“¿Qué es lo que espera un escritor, un artista, un poeta de este tiempo para el final de su vida? ¿Qué es lo que debe llegarle por sobre todas las cosas, para sus días postreros? Si uno medita en esto serenamente, ¿no queda más remedio que hallar un caso patético de frustración a todo lo largo de esa esperanza?”.
Hasta aquí he citado textualmente el comienzo del ensayo ¿Quién habla de callar?, escrito por Labrador Ruiz hace unos cuarenta años.[1] Ensayo que se abre con esa interrogación, no por difícil de responder, menos ineludible… Ante esa pregunta, ante esa mano puesta en la llaga primordial de casi todos los escritores cubanos, generalmente, sólo puede responderse en forma lacónica y trágica.
¿Qué es, era el escritor? El olvido, la miseria, el destierro, el silencio… He aquí el arduo, terco, pero no menos victorioso precio que el artista cubano tiene que pagar por el hecho estricto de serlo. Así, mientras autores suramericanos o europeos de segunda o tercera categoría, convertidos en vacas sagradas o inutilidades ruidosas, emiten incesantes majaderías que son lanzadas a los cuatro vientos por cuanto medio de difusión existe, la obra de nuestro infatigable Labrador, uno de los escritores más importantes de toda la literatura latinoamericana, es hasta tal punto inasequible que dudo que el mismo autor, a estas alturas, tenga las ediciones completas de sus libros.
¿Cuál es la razón, o cuáles son las razones para que esto suceda? Difícil, además de abrumador, sería exponer aquí las causas de este silencio. Basta señalar que, al tomar el camino del exilio, es decir, el camino de la autenticidad y de la dignidad, Labrador cae, al igual que cualquier otro autor cubano en similar situación, en una suerte de imperceptible pero eficaz conspiración del olvido, en una nada que también da náuseas, en una región sin tiempo, donde, salvo notables excepciones, críticos y grandes editoriales, buscando siempre la parte rentable del asunto; más que la literatura lo que les interesa es una política de la literatura, política que además, para estar a la moda (no olvidemos que la moda es irracional) es generalmente tendenciosamente izquierdizante.
Tal vez si Labrador Ruiz hubiese acatado el actual sistema imperante en Cuba —muerto por lo demás el inefable Alejo Carpentier— su obra hubiese sido publicada en las lujosas ediciones Letras Cubanas que el Instituto del Libro dedica a los escritores adictos al régimen. Triste destino… que Labrador, naturalmente, no podía aceptar, optando, por lo tanto, por otro donde al menos, aunque los ladridos caigan en el vacío, se puede seguir ladrando.
La obra de Labrador Ruiz, como toda obra auténtica, es una obra de fundación. Es decir, es una literatura que, sin ignorar todo el caudal de su época y de sus antecesores, nos ofrece otra interpretación, otras visiones de esa literatura y de esa época.
La novelística de Labrador Ruiz está ubicada en el contexto insular, y, específicamente, en un contexto antillano; no porque al autor le interese dar una visión costumbrista o vernácula de la Isla, sino, porque la esencia y la forma de la misma es absolutamente aérea, abierta, elíptica, inquieta y desasida, como nuestro paisaje. Obras, como él las llama, “gaseiformes, libres del artificio de lo normal, de las candideces pueriles, del agotamiento retórico”. Obras siempre experimentales, y, por lo tanto, vitales, incesantes, como todos los buenos libros.
Si repasamos, aunque sea someramente, la novela que se hacía por aquellos tiempos en Cuba, veremos que Labrador se aparta de sus cánones convencionales. Se aparta del costumbrismo, del regionalismo, de la pura descripción visual, para ofrecernos esas secuencias de imágenes, de tiempos, de personajes y situaciones mezclados y confundidos en un paisaje abierto. Sabio sincretismo entre brisa y personalidad, prosa e insularidad. Urbanismo y ritmo, ironía e irreverencia, todo llevado a cabo con magistral decantación.
Labrador Ruiz se instala en nuestra historia con la perenne y revoltosa autenticidad del dios de la brisa, dios que a veces, resulta ser un delicioso sátiro, y también un implacable, brillante crítico. Siempre, un creador.
Su obra crítica es tan importante como su narrativa. En ella, Labrador arremete, con deslumbrante valentía, contra todo el manido academicismo de su época, contra toda la retórica hueca, el convencionalismo, el regionalismo, o, como él mismo expresa en su excelente prólogo a la novela Cresival, contra todos “los memoriales nada artísticos, escritos en prosa pantuflera; relatos endebles, cursis, amañados o viles, letanías flatulentas…”. Heroicamente, Labrador se plantea en la Cuba de los años treinta, elevar no solamente el fondo, sino la forma. Y lo logra.
El resultado: sus “novelas gaseiformes”,sus “novelines neblinosos”. Narraciones explícitamente fragmentarias, sin contornos ni marcos prefijados. Hechas a rafagazos e impregnadas de una universal angustia existencial. Obra que incesantemente se construye a sí misma y que el lector debe rehacer, leyéndola; participando en ella. Obra en fin que crea toda una escuela, un modo de expresión, una forma.
Precisamente, eso que Labrador teorizó y llevó a la práctica por los años treinta, es lo que cuarenta años más tarde se vanaglorian de hacer muchos novelistas contemporáneos, como es el caso de Julio Cortázar con su Rayuela, novela rompecabeza para ser reconstruida por el lector. O con su más reciente Modelo para armar. Es decir, novela para ser reinterpretada, completada, enriquecida, terminada
por el propio lector… ¿Acaso no fue eso mismo lo que, hace cincuenta años, con sus novelas gaseiformes, con sus novelines neblinosos hizo magistralmente Labrador Ruiz? ¿No tiene esa “novela para armar”, supuestamente cortaciana su creador y teorizador en el autor de Cresival?… Lamentable condición la de muchos escritores cubanos condenados a ser leídos no en sus textos originales, sino, a través de sus imitadores.
La obra de Labrador Ruiz es, pues, la obra de la ingravidez insular —nuestra profundidad, quizá sin historia, pero auténtica—; las novelas del flujo y del reflujo, del hombre sensible que tiene los pies bien puestos sobre la tierra, y sabe que no cuenta más que con su propia angustia, con su propia ironía, con su propio talento para abrirse paso por la desamparada y cacareante intemperie de su Isla. Siempre modesto, Labrador dedica una de sus novelas solamente a “los 400 HP desconocidos de la literatura nacional”. Cifra totalmente conservadora, contra la que él arremete en forma desasida, juvenil y vanguardista para darnos unas de las visiones más perdurables de nuestro tiempo.
Tan importante como sus novelas y ensayos es su labor cuentística. En sus cuentos (verdaderos tiros al blanco) se incorpora al mundo de lo cotidiano, el mundo de la poesía, de lo fantástico y de lo onírico, además de esa, su fiel aliada, que se llama ironía. También la sugerencia en los cuentos de Labrador Ruiz es un tema inagotable. En muchos casos al lector no se le entrega un final absoluto, concreto, sino, que se le sugiere, se le insinúan varias posibilidades; otras soluciones, otros finales. Cuentos como “Conejito Ulán”, “Tráiler de sueños”, “Arzola” o “Los pinos”, por nombrar sólo algunos, darían prestigio a cualquier antología del género.
Esta obra está realizada con un lenguaje fustigante, nervioso, directo. Pues Labrador conoce profundamente el arma que maneja, el idioma español con todas sus posibilidades, incluyendo los giros populares, las jergas callejeras, sus claves, y sus espontáneos dinamismos. Por eso es siempre claro, cortante, preciso. No tiene que darle muchas vueltas al asunto. Sus palabras son como flechazos lanzados con qué puntería…
Cito un fragmento de “Tráiler de sueños”: “Nos habíamos metido en una calle muy hundida, anegada toda ella de lodo y podredumbre. Una llovizna irritante venía cayendo desde horas y el barro pegadizo paralizaba el pie por entre suculentas lunas caídas que bailoteaban abajo»
¿Qué es lo que espera un escritor, un artista, un poeta de este tiempo para el final de su vida?” Nos vuelve a preguntar Labrador Ruiz.
Que, como en su caso, no haya final, le respondemos ahora. Que el triunfo de la palabra, de la terquedad, de la creación derrote —como en su caso— al tiempo. Que, en cualquier sitio o época, alguien, algún día, se descubra a sí mismo al descubrir su obra… Su obra comunicando, trasmitiendo, insuflando ese amoroso fulgor de eternidad, de renovación, de irreverencia, de vida.
Ahora, el mito de una Isla, de una ciudad, de una época, podrá seguir renovándose, sosteniéndose, podrá ser transitado en el futuro, impidiendo que haya un final, gracias a este juvenil y delicioso sátiro, a este poeta aéreo, corrosivo e inmortal que ya, pésele a quien le pese, se conocerá siempre con el seudónimo de Enrique Labrador Ruiz.
Porque además, ¿Quién habla de callar?.
Notas:
[1] Enrique Labrador Ruiz: “¿Quién habla de callar?”, Papel de fumar, Editorial Lex, 1945.

