Luis Manuel Otero Alcántara (FOTO Orlando García García)

Hace un par de días, mientras leía el texto de Anamely Ramos sobre la detención de Luis Manuel Otero Alcántara y las implicaciones que respecto a la política cultural tradicional se desprenden de ello, me preguntaba una y otra vez: ¿bajo qué noción de gusto estético es la obra de Luis Manuel inaceptable? ¿Qué argumentos no políticos esgrime todo ese campo cultural cubano que se niega a la solidaridad?

Es claro que el miedo es una corriente subterránea que lo corroe todo en la cultura y la sociedad cubana; sin embargo, el miedo nunca sale a relucir como una razón de peso y estoy convencida de que muchos artistas e intelectuales cubanos no creen siquiera que el miedo los afecte a la hora de tomar partido en querellas reconocidas públicamente como de tipo estético. Quisiera detenerme a pensar y, quizá con suerte, dilucidar qué caracteriza a ese tipo de ideología estética con la que algunos pretenden salvaguardarse.

Si bien es cierto que la determinación de clase social en el experimento comunista cubano se ha construido en buena medida a partir del hecho de ser graduado o no de un centro de enseñanza superior, ningún título tiene la capacidad de eximirte de la represión directa una vez que se haya hecho público el disenso contra el sistema político imperante. No obstante, el mero hecho de tener un título universitario o de participar del sistema de enseñanza cubano, al parecer, funciona en una primera etapa como muro de contención ante los ataques que se puedan recibir desde la Seguridad del Estado cubana. Quiero decir, es casi seguro que el primer encuentro intimidatorio será bajo la máscara de “policía bueno” que trata de deslegitimar a “esos”, los disidentes, como crápula ignorante al servicio de poderes extranjeros.

Siempre me ha llamado la atención cómo es que el calificativo de ignorante juega un rol fundamental no sólo entre la policía política sino entre la cofradía de intelectuales revolucionarios. De alguna manera, se ha establecido una división entre las formas de disenso “inteligentes” y las “brutas” –donde a Luis Manuel por supuesto lo clasifican entre las segundas–. Parte de las formas “brutas” de disenso es hablar con claridad en términos políticos; y con claridad me refiero a tocar siquiera levemente la naturaleza totalitaria del Estado cubano. Claridad implica también despojar de toda ficticia complejidad el proceso político cubano, exponiendo sus tácticas de poder arbitrarias y excluyentes, tácticas que paradójicamente estarían al servicio del bien común (sobran los ejemplos que demuestran que los métodos violentos de clasificación y exclusión de ciudadanos en la Cuba post 1959 comenzó desde el inicio de este proceso). Parte de las formas “brutas” de disenso es además pretender ser inocentes cuando rompemos los límites establecidos por la institución estatal con la intención de establecer modelos de intercambio horizontal. Previo a la formulación del Decreto 349, muchas de estas acciones de socialización independientes sobrevivían en el limbo de la alegalidad. Después del 349, ese limbo legal ha desaparecido, aunque el Decreto supuestamente no se ha implementado, actualmente el control policial sobre la vida pública cubana cumple de manera tácita las definiciones legales que este articula.

Por el contrario, las formas de disenso “inteligentes” siempre pueden criticar hasta un límite donde nunca se transgrede la legitimidad y autoridad del régimen institucional y político cubano. Se puede hablar de racismo sin llegar a tocar las prácticas institucionales que lo perpetúan. Se puede hablar de igualdad de género sin tocar el marco legal que requeriría la implementación de dicho derecho. Se puede apoyar y promover el llamado cine joven y hasta llegar a un acuerdo institucional con el ICAIC, evadiendo la implementación real de una ley de cine. Se puede, además, hacer crítica social directa en las artes visuales si se utilizan las herramientas del conceptualismo y la obra no sale del círculo de especialistas en la materia. Si hay algo que no se puede hacer –y como diría un amigo mío, eso todo el mundo lo sabe desde que estaba en la barriga de su mamá– es tener vínculos con personas calificadas de disidentes u opositores. Los vínculos de amistad no son recomendables, pero muchísimo menos los vínculos profesionales, porque cada persona que ha sido calificada de opositor al sistema, no sólo crítico o librepensador, sino disidente, ha padecido un proceso de distorsión social donde todo aquello que fue, músico, profesora, médico, se ha desvanecido para siempre. Todavía recuerdo la carcajada feroz y humillante de una de las oficiales de aduana cuando, en una de mis entradas a Cuba al revisar los libros que traía –esa vez no me los quitaron todos– me preguntó cuál era mi profesión y yo respondí: “profesora”.

El gobierno totalitario cubano ha sido increíblemente efectivo a la hora de separar y clasificar seres humanos por motivos políticos. Sé de muchas buenas personas que se preguntan sinceramente, y al menos ellos se preguntan, si José Daniel Ferrer es en verdad un criminal que merezca nueve años de cárcel. Para estas mismas personas, Luis Manuel es todavía un enigma y no se explican a razón de qué deberían defenderlo. A fin de cuentas, dice la sabiduría popular, él se lo buscó, sabe lo que no se puede hacer y aun así lo hace. Escrito de manera tan simple parece un comportamiento infantil, y es que en verdad lo es. Papá Estado castiga a los niños que se portan mal, a los buenos les da diplomas.

La manera en que estos mecanismos de control y discriminación se han convertido en la norma, más que en la excepción, determina por qué para tantos intelectuales y artistas cubanos resulta irrelevante pronunciarse sobre el acoso policial que ha recibido Luis Manuel. Es simplemente de mal gusto. Hablan de sí mismos como las víctimas que tienen que aguantar que la foto repetida del artista se comparta en Facebook constantemente, cuando en verdad “lo que él hace no es arte sino política”. Dicen esto y se retiran a su taller a elucubrar las obras de arte verdaderas. Sin dudas, estos funcionarios del arte, algunos con títulos de artista, funcionan con mayor eficacia que los inspectores del 349, ellos son los inspectores.

El gusto, como hábito cultural respaldado por una institucionalidad que lo reproduce de manera inconsciente, ha generado un tipo de intelectual en Cuba que cumple con todos los requisitos que de antemano la Revolución le exige. El concepto de hábito me parece el más efectivo para hablar de ese juicio estético en correspondencia con la institución represora en Cuba. Porque el hábito –y en esto no coincido con Bourdieu– no es tanto fruto de las rígidas estructuras como de las grietas que de ella misma surgen y la libre voluntad. El hábito no es una fuerza ciega e implacable que se reproduce de manera casi automática, en algún momento lo aceptamos y lo comenzamos a reproducir. Es por ello que hay siempre una responsabilidad compartida en el ejercicio de su permanencia. Habituarse al racismo, por ejemplo, no nos exime de culpa. Habituarse a las prácticas de exclusión institucional en Cuba, tampoco.

Definir esta noción de gusto estético oficial que hace aparecer a Luis Manuel como el usurpador del arte y las buenas costumbres de la sociedad socialista requeriría detenerse minuciosamente en cada uno de los ataques que ha recibido, pero no hay tiempo ni estómago para eso. Sin embargo, podemos decir que confrontar abiertamente esta configuración de la alta cultura comunista en Cuba, que se ha reproducido por generaciones y que ha llegado a ser casi invisible, es uno de los grandes méritos de la obra de Luis Manuel. Haber rasgado ese telón de fondo para proclamar sin miedo su falsedad y exigir así su derecho a participar en un espacio público excluyente y clasista por definición es el arma secreta de cada uno de sus performances. Como lo fue El Sexto en su momento, aunque con otras herramientas expresivas, la obra de Luis Manuel desborda los límites establecidos por la institución, cualquier institución, y se lanza a la calle, vive en la calle.

Con o sin conciencia clara del límite que está traspasando, los performances de Luis Manuel echan por tierra los tabúes de la vida cultural e intelectual cubana. Primero, ataca el fenómeno de la falsa complejidad. El placer por la oscuridad histórica y las metáforas vacías (dizque lezamianas) a la hora de hablar del proceso político cubano –Luis Manuel es claro como el agua desde San Isidro hasta el Pompidou–. Los críticos literarios y algunos poetas llevan la vanguardia en este caso. Se habla del aquí y ahora de la Revolución cubana como un tiempo mítico de definición del ser nacional que, al habernos identificado automáticamente a todos bajo su tutela, nos imposibilita ver y juzgar los hechos con la necesaria distancia crítica. El regodeo intelectualoide bajo la sombrilla de la complejidad es el mejor modo de escapar al análisis concreto. Cualquier otro tema que escamotee la mirada al presente en Cuba –las elecciones en los Estados Unidos, las políticas de premios cinematográficos en la Academia Americana y hasta en Cannes, el cambio climático– es más beneficioso que la crítica directa que es siempre burda o puede ser catalogada hasta de neurótica.

En segundo lugar, Luis Manuel pone en crisis, desde que se arrastraba con su San Lázaro por las calles de La Habana, a la élite de artistas visuales que aún no ha entendido lo que significa activar los mecanismos de sentido crítico de una obra a través de la acción cívica real. En otras palabras, Luis Manuel los ha dejado sin trabajo, y no son pocos los artistas políticos establecidos dentro del sistema institucional cubano. Esta es una élite que vive en medio de la paradójica conjunción entre la posibilidad de ser críticos sin llegar a ser necesariamente políticos –acendrado malabarismo de la esquizofrenia nacional que se ha encarnado de manera particular en los artistas visuales–. En este sentido la cuerda floja entre la crítica necesaria a la Revolución y la crítica dañina que hay que perseguir y excluir es tenue. Se trata de la habilidad de abordar temáticas sociales en la obra sin que ello presente de por sí ningún cuestionamiento cívico. Lamentablemente la pedagogía del ISA ha tenido una influencia nefasta en los últimos años entre estos autoproclamados “artistas del disenso inteligente”.

La censura ha sido una de las normas sociales del establishment cubano, transmitida de generación en generación, travestida como gusto estético —el testimonio de Solveig Font en la serie Sin 349 presenta de manera clara cómo funciona ese entramado del que muchos hemos participado en algún momento–. La idea extendida entre muchos burócratas del sistema cultural cubano es que en Cuba no se censura por razones políticas sino estéticas (el problema con Nadie es estético, no político, lo mismo que con Santa y Andrés, por ejemplo). Y es esta capacidad para generar seres entrenados para la censura inteligente lo que le está fallando al sistema institucional cubano, esa capacidad para reproducir maneras de sentir y actuar en el espacio normado institucional de manera efectiva. En el caso de las artes, por suerte, cada vez son menos los sujetos informados, capaces de dialogar y entrar en un terreno de negociación donde se discuta la pertenencia a la institución de una pieza crítica. Y repito, por suerte ya son pocos, porque eso quiere decir que al castrismo se le está agotando su capacidad para reproducirse. Porque los hijos de la Revolución la han abandonado y los nietos no quieren saber de ella. Por eso la obra de Luis Manuel molesta tanto, porque ha llegado en un momento donde se han agotado las fuerzas políticas de mediación. Porque, además, interpela al campo cultural cubano con una fuerza vital que ya nos parece extraña. Porque ante la desidia, el abandono y el cinismo que nos abruman, ha sido un negro del Cerro sin título universitario quien nos propone una obra que nos enfrenta a cada uno, en nuestro pequeño estrato cotidiano, ante el vacío de una vida de espaldas a la injusticia que acontece sólo a unos pasos de la nuestra.

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