Elegir libremente: apuntes sobre crítica y Universidad

La universidad produce y exige determinadas formas de subjetividad y aparición. Hoy la galería la conforma el investigador productivo, el especialista custodio de alguna identidad o temario, el académico indudablemente interdisciplinario, el cazador de fondos y recursos, el transformer multiusos-todoterreno-portento multimediático, el profesor-activista capaz de demostrar y performear compromiso cada vez que la cámara lo enfoca.

-

Quisiera agradecer a Christina Lee, a José María del Pino y a Reanna C. Vanloo por la invitación que me trae de vuelta a Princeton, por hacer posible este encuentro, y a ustedes por estar aquí.* Estas notas quisieran dialogar con el paisaje temporal sugerido por el título de este panel, Literary and Cultural Studies: Then and Now. También aprovecho para pensar algunas transformaciones de la universidad que conocí y la que hoy recorremos. Defendí mi tesis doctoral en Princeton a finales de 1994 bajo la dirección meticulosa de Arcadio Díaz Quiñones. Viví en este campus entre 1986 y 1991; desoyendo las advertencias de Arcadio, me fui a Puerto Rico y allí terminé la tesis. Me llevé a Río Piedras prestada la colección de Casa de las Américas de la Sterling Memorial Library de Yale University. El libro que surgió de aquella investigación fue un mamotreto –“el tratado cubano”, bromeaba Ricardo Piglia– donde leí, desde la forma de la revista, el imaginario institucional de la Revolución cubana. En las imágenes se anunciaba la deriva totalitaria de todo aquello.

La universidad que me formó, tanto en Río Piedras como en Princeton con sus respectivas particularidades, no era esto que hoy vemos alrededor del mundo. La noticia de la independencia o creación del Departamento de Español y Portugués en Princeton me sacó una sonrisa. Compartía y comparto ese deseo de autonomía –siempre limitada– que aspira a proteger un espacio de pensamiento y conversación del asalto de fuerzas, llámense la agenda político-administrativa de la institución, la complacencia cordial de no pocos colegas ante la misma, el academicismo que no sabe que lo es o la gobernanza corporativa que hoy regentea la academia. Pensar desde una comunidad y una institución que ya no existen me sitúa en una grieta donde se ha desdibujado la frágil frontera entre el agujereado adentro académico y el afuera hecho mercancía, donde se registran ya aulas vacías cuando no pauperizadas intelectualmente. El pasado no fue mejor; fue, en ciertos aspectos, distinto, con otras potencias y otras imposibilidades. Mi pasión lectora e investigadora encontró en Princeton un extraordinario grupo de lectores –profesores y estudiantes por igual– que le dio foco, encontró interlocución y contrapuntos necesarios. Fueron años de tránsito, trauma y transformación. Mi llegada coincidió con la partida de Sylvia Molloy. Por el departamento desfilaron figuras centrales de la crítica literaria y el pensamiento latinoamericanos y caribeños; visitantes, cursillos y conferencias –no siempre asociados al departamento– hicieron de aquellos años un momento efervescente. No había inteligencia artificial, redes sociales ni celulares; tampoco se leía con disclaimers, glosarios de palabras permitidas y censuradas, advertencias sobre pasajes escabrosos de los materiales, ni syllabi convertidos en contratos de compraventa. No recuerdo promesas de proteger al estudiantado o a la administración de todo malestar emocional o político. El bullying y el ninguneo dentro y fuera de los seminarios tampoco nos fueron extraños.

- Anuncio -

Más que detenerme en una cronología de experiencias, me interesa anotar algunas dinámicas que atraviesan ese ayer y este ahora. Las abordaré a partir de cuatro nociones con las que conformo un paisaje temporal: saber, institución, subjetivación y captura. Esta constelación articula momentos de un proceso disciplinario que es también histórico. Pregunto: ¿qué quiso saber la crítica cultural y literaria entonces sobre el poder y qué llegó a saber? Diré, rápidamente, que llegó a comprender cómo determinados saberes sobre la cultura, la política y la literatura instituyen sociedades, producen sujetos, relatos y valores, y delimitan aquello que puede reconocerse como experiencia, conocimiento o intervención legítima. Hoy, sin embargo, saber algo parece confundirse con hacerlo visible, sin atender con cuidado a las demandas o mandatos, deliberados o inconscientes, que hacen posible la pantalla de lo visible. La relevancia se mide en números, reproducciones, seguidores y métricas de circulación. La crítica cultural de finales de los ochenta y noventa amplió radicalmente aquello que podía convertirse en objeto de estudio al trabajar cuestiones de raza, género, sexualidad, coloniaje, cultura popular, medios, prácticas cotidianas e identidades. Su logro fue mostrar que lo que parecía natural, privado o fundacional estaba atravesado por relaciones de poder y secretos. No la sandez, hoy tan extendida, de que todo es política.

Mientras escribía estas páginas, un anacrónico fantasma foucaultiano no dejaba de importunarme con una pregunta: ¿qué ocurre cuando aquello que la crítica hace visible se convierte en objeto administrable de saber y de mercado? En su mejor versión, la crítica produce y revisa categorías, redefine problemas, distingue especificidades y reconsidera qué cuenta como evidencia, historicidad o belleza ante daños y conflictos singulares. Los seminarios de entonces no eran catecismos críticos ni campos de entrenamiento para disparar palabras-talismán: “interseccionalidad”, “opacidad”, “decolonial joy”, “pertenencia normativa”, “recuperaciones heteropatriarcales” del arroz con habichuelas, entre tantas. La necesaria exposición pública de problemas, daños históricos y experiencias actúa hoy, con demasiada frecuencia, como si su reconocimiento bastara para transformarlos; como si nombrar o visibilizar, por ejemplo, una identidad pudiera por sí solo interrumpir las lógicas de extracción, subordinación y captura que aún la sujetan. La cosa de la crítica —puedo equivocarme— no es, ni era, mostrar la historicidad de categorías, ficciones o discursos, para luego convertirlos en contraseñas institucionales, shibboleths o mantras adjetivales que otorgan audiencia y capital en “el salón de las genuflexiones” (Virgilio Piñera) del poder institucional.

Otra figura aparece en este paisaje de tiempos cuando la crítica deja de ser, como pensara Edward Said, un modo de decirle verdades incómodas al poder y comienza a privilegiar, como campo, la adquisición o el diseño de una infraestructura institucional que produzca beneficios y visibilidades. Departamentos, programas, revistas, currículos, criterios de evaluación, fondos, circuitos de publicación y congresos multitudinarios convierten esos saberes en campos reconocibles y administrables. La institución no absorbe simplemente un saber preexistente: lo reorganiza, lo normaliza y lo instrumentaliza. Para entrar en ella, este saber debe hacerse legible, medible y entonces evaluable: necesita un nombre, un campo, una metodología, una bibliografía, objetos reconocibles y formas de rendimiento. El fantasma foucaultiano insiste y ahora susurra: el poder no necesita prohibir la crítica; puede darle un lugar, una administración y una economía de circulación. ¿Qué ocurre cuando la institución se vuelve condición de reproducción de la crítica y, al mismo tiempo, hábitat de su mercadeo, donde la crítica termina circulando como una página más de X, Facebook o Instagram?

Otro momento que blasona el paisaje del entonces y del ahora es la subjetivación. Si un determinado saber se institucionaliza, no solamente produce objetos de estudio: manufactura también sujetos capaces de hablar en su nombre, sujetos que aprenden a reconocerse dentro de sus categorías y sociabilidad profesional. En un contexto abierto donde un sujeto busca encontrar su voz, advenir a la autoría no es someterse –ni antes ni ahora– a un carimbo retórico ni dejarse herrar como animal académico. La universidad produce y exige determinadas formas de subjetividad y aparición. Hoy la galería la conforma el investigador productivo, el especialista custodio de alguna identidad o temario, el académico indudablemente interdisciplinario, el cazador de fondos y recursos, el transformer multiusos-todoterreno-portento multimediático, el profesor-activista capaz de demostrar y performear compromiso cada vez que la cámara lo enfoca. El fantasma foucaultiano sigue jorobando; ahora se le une un espectro derridariano y preguntan a dúo: ¿Qué debe inscribirse en quien habla —y en lo que dice— para que una disciplina le conceda a dicho sujeto y a su palabra estatuto de discurso crítico sancionado? Tomemos un tema, digamos, ese que está por doquier: “la identidad” o, mejor, “las identidades”. Bajo su rótulo, quienes allí se congregan aprenden a pensarse mediante las categorías y prácticas institucionales que aparecen como condición indiscutible de su inteligibilidad. Topamos así con el enclosure de los area studies: se aprende desde dónde hablar, qué objetos cuentan, qué preguntas son aparentemente relevantes, qué retórica confiere autoridad y qué intervenciones son productivas.

- Anuncio -

No puedo detenerme en dos modulaciones más del paisaje. A vuelo de pájaro: la infiltración de la lengua empresarial en la universidad. Entre 2010 y 2020, más o menos, el vocabulario gerencial entra de lleno: productividad, resultados, impacto, evaluación, medición, profesionalización, interdisciplinariedad, diversidad, inclusión, innovación… En boricua: si no metes alguna de estas palabras en el caldero, no guisas, pa, te quedas sin kiosco. Y, finalmente, la captura e instrumentalización de la crítica: cuando aquello que excede el perímetro académico se vuelve legible, clasificable, representable y administrable. La institución no necesita eliminar lo que desborda sus categorías; puede incorporarlo como objeto de investigación, categoría curricular, campo de especialización, identidad reconocible, problema institucional, indicador de diversidad, área de contratación, kiosco de programación pública o evidencia de impacto.

Termino con una anécdota. En el syllabus del seminario Sarmiento: civilización y barbarie. Ideología y literatura, ofrecido por Ricardo Piglia en la primavera de 1989, bajo “exigencias” se leía: “Un paper más extenso (de 10-12 páginas)… Los temas pueden ser elegidos libremente a partir de las cuestiones discutidas en el seminario”. Presenté un ensayo sobre “las cantidades poéticas” en Facundo: un experimento, acaso indigesto, que movilizaba la noción poética de “cantidad hechizada” de Lezama Lima para leer –o inventar– en los gauchos de Sarmiento un proceder poético sobre la pampa. Ricardo dijo que merecía publicarse y me sugirió enviárselo a Saúl Sosnowski. En 1992, tres años antes del doctorado, apareció en la revista Hispamérica: fue mi primer ensayo de crítica literaria.

Conversando sobre esto con Ivette hace unas semanas, caí en cuenta de que aquel ensayo ya contenía, en miniatura, mi relación con la institución: un ir y venir, como la marea, entre proteger mi deseo y mi escritura poética –mi escucha palesiana, salsera, gastronómica y fiestera– y las “exigencias” de la institución donde trabajo y me gano la vida. La máquina de la salsa fue, y sigue siendo, un acto de indocilidad ante lo que el modal bien pensante, culturalista e historicista hacía e hizo de lo salsero; también una manera de aplazar la tesis doctoral frente al desasosiego que ya me producía el tema revolucionario. Llegué aquí, en el siglo pasado, buscando algo que apenas podía nombrar: lo imaginal, los envíos y pulsaciones de lo poético, lo que las aguas y el sabor del archipiélago hacen. Escribir ha sido mi manera de escuchar, aprender a transitar y, a veces, desacatar aquellas “exigencias” desde las cuales se abrió para mí la posibilidad de tomar la palabra ante la academia.

Muchas gracias.


* Palabras leídas en la mesa “Literature and Cultural Studies: Then and Know (I)” como parte de The Department of Spanish and Portuguese, 25th Anniversary Celebration. Honoring 25 Years of the Ph.D. Program, Princeton University, September 25-26, 2026, Julis Romo Rabinowitz Building, 399.

- Anuncio -
JUAN CARLOS QUINTERO HERENCIA
JUAN CARLOS QUINTERO HERENCIA
Juan Carlos Quintero Herencia (Santurce, Puerto Rico, 1963). Poeta, ensayista, crítico. En 2002 gana el premio de poesía del Pen Club de Puerto Rico por sus cuadernos de juventud El hilo para el marisco/Cuaderno de los envíos. Es autor de los libros de poesía: La caja negra (1996), Libro del sigiloso (Premio Creative and Performing Arts de la Universidad de Maryland, 2006), El cuerpo del milagro (2016) y Minotauro en mar chiquita (2023). Algunos de sus libros de crítica son Fulguración del espacio: Letras e imaginario institucional de la Revolución cubana 1960-1971 (Asociación de Estudios Latinoamericanos-Premio Iberoamericano, 2002), La máquina de la salsa: Tránsitos del sabor (2005, 2021, segunda edición revisada y aumentada), La hoja de mar (:) Efecto archipiélago I (2016) y De la queda(era): Imagen, tiempo y detención en Puerto Rico (2021). Ha obtenido becas de la Ford Foundation, la Andrew W. Mellon Foundation y la John Simon Guggenheim Memorial Foundation. Es profesor de literatura caribeña y latinoamericana, y reside en Maryland, Estados Unidos.

Leer más

Chancleta, manotazo y otras doctrinas de la diplomacia castrista

El espectáculo de la diplomacia cubana en la Asamblea General no es la degeneración de una dignidad perdida: es la doctrina fundacional del régimen, puesta otra vez en escena. Desde Raúl Roa, los funcionarios castristas confunden la dignidad con el derecho a no ser contrariados e intentan silenciar toda verdad incómoda al poder.

Piscinas

¿Para qué sirven las piscinas?, sino para demostrar la omnipotencia frágil de unos cuerpos que van a disfrutar la pureza química de las pasiones limitadas.

W. David Marx: “El buen gusto no es lo que nos oprime en 2026”

En 2026, ¿es realmente el buen gusto una de las causas principales de la opresión de clase?
Premio Literario Lourdes Gil en Poesía 2026. Convocatoria de poesía para jóvenes de 15 a 25 años. Fecha límite: 30 de septiembre de 2026.

Contenidos relacionados

Deja un comentario

Escriba su comentario...
Por favor, introduzca su nombre aquí