“Conviene apostar por la configuración de un nuevo territorio para la creatividad política, y ello pasa por el aprovechamiento de las nuevas circunstancias bilaterales, sin abandonar la exigencia de justicia para las víctimas de la violencia política.”
Eduardo Ponjuán, ‘Monumento’ (detalle), 2003-2006.

La administración estadounidense de Joseph Biden dispuso este lunes 16 de mayo una serie de medidas aperturistas con respecto a Cuba que inmediatamente han sido leídas como un mero revival del “deshielo bilateral” anunciado el 17 de diciembre de 2014. Recordemos que dicho “acontecimiento histórico” fue presentado al mundo, en ambas capitales, como un “nuevo comienzo” que clausuraba, definitivamente, el último capítulo de la Guerra Fría. Por extensión, le ponía igualmente la tranca que faltaba al escurridizo siglo XX. Asistimos entonces a la concreción de gestos y decisiones inéditos a lo largo de décadas de ruptura y hostilidad. Se instaló una atmósfera general de expectación y, sobre todo, de insospechada esperanza. Más adelante, cuando los forzosos ajustes retóricos en Granma y el remozamiento simbólico del entarimado político –en especial, el trago amargo de aquel discurso del presidente estadounidense en el Gran Teatro de La Habana– parecieron demasiado a la vieja nomenclatura isleña, cuando la asignación estatal de autonomía para el emprendimiento económico comenzaba a transfigurarse en espacios de socialización cada vez menos domesticables, el proceso mostró síntomas de desaceleración desde La Habana. Eran los últimos meses de Barack Obama en la Casa Blanca. Con el advenimiento de Donald Trump –apoyado en el confuso expediente de los “ataques sónicos” contra diplomáticos estadounidenses–, volvieron a congelarse, hasta esta semana, los vínculos políticos oficiales entre ambos países.

¿Qué ha cambiado para mayo de 2022? ¿Por qué este deshielo 2.0 constituiría para la isla un momento radicalmente distinto si se compara con el precedente de 2015 o 2016?

Bajo la superficie de la relación bilateral entre Cuba y Estados Unidos, fluyen ahora las aguas prometedoras de una ciudadanía que ha acumulado experiencias de autonomía creativa y contestación al poder, que está cada vez más interconectada en redes virtuales y prácticas, que posee mayor acceso a la información y los debates independientes del Estado, que está más cerca del exilio y la diáspora, que ha diversificado su activismo en cuanto a métodos y agendas (LGBTIQ+, feminista, animalista, gremiales, etc.), que ha llegado a tomar el espacio público e incluso ha protagonizado un gran estallido social, y ha pagado un alto precio por ello. Hablamos de una creciente porción de ciudadanía que no solo se ha politizado centrífugamente desde 2014 a esta parte, sino que ha ido multiplicando y radicalizando la discusión pública frente a la censura, la vigilancia, la represión física, psicológica, mediática y judicial que sobrevino –junto a una agudización multifactorial de la impenitente crisis económica en la isla– tras la frustración del primer deshielo.

La emergencia y la progresiva madurez de esa sociedad civil independiente –en la cual se reconocen centenares de prisioneros políticos, y también el exilio más reciente– debería ser un factor decisivo para, por ejemplo, asegurar que el rejuego de las cúpulas gubernamentales de ambos países no termine invisibilizando la represión y la prisión política en Cuba. Esa sigue siendo una responsabilidad, en primer término, del activismo de derechos humanos, de la oposición política y, por supuesto, de la prensa cubana independiente. Asumida la nueva circunstancia como oportunidad, y no como fatalidad, si llegara a concretarse un acercamiento bilateral equivalente al de Obama, es esa ciudadanía, vale decir, la comunidad política independiente del poder en Cuba, la encargada de fiscalizar a las élites negociadoras, denunciar las opacidades y los autoritarismos del proceso, y articular demandas que permitan construirlo también desde abajo y desde afuera.

Nada hace vislumbrar que tal escamoteo sea el objetivo de la actual administración norteamericana, ocupada en lo inmediato en buscar solución a la crisis migratoria en la frontera sur, pero que tendrá ahora, previsiblemente, no solo una vía de comunicación más expedita con su contraparte en La Habana, sino cartas en la mano para negociar, pongamos por caso, la eventual liberación de los presos del 11-J. Esos cuerpos son la prioridad. Y si su libertad llegara en el contexto de un nuevo deshielo, o por mediación papal, habrá que celebrar esa libertad también como un terreno ganado por la sociedad civil cubana, aunque a primera vista –y especialmente al trumpismo caribeño– solo parezca un trueque en las alturas entre los mandamases del castrismo y una Casa Blanca demasiado blandengue.

Es hora de valorar en su justa medida la incidencia de la acción y la contestación ciudadana: cuando el régimen se ve obligado a reprimir a la vista de todos y a emitir condenas desproporcionadas y ejemplarizantes se está quebrando el velo del totalitarismo, la ilusión de absoluto y continuidad, y se está echando a correr el tiempo de lo político en tanto atributo del ciudadano; cuando un régimen largamente encerrado en sí mismo busca una apertura relativa también se debe en buena medida a las múltiples formas de presión social, y cabe esperar que, por pequeños que sean los nuevos espacios de libertad, en ellos tendrá más que ganar el ciudadano que el sátrapa.

Justo eso ocurrió durante el primer deshielo. Y por eso la vieja curia partidista mandó echar el freno incluso antes de que llegara Trump a la presidencia. El Partido Comunista quitó el timón de las manos a los tecnócratas y reformadores –esa novedosa zona del poder cubano, globalista y pragmática, con grados militares y un cinismo casi intachable– y presumiblemente los envió de vuelta a las sombras para seguir gestionando desde allí el capitalismo de Estado insular. El desmantelamiento de la política obamista y la vuelta con Trump al juego inútil y macabro de la Guerra Fría debió celebrarse en los búnkeres de lujo de la vieja guardia.

Entre diciembre de 2014 y el discurso habanero de Obama en la primavera de 2016, el periodo vertiginoso y más bien breve del deshielo, diversos colectivos ajenos a la oficialidad empezaron a proliferar y a reconocerse unos a otros. Gente insatisfecha se articuló alrededor de ideas y propósitos inevitablemente políticos. La diáspora volvió más que nunca a la isla y comenzó a darse un fenómeno de circularidad sobre la base de la reforma migratoria de 2013, uno de los ajustes previos al acercamiento bilateral. Aparecieron numerosos espacios de arte autónomos y se fundaron en la web varios diarios y revistas independientes. El Estado perdió desde entonces una parte acaso demasiado importante de su monopolio simbólico. Cuando la política cultural del castrismo intentó ponerse al día con la realidad económica mediante el decreto ley 349, un documento que actualizaba los mecanismos legales de censura, la disidencia cubana recibió una inyección de rostros nuevos, figuras jóvenes que no aceptaron otra imposición y paulatinamente fueron ganando un protagonismo vital. La ruta de concientización política y de activación de la sociedad civil cubana que llevó a San Isidro, al 27N y, finalmente, a las protestas del 11-J tiene, si no su punto de partida absoluto, sí un empalme fundamental en aquellos años.

Es hora de valorar en su justa medida la incidencia de la acción y la contestación ciudadana: cuando el régimen se ve obligado a reprimir a la vista de todos y a emitir condenas desproporcionadas y ejemplarizantes se está quebrando el velo del totalitarismo, la ilusión de absoluto y continuidad, y se está echando a correr el tiempo de lo político en tanto atributo del ciudadano.

Creemos en el reto dialéctico que trae consigo toda –incluso la más estrecha– apertura, plagada de riesgos y de nuevas exigencias políticas. Quienes se limitan a oponerse en bloque al Gobierno y desdeñan la ocupación de pequeños espacios de oportunidad política, la emergencia de modestas agendas liberadoras, a veces limitadas a comunidades específicas o colectivos puntuales, quienes desconocen los ritmos desiguales de concientización de los individuos en las condiciones altamente regimentadas de Cuba, y que la posibilidad de la deliberación y la actuación políticas depende habitualmente de un mínimo de satisfacción de las necesidades económicas básicas (mejor si por fuera del Estado), quienes solo esperan “tumbar” de una vez la dictadura, y refunfuñan contra Biden porque no decidió sellar todavía más esa caldera infernal que se supone sea la isla, se adscriben alegremente al pensamiento mágico.

En un estadio a puertas cerradas nadie juega mejor que ellos: los dueños del bate y la pelota durante más de 60 años. La caldera nunca terminará de estallar si ellos continúan regentando todas las válvulas: simbólicas, económicas, migratorias, militares.

Por otra parte, quizá habría que revisar el fondo moral de esa estrategia de oposición totalizante que receta, o bien aplaude, más sanciones y más aislamiento. Los poderosos nunca han dejado de vivir espléndidamente, y sin embargo las fatigas de las sanciones van a cumplirse tarde o temprano sobre la existencia de la gente común. Finalmente, las sanciones y el aislamiento funcionan a manera de coartada retórica y de combustible político imprescindibles para la reproducción del sistema.

Dicha forma de oposición o de activismo totalizante –y bienintencionado– apela en sus enunciados al ciudadano, pero a menudo no reconoce su agencia en los procesos sociales y concibe todo acontecimiento político –excepto los más inmediatos, como pueden ser el estallido social o la denuncia de una cuestión específica– como obra unívoca del poder estatal. Por ejemplo, se suele considerar la posibilidad de un nuevo “deshielo bilateral” como eso apenas, un escenario donde solo actúan los dos actores gubernamentales; de ahí se deriva, por supuesto, una postura candorosa y con tintes colonizadores que pide cuentas al Gobierno estadounidense y pretende –solo pretende– tirarle de las barbas a Biden, olvidando que cada presidente de aquel país toma sus decisiones, en primer lugar, según sus propios intereses de política interna. Esta actitud remeda, en cierto discurso opositor muy al uso, como si de un espejo invertido se tratase, la clásica dependencia retórica –vale decir, política– del régimen cubano con respecto al “Imperio”.

Finalmente, habría que señalar tal vez el enclaustramiento de ese modelo de oposición en un lenguaje mayormente reactivo, algo comprensible en las circunstancias descarnadamente represivas de los últimos años en Cuba, y que acaso también se debe en parte a la lógica espontánea, inmediata pero frágil, fugaz de las redes sociales. Aquí: si hay cientos de presos políticos, no puede haber antes más apertura que la libertad de aquellos. Nada más loable, si no fuera porque en ocasiones la libertad de los presos políticos, y la futura cancelación de la prisión política como posibilidad en la isla, se consigue precisamente ampliando pulgada a pulgada el círculo de libertad en que está parado el ciudadano que hoy no está tras las rejas. Nada más loable, si no se tratara de una instrumentalización de esos cuerpos presos para justificar una estrategia de mano dura que se ha revelado fallida a lo largo de seis décadas. Nada más loable, si en ese instante no se estuviera pasando por alto que el drama de Cuba es el drama de un país entero, y que esos presos, antes de estar en la cárcel, justo antes de salir el 11-J, eran esos mismos hombres y mujeres sin nombre –que se levantan para ir a estudiar o trabajar dentro del sistema, que viven en la pobreza material y en la desesperanza– que ahora se olvidan en nombre de los presos.

Pongamos una situación hipotética: una institución extranjera propone abrir una librería en La Habana; la librería pondrá a circular un número acotado, si bien nada despreciable, de libros y de autores que de otro modo no se publicarían en la isla; esos libros y esos autores deberán ser aceptados por el aparato oficial de la censura, que como sabemos actúa siempre muy lerdamente; esos libros y esos autores propagarán un número inmensurable de ideas e imágenes potencialmente subversivas, al tiempo que una parte importante de su precio irá con certeza a las arcas militares de quienes controlan todo en Cuba. ¿Quién piensa en los administradores de GAESA? ¿Quién piensa en el adolescente que acaba de llegar de provincias? ¿Quién piensa en el poeta que vive recluido en un país que yace fuera del circuito global de “los demasiados libros”?

Es el tipo de elección que a veces se plantea cuando miramos a Cuba. El efecto inmediato es el beneficio de una élite militar y/o burocrática; del otro lado se trata de un efecto más bien incalculable, imposible de rastrear en la psique del ciudadano, en la virtud de la República futura.

El deshielo vivido entre 2014 y 2016 también está ahí como aprendizaje, para que esbocemos una hoja de ruta crítica: cómo el poder muda su piel discursiva para adecuarse a las nuevas reglas del juego; qué dispositivos se activan o se actualizan –algo que no hemos dejado de ver en estos años– para contener toda probable deriva democrática; cómo se reengancha la élite política cubana a los flujos económicos globales; cómo se opera para despolitizar la iniciativa económica local y se coopta celebratoriamente la iniciativa privada a costa incluso de los derechos laborales; cómo quedan una vez más al margen de la corporativización estatal y de la sublimación del emprendimiento amplias zonas históricamente empobrecidas y racializadas de la población; cómo se vende el parque temático, ideológicamente exótico, a los turistas que nos visitan desde el futuro.

Conviene apostar por la configuración de un nuevo territorio para la creatividad política, y ello pasa por el aprovechamiento de las nuevas circunstancias bilaterales, sin abandonar la exigencia de justicia para las víctimas de la violencia política, y sin renunciar a la discusión pública en un momento cuya interpretación cabal, sin dudas, será más compleja. Una vez más parece un buen lugar para situarnos aquel de la empatía y la responsabilidad compartida para la generación de comunidad, de solidaridades, y de un ágora para la deliberación y la disputa de nuestras libertades frente a un orden tiránico.

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1 comentario

  1. Me he quedado muy asombrada con este texto por dos razones:
    1- Nos propone el deshielo 2 como oportunidad y no como «desgracia» aunque los que escriben creo estén informados que las medidas anunciadas por el presidente Biden, sólo benefician a la dictadura totalitaria para seguir manteniendo su aparato represivo y no a la población cubana. Mientras exista la dictadura totalitaria, todo capital que entre a la isla no llega a los ciudadanos, es robado porque todo los productores de bienes y servicios cubanos son rehenes gubernamentales. Las «reglas del juego» de la represión contra la ciudadanía ahora son ley escrita. No veo por ninguna parte la «desgracia» como posible oportunidad.
    2- Alude a la resignación del pasito de hormiga, frente a la debacle nacional acumulada de 63 años. Es como si frente a un tsunami, usted se presentara con toallas para secar a los que han sido mojados por el agua.
    No sé quién ha escrito esto, qué edades y formaciones tienen, y que información manejan sobre los últimos 63 años de Cuba, pero lo cierto es que de manera muy lamentable veo que no se proponen la exigencia nacional e internacional de presión con sanciones económicas y diplomáticas contra la dictadura para eliminar la dictadura totalitaria cubana, algo logrado contra el apartheid en Sudáfrica y contra el nazi Putin por su invasión a Ucrania, sino aceptar el pasito a pasito que proponen los gobiernos, desinformado Biden, atrincherado en retroceso la dictadura. Veo que estos ciudadanos que escriben se sienten muy desarmados y se puede entender, lo que es imposible de entender a esta altura es que dejen de exigirle a los gobiernos en primer y único lugar. Apaciguar a la sociedad civil hoy es una abierta traición a los ciudadanos cubanos dentro de las cárceles y fuera de ellas: Hay que tumbar la dictadura totalitaria cubana, ayer. Muy lamentable este texto.

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