Reconocer que el Gobierno norteamericano funciona desde una lógica ajena a la de la sociedad civil cubana, puede permitir vislumbrar qué ventanas de oportunidad pudieran abrirse en la nueva coyuntura.
Conviene apostar por la configuración de un nuevo territorio para la creatividad política, y ello pasa por el aprovechamiento de las nuevas circunstancias bilaterales, sin abandonar la exigencia de justicia para las víctimas de la violencia política.
La gerontocracia política de la democracia norteamericana que domina hoy las elecciones no parece estar dispuesta a mirarse al espejo y reconocer su pecado de origen.