W. G. Sebald

En una de las fotos de Stefan Moses, uno de los pocos fotógrafos alemanes que ha continuado “la mirada” que August Sander desarrollara a principios del siglo XX en su serie Últimos hombres, se observa a una mujer del Museo de Higiene de Dresde decorando las vísceras de varios esqueletos humanos y colocándolos sobre una mesa, en orden.

Estos muñecones, pedagógicos, por llamarlos de alguna manera, y esta mujer, semiescondida, chiquitica, miope, cuadrada… sorprendida en el momento exacto de la “trepanación”, casi pudieran pensarse como una metáfora perfecta del totalitarismo y las distintas uniformizaciones políticas que ha vivido el mundo en su historia más reciente. Una metáfora del horror, si pensamos este como el intento ideológico de convertir a todos en uno, tal como mostró Zamiatin en su novela Nosotros.

A uno, en nadie.

Para esto, Moses, que ha venido realizando desde los años sesenta exposiciones sobre los alemanes de ambas partes del muro, con una simplicidad e ironía muchas veces precisa, se coloca delante de los maniquíes (o detrás, según se mire), y encuadra una imagen donde a esta progenitora apenas se le ve, aunque se la presupone. Gran Hermano que, a la misma vez que se esconde, controla.

¿Pudiera devenir esta foto resumen de todo lo que ha vivido Dresde desde la República de Weimar a la fecha?

Creo que sí, e incluso, pudiera decir que vendría a ser la portada perfecta para un libro como el de Kurt Vonnegut, un clásico de cómo se articulan comedia y sinrazón bajo eso que algunos filósofos han llamado “nuestra época trágica”.

Estoy seguro: esos maniquíes fotografiados por Moses hablarían más sobre el libro que casi todos los covers que he visto de Matadero cinco en varios países e idiomas.

Vonnegut, quien la noche del famoso bombardeo de Dresde y desde días antes se encontraba preso en una de las jaulas que el régimen nazi había preparado para sus enemigos en la Florencia del Elba, cuenta cómo las bombas de la Royal Air Force caían como garrapatas desde el cielo (un cielo oscuro y a la vez intenso…) y cómo los edificios y personas saltaban a su vez en dirección contraria como insectos despedazados que aún quisiesen volver a saltar…

Cuando todo cesó, deja saber el autor de Desayuno de campeones, todo era polvo, mal olor y huecos vacíos.

Sólo eso.

Sin dudas, una de las cosas que más llama la atención en Dresde, y quizá en todo el este alemán, es el vacío. Primero porque, debido a los bombardeos de las noches del 13 y 14 de febrero del cuarenta y cinco, el centro de la ciudad –y, según los historiadores, un radio de quince kilómetros a la redonda– quedó todo muerto.

Segundo, porque esos huecos provocados por la ideología (ya sabemos, nada más ideológico que una bomba) fueron rellenados, también, por la ideología misma. En este caso por esos espantosos edificios prefabricados que el socialismo diseminó como ratoneras por toda la ciudad y durante años representaron el orgullo de Honecker y los que como él convertían el hábitat humano en pura especulación marxista.

Desastre que incluso llegó a Cuba, con sus microciudades prefabricadas, sus desastres urbanísticos, y hoy, quizá, por el malestar que produce vivir en una suerte de ruina mal hecha, genera más conflictos que ganancias para la maquinaria despótica cubana, para su sueño de país con encefalograma plano.

Y si traigo a colación estas kommunalkas (conejeras sería mejor nombre), es porque con frecuencia me pregunto qué tipo de personas habrán vivido en las casas abandonadas (vacías) que se pueden encontrar en Dresde, qué habrán comido o hecho durante sus últimos años, a quién habrán vigilado, qué habrán visto, qué habrán firmado…

Estoy seguro que cada uno pudiera ser el Oskar Matzerath de una novela, la novela imposible sobre el este alemán; a la vez, la negación de esa novela en sí, de toda historia donde la gente esté entre huir y permanecer.

Curiosidad que me llevó incluso a pensar en cierto momento en un libro que tratara únicamente sobre esas casas y fábricas abandonadas, esos comedores que poseían aún, algunos, el hule sobre la mesa o restos de empapelado en las paredes.

Para ello hablé con un fotógrafo amigo –alguien que ya había hecho fotos “de lo vacío” en la ex Yugoslavia y Estados Unidos– de cómo la arquitectura combinada con la estupidez no necesitaba otro aditamento para ser exacta (él diría bella) que ese “estar ahí congelada en sí misma”.

Con esta idea nos pusimos en marcha, y si el proyecto no llegó a su final, fue por razones externas a nuestro deseo.

La vida a veces es más compleja que la intimidad en una kommunalka incluso.

Müller

Quizá una de las cosas que mejor ayude a entender esto que vengo diciendo sean las imágenes que en 1990 hiciera Moses del conocido dramaturgo alemán Heiner Müller, en Berlin-Hellersdorf.

Müller se encuentra delante de uno de estos grandes monstruos prefabricados con un tabaco en la mano mientras alrededor y, suponemos por casualidad, un grupo de niños juega en un parque.

El edificio (los edificios), que por la perspectiva y angulosidad de sus líneas semejan ser imponentes, nos lleva de inmediato a eso que con tanto énfasis el autor de Medea material y Cuarteto se preguntó en sus textos: ¿dónde termina-comienza el territorio público y cómo hacer para crear dentro de ese “nosotros” un bios privado que no pueda ser engullido por la garganta estatal?

¿Cómo devenir realmente individuo?

Como sabemos, de esto es precisamente de lo que se trata bajo el comunismo; la pregunta que por mucho que la disfracemos va a permanecer siempre sin respuesta, la ur-pregunta. Y los edificios estilo Honecker, que al igual que en la época de Hitler no eran más que la decadencia de un movimiento anterior (en este caso, de un neoclasicismo ridículo) son jaulas parlantes.

No sólo porque eran más feos que todos los que se construyeron en ese momento al otro lado del muro –los sesenta y setenta fueron en todos los lugares, arquitectónicamente hablando, espantosos–, sino porque en el este eran hechos en nombre del hombre, la solidaridad humana y la grandeza de algo que nadie veía por ninguna parte.

En nombre de “la victoriosa lucha contra la enajenación capitalista”, como cacarearon en diferentes momentos los altoparlantes del Komintern.

Y no hay cosa peor que cuando el hábitat propio se convierte en artefacto ideológico, cuando el ser humano deviene trofeo de guerra.

¿Tendría esta misma sensación Heiner Müller cuando Stefan Moses le sacaba las fotos?

Eso ya nunca lo sabremos.

Sin embargo, en el rostro del dramaturgo hay un rictus irónico, mueca, como de aquel que dice: yo sé, yo sé… y sonríe bajito. Al final, los esqueletos del Museo de Higiene pudieran ser comparados a los edificios sajoneshabaneros por su serialidad, su afán pedagógico-propagandístico y su lado monstruoso; lado que ni siquiera se redime cuando pensamos en la “carencia”.

Edificios y esqueletos representaban (representan aún) el triunfo del arte según la ideología, de la ideología mala quiero decir; esa que convierte en estereotipo lo cotidiano y construye pautas para la literatura, la arquitectura, la creación en general.

Esa que nunca se equivoca.

Y como escribiera Steiner, el reverso de la libertad no es la cárcel, la guerra o el despotismo, entendiendo esto último sobre todo como no-solución política.

“El reverso de la libertad misma es el cliché”.

¿Entraría una reflexión sobre el cliché en ese proyecto Dresde que mencionaba antes?

Lo más seguro es que sí, y lo que me preguntaba cada vez que salíamos a realizar fotos era cómo hacer visible en nuestra metanovela ese vacío que se pega al estereotipo y termina convirtiéndose en repetición para miles de personas.

Recuerdo que especialmente curioso nos resultó un conjunto de edificios medianos que se encuentra en el camino hacia Pirna… Conjunto que en el viejo Mitsubishi de mi amigo, el fotógrafo, alcanzábamos desde mi casa en veinte minutos, si teníamos la suerte de no perdernos en el hueco esquizo que es toda ciudad a la noche, y con lluvia o sin ella nos obligaba a realizar interminables sesiones para poder captar lo visible sobre aquel cementerio de edificios que se extendía ante nosotros.

No es que estos edificios fueran interesantes en sí mismos; podría afirmar con cierto cinismo que ni siquiera eso eran. Lo que les confería a estos “mamuts” otro estatus era precisamente su abandono, su valor-nulo-de-uso, la vida chiquitica que imaginaba había deambulado alguna vez por ellos.

Ver que junto al timbre de la puerta colgaban aún nombres que nadie se había detenido a borrar: una tal familia Schmidt, un Magister Stepputat (magister en qué, se pregunta uno…), un tal Kohle…, le daban a ese futuro libro de interiores y textos una coherencia perversa, un punctum.

Y una novela es sobre todo hacer que un pequeño núcleo vaya creciendo hasta que se convierta en algo difícil e intragable, para el propio creador digo. Algo que probablemente nunca más volverá a leer.

De ahí que muchos escritores no puedan pasar de escribir la segundatercera novela, e incluso cuando lo logran, muchas veces acceden a ella desde la locura, como es el caso de Robert Walser, en Suiza, el cual después del Jakob von Gunten sólo garrapateó pequeños microrrelatos hasta que se internó en un manicomio y desapareció.

¿Es otra cosa la literatura que experiencia privada, ficciones, memoria colectiva, sujeto frágil, pasado?

Sebald

En Sobre la historia natural de la destrucción, W. G. Sebald, que ya en libros anteriores había indagado y recombinado conceptos parecidos, incluyendo el de la literatura austriaca como lugar político de representación, se explaya sobre uno de los momentos más controvertidos de la primera mitad del siglo XX: la destrucción aérea llevada a cabo por la aviación inglesa-norteamericana en varias ciudades del antiguo Reich, y el silencio que según él se instaló en Alemania a partir de este hecho.

Silencio que identifica con la escasez in situ de literatura (literatura sobre el tema, digo), la compra del “alma alemana” a través del dinero: el reconocido Plan Marshall para la reconstrucción del otrora gigante europeo, y con la culpa; esa que para algunos podría tener muchos estamentos, pero a instancias de Sebald representa, ante todo, estar-en-conocimiento-de, vivir conscientes de “que provocamos claramente la destrucción de las ciudades en las que en otro tiempo vivíamos”.

Lo primero que tendría que replicarle al “Joyce del siglo XXI”, como reza la contraportada del libro en español, es que no creo exista ese silencio literario que él subraya. Su texto, reescritura del ciclo de conferencias que ofreciera en Zúrich en 1997, se apoya incluso en varios ejemplos que vendrían curiosamente a refutar su tesis: el reportaje sobre Dresde de Erich Kästner que data, nada más y nada menos, de 1946; el texto de Hans Erich Nossack sobre Hamburgo y la experiencia de muerte que atravesó la ciudad; la novela de Heinrich Böll El ángel callaba, a la que acusa de “melancólica” y a veces devalúa o exalta sin argumentos; el excelente experimento de Arno Schmidt Momentos de la vida de un fauno, de 1949, el cual Sebald odia porque quizá recuerda demasiado a su propia escritura; los diarios de Klemperer, los que clasifica como insuficientes (se mantienen “dentro de los límites trazados por las convenciones verbales”, escribe); los filmes de Syberberg, que recogen “los aspectos más equívocos de la fantasía expresionista” (en realidad, trascienden los aspectos más equívocos de la fantasía expresionista…); los “artificios pseudodocumentales” de Kluge… Así hasta llegar a aniversarios, fotos y testimonios en periódicos locales a los que casi sin hacer distinciones descalifica por no ser literariamente profundos o estar abocados a un kitsch de época, un falso decir.

Lo segundo a replicarle sería que de verdad crea en esa autoconciencia, ese saber que, por razones que ignoro, justificaría casi teológicamente el bombardeo posguerra a ciudades como Colonia, Hamburgo, Frankfurt o Dresde…, como si una Aufklärung del genocidio pudiera hacer menos doloroso el momento final.

Por haber escapado a un régimen que ha obligado durante demasiado tiempo a sus habitantes a vivir como no-personas, e incluso denomina a los que marchan al exilio con la misma palabra con que los kapos en los campos de concentración clasificaban a los judíos, sé que hablar (parlotear) sobre la propia pérdida es una de las cosas más difíciles –y a veces imposible– a las que se puede ver abocado cualquier ser humano.

Si esta pérdida, además, tiene que ver con una ciudad, una casa, una familia…, me cuesta trabajo entender entonces la pregunta que recorre patéticamente estas tres conferencias y para las que Sebald no halla respuesta: ¿por qué los alemanes no escribieron más en el mismo año cuarenta y cinco sobre la destrucción del “propio país”, por qué no llegaron a convertir el desastre, en su momento, en verdadera pregunta, porque no construyeron “literatura”…?

Tendría que decir que la imagen de alguien apuntando en un cuaderno sus cagarrutas líricoliterarias mientras sobre su cabeza están cayendo kilogramos de explosivos no resulta nada convincente, a no ser que estemos apasionados con Hollywood… Además, como han explicado algunos que han estado alguna vez en situación límite, en ese momento es imposible pensar otra cosa que la propia huida o el propio resguardo, ese intentar llegar a mañana que según Primo Levi, uno de los sobrevivientes de Auschwitz, era su credo personal en el tiempo que deambuló entre Italia y Polonia.

Por si fuera poco, no creo se puedan reducir el dolor, la pérdida o el pathos que genera “el hundimiento” a un texto, por muy desgarrado que este sea.

La memoria colectiva opera también por otras vías, incluso la del silencio (aunque tampoco fue el caso, tal y como el mismo Sebald reconoce); incluso, la del “hablar bajito”, que es una de las maneras más socorridas cuando varias personas no quieren pasar del lugar común sobre algo.

Y ya sabemos, nada sugiere tanto como un lugar común.

Muchas veces es el equivalente a enterrar un cuchillo.

Y la literatura no sirve para aliviar ni comprender el dolor (aunque muchas veces entierre el cuchillo), como demuestran los casos de Celan, Hemingway, Jean Améry, Sylvia Plath o Márai, que irónicamente pasó un curso de tiro con la policía de Los Angeles antes de descerrajarse un balazo en la cabeza.

No es antídoto.[1]

Dresde

Si he dado vueltas sobre ese bicho extraño que era Sebald para continuar hablando sobre Dresde, es porque la primera pregunta que me asaltó ante esas casas abandonadas, esos edificios recortados por la cuchillita ideológica, esos nombres que ya no representan nada sobre el herrumbroso timbre de una puerta, ese paisaje que extrañamente llaman “la suiza sajona”, avanzaba de manera parecida…

Qué quería decir ese silencio que yo encontraba en el este alemán y hasta qué punto podía ser narrativo.

¿Cómo escribir sobre algo tan mezclado con la política, el emigrar, el abandono, las experiencias privadas, el travestismo, la denuncia, lo ajeno?

Curiosamente, y como nueva refutación de esas –para mí– erradas conferencias de Zúrich, cada vez que llego a una nueva ciudad de la antigua Germania, una de las cosas que escucho con más insistencia tiene que ver con el feroz bombardeo a que fueron sometidas ciento treinta y una ciudades y pueblos al final de la guerra y las cosas nuevas que poco a poco se habían transformado.

El olvido, ese voltear la cabeza hacia ninguna parte que lamenta el autor de Austerlitz, en caso de que exista, no me ha parecido hasta ahora demasiado grave.

A veces, es necesario silenciar algo para después repensarlo.

Y por la cantidad de fotos que he visto, documentales, libros o notas que se editan a diario, no creo el tema esté en Alemania “desplazado”. De ahí que cada vez que observo cómo en alguna terminal de trenes revolotea sobre mí un calvito con chambergo negro y sonrisa intrigante, preguntándome si ya conozco la historia de su hermosa y apocalíptica ciudad, busco cambiar de tema lo más rápido posible y hablo de las nubes o cualquier otra cosa. De lo contrario, me arriesgo a que aterricen horas y horas de bombas de más de quinientos kilos sobre mi cabeza.

Coda

Una de las excepciones que conozco es la película de Godfrey Reggio, Koyaanisqatsi, donde a través del nerviosismo de las imágenes y la música de Phillip Glass se puede llegar a comprender el enchufe esquizo que existe entre una sociedad y sus “cadáveres”, la manera en que se mueven y abandonan a sí mismos, la trampa que muchas veces constituyen.

Y quizá por tener demasiada conciencia de esa trampa fue que esa novela Dresde (esa novela que quise hacer viviendo en el allí mismo) ha quedado inconclusa.

La literatura, la escritura, el escritor, los textos, muchas veces representan formas distintas de lo ajeno, de lo que no logra acoplarse a nadie. O nada. Y el ajeno es ese que ni siquiera tiene casa propia, madriguera; un animal siempre hastiado y con frecuencia en ninguna parte.

Alguien que se sienta “al otro lado” y observa cómo todo alrededor coge fuego y se desmorona, aunque sin llegar a los extremos de la Royal Air Force por supuesto…

Cuando esto suceda, podré entonces responder las preguntas que al principio me hice e incluso llevar a cabo mi megaproyecto sobre lo vacío / lo lleno en el este alemán.

Mientras tanto, no quedará más remedio que hacer silencio y continuar aceptando mi derrota –la derrota del que aún no tiene suficiente ironía o distancia.

Una ciudad sólo comienza a ser habitable cuando ya hemos descubierto el monstruo que en realidad es.


Notas:

[1] Sobre una película-debate con otras personas que habían estado al igual que él en un campo de concentración alemán, Bruno Bettelheim escribe: “el horror nazi había sido un cataclismo difícil de imaginar, un hecho que despertaba tanta angustia que aquellas gentes necesitaban negar que tuviera alguna relación con ellas como personas. Pensar en ello inducía a formularse preguntas sumamente perturbadoras sobre la naturaleza del hombre cuando, sin vacilación alguna […], se le presentaba la oportunidad de participar espontáneamente en el más vil y sistemático de los asesinatos en masa, no sólo de hombres indefensos, sino también de millones de mujeres y niños pequeños. Verlo con sus propios ojos en películas documentales y escuchar el testimonio de los conferenciantes despertaban unas sensaciones incontrolables de revulsión e impotencia en los asistentes a la conferencia. Quizás esto explique por qué unas personas que habían decidido voluntariamente ver aquella película en verdad aterradora que mostraba escenas donde se hacía objeto de la mayor degradación posible a hombres, mujeres y niños inocentes, escenas de tortura, de hambre, de asesinatos en masa, y luego participar en un debate sobre todo ello, reaccionaban ante tal experiencia distanciándose emocionalmente de ella y negando toda relación emocional e intelectual con ellas aquí y ahora. De lo contrario, no habrían podido hacer frente a lo que aquellas imágenes despertaban en ellas.” (Bruno Bettelheim: Sobrevivir. El holocausto una generación después, Editorial Crítica, Barcelona, 1981, p. 41). O, más recientemente, Ian Buruma, en “Placeres y riesgos de ser víctimas”: “Cuando llegaron a Israel los sobrevivientes de los campos nazis de exterminio […], la vergüenza y el horror impedían a la mayoría de ellos hablar de su sufrimiento. Las víctimas ocuparon un sitio precario en el nuevo Estado de héroes judíos. Era como si hubiera que borrar la mancha de ser víctimas y no tomarla en cuenta, así que un gran número de judíos no habló.” (Letras Libres, febrero, 2001, pp. 22).

Colabora con nuestro trabajo
Somos una asociación civil de carácter no lucrativo, que tiene por objeto principal la promoción y fomento educativo, cultural y artístico. En Rialta nos esforzamos por trabajar con el mayor rigor profesional en la gestión, procesamiento, edición y publicación de los contenidos y la información. Todos nuestros contenidos web son de acceso libre y gratuito. Cualquier contribución es muy valiosa para nuestro futuro.
¿Quieres (y puedes) apoyarnos? Da clic aquí.
¿Tienes otras ideas para ayudarnos? Escríbenos al correo rialta@rialta.org.
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments