En uno de sus más lúcidos ensayos, Donde crece el peligro (2024), el escritor colombiano William Ospina (Tolima, 1954) alerta sobre la amenaza que representa, no solo el cambio climático y el saqueo de la naturaleza, sino la deshumanización del orden social. Critica la conversión de todas las cosas en mercancías, el envenenamiento de los manantiales y la subordinación del ser humano a un frío sistema de algoritmos inexorables; sin embargo, se aferra como tabla de náufrago a una frase de Hölderlin, que le da esperanza: “allí donde crece el peligro, también crece lo que nos salva”.
Es uno de los novelistas más reconocidos de habla hispana, ganador del premio Rómulo Gallegos de 2009 por El país de la canela, segunda obra de ficción de una serie de tres sobre la conquista de América, iniciada con Ursúa y concluida con La serpiente sin ojos. Considerado un poeta de culto en Colombia, es también un aclamado ensayista, del otro lado de las tribus obsesionadas con desaparecer a quien piense diferente.
Ospina celebra este año el aniversario cuarenta de la publicación de su primer libro, el poemario Hilo de arena. El autor de 32 años que era entonces hoy es un hombre de 72 con movimientos ágiles, una arrolladora capacidad creativa, y dueño de una de las obras de más versatilidad en la literatura latinoamericana.
Ha pasado unos días en Medellín, donde participó en la Feria del Libro. Horas antes de abandonar la ciudad, acepta un café para hablar del mundo de hoy y de literatura.
En varios de sus libros, usted enfatiza en la dolorosa realidad de nuestros tiempos, ¿Le inquieta la polaridad?
Yo más bien diría que la polaridad es necesaria. Grave sería el mundo si todos pensáramos igual. El error es que la política tiende a crear la ilusión de que existen dos polos, uno de los cuales es la verdad y el otro es el error. Conviene enfrentarlos porque eso es útil para los políticos, pero el error y la verdad están minuciosamente repartidos en el mundo; no hay un bando que tenga la verdad y otro, el error. Por eso a menudo insisto en que la luz va con uno mismo, lo cual me hace estar de acuerdo con Cristo
¿En qué sentido?
Yo no soy religioso; no pertenezco a una iglesia, ni creo en los dogmas ni en pontífices ni en cleros, pero a mí me gusta Cristo poéticamente hablando. Me gusta su doctrina, me gustan sus parábolas, la forma cómo contraría la lógica de los tribunales del mundo, según la cual, unos seres juzgan y otros son juzgados. Cristo nunca pensó en eso, dice, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. No viene a advertirnos del mal en el otro, sino el que hay en nosotros porque si algo necesita el ser humano, es una mirada crítica sobre sí mismo, mucho más que sobre los demás. A veces creemos ser muy sabios, muy diestros, superiores, y ahí es donde nacen las tiranías, las guerras. No se puede militar con la idea de que el otro está permanentemente equivocado y que uno tiene la verdad.
¿Ve algún líder mundial al frente de algún país en este momento?
El hecho de que no lo haya lo veo con agrado porque, por ejemplo, una cultura como la latinoamericana, que yo siento muy vital, vigorosa, con cosas nuevas para el mundo, no lo logra porque haya algún liderazgo, ni individual ni de algunos sectores, sino porque hay una pluralidad tal porque todo el mundo en todos los campos tiene un margen de iniciativas, de cierta autonomía. Colombia es un ejemplo extremo; hay demasiada libertad, tanta que cualquiera es libre de matar a otro en una esquina. Pero esa libertad, tan dañina en tantas cosas, es también un fermento de muchas aventuras históricas.
¿Cómo aplica eso en un país como Cuba?
Lo que yo veo con más dolor en el caso de Cuba es que, a veces con las mejores intenciones, se le ha cortado las alas a los individuos. Y una sociedad que hace eso está frustrando a generaciones enteras porque a los seres humanos no hay que salvarlos de sí mismos; hay que permitirles equivocarse. La sociedad cubana ha sido paralizada, pero veo de manera más negativa el modo cómo crece la colombiana, con tanto crimen, tanto sicariato, tanta maldad. Yo en Cuba nunca vi, a nivel social, fenómenos tan graves. Aunque pienso, por supuesto, que hace falta mucha libertad. Las cárceles no pueden ser la solución para nada. A mí la frase, “dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada”, me parece peligrosa. Vulnera la libertad que, por lo menos para nosotros los occidentales, es fundamental. Como decía mi maestro Hörderlin, siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, se ha construido su infierno.
¿Imagina alguna alternativa?
Yo alguna vez pensé que una de las maneras de deshielo entre Cuba y Estados Unidos –por supuesto, no en tiempos de Trump– podía ser que algunos de los edificios de los muelles de La Habana, muy hermosos pero abandonados, los convirtieran en museo Guggenheim, una cosa que no es la política, sino la cultura, el arte de Estados Unidos. Abrir una filial en La Habana, como abrieron la de Bilbao, tener un museo Guggenheim de La Habana, sería un motivo de peregrinación a Cuba, una cosa maravillosa.
La pregunta es si algo así le interesa al Gobierno de Cuba. Cuando fue Obama, el presidente cubano no lo recibió en el aeropuerto y horas después Fidel Castro escribió una columna diciendo que era el enemigo…
Pero Cuba se benefició mucho de Obama. Es una lástima que Biden no haya continuado con la política de Obama. Parece que los demócratas ahí se equivocaron ingenuamente y fue una de las razones del regreso de Trump. Buena parte de las cosas con las que culpamos a Trump, ya habían comenzado en tiempos de Biden. Hay que descubrir cuáles son las cosas que beneficien a la gente y se resuelvan los problemas.
Al parecer, eso no le interesa a nadie…
Porque el poder es demasiado egoísta.
¿Cómo cambia con el tiempo el proceso de creación?
En mi caso el cambio es grande, pero no abrupto porque casi siempre de un libro mío, nace otro. Es decir, estoy haciendo un libro y ese engendra el siguiente; no hay una ruptura con el anterior. Después de mucho tiempo de estar leyendo y escribiendo solo poemas, un día empecé a sentir la necesidad de escribir ensayos para reflexionar sobre lo leído. Después de esos ensayos, empecé a interrogarme sobre América Latina, sobre la memoria del continente, sobre la literatura continental.
¿Escribe siempre en el mismo lugar y a la misma hora?
Yo no tengo disciplina, pero a cambio de eso tengo una obsesión. Yo me obsesiono con los temas y ahí se me olvida comer, dormir y mi vida se vuelve un desorden, aunque un desorden fecundo. También me pasa que estoy escribiendo una novela, voy por la mitad y un día la dejo. Después me culpo, digo, debería estar trabajando, esto es una negligencia. Me reprocho, me regaño, dejo pasar 15 días, un mes o más tiempo sin volver al libro. Al principio me torturaba, pero después he entendido que, al regresar a escribir, descubro que formaba parte del trabajo, una distancia inconsciente porque cuando vuelvo, encuentro soluciones y avances.
¿Tiene algún ritual o superstición?
Yo diría que me estimula la incomodidad. Es decir, si estoy en la mesa con el cuaderno abierto, con todo ordenado, me es más difícil escribir que si estoy sentado en la cama con un cuaderno en la mano y un poquito torcido. En ese caso, me salen más fácil las cosas.
Usted escribe novelas, cuentos, ensayos, poesía. ¿Cómo cambia el proceso de acuerdo con el género?
Ahora para mí lo más fácil es escribir poesía porque ya no la busco, no me obligo, no me esfuerzo. En otros tiempos, sentía que tenía que escribir el poema, que debía luchar con las palabras; ahora escribo cuando el poema llega. Si aparece a las tres de la madrugada, me levanto y lo escribo; a mano casi siempre. La poesía suelo escribirla a mano. Los artículos de prensa, también. A mí me gusta mucho escribir a mano; tengo muchos cuadernos, escribo o dibujo, pero estoy todo el tiempo ocupando la mano. La principal diferencia entre escribir poemas y escribir ensayos o novelas es que uno no se puede imponer la escritura de un poema. Para mí, el poema tiene que llegar; yo solamente escucho y ayudo a que el poema se elabore. En cambio, sí me puedo proponer escribir un ensayo y alguien me puede proponer escribirlo y decirme el tema. Yo sabré si acepto o no. Ahí hay un margen mayor de voluntad y de trabajo consciente. Con las novelas es algo a medias, no me pueden imponer el tema, pero yo sí me puedo aplicar. Hay una parte que brota de mí y otra que me toca investigar, buscar, documentar.
En su prosa hay música ¿cuenta las sílabas de sus textos?
Bueno, digamos que identificar un endecasílabo cuando uno tiene cierta familiaridad con la tradición poética es fácil. Saber qué es un alejandrino, también. Por lo general uno no necesita contar las sílabas porque uno sabe cómo suena, pero yo nunca he sido un vanguardista que piense que eso de la rima y el metro quedaron atrás. A mí me parece que son recursos que siguen siendo válidos; han existido durante tanto tiempo que la humanidad no va a renunciar a ellos fácilmente. Me ha sorprendido en esta época, en la que la poesía tendió a desprenderse de la tradición popular, volverse erudita, vanguardista hermética y de iniciados, que algunos jóvenes músicos que no han tenido contacto con la gran tradición literaria han vuelto a descubrir que necesitan la rima y la métrica. Se les nota que no están familiarizados con Rubén Darío, ni con Leopoldo Lugones ni con León de Greiff ni con nadie. Creen que están inventando la rima porque no saben la tradición enorme que hay, pero sienten esa necesidad, una necesidad humana que no nos va a abandonar tan fácil.
Canción para los peces de la luna, la reciente pieza con la cual usted ha regresado a la poesía, es, según el crítico Dasso Saldívar, un árbol frondoso que se bifurca en múltiples sentidos ¿cómo salió el poema?
Salió de un tirón, en un solo día. Lo que pasa es que, en días anteriores, yo estaba sintiendo una música en la cabeza y me pareció que era una música de una sonoridad, un ritmo que no me parecía familiar y en algún momento me dije: con ese ritmo yo podría decir cosas que siempre he necesitado decir y nunca he dicho. Pasaron dos días para descubrir que ese ritmo tan poco familiar era de endecasílabos. Yo dije, no son más que endecasílabos, pero más elásticos, menos rígidos, menos repetitivos; tienen distintas cadencias posibles. Empecé a escribir y sentí que había encontrado la frase, el ritmo y todo empezó a brotar casi automáticamente. Disfruté mucho esa escritura. Sentí que por momentos decía cosas que llevaba tiempo con ganas de decir y no sabía cómo. Estaba hablando de un amor de hace muchísimo tiempo con el que yo había quedado en deuda. Había como unas explicaciones del corazón que no había sentido modular jamás. Y ahí sentí que las podía decir con libertad y con tanta fluidez que pocos días después me atreví a algo que en otras condiciones no habría hecho nunca, llamar a la destinataria de ese poema y decirle: te escribí un poema y me gustaría enviártelo por si se acaba el mundo. Se lo mandé y fue muy grato; sentí que estaba liberando algo que tenía guardado hace mucho tiempo y que necesitaba expresar. Fue bello el intercambio que tuvimos después del poema; algo tan grato para mí como haber escrito el poema.
Quienes lo conocen, saben que usted se sabe muchos poemas de memoria. ¿Tiene idea de cuántos son?
No sabría enumerarlos, pero son muchos. Yo no necesito libros para leer buena parte de la poesía que me gusta. Me basta repetírmela, decírmela en voz alta o repasarla en mi mente. A veces, mientras preparo un ensayo, estoy pensando en poesía, comparando un poema con otro, un verso con otro. También es grato poder decir un poema en la fila de un banco. Es una buena compañía llevar algunos libros en la mente y no tener que depender de ellos en papel.

