Una fiesta divina: acerca de ‘Desolación’, de Cecilia Pavón

La sociedad nos escribe los poemas mientras no nos damos cuenta. Pero a Cecilia Pavón no. Ella barre como un monje shaolín y se encuentra siendo el poema; uno que suena hermoso, el único posible.

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Todo se construye y se destruye tan rápidamente.
Charly García, “Parte de la religión”

Los libros de Santos Locos me fascinan porque tienen la combinación justa de producto artesanal y de artefacto cercano, tan cuidado como práctico. El colofón dice: “Muchas gracias por leer. / Por leer esto. / Y por leer, / en general”, y por ahí va la idea: democratizar la lectura y poner a la poesía en la calle, devolverle algo de su condición de objeto que circula de mano en mano, que puede aparecer en una mochila, en una mesa de luz, en un bar. Por todo esto, no es extraño que Cecilia Pavón haya publicado su poemario Desolación (2026) en este sello. Una autora que desde los años noventa viene marcando huella, con una obra siempre cercana a la belleza de lo popular. Pavón hizo de esa cercanía una de sus formas de intervención: mirar lo que está alrededor y descubrir que ahí, justamente ahí, puede haber una literatura entera.

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Leerlo me alegró estas semanas. Poemas en los que vivir y escribir se superponen, como si se tratara de recortes, papelitos, stickers en un diario íntimo. Escenas donde barrer el departamento, escuchar la radio y “pensar” un poema suceden, simplemente, porque son fuente de belleza. La poesía no aparece necesariamente después de la vida, como una instancia superior que ordena aquello que ya ocurrió, sino mezclada con las cosas que ocurren.

Para escribir así hay que aprender de lo sencillo, o (más difícil todavía) desarmar la afectada y pedante educación del yo exitista. Dejar de pensar que cada gesto debe justificar su importancia, que cada experiencia necesita convertirse en mercancía. Para Pavón, muchas veces, el poema parece surgir cuando esa exigencia desaparece. Una actividad doméstica, una caminata, una conversación, una frase escuchada al pasar pueden alcanzar para poner en movimiento la escritura. Lo que construye la magia de Desolación es justamente esa confianza: no hace falta ir demasiado lejos para encontrar un poema; puede ser suficiente con mirar de otro modo aquello que ya tenemos enfrente.

La sociedad nos escribe los poemas mientras no nos damos cuenta. Pero a Cecilia Pavón no. Ella barre como un monje shaolín y se encuentra siendo el poema; uno que suena hermoso, el único posible: “desde que tengo memoria la poesía para mí fue una carta de amor a la música / (love letter)”. Estos versos funcionan también como una pequeña poética. La poesía como carta de amor a la música supone una escritura que no busca únicamente significar, explicar o transmitir una idea, sino producir una vibración. Hay algo musical en el modo en que estos poemas avanzan, en sus cortes y en sus asociaciones. ¿Será por eso por lo que la lectura de Desolación tiene algo de paseo? Uno no avanza solamente para llegar a algún lugar, sino para encontrarse con aquello que aparece en el camino.

En “mi nuevo estilo”, la poeta planta la bandera de la novedad, pero no como avance técnico sino como amor por lo que llega. La diferencia es importante. Lo nuevo no aparece acá como una conquista, como aquello que debe superar necesariamente lo anterior, sino como una posibilidad de estar disponible. Una forma de curiosidad (¿tal vez el valor heroico del futuro?). Una disposición a dejar que algo todavía desconocido modifique nuestra manera de mirar.

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Es una postura política sobre lo sensible, más compleja de lo que puede parecer en una primera lectura. Porque recibir lo nuevo implica también renunciar a cierta comodidad: abandonar las categorías con las que ya sabemos qué nos gusta, qué vale, qué es poesía y qué no. Otra vez, como para abrazar lo sencillo, tenemos que estar dispuestos a abandonar la piel cómoda de lo preconstruido, de lo ya habilitado.

…y cada vez que hable
con otra artista
en alguna fiesta
le voy a decir
que dios quiere que mienta
porque la mentira es lo único divino
y esa es nuestra única religión

La mentira, pueden advertirlo rápidamente al explorar la obra, es la ficción. Es la posibilidad de soñar con palabras, de hacer sueños con palabras, y habitarlos. Qué más divino. Qué más cierto y nuevo que la experiencia autoconstruida. La literatura nos devuelve, en el mejor de los casos, a esa zona de la infancia en la que no había demasiada diferencia entre leer y vivir: podíamos entrar en La isla del tesoro y pasar la tarde bajo el sol de una isla que no existía, o correr junto a Huck Finn por una rivera que estaba a miles de kilómetros de nuestra casa. No necesitábamos creer que esos lugares eran reales: bastaba con habitarlos. La ficción tenía entonces una capacidad de transformación absoluta; una página podía convertirse en paisaje, aventura, peligro, amistad. La poesía nos permite recuperar algo de esa disposición perdida, volver a la fiesta en la que nos reencontramos.

También es este un libro de caminos. De calles y soles: “qué lindo es pasear / en medio de la desolación / y atesorar esta línea en mi mente”. Me interesa especialmente ese desplazamiento: la desolación no necesariamente conduce al encierro. También puede ser el territorio por el que se camina. Hay algo extraño y hermoso en pasear por la desolación y, al mismo tiempo, guardar una línea en la memoria. Como si incluso aquello que nombramos con una palabra oscura pudiera ser atravesado con una disposición distinta, casi turística, casi alegre. La poesía aparece entonces no para eliminar la desolación, sino para hacerla transitable.

¿En qué pensamos al saborear la palabra desolación? ¿Es una palabra contraria a lo nuevo? ¿O acaso lo nuevo siempre contiene una pequeña dosis de desolación porque supone abandonar algo que conocíamos? ¿Qué queda cuando dejamos atrás una forma anterior de nosotros mismos? Solo tengo preguntas (sirven para seguir escribiendo).

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Es esta otra de las virtudes del libro: no clausura demasiado rápido las cosas que abre. Sus poemas parecen saber que explicar demasiado puede ser una forma de empobrecer. La lectura continúa después del poema, en esa zona imprecisa donde una frase empieza a mezclarse con algo de nuestra propia vida. Poemas fantasiosos, poemas exagerados, poemas de provincia, poemas sencillos, poemas ropa. Categorías que el sujeto poético transita al pensar en su propia escritura: formas de autonombrarse, formas de jugar con la idea misma de qué puede ser un poema. ¿Un poema fantasioso? ¿Un poema de provincia? ¿Un poema ropa? Las categorías aparecen y enseguida se vuelven inestables. Son parte de una operación mayor: aun cuando lo dicho toma forma de aseveración, es en el fondo una invitación a la diferencia. También es la fortaleza de decir lo propio. Y de tener algo propio que decir. Ciertas “definiciones” funcionan como origamis que pueden volver a doblarse en múltiples formas. Veamos, para comprenderlo, este poema sensacional que vale la pena citar completo:

bonafide de belgrano y sánchez de loria

recorrí los caminos de mi antigua vida para ver si todavía existía
vine al café que venía siempre
y lo único que existía eran las canciones de la radio
cuando estaba pensando en esto
(o en realidad en otra cosa)
a la chica que me estaba haciendo el café se le cayó todo de las
manos
y oí sobre el piso el estruendo del metal
yo le decía a alguien con la mente “vení”
y del otro lado de la avenida belgrano una mujer vestida de blanco
le hacía un gesto con la mano a un hombre que estaba en la vereda
para que se acercara
es rara la arquitectura del cosmos
es rara la poesía
en realidad no tengo idea de qué es
pero voy a intentar una definición:
la poesía es tocar una única nota para el resto de tu vida
tocar una única nota para siempre y nada más

Poemas que se parecen a El Cielo, una tienda “en la peatonal san martín”. El Cielo como nombre propio y como promesa, pero también como lugar concreto, como algo que puede encontrarse caminando por una avenida cualquiera. Hay en ese desplazamiento una operación muy propia: bajar una palabra enorme a la escala de las cosas. El cielo puede estar arriba, pero también puede ser un local al que entramos después de caminar unas cuadras.

Hacia allá vamos. Tal vez todo el libro pueda leerse como ese movimiento: ir hacia un lugar que ya conocíamos y, sin embargo, encontrarlo de otra manera. Volver sobre las palabras habituales para descubrir que todavía tienen algo que decirnos. Hacer de lo cotidiano una zona de resguardo de la sensibilidad.

Ya podemos hacer lo nuevo. No hace falta que nadie nos bendiga. Creo que tampoco hace falta saber exactamente qué significa “lo nuevo”. Alcanza con estar dispuestos a reconocerlo cuando aparece: en una frase, en una caminata, en una canción, en una tarea doméstica, en una mentira, en una tienda de ropa, en un poema que decide no decir la verdad. Desolación parece decirnos que la poesía puede estar ahí, mezclada con todo eso, esperando que alguien la mire con necesidad.

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DIEGO L. GARCÍA
DIEGO L. GARCÍA
Diego L. García (Berazategui, Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras por la UNLP. Escribe crítica y poesía. Entre sus libros figuran Fin del enigma (Ediber, Argentina, 2011), Esa trampa de ver (Añosluz, Argentina, 2016), Una voz hervida (Jámpster ebooks, Chile, 2017), Una cuestión de diseño (Barnacle, Argentina, 2018), (Fotografías) (Zindo & Gafuri, Argentina, 2018) y Las calles nevadas (Barnacle, Argentina, 2020). Forma parte de la antología de poesía latinoamericana País imaginario: escrituras y transtextos 1980-1992 (Ay del Seis, Madrid, 2018). Colabora en diversas revistas literarias con reseñas, traducciones y artículos críticos.

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