Hombre Nuevo

Hoy presentamos el ser mitológico más triste de la ingeniería totalitaria cubana: el Hombre Nuevo.
Si los fascistas creían en la limpieza racial, el Che Guevara creyó en algo no menos pavoroso: la eugenesia comunista. En El socialismo y el hombre en Cuba, una carta de 1965 devenida manual dogmático, esbozaba la idea de que la nueva sociedad requeriría y produciría otro tipo de humano: el hombre nuevo.
Para hacer esta ilustración quise seguir con la mayor literalidad la descripción de Guevara. Y me resultó complicado. Tal como lo prefigura, el hombre nuevo es, más que una afirmación, la oposición al individuo enajenado por el capitalismo, sus relaciones de producción mercantilista y los decadentes valores burgueses del siglo XX. La descripción del superhumano en cuestión hay que desenredarla de una madeja de teorizaciones sociológicas que suelen presentarlo como mero “motor” de la Revolución socialista y rara vez como su fin. Licuado en la colectividad como materia prima y no como sentido aspiracional primigenio, no llega a tener una caracterización explícita, y mucho menos feliz. Por el contrario, se encamina a la idea sacrificial del esfuerzo heroico, la renuncia a la gratificación y el sometimiento a los líderes, instituciones partidistas y directrices ideológicas del nuevo orden.
Lo que sí repite el Che a lo largo del texto es una petulancia demiúrgica que echa mano de sentencias como “la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios”. Al individuo lo reduce a “masa”, “arcilla fundamental”, “arcilla maleable”, “producto no acabado”, “sustancia proteica” y “ropaje” del esqueleto de la libertad. De ahí salió, al final, esta ilustración. (Decía Susan Sontag que el comunismo no era sino la forma lograda del fascismo; si nos guiamos por las metáforas guevarianas, la forma cubana del comunismo prometía ser bien fea.)
La generación de mis padres y tíos nació por los años en que se estrenaba esta teoría. Estaban llamados a ser, exactamente, los “hombres nuevos”. Y lo fueron. Encarnaron la honestidad, la dignidad, el altruismo y todos los valores que evoca el delirio guevariano y que lo trascienden, porque pertenecen a la decencia humana elemental; pero, además, sobrecumplieron la mayor de las exigencias del Che: el sacrificio.
Hoy me resulta grotescamente doloroso ver cómo los han traicionado y demolido por sostener esos valores, que no fueron consecuencia de la ingeniería dizque socialista, sino más bien su efecto colateral. A ellos les dedico esta columna, que no es su retrato, sino el del horror al que siguen sobreviviendo.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudoética que puede ser el ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weil, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

