Pablo Díaz Espí
Pablo Díaz Espí en Berlín, Alemania (FOTO Rafael Díaz Fabini)

Esta entrevista trae el testimonio de Pablo Díaz Espí, exdirector del periódico digital Encuentro en la Red durante su período de existencia entre diciembre de 2000 y diciembre de 2009. Creado como una propuesta complementaria a la revista impresa Encuentro de la Cultura Cubana, Pablo nos habla sobre el importante papel pionero del periódico en la provisión de “voz y herramientas” a los residentes de Cuba, gracias a su alcance y difusión a través de Internet, hecho que llegó a provocar “pánico” en el oficialismo cubano y, sin duda, acabó marcando la recepción de la propia revista. Con una forma de pensar transparente y una narrativa nítida sobre los principales hechos vinculados a Encuentro, Pablo deja aquí impresiones que no se abstienen de revelar de manera sensible su participación en el proyecto concebido por su padre, Jesús Díaz.

Probablemente usted siguió el nacimiento de la revista Encuentro de la Cultura Cubana desde una posición de intimidad familiar. Cuéntenos un poco sobre su interés inicial por el proyecto concebido por su padre, Jesús Díaz.

No participé del nacimiento de Encuentro. En los años noventa del siglo pasado yo vivía en Berlín, en el ambiente anárquico que dominaba la ciudad, completamente alejado de Cuba y de los asuntos cubanos. Un día recibí el primer número de la revista en mi buzón de correo. Recuerdo que compré una cerveza, me fui al parque Monbijou, y lo leí mientras bebía.

Desde una perspectiva familiar, diría que más bien participé de la “concepción” de Encuentro, pues la búsqueda, el diálogo y la polémica alrededor de la cultura y de la política cubanas fueron una constante en la vida de mi padre. Para mí, la idea que cristaliza en Encuentro comienza a tomar forma en 1990, un año antes de que mi padre se vaya al exilio. Es entonces cuando su confrontación interna frente a la situación política en Cuba alcanza una especie de boiling point. En nuestros frecuentes diálogos de entonces, en parques de La Habana, la radicalidad y la arrogancia de mis juicios juveniles formaban un contrapunto con las preguntas que él se hacía y me hacía. Yo blandía aquellas opiniones sinceras y descarnadas, despojadas de cualquier tipo de compromiso, ante las dudas que lo asaltaban a él. Dudas acerca del proceso revolucionario, de Cuba, del intelectual público, de la literatura, de la política cultural. A fin de cuentas, dudas y preguntas que giraban alrededor de los temas que más tarde serían centrales en Encuentro.

Cuando tuve la opción de incorporarme al proyecto, en el año 2000, ya me había dado cuenta de que esos temas también eran importantes para mí, y que mi decisión de alejarme de Cuba –decisión que aún mantengo en varias facetas de mi vida, a pesar de encontrarme en medio de la discusión pública cubana– no era más que una forma personal de lidiar con el tema. Vi Encuentro como una manera de regresar a la Isla desde una perspectiva interesante, alternativa.

Podríamos decir que su participación en la revista Encuentro de la Cultura Cubana fue, en cierto modo, discreta. Su primera colaboración tuvo lugar cuando usted era ya jefe de redacción de Encuentro en la Red (Diario independiente de cultura cubana), en la entrega de nº 19 (2000/2001), con un artículo sobre béisbol cubano, extraído del entonces recién creado diario digital y publicado por la revista impresa en la sección efímera “De Encuentro en la Red”. Su inclusión en el consejo de redacción de la revista sólo se produjo después de la entrega nº 30/31 (2003/2004). Además, sus colaboraciones textuales no fueron numerosas durante los trece años de duración de Encuentro. ¿Cuál es el motivo de esta discreción, dado que había asumido un papel protagonista en el diario digital?

Ante todo, una precisión: nunca fui jefe de redacción de Encuentro en la Red. Supongo que la confusión responde a la fusión identificativa que terminó habiendo entre el portal Cubaencuentro, que tenía una dirección tecnológica, y el diario Encuentro en la Red. La idea inicial era que el portal llegara a albergar más elementos y servicios además de Encuentro en la Red, pero esto nunca sucedió, por lo que acabó conformado, casi exclusivamente, el medio informativo que dirigí desde su nacimiento, el 4 de diciembre de 2000, hasta el 4 de diciembre de 2009, algo que pueden confirmar los periodistas que trabajaron allí.

Acerca de la pregunta, no considero que mi participación en la revista Encuentro haya sido discreta, aunque entiendo que se perciba así. Mis colaboraciones textuales fueron infrecuentes, es cierto. Esto se debió básicamente a dos razones. La primera fue la ya explicada de mi lejanía de los asuntos cubanos en los primeros años de la revista. Tal y como cuenta en su Infancia en Berlín hacia el mil novecientos, Walter Benjamin se sentía atraído por las ventanas iluminadas de las casas en la Plaza de la Bellealliance. En su álbum de postales de la ciudad, sin embargo, esas ventanas aparecían a oscuras. Solo cuando Benjamin ponía la postal de la plaza ante una lámpara, el reflejo de la luz volvía a aparecer en las ventanas. Para mí Cuba era entonces una postal, y Encuentro la lámpara. Nada más, y estaba bien así.

Posteriormente, cuando concluí mis estudios y me mudé a Madrid, no solo me concentré en la fundación y puesta en marcha de Encuentro en la Red –el primer medio digital cubano independiente y generalista, si tenemos en cuenta que los proyectos que existían antes se ceñían a las denuncias de violaciones de derechos humanos–, sino que, dentro de la Asociación Encuentro, asumí la realización del diario como el gran reto que fue. La intensidad de ese trabajo, así como sus posibilidades y alcance, hicieron que lo viera como algo mucho más mío que la revista, sin contar que, como esta, era un vehículo de expresión.

Al mismo tiempo, participé permanentemente de las decisiones estratégicas y políticas de la Asociación, vitales para la revista, así como de las reuniones editoriales y de preparación de cada número. Esto fue una constante antes y después de ser incluido en el Consejo de Redacción de esta, algo que, al menos en mi caso, dadas mis responsabilidades y mi presencia diaria en la redacción, fue mera formalidad. Todo esto terminó en 2009, cuando tanto yo como el resto del equipo que hacíamos Encuentro en la Red, así como el codirector de la revista en ese momento, Antonio José Ponte, entramos en desacuerdo con las decisiones y el rumbo tomado por la asociación, y decidimos retirarnos y fundar nuestro propio proyecto, Diario de Cuba.

Pablo Díaz Espí
Pablo Díaz Espí en Berlín, Alemania, por los años del nacimiento de ‘Encuentro’ en Madrid (FOTO Jens Helpap)

¿Por qué la sección “De Encuentro en la Red” no avanzó en la revista?

Encuentro en la Red fue algo innovador, diría incluso que disruptivo, dentro de la asociación. También fue un paso valiente, en el sentido de que la asociación, con una labor consolidada y definida, se abría a un reto, a algo inédito. Surgió a partir de la necesidad de llevar información a la Isla de una manera más ágil que la que permitía la trimestralidad de la revista impresa. Como medio nuevo, con un lenguaje propio, periodístico, una cadencia diaria y un formato digital, su desarrollo conllevó ajustes, adaptaciones. Se diseñaron estrategias. Algunas funcionaron, otras resultaron prescindibles. En un inicio, pensamos que no vendría mal un impulso de la publicación impresa, dado el prestigio alcanzado por esta. Luego nos dimos cuenta de que el ritmo diario de Encuentro en la Red, su lenguaje y enfoque inmediato, propios de un medio informativo incluso en los artículos de opinión, hacía que muchas veces sus contenidos llegaran de forma extemporánea a las fechas de la publicación impresa.

También nos dimos cuenta de que, ante las posibilidades del universo digital, Encuentro en la Red no necesitaba el apoyo de la revista impresa para crecer. Encuentro en la Red alcanzó rápidamente a sus propios lectores. Y más adelante ocurrió lo inverso y lo lógico, la revista Encuentro se digitalizó y pasó a estar accesible también a través del portal digital.

¿Cómo valora la interconexión entre el diario digital y la revista impresa durante los años de publicación de Encuentro?

Las redacciones de Encuentro y de Encuentro en la Red ocupaban alas distintas de una oficina de aproximadamente 150 metros cuadrados, separadas por una amplia cocina. Creo que esos espacios independientes y esa zona de confluencia retratan muy bien el tipo de interconexión existente entre ambas publicaciones. Operábamos bajo el mismo techo, pero al mismo tiempo había una separación.

Más allá de las lógicas desavenencias puntuales de cualquier proyecto intelectual colectivo, sí hubo una tensión interesante y más duradera, que identificaría como de objeciones o reticencias ante ciertos hechos o frente al lenguaje periodístico. La revista había aglutinado un universo de colaboradores provenientes en su mayoría de la academia y las ciencias sociales. Sus acercamientos, más ensayísticos y pautados, se vieron violentados por la cosa fáctica del periodismo. Todo se hizo más inmediato, más airado. Y el tratamiento de los temas se volvió más crudo. Permanentemente se recibía fuego enemigo y, con frecuencia, quejas amigas.

Todo esto, sin embargo, me parece natural. Encuentro era una revista cultural, mientras que Encuentro en la Red, un medio informativo. Lo esencial es que ambas publicaciones tenían claras sus identidades, así como sus objetivos y públicos. Teniendo en cuenta esos elementos, creo que hubo una buena interconexión y un apoyo editorial mutuo.

Creado en diciembre de 2000, Encuentro en la Red es reconocido como un periódico cubano pionero en los medios digitales, ofreciendo no solo la novedad de este tipo de periodismo, sino también demostrando una capacidad estratégica para lograr una audiencia dentro de Cuba. Cuéntenos un poco de las mayores dificultades a las que se enfrentó en el proceso de organización de la redacción del diario desde Madrid y la difusión de su contenido a través de la red de Internet en la Isla.

Organizar una redacción desde cero es algo complejo, requiere del involucramiento de mucha gente que, en nuestro caso, se hallaba dispersa. Mi primera tarea, previa al nacimiento de Encuentro en la Red, consistió en sumergirme en varias cajas de artículos que no habían encontrado espacio en la revista impresa, ya fuera por su brevedad, por su naturaleza opinativa o por sus temas, y valorar si tenían validez o cabida en el futuro diario. Eran textos que se habían recibido desde Cuba a lo largo de los años, muchos por correo postal, mal impresos o incluso manuscritos. Tenían algo de mensajes de náufragos, lanzados en botellas al mar. Recuerdo que, entre ellos, descubrí los ágiles análisis económicos de Oscar Espinosa Chepe y Arnaldo Ramos Lauzurique, quienes se convertirían en colaboradores regulares del periódico hasta sus respectivas muertes.

Junto a Chepe y Lauzurique, la redacción aglutinó a gente como el periodista Miguel Rivero, con su entusiasmo permanente y sus años de experiencia como corresponsal de Prensa Latina, a quien yo conocía de Praga; Raúl Rivero e Iván García desde La Habana, al igual que Dimas Castellanos, Manuel Cuesta Morúa y Leonardo Calvo Cárdenas; Mary Simón desde Ginebra; Ivette Leyva, Wilfredo Cancio y Carlos Espinosa desde Miami; Néstor Díaz de Villegas desde Los Ángeles, Ramón Fernández Larrea desde Barcelona y Joaquín Ordoqui desde Madrid, entre otros, como el artista y caricaturista Omar Santana o el fotógrafo Pedro Portal.

Paralelamente, encontrar los redactores tampoco fue sencillo. En la redacción de Encuentro en la Red se probaron muchos periodistas, hasta que finalmente tuve la suerte de dar con dos de los mejores que conozco, Mirta Fernández Laffitte, actual jefa de redacción de Diario de Cuba, y Michel Suárez, también fundador de DDC.

Lo más difícil de todo, sin embargo, fue la escasez de periodistas independientes en la Isla. Eran tiempos en los que la información y las denuncias venían del activismo, de gente autodidacta. Así como ahora vemos un techo en el periodismo cubano en la falta de profesionales especializados en temas como economía, leyes o relaciones internacionales, entonces era complicado encontrar a gente que supiera lo que es algo tan básico como la pirámide invertida, en una época en la que no había redes sociales, wifi ni paquetes de datos, y en la que tener un celular resultaba un lujo. Pasamos muchas horas al teléfono, deslindando opinión de información, corroborando fuentes, reescribiendo, poniendo y eliminando comas o, como diría Vicente Echerri, articulista también desde los inicios del diario, quitando “viejitas” de los textos, en referencia a suprimir lo trillado o las frases hechas.

Todo esto fue un proceso, el de la profesionalización de Encuentro en la Red. El periódico no fue el mismo en el año 2001 que en el 2009. Yo diría que, a través de este desarrollo, se sentaron las bases de mucho de lo que hoy en día se hace en la prensa independiente cubana. Hoy hay una ambición generalista que permea incluso algunos medios de nicho, hay agilidad, se separa la información de la opinión, se tejen escenarios, existe espacio para puntos de vista divergentes, se trabaja sobre un lenguaje sin adjetivos, se cumple con muchos estándares internacionales de periodismo y hasta el formato híbrido de las redacciones, dentro/fuera de la Isla, se ha impuesto como lo más efectivo.

En cuanto al alcance dentro de Cuba, para Encuentro en la Red fue una prioridad; la persecución, por otras vías, de algo que la revista Encuentro planteó desde un inicio, algo que estuvo en el centro de los ataques que recibió y que en cambio hoy se asume con naturalidad y se halla en todos los esfuerzos por llevar la democracia a la sociedad cubana: asumir que los protagonistas del cambio están allí, en la Isla, y que desde el exilio, en lugar de guiarlos, lo que hay que hacer es ofrecerles apoyo y darles voz y herramientas, la primera de las cuales es la información.

En ese sentido, cuando yo visitaba Madrid y conversaba con mi padre en algún café, era como si siguiéramos haciéndolo en un parque de La Habana. Él transmitía la misma pasión y el mismo compromiso, seguía trabajando incansablemente, llamando por teléfono hasta altas horas de la madrugada o citándose con cualquiera que pudiera aportar algo a Encuentro y a la cultura cubana, tendiéndole la mano a quien necesitara ayuda. Su entusiasmo se desbordaba cuando creía dar con algo o alguien valioso.

Cuando la revista planteó desde su primer número esa lógica de dirigir la voz hacia quienes se encontraban en Cuba, causó desconcierto y provocó todo tipo de acusaciones, entre ellas la de colaboracionismo. Años después, al Encuentro en la Red sumarse al ruedo, con todas las posibilidades del mundo digital, el pánico cundió en el oficialismo cubano y los ataques y las descalificaciones arreciaron desde todos los ángulos. Comenzó entonces el toma y daca de la censura digital, los cambios de servidores, los bloqueos de direcciones IP, el envío de boletines vía email que se distribuían a través de la intranet nacional y el uso de cualquier vía que sirviera para penetrar esa cortina de bagazo que es la versión cubana del telón de acero.

Sabemos, por ejemplo, a través del dosier “Financiación, totalitarismo y democracia” publicado en el nº 28/29 (2003) de la revista Encuentro, que la implementación y mantenimiento de Encuentro en la Red y el portal Cubaencuentro generó un alto costo de recursos con equipo técnico, grupo de periodistas, personal de redacción, oficina, secretaría, etc., hecho que acabó provocando un gran número de agresiones, descalificaciones personales e incluso amenazas por parte de las autoridades cubanas y sus defensores, con el claro propósito de socavar la idoneidad de los proyectos que gestionaba la Asociación Encuentro de la Cultura Cubana. ¿En qué medida cree que esto ha interferido en la fiabilidad del trabajo realizado por ustedes?

Son argumentos que habrán servido a quienes hayan necesitado tenerlos. La cuestión del financiamiento es una discusión puritana que remite al concepto de soberanía en una sociedad como la cubana, completamente despojada de la misma. En un entorno totalitario, los cuestionamientos acerca de la capacidad de conseguir y usar recursos de forma independiente –siempre sometidos a un escrutinio institucional y fiscal– son tan absurdos y mojigatos como aquellos que trataban de limitar la altura del dobladillo en las sayas de las mujeres. Financiarse es un derecho reconocido internacionalmente.

El asunto es que los comunistas siempre han tenido problemas con el dinero de los demás, y respondiendo a ese patrón, los castristas establecieron que todo recurso que no pase por sus manos es cuestionable. A la vista de cómo han administrado y dirigido el país, es una desfachatez. Insisten en el tema para esquivar la discusión de ideas y lo esencial: la ausencia de democracia y de libertad de expresión en Cuba. Tratan de deslegitimar a sus contrarios para que sus observaciones, críticas y propuestas no sean tomadas en cuenta. Se trata de una estrategia burda, apoyada en un rosario de descalificaciones: anexionistas, traidores, gusanos, mercenarios, vendepatrias…

Aunque parezca increíble, tanta insistencia caló incluso en ciertos actores de la sociedad civil cubana, que advierten –sin que nadie les pida explicaciones y como si esto fuera algo virtuoso– no recibir apoyos de ninguna institución.

Son herencias del castrismo que han terminado provocando una relación traumática y acomplejada con los recursos. Por suerte, ya son visiones minoritarias. Ojalá terminen desapareciendo, pues llegada la democracia a Cuba, será responsabilidad de la sociedad civil estar preparada profesionalmente para salir a buscar cuantos recursos sean necesarios para defender sus agendas de manera eficaz.

Uno de los logros de Encuentro y de Encuentro en la Red fue el haber sido capaces de conseguir financiación pública y privada, europea y norteamericana, de carácter regional y también nacional. Financiación ligada lo mismo a la promoción de la cultura que a la defensa de la democracia o de la libertad de expresión.

Hace ya muchos años, el poeta Pablo Armando Fernández me presentó en Madrid como director de Encuentro en la Red, medio “financiado por la Fundación Ford”. Lo corregí. Le dije que no solo por la Ford, sino por muchas organizaciones más.

Encuentro y Encuentro en la Red son la historia de un empeño editorial realizado por exiliados con capacidad para conseguir recursos, gracias a los cuales las publicaciones jugaron un rol protagónico en la cultura nacional, a pesar de tener enfrente el poder represor y mediático de un Estado. Esta historia tiene, además, una contracara. Yo mismo llegué a avalar con mi casa préstamos bancarios a Encuentro que le permitieron seguir existiendo en períodos de dificultad. Muchos amigos, como el editor Víctor Batista, ayudaron. Además de un proyecto intelectual, Encuentro y Encuentro en la Red fueron un techo, un lugar de acogida para escritores, periodistas y artistas cubanos, tanto exiliados como insiliados. Cuando el castrismo y su estúpido catálogo de tergiversaciones pasen, lo que quedará será la obra y el impacto de ambas publicaciones.

Después del final de la revista Encuentro en 2009, ¿el diario Encuentro en la Red estuvo activo durante algún tiempo? ¿Cuándo exactamente y por qué el diario digital terminó sus actividades? ¿Quién siguió siendo responsable del portal Cubaencuentro, que permanece activo en la actualidad, y cómo se financia este proyecto?

No tengo idea. El 4 de diciembre de 2009, quienes hacíamos Encuentro en la Red decidimos cortar todo lazo con la Asociación, y fundamos Diario de Cuba. Desde ese día, nunca más he vuelto a ver ni a hablar con ninguna persona vinculada a aquellos proyectos. El diario terminó sus actividades por la falta de visión de la dirección de la Asociación y de la mayoría de las personas que la componían en aquel momento, de manera que quienes lo hacíamos nos marchamos y empezamos otro proyecto con recursos propios e independencia.

Jesús Díaz
Jesús Díaz poco después de su llegada al exilio (FOTO Ekko Von Schwichow)

¿Cuál es su opinión sobre la indisponibilidad de los contenidos de las publicaciones periódicas digitales, como los de Encuentro en la Red, que tras su finalización imposibilitó el acceso de los lectores al material publicado?

Todo lo relacionado con el fin de Encuentro en la Red me parece lamentable.

En las páginas de Encuentro fueron publicados tres cuentos de su autoría: “Los perros” (nº 25), “Explosión” (nº 36) y “Marilyn” (nº 50). ¿Cree usted que la narrativa de ficción ha ocupado suficiente espacio en la estructura sintáctica de la revista, si la comparamos con el ensayismo de la crítica literaria?

Encuentro fue una revista cultural que respondió a las circunstancias políticas y sociales de Cuba. En ese sentido, entendía la definición de cultura desde su acepción más amplia. No era, por tanto, una revista propiamente literaria. Sin embargo, si aceptamos que uno de sus principales enfoques fue el de revisitar la producción intelectual cubana y el destino o los avatares de sus protagonistas durante el período de la Revolución, se entiende que el ensayismo o la crítica de la literatura tuvieran preponderancia sobre la ficción.

En su opinión, en términos de trascendencia historiográfica para la cultura cubana, ¿cuáles fueron los grandes momentos de la revista Encuentro? ¿Y los menos significativos?

Encuentro logró que cada número de la revista tuviera un impacto en la discusión cultural cubana. Creo que es a lo máximo que debe aspirar una publicación de su tipo. Ese impacto se evidenciaba en constantes cartas, llamadas, sugerencias, mensajes de feed back, solicitudes de ayuda, reacciones de amigos y enemigos, ataques del Gobierno, etc. Fue un proyecto extremadamente ambicioso y polémico desde su concepción, características que nunca decayeron. La decisión de incluir en su primer número un fragmento del Informe del Buró Político presentado por Raúl Castro en el V Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, habiendo dicho antes, en su primer editorial, que la revista estaría abierta “a puntos de vista contradictorios e incluso opuestos, dará acogida y aún estimulará las polémicas, prefigurando así la sociedad plural que deseamos para nuestro país”, además de un guiño inteligente –en cuanto aseguraba un impacto mediático–, dejaba claro el nivel de influencia al que aspiraba, el rol que se disponía a ejercer.

En términos de trascendencia historiográfica para la cultura cubana, creo que su logro más importante fue cuestionar y echar abajo muchos de los cánones impuestos por la Revolución. Obviamente esto no fue algo exclusivo de Encuentro, pero ningún proyecto lo hizo con tanta ambición y sentido provocador.

Una vez, en un tren en el que coincidimos entre Varsovia y Berlín, el músico punk Gorki Águila me contó que había leído el primer número de la revista en la cárcel en Cuba; me habló de la visión de libertad que había significado para él. Era invierno. La planicie polaca estaba cubierta de nieve. A través de las ventanillas, a cada rato se veían largas filas de carros esperando pacientemente a que el tren pasara para continuar viaje. Entonces pensé que aquello era algo que ya no se observaba en Europa Occidental, donde puentes y túneles habían sustituido los arcaicos pasos a nivel, con su concierto de barreras, semáforos, campanitas y tiempo perdido. Si como ya dije, en mis años berlineses, Encuentro había sido para mí una lámpara, creo que a nivel historiográfico cubano —y a riesgo de pecar de excesivamente metafórico en esta entrevista— fue el equivalente a un puente o un túnel: aceleró el tráfico de ideas, contribuyó a destrabar la hegemonía impuesta sobre la historia y la cultura cubanas desde el poder ideológico.

Teniendo en cuenta la persistencia de la dispersión de la realidad cubana en fragmentos de cultura esparcidos por el mundo, ¿qué opina de la posibilidad de que este sea un camino sin retorno y que “la cubanía”, sin un espacio o territorio específico de práctica cultural común, se mantenga solo a través de vínculos e imaginarios individualizados?

Me parece un buen plan B. Evidentemente, aquella afirmación inicial de Encuentro, esgrimida a través de un texto de Gastón Baquero, de que la cultura cubana es una sola, más allá del lugar donde se produzca, ha logrado imponerse. No importan ya los golpes de pecho y las vestiduras rasgadas de los comunistas cubanos.

Ahora, un cuarto de siglo después, el panorama ha cambiado de forma radical, y con él los retos y el debate. Ante la mediocridad y el envilecimiento cultural producidos por el castrismo, en un país envejecido, descapitalizado y alienado, me parece que una cultura mantenida a través de vínculos e imaginarios individualizados es la única oportunidad que existe de que nos reinsertemos en la modernidad.

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