüísticas.
Los reparos de Apter sobre el valor y la ideología de la traducción son, en buena medida, característicos de los estudios de traducción en su conjunto, que, como sugiere Polizzotti, “son una de las pocas disciplinas en las que el estudio de una materia parece empeñado en demostrar la inutilidad de aquello mismo que se estudia”. Muchos teóricos contemporáneos de la traducción reverencian a dos pensadores casi con devoción espiritual. El primero es Friedrich Schleiermacher (1768-1834), un teólogo alemán a menudo considerado el padre de la hermenéutica moderna, quien abogó por un estilo de traducción “extranjerizante” para educar y enriquecer la lengua de llegada, en su caso el alemán.
El segundo es el gran intelectual judío-alemán Walter Benjamin, cuyo ensayo “La tarea del traductor” (1923) se apoyó en su noción mística de una “lengua pura”, la suma de todas las lenguas, a la que, supuestamente, se puede acceder cuando un texto extranjero se traduce con tal literalidad sintáctica que transmite no su significado, sino su “modo de significación”. Benjamin sostenía que el traductor debería permitir que su propia lengua se viera profundamente afectada por la del texto original. Tanto Schleiermacher como Benjamin, desde perspectivas teológicas un tanto distintas, insistieron en que hay un imperativo metafísico que exige crear traducciones ilegibles, poco idiomáticas y torpes, del tipo condenado por los no teóricos como “traduccionés”.
En las últimas décadas, las dos voces más influyentes en los estudios de traducción en Estados Unidos, ambas defensoras de los estilos de traducción “extranjerizantes”, han sido Antoine Berman y Lawrence Venuti. Ambos parten de la obra de Benjamin y Schleiermacher. Berman, cuya familia polaco-judía-yugoeslava se pasó la Segunda Guerra Mundial oculta en Francia, era muy consciente de cómo las culturas dominantes pueden maltratar a los inmigrantes. Afirma que los traductores tienen una obligación ética de reconocer las diferencias entre el texto fuente que traducen y las normas de la cultura lingüística del traductor en lugar de forzar a estas voces extranjeras a hablar exactamente igual que sus anfitriones.
Berman murió en 1991 con solo cuarenta y nueve años, pero parte de su legado perdura en la obra de Lawrence Venuti, un traductor estadounidense de novelas italianas y catedrático en la Universidad de Temple, quien es la figura más conocida en la teoría de la traducción contemporánea. Venuti ha escrito apasionadamente (sobre todo en The Translator’s Invisibility, 1995) contra la idea anglófona predominante de que las traducciones de literatura no anglófona deben disimular su condición de traducción. Sostiene que los traductores y sus editores deben hacerse más visibles para combatir el control absoluto del inglés sobre el mercado literario mundial.
Pero otros traductores anglófonos en ejercicio han insistido en que los imperativos fundamentales para una práctica responsable de traducción literaria no son ideológicos ni políticos, sino artísticos. Susan Bernofsky ha señalado que un traductor debe, sobre todo, “ser un escritor”, lo que puede implicar “traspasar los límites del lenguaje”, al servicio del arte literario. Damion Searls, en su ingenioso libro The Philosophy of Translation (2024), desarrolla esta intuición y le muestra al lector que el traductor no es un mero “copista”, sino un creador que “necesariamente produce una nueva obra en y para un nuevo contexto”. Un traductor que no se esfuerce lo suficiente en pensar cómo aprovechar los recursos de su propia lengua y las expectativas de los lectores de la traducción con casi total seguridad producirá un texto estilísticamente ineficaz y confuso. Como señaló Guy Davenport en un ensayo demoledor sobre la traducción de la Odisea de Lattimore (publicado en la revista Arion, primavera de 1968): “En toda traducción intervienen dos lenguas; el traductor se encuentra en constante peligro de inventar una tercera que queda entre ambas, una lengua traicionera e inexistente sugerida por el original, que la lengua de llegada no reconoce”. No basta con preguntar si una traductora conoce la lengua de origen lo bastante bien para traducir de ella; también debemos preguntar si es lo bastante buena escribiendo en inglés para crear algo que tenga vida propia.
Visto así, lo que importa más de La vegetariana no es si Smith respetó la sintaxis de Han (claro que no lo hizo), sino si consiguió convertir una obra importante de la literatura coreana en una novela que tuviera la misma fuerza en su versión inglesa. Un caso de prueba similar lo ofrece la imitación notoriamente polémica (no exactamente una traducción) que Ezra Pound hizo de “La mujer del mercader del río: una carta”, de Li Po. Pound se tomó libertades con el poema original chino, que no podía leer, y se plegó a los estereotipos occidentales sobre la cultura literaria de Asia oriental. Y, sin embargo, para muchos lectores anglófonos, el resultado es un poema conmovedor en inglés por derecho propio.
Venuti asocia las prácticas de traducción fluidas, legibles y domesticantes con el conservadurismo político en su conjunto; una relación que puede darse en algunos casos, pero no en otros. Schleiermacher se interesó originalmente en la “extranjerización” movido por el nacionalismo alemán: al incorporar más voces extranjeras, los traductores podían extender las “fronteras de la lengua alemana”. Las traducciones difíciles e ilegibles no son inherentemente más éticas ni ideológicamente superiores a otras más fluidas y domesticantes, y la creación de una traducción más accesible no implica necesariamente un deseo de apropiarse o “colonizar” el original extranjero.
El imperativo de extranjerizar en todos los casos implica negarse a considerar las necesidades y deseos de los lectores no expertos, tanto estudiantes como lectores no especializados, y los contextos culturales específicos y altamente variables en los que aparece una traducción. Venuti afirma que el traductor de una novela italiana no tiene derecho a traducir tagliatelle como “fideos”. Pero seguramente la opción de cómo traducir tagliatelle tendrá implicaciones distintas en función de las necesidades y expectativas de los lectores previstos. Como tantos dilemas de traducción, esta opción está determinada por los detalles de un entorno cultural y literario particular. Tagliatelle no es una palabra marcadamente italiana ni marcadamente extranjera en el contexto original, así que no hay razón inherente por la cual quien traduce al inglés debiera hacer que la comida suene más extraña de lo que suena en el original. Pero lo que resulta “extraño” no es inmutable. Hoy en día muchos lectores sabrán qué es tagliatelle, mientras que a mediados del siglo XX “fideos” era una opción perfectamente defendible para los lectores estadounidenses; aunque, presumiblemente, para los lectores británicos habría evocado lo asiático y no lo italiano.
Como muestra el ejemplo de la pasta, los retos de la traducción van mucho más allá de las distancias entre la Antigüedad y la modernidad. Se hacen elecciones difíciles tanto al traducir palabras ordinarias y cotidianas como literatura sofisticada, experimental o culta. Un famoso anuncio de chocolate Menier dice: Évitez les Contrefaçons. ¿Resulta más “fiel”, más “responsable”, calcar la expresión original, “Avoid the substitutes”, aunque ningún hablante de inglés diría jamás semejante frase, y menos aún para vender algo? ¿O sería mejor usar el equivalente habitual en inglés: “Accept no substitutes”? En este y en innumerables casos similares no hay una única respuesta correcta; depende de los objetivos específicos del traductor, de los contextos lingüísticos y literarios de la traducción, y de las necesidades y expectativas de lectores concretos.
La traducción suele imaginarse como una interacción entre dos individuos creativos: el autor y el traductor. Pero también hay muchos intermediarios que intervienen en el proceso: los editores que encargan el trabajo a los traductores, las editoriales que pagan por ella y la comercializan, los medios que deciden si se cubrirá y cómo, los críticos que determinan cómo ha de juzgarse, y los lectores que la compran o rehúsan hacerlo; y en el caso de la literatura “canónica”, los profesores y los académicos que deciden qué traducciones asignar a sus estudiantes. Algunas de las traducciones recientes más logradas son el resultado de la colaboración entre académicos y poetas (como Robert Hass, Robert Pinsky, Seamus Heaney y W. S. Merwin), o entre equipos de traductores (como el que creó la Biblia del rey Jacobo o los clásicos rusos traducidos por Larissa Volokhonsky y Richard Pevear). Estos casos complican la cuestión del origen de la energía creativa de una traducción.
Las traducciones pueden confirmar prejuicios culturales, como Pound con la poesía china. Pero también pueden cuestionarlos, modificando la percepción del lector acerca de cómo “debería” sonar una lengua o un texto concretos. La irrupción de la extrañeza en inglés, en forma de literatura traducida, puede ampliar las posibilidades para los escritores anglófonos que no son traductores. Las traducciones que Henry Howard, conde de Surrey, hizo de los libros 2 y 4 de la Eneida en el siglo XVI fueron fundamentales para el uso del pentámetro yámbico sin rima en inglés. Los poetas modernos y contemporáneos son capaces de usar numerosas formas de origen extranjero –el soneto, la villanela, el haiku, el ghazal– en gran medida gracias al trabajo de los traductores. Uno de mis propósitos fundamentales al crear mis propias retraducciones de la Odisea y la Ilíada fue mostrar las posibilidades nuevas y aún vigentes de usar el verso tradicional, métrico y formal. Los poemas en prosa y el verso libre pueden ser maravillosos, pero no son la única manera de escribir poesía, aun en el siglo XXI.
Todos los traductores literarios batallan con las diferencias en cómo dos lenguas individualizan al mundo. En el “Crátilo”, el Sócrates de Platón sugiere que la mejor lengua, la más veraz, “corta la naturaleza por sus articulaciones”, como si el mundo ya existiera predividido en categorías que el usuario del lenguaje humano debe discernir y seguir, como un carnicero hábil que trincha una res. Los filósofos contemporáneos discuten si algunas entidades –como, tal vez, los elementos químicos o las leyes de la naturaleza– podrían ser clases naturales. Pero en el mundo caótico y salvaje del lenguaje humano tal y como se emplea, las palabras siempre aparecen arrastrando una gloriosa nube de connotaciones. Esto sucede incluso en las categorías en apariencia más simples del lenguaje, como los sustantivos concretos. Un “roble” en inglés puede ser solo un árbol, pero es también, inevitablemente, un emblema de Inglaterra y de lo inglés, mientras que un quercus latino está consagrado a Júpiter y asociado con la profecía, el ejército y la fortaleza imperecedera del pueblo romano. Los valores éticos y sociales son proverbialmente difíciles de traducir. Un ejemplo entre muchos posibles, el valor romano de la pietas (deber/piedad/compasión/lealtad/autocontrol) no tiene un solo concepto que se corresponda con él en la mayoría de las otras lenguas. Pero las diferencias sintácticas entre lenguas plantean problemas aún más arduos. Por ejemplo, un hablante o escritor de griego antiguo puede usar la forma dual de verbos o sustantivos para indicar dos, y no uno o muchos; pero muchas lenguas no tienen forma dual. En latín y griego antiguos, el complemento directo puede preceder al verbo, y el orden flexible de las palabras de una lengua de rica flexión puede generar efectos estilísticos importantes. La mayoría de estos efectos, sin embargo, son poco menos que imposibles de reproducir en inglés, una lengua en la que la estructura sintáctica depende en gran medida del orden de palabras. Los modismos, las connotaciones, la sintaxis y los supuestos de la lengua siempre están entrelazados con un conjunto específico de contextos sociales, ninguno de los cuales puede reproducirse en traducción.
Pero los retraductores también deben considerar una serie adicional de complicaciones, y es que los lectores a menudo llegan a un texto traducido con supuestos y prejuicios arraigados acerca de la manera en que “debería” sonar en inglés, o sobre la cultura de la que procede. Los lectores de textos antiguos en traducción suelen acercarse a ellos con una serie muy concreta de ideas preconcebidas. Estas pueden incluir la suposición de que estas obras canónicas serán respetables pero que son aburridas, compuestas probablemente en un inglés torpe, arcaico y apenas legible, aunque los originales sean obras de literatura cautivadoras y elegantes. Los lectores también pueden albergar la expectativa de que la literatura antigua siempre será “elevada” o “excelente”, y que esta grandeza se expresará de un modo estilísticamente familiar y atronadoramente grandilocuente, por lo que cualquier flexibilidad o variedad de tono puede resultar sorprendente. Y la sorpresa es precisamente lo que se busca: es una pérdida de tiempo retraducir un texto que ya cuenta con una traducción al inglés a menos que el traductor pueda ofrecer una visión genuinamente fresca, arrojando nueva luz sobre un original supuestamente familiar.
La traducción tiene el poder casi mágico de traer puntos de vista ajenos a las mentes y las vidas de los monolingües. Como apuntó Susan Sontag (en “The World as India”, 2007), la traducción tiene el cometido ético de recordarnos que “otras personas, personas diferentes de nosotros, existen de verdad”. Esto es tan importante para los retraductores de literatura antigua como para quienes trabajan en el mundo contemporáneo: la traducción puede reorientar la percepción que los lectores tienen de lo extraño y lo familiar, y despertar una nueva conciencia de las posibilidades humanas. Incluso en la Antigüedad, las personas eran personas, y leer literatura antigua debería recordarnos este hecho esencial. Para desempeñar esta compleja tarea, la traductora debe reflexionar a fondo sobre las necesidades y expectativas de sus lectores anglófonos y sobre las capacidades específicas de la lengua inglesa en lugar de imponer una “otredad” ajena de un modo inservible e inaccesible. Es poco probable que las traducciones ilegibles y poco idiomáticas ayuden a los autores de otras lenguas a encontrar un mayor número de lectores en un mundo en el que solo el dos o el tres por ciento de los libros publicados en Estados Unidos y el Reino Unido son traducciones literarias. De la interacción íntima y profunda entre el texto original y el traductor, si todo va bien, algo extraño y sorprendente puede cobrar vida; incluso del mundo en apariencia familiar de la Antigüedad. El impacto de lo extraño puede hacer saltar nuevas chispas en la cultura receptora, incluso cuando el texto traducido es canónico y en apariencia familiar, como bien sabían Cicerón y sus contemporáneos romanos.

