Gradas

Sabía de antemano que inmiscuirme, era olvidar la vida y que ya nada peor podía ocurrir. Pero ese fue mi cambio de cabeza preferido: pertenecer a esa clase de los derrotados por los libros.

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I

Siempre huelo los libros, los palpo. Miro los subrayados que pertenecieron a otros a los que nunca conoceré. La textura de las páginas con sus relieves, las acaricio. Acaricio sus bordes, el tipo de letra pareja o desigual; los espacios en blanco, las marcas anteriores y las que hago, me importan casi tanto como sus contenidos. Asteriscos para marcar la forma de las ideas que se nos van a olvidar, acomodándolas, porque …de todas maneras ninguno de nosotros va a recordar… –dijiste–, cuando caigan al doblar una esquina hacia el abismo de lo que olvidamos pronto: la página perdida que desapareció con casi todo. Ese espacio recalcitrante donde poner: “la tarea del ojo.”

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Casi nadie carga libros entre sus manos, o en las mochilas. Nudos de libros en la mente: usados, rotos, cansados, estropeados; páginas desbordadas pidiendo a gritos permanecer en un afuera que ya no tienen, se desplazan para que las sienta. Sentir los libros no es solo leerlos, es apropiarse de ellos como cuerpos y robarles su libertad, la pasión. Comprometernos con las vidas que están ahí, vivitas y coleando. Por eso, arrancar una página debería ser castigado como un acto criminal. Pero no hay leyes para los depredadores de libros ni para los que se abstienen de ello que es tanto o más peligroso.

Verlos morir en las bibliotecas, en las librerías, en los estantes llenos de polvo y ansiedad, esperando por alguien que los rescate. Verlos en los cuartos traseros donde guardamos toda la miseria acumulada. En los basureros, tirados entre los desperdicios: olvidados, perdidos del resto. Pero tú los aproximas a mis manos y me fijo nuevamente en sus lomos, en aquella caligrafía extraña que pertenece solo al tiempo, a mí.

Sabía de antemano que inmiscuirme era olvidar la vida y que ya nada peor podía ocurrir. Pero ese fue mi cambio de cabeza preferido: pertenecer a esa clase de los derrotados por los libros. Entonces, me lanzo desde el columpio de la niña que fui; desde las persianas por donde lo observaba todo agazapada como una espía, y caigo sobre la vejez decidida a atravesarlos con la punta de un lápiz.

II

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Las gradas de los conciertos me enseñaron muchas cosas respecto a las jerarquías de los lenguajes: quería escribir sentándome en diferentes sitios desde una altura hasta el fondo; desde el principio hasta el final del espectáculo. Los lenguajes se amontonaban, se zafaban y perdían, y la tarea ingrata era recogerlos, anudarlos. Situarlos donde correspondían según la mirada para vencer el espacio desolado y vacío de la página. Masas de lenguajes pacíficas y otras batalladoras, compulsivas; o distraídas, moribundas, vencidas, cercanas o lejanas, más o menos desfavorecidas, recalcitrantes, volvían distinguiéndose del resto. Amorfas sin estructuras o congeladas en su diseño parcial. Y mi tarea –y la de ellos– era convencerlos, petrificarlos: convertirlos en textos.

El resto era yo misma, la única espectadora de estos pobres acontecimientos de los días de mi vida. Por eso, cada vez que estoy desesperada –que es casi siempre–, amarro el fajo de billetes de los libros con oraciones que se encabalgan y parten hacia lo desconocido sin saber hacia dónde me llevarán. Y a esa aventura, que Virginia Woolf llamara “la sensibilidad de las impresiones”, me encamino con ellos apretados como armaduras contra el pecho. Armaduras forradas de papel blanco como un velo para engañar a los otros, los incrédulos, durante esta ceremonia solo mía. Porque allí todo tiene su mística: la taza cilíndrica de barro para el té, el platico con arabescos, debajo; la luz amarilla de septiembre cuando el otoño empieza a empañar los cristales y ese borde azulado: “la luz azul” de los lentes –le dicen, y mienten, porque tampoco veo ya.

Lomos de elefante que se arriman a la ventana desde azoteas aledañas, pero no son lo que parecen ser cuando gotean una lluvia cada vez más temperamental, saltando sobre las marcas con tizas rojas, azules y verdes de las letras de una infancia retardada, todavía jugando al pon sobre la acera contraria. Verdades y mentiras que nos dijeron al oído mientras crecíamos en tanto las edades también pasaban: “¡mío, en tanto las edades pasan…!, dijo la niña, al arrimarse a ese borde fatal del día como si los adoquines también fueran páginas que reflejaran un más allá que nos toca obtener desde esta visión distorsionada del espacio y del tiempo.

Desconfiados, pero predestinados, nos unieron en esta nueva travesía cuando aún no amaba bastante, y volví a quererlos, a odiarlos –“aunque nunca he tenido tiempo para el odio…”, dijo ella, defendiéndose–, pero poco a poco, entre uno y otro sentimiento, casi sin percatarme de lo que estaba sucediendo, me convertí en ellos.

Miami, 17 de febrero 2026

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REINA MARÍA RODRÍGUEZ
REINA MARÍA RODRÍGUEZ
Reina María Rodríguez (La Habana, 1952). Es una de las voces prominentes de la poesía cubana contemporánea. Entre sus libros destacan Para un cordero blanco (1984), En la arena de Padua (1992), Páramos (1995), Te daré de comer como a los pájaros (2000), Variedades de Galiano (2007), Otras mitologías (2012) o Travelling (1995, reeditado por Rialta Ediciones en 2018). En 2024, Alliteration Publishing publicó la antología bilingüe de su poesía Jigs and Lures: Selected Poems, con traducción al inglés de Kristin Dykstra. Ha recibido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas, así como también ha sido merecedora del Premio de la Crítica en Cuba, la Orden de Artes y Letras de Francia con grado de Caballero (1999), el Premio Nacional de Literatura de Cuba (2013) y el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2014). Fue finalista del Premio Internacional de Literatura Neustadt en 2022. Sus documentos se conservan en la Biblioteca de la Universidad de Princeton.

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