'Narciso y Eco', Geandy Pavón
'Narciso y Eco', Geandy Pavón

Introducción

ahora vemos en un espejo, en enigmas.
Pablo de Tarso, Corintios

La figura tutelar de este libro*, como indica su título, es Narciso. No el que se ve a sí mismo en todo lo que mira y que convirtió en tendencia un freudismo pop, sino aquel que rememora Ovidio, el que descubre en una fuente lo que sus ojos le ocultan: el propio rostro y lo que se yergue en el dorso de su mirada.

Quien escribe este libro, como Narciso, especula. Piensa a través de reflejos, sombras e imágenes. Intenta por este medio asomarse a lo que ninguna reflexión puede dilucidar: la espalda del mundo, el antecedente que sostiene a toda mirada. La obra de arte vive en un interregno temporal, entre el ya y el aún no –a esta carencia de aquí y ahora le llamaba Levinas entretiempo–, entre lo que eternamente acaba de pasar y lo que siempre está por acontecer. La imagen abre las puertas del pensamiento a aquello que no comparece ante ninguna conciencia, lo que no es fenómeno. Lo que se sitúa antes y fuera del mundo, o después y más allá de él, solo puede ser pensado en tiempo de imagen.

Narciso. Alegoría moral sobre la muerte y la especulación

spem sine corpore amat, corpus putat esse, quod umbra est (417)
(esperanza sin cuerpo ama, piensa que es cuerpo lo que sombra es).
Ovidio, Metamorfosis III

Según el sabio, el error de Narciso
no era perseguir una sombra, sino querer aprehenderse
y comprenderse como una imagen, como una imitación
perfecta de su idea, como su icono.
Massimo Cacciari, “Narciso, o de la pintura”, El dios que baila

En la versión del mito que cuenta Ovidio, lo primero que sabemos de Narciso, por boca de Tiresias, es una profecía: solo llegará a viejo si no alcanza a conocerse. La fórmula que utiliza Tiresias en el texto latino ―si se non noverit― es una variante del nosce te ipsum (conócete a ti mismo), la célebre inscripción délfica que Sócrates colocó en el centro del ejercicio filosófico. La variable del “conócete a ti mismo” que se activa a través de la figura de Narciso solo se puede alcanzar, como se verá muy pronto, por espejo y en enigma.

El mito de Narciso ata en una sola historia la muerte y la especulación.

Pero si se quiere ser exacto, y esto lo ignoran casi todos los exégetas de este mito, hay que aclarar que la historia de Narciso es parte de la historia de Tiresias.

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Tiresias, antes de ser profeta, era un experto en el deseo, pues primero había sido hombre, luego mujer, y más tarde había recobrado su condición masculina. A él acudió Zeus cuando trataba de dirimir una disputa con Hera sobre quién tenía mayor placer erótico las mujeres o los hombres. Tiresias contestó que las mujeres y Hera, irritada por eso, le quitó el sentido de la visión. Zeus, en compensación, le regaló el don de la profecía. La dádiva que le fue otorgada a Tiresias constituye un más allá del principio que rige el placer; y aquí, como en Freud, el más allá remite a un momento primario, primitivo, radicalmente arcaico. Queda planteada la paradoja: el futuro solo se le abre a lo más primitivo, a lo incontestablemente primordial y arcaico; lo ancestral no tiene lengua propia, solo habla a través del lenguaje de la profecía.

Puede predecir lo que pasará, leer en lo que no ha sido escrito, según esta historia, quien es incapaz de dar cuenta de lo que tiene delante de sus ojos y, a la vez, conoce todas las formas del deseo.

La historia de Narciso se cuenta para demostrarnos, primero, cómo se cumple el enigma de una profecía que, a primera vista, parecería banal. Si el tipo de conocimiento al que se refiere Tiresias es un conocimiento profundo, un conocimiento auténtico, Narciso llegará a la vejez sin mucho percance ya que nadie alcanza ese tipo de saber. Si se habla del conocimiento más o menos superficial que tenemos todos los humanos sobre nosotros mismos, entonces Narciso morirá muy joven, apenas empiece a tener alguna idea de quién es. En ambos casos, la profecía parece inútil.

Pero, ¿qué se intenta revelar entonces?

El mito de Narciso cuenta la historia de dos formas de veto al conocimiento.

La historia de Eco, que los dioses condenan a no poder expresar nunca lo que piensa, porque solo puede repetir lo que otros dicen. La historia de un personaje cuya voz es solo exterior, reflejo de lo que escucha en otros pero nunca de su propio mundo. La pérdida de la voz propia –causa de su muerte– arrastra al cuerpo. Eco pierde dos de los anclajes esenciales que tiene la vida humana: el cuerpo y la voz interior, emblemas de la conciencia.

Si el cuerpo de Eco se deshace en múltiples voces, la imagen que descubre Narciso en la fuente no puede ser incorporada en ninguno. Narciso que prefería morir antes que dejarse atrapar y satisfacer el goce ajeno, muere porque es incapaz de asir a lo único que ama: lo que es más suyo pero solo los otros han podido ver, su propio rostro.

El veto al conocimiento ocurre en cada uno de estos personajes de modo diferente y en una irónica relación con el espejo. Quien es solo espejo acústico, nunca podrá reconocerse en su propia voz; quien puede poseer todo lo que ve, porque todos lo aman, porque es deseado por todos, sean hombres o mujeres, no puede descubrirse, ni poseer la imagen propia, lo que termina costándole la vida, como había profetizado Tiresias. No se puede gozar de lo que solo a uno le pertenece.

Eco, de tanto ser espejo y reflejo del mundo, no puede reflexionar, encontrarle una resonancia interna a su voz. Narciso, de tanto mirarse, no puede conocer la imagen que lo refleja: de tanto reflexionar nunca descubre su espejo. Quien logra ser idéntica a los otros, ser un puro reflejo del mundo, no tiene nada propio, interior; quien solo mira hacia dentro, no puede reconocerse en aquello que solo ha visto en los otros, un rostro. Reflejar el mundo y reflexionar sobre él –el inglés intenta reconciliar estas dos tareas incompatibles al usar el mismo verbo para ellas: reflect— son tareas que si se intentan al unísono pueden acarrear la muerte.

Más allá del principio

La muerte es el lado de la vida que no da hacia nosotros,
el lado que no está iluminado
Rainer Maria Rilke, “Carta a Witold Hulewicz”

no podemos “sorprender” al objeto “por detrás”, de modo
de saber que sería en el mismo: lo que significa que no
podemos conocer nada que esté más allá de nuestra
relación con el mundo.
Quentin Meillassoux, Después de la finitud

La muerte es el revés oscuro que necesita el espejo
para que podamos ver algo en él.
Samuel Butler

No hay excepción al principio, pero hay un residuo irreductible al principio.
No hay nada contrario al principio, pero hay algo exterior,
y heterogéneo al principio: un más allá…
Deleuze, Lo frío y lo cruel. Presentación de Sacher-Masoch

Lo que interesa aquí es el antes y el después del síntoma, Narciso y no el narcisismo. El narcisismo, el síntoma que se construye a partir de la figura de Narciso, borra muchas de las mejores posibilidades de pensamiento que se esbozan en el mito. Por ejemplo, la irreconciliable tensión que hay entre el reflejo, la reflexión y la mirada. El reflejo es posible porque se produce una opacidad respecto a la transparencia. La transparencia le otorga un carácter transitivo a la mirada. La mirada atraviesa su obstáculo y ve lo que tiene delante de sí. El reflejo deja ver el trasfondo —background sería la palabra que mejor describe lo que quiero decir, porque no se trata solo del trasfondo sino también del antecedente de la mirada– y el rostro de la mirada, aquello que no vemos cuando vemos.

El reflejo, sea en el espejo o en una superficie líquida, obstaculiza la transparencia. No se puede ver a través suyo, pero sí puede observarse en él lo invisible en el mirar: verse a uno mismo mirando y captar el revés de la mirada, su dorso. Quien ve un reflejo se enfrenta con un estorbo a la transparencia que le permitía mirar el mundo, pero gracias a ese impedimento descubre a quien mira en su mirada y al universo que lo sostenía, lo que se situaba detrás de todo lo que se podía ver.

Narciso no puede convertir en sí mismo lo que ve en la fuente, su reflejo. En esa tensión entre no reconocerse en su reflejo y no poder asir su propia imagen está la clave de su mortalidad.

En el reflejo solo se puede ver aquello que nunca se tiene delante de los ojos: la cara desde la que se mira al mundo. El reflejo convierte en imagen lo que ningún punto de vista, perspectiva, puede incluir: la espalda de las cosas. Todo lo que está detrás, tanto desde un ángulo espacial como temporal, en la relación sujeto-mundo. Lo que ve Narciso en la fuente, según el texto de Ovidio es una umbra (una sombra, un simulacro). En la superficie líquida comparece como imagen aquello que no puede presentarse porque siempre ocurre fuera de la perspectiva desde la que esa instancia radical ante la que aparecen los fenómenos –la conciencia, el cogito, el sujeto, el Dasein— se sitúa en el mundo y se hace uno con él. Comparece como reflejo aquello que nunca puede aparecer como fenómeno ante una conciencia: el punto ciego que sostiene toda perspectiva.

Quien reflexiona, quien mira al que mira y a su reflejo, no solo suspende la transparencia, lo que se tiene delante, sino que también pone en vilo el obstáculo que hacía posible el reflejo, que dejaba ver lo que se tiene detrás, lo abierto que sostiene su perspectiva. Mira dentro de su mirada. El que reflexiona se coloca en ese punto que divide al reflejo de la mirada, a lo que se tiene delante de lo que se tiene detrás, al horizonte de la espalda del mundo.

Pero esa atalaya desde la que se observa tanto el horizonte de la mirada como la espalda del mundo, la autorreflexión, es solo una utopía del pensamiento. El obispo de Hipona, en su tratado De Trinitrate, afirma: “Llama [el apóstol Pablo] especulantes a los que ven en un espejo y no a los que otean el panorama desde una atalaya”. El mito de Narciso incita a que se narre la historia del pensamiento a través de los especulantes.

Cuando se intenta contar la historia del pensamiento a través de la reflexión se propone definir un principio (un arjé) que postula el origen de la división entre el panorama que abarca la mirada y esa zona de lo real que queda a sus espaldas. El que reflexiona solo mira su mirar y se supone que esto le permite aprehender el punto imaginario donde la perspectiva propia y el resto del Cosmos se juntan. Esto permite proponer una relación inmediata con ese punto sin antes ni después, sin delante ni detrás: la presencia absoluta. Esta presencia absoluta es la que se erige como principio a partir del cual se constituye la legitimidad y legibilidad de todo lo existente.

Otra es la historia que cuenta el mito de Narciso.

Al descubrirse a sí mismo como imagen, Narciso ve tanto el órgano que hace posible el mirar, los ojos, como el rostro que los sostiene, aquello que solo los otros pueden observar pero gracias a lo cual somos identificados. La mirada no puede incluir, tematizar, convertir en presencia, en fenómeno, lo que la posibilita. Solo el reflejo hace visible la potencia que sostiene al mirar. Pero no solo eso, en el reflejo se descubre también la imposibilidad que ningún origen puede incluir, comprender, dominar: la espalda del mundo. Las fuerzas que se abren cuando se vislumbra lo que ninguna conciencia puede tematizar como parte de la relación sujeto-mundo que la constituye; el antes, el más allá del principio. Allí se atisba lo que podría ser el universo cuando ya no se esté en él o antes de entrar al mismo.

Ir más allá del síntoma conlleva toparse con esa fuerza regresiva que nos lanza a lo primitivo, a lo que está más allá del origen. Es eso lo que definió Freud como pulsión de muerte en un libro que se escribía mientras Austria se había inundado con los cadáveres de la primera gran guerra europea y su hija Sofía moría de lo que en aquella época se conoció como la gripe española. Todo arjé, aclara Freud en Más allá del principio del placer, incluido el homónimo principio que reúne a todos los síntomas, funda un origen, inaugura un dominio y define un horizonte, el mundo. La pulsión de muerte nos hala hacia lo que estaba antes de ese principio. La pulsión de muerte –que solo comparece, al igual que la imagen, como repetición, sin un original que la certifique– es la inercia que nos devuelve a lo previo a todo arjé. A través de la pulsión de muerte se expresa el impulso de regresar a lo inanimado, lo inorgánico, que late en todo lo vivo. Las pulsiones, como dice Freud en el texto ya citado, son rodeos, desvíos para llegar a la muerte (“diese Umwege zum Tode”). Esto distingue la dimensión orgánica de la muerte, de la experiencia de la mortalidad –la conciencia de la muerte propia y de la ajena–, que define la dimensión ontológica o metafísica de los humanos como seres finitos.

A la especulación, entonces, se accede a través de uno de los tantos escenarios claustrofóbicos que la filosofía utiliza para definir el pensamiento. Resulta difícil imaginar un encierro más perfecto que el que se propone a través del mito de Narciso, quien muere absorbido por su propio rostro, quien solo tiene ojos para sí mismo. Sin embargo, a diferencia de quien reflexiona, el especulante se descubre en algo de lo que nunca puede apropiarse, la imagen evanescente de su cara, y al descubrirse allí vislumbra lo que nada ni nadie puede cerrar: la absoluta contingencia de lo abierto, aquello que ningún mundo, con su conciencia correspondiente, puede incluir.

Conclusión

La desaparición del ser humano de la imagen que él se hace teóricamente del mundo a medida que esa imagen se completa o simplemente se amplía tiene algo del gran proceso mítico que Freud describió o relató bajo el rótulo de pulsión de muerte.
Hans Blumenberg, Descripción del ser humano

Cada uno de los ensayos aquí reunidos construye su propio escenario para el pensamiento. Se baila a través de ellos con la melodía de una idea. Cuando se interroga a los textos que comparecen en este libro –sean artísticos, filosóficos o literarios– se apuesta por la capacidad de revelación que tienen los mismos. La suspicacia –la actitud interpretativa que domina a una época demasiado convencida de sí misma y de los delitos y fallas de la tradición– está ausente de estas páginas. Lo que conocemos de nuestro propio rostro y lo que se esconde detrás de él es materia de opinión –lo único que sabemos es lo que nos dicen los otros– o de imagen. Un saber hecho solo de doxas es pura sofística y retórica, pero el que se hace a partir de imágenes asume el carácter de la especulación. En este texto se aspira a pensar por y a través de las imágenes.

El monopolio de la presencia, el presente, lo actual inherente a la autorreflexión como figura rectora del pensamiento, cede su espacio en este libro a la especulación donde el simulacro abre las puertas de la percepción a lo que se sitúa antes o más allá de la relación sujeto-objeto, que trazó el perímetro de lo real en la episteme moderna. La negación de la presencia como locus privilegiado del pensamiento –contrario a lo que pensaba la deconstrucción– es la condición necesaria para que se anuncie la potencia de lo absoluto. A través de la imagen –cuya presencia siempre es vicaria porque alude a lo ausente– lo absoluto se expresa. No hay nada necesariamente emancipador en la irrupción de lo absoluto, lo que no se dejó ligar y domeñar por el arjé, por el principio, contiene tanto fuerzas liberadoras como destructivas. De esta apuesta hermenéutico-interpretativa se derivan las tres líneas temáticas que se despliegan en este libro: 1- Diferentes modos de situarse ante el origen y de avizorar lo ilimitado. 2- La relación que existe entre lo inteligible, la forma, el arquetipo de toda presencia, y lo que vive o merodea en la intemperie del sentido, 3- La hospitalidad y la piedad como las modalidades ético-afectivas que sirven para mediar entre el anhelo de arraigo inherente a lo humano y su carencia de hábitat natural o residencia nativa.

Dos son los retos que asume este libro. Uno: hay que tratar de pensar, de ser, en un universo que no está hecho a nuestra medida. Tal y como aclara la cita de Blumenberg que coloco como lema de esta sección, el conocimiento del universo crece, pero el humano no se reconoce en el mismo; no se siente reflejado en el mundo que su conocimiento ha construido. Hay pulsión de muerte porque el universo que el propio saber humano ha construido no sabe que estamos aquí, que somos parte de él. La pulsión de muerte es el verdadero giro copernicano. Dos: hay que aprender a habitar, a estar, en un espacio donde la autoctonía, que sostenía el origen, se ha desvanecido. Esto no supone una adhesión al cosmopolitismo o al nomadismo, como ocurre en el pensamiento contemporáneo. De lo que se trata es de reinventar el arraigo, volver a dotar de sentido al genius loci, a partir de la conciencia de que se carece de un espacio propio, de un suelo natal.


* Este texto es el prefacio al libro El modo de Narciso. Especulaciones estéticas, Editorial Casa Vacía, Vermont, 2023. El filósofo español Javier Gomá Lanzón ha escrito las siguientes palabras sobre esta obra: “Son dieciséis ensayos cortos sobre obras de literatos muertos (Homero, el autor de La Celestina, Poe, Mallarmé, Rubén Darío, Borges) y de artistas visuales vivos (pintores, fotógrafos, un documentalista). La aproximación de Brioso es filosófica, pero el tema que elige es una obra de arte: una unidad concreta, nimbada de halo estético, resistente a su conceptualización. Esta disparidad resulta extraordinariamente creadora y envuelve el libro de un aroma de misterio, como si imitase la cadencia primaria de la vida –dinámica, atómica, vibrante–, o como si el lector fuera llevado de la mano por el pensamiento ante algo previo al pensamiento mismo. Brioso no quiere codificar las obras ni hallarles una preceptiva. Prefiere inducir con sus palabras mágicas a que cada una de ellas acontezca ante el lector y libere su verdad indecible. El resultado es un estilo filosófico de gran belleza que se hace poético por el tacto que demuestra ante la flor que toma entre sus dedos. Cada obra es un espejo (speculum) de la subjetividad que la creó y por eso los ensayos son especulaciones de lo concreto del arte. Congruentemente, para explicar esta manera concreto-artística de pensar el prefacio recurre al mito: Narciso, Eco. Toda cuadra sin constituir un orden. Uno recomendaría al lector que, abandonando la razón calculadora, se dejara llevar por la fuerza de la prosa mítica de Brioso y lo acompañara en sus desvelamientos. Un libro para fluir y fruir”.

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Jorge Brioso. Catedrático de literatura peninsular y latinoamericana en Carleton College. Ha publicado El privilegio de pensar (Casa Vacía, 2020). Ha traducido y editado la poesía y los ensayos de José Lezama Lima junto con James Irby en el volumen A Poetic Order of Excess (Green Integer, 2019).

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