Allí estaba el mar
–aquí yo impedida
de poder alcanzarlo–.
Su comprensión
ajena a mi deseo
como una vela.
Estaba sobre el techo, pero vacía. Se fue hundiendo más y más, porque por dentro construyeron numerosas familias sus habitaciones, no conté cuántas. Desde arriba, podía verse aquel mosaico multicolor con pedacitos de cualquier cosa: muebles, vasijas, cacharros y objetos de toda índole.
A la entrada del portón de hierro del Nautilus –como lo bauticé–, sobre pisos verdosos jaspeados –antes brillantes, ahora sin pulir–, están los que fueran dos lujosos cines: Dúplex y Rex –este último solo para proyectar documentales–. Mi tía me llevaba para ver: Sandokan, el tigre de la Malasia y al terminar, exclamaba: “¡qué lindo Salgari!”, confundiendo al autor con el protagonista.
Esta piscina de la calle San Rafael, que perteneció a un hotel que daba entrada a dos cines, colmada de personas viviendo dentro de ella, me impresionaba. El techo azul del fondo estaba invertido y, encima, colgaban retazos de lona y zinc que se balanceaban sin proteger suficientemente a sus habitantes. Por lo que las estrellas pintadas sobre el falso fondo eran tan inalcanzables como sus peces. Al pasar, siempre olías aquel tufo a pescado muerto. Desde entonces, supe que lo salobre también acabaría conmigo, pudriéndome.
Otras piscinas: la del cuento de A. J. Ponte: “Orinar dentro del agua”, aunque me aclara que es el mar a donde una mujer entra para orinar. El mar que, en mi imaginación, sigue siendo una piscina de la que hay que escapar: espuma venenosa que la distancia del marido. Y, más que cloro en los “ojos y en la boca” –o, saliva prieta que escupe dentro del agua contaminada por los deseos no realizados–, su desesperación por irse sola a un hotel con piscina, incomunicada de todos los demás. Porque, la piscina era el sitio escogido para extender sus límites y huir.
Los mismos límites para atravesar de un lado a otro, aquella de gases sulfuroso con una vela encendida en la película Nostalgia de Andréi Tarkovsky, esperando que nunca se apague su llamita con la ilusión de que habrá al final alguna salvación. O la distancia que parecía enorme, inabarcable, de aquella natural a donde me llevaba mi padre en el club Ferretero de la playa de Marianao, protegida por barreras de corales donde el agua rompía cualquier maleficio y se volvía cristalina, indefensa. Donde aprendí a nadar, protegida por los arrecifes en los brazos de mi padre.
Ahora oigo los comentarios sobre aquellas fiestas en casas con piscinas de familias ricas, donde un hombre –desesperado por agarrar los peces de aquellas veinte piscinas que nadó durante su juventud y que ahora no alcanza a recorrer–, se niega a aceptar los límites del tiempo. El final de la película La gran belleza era su meta, para penetrar esa vejez profunda que no alcanzó tampoco: “tal vez, cuando uno comienza, solo hay finales”, dice un poema de L. Gluck.
A la distancia, puedo ver cada piscina donde el ego se ahoga al intentar sobrepasar sus pobres escaramuzas. Pues ¿para qué sirven las piscinas? –me pregunto–, sino para demostrar la omnipotencia frágil de unos cuerpos que van a disfrutar la pureza química de las pasiones limitadas. O del vacío por todo lo que no hallamos al caer en ellas, ahogándonos.
Recuerdo otra más curveada, sinuosa, de agua dulce y densa en Río Cristal, a donde fui a los veinte años con un novio de ojos azules, cuando el cuerpo aún era intrépido, flotaba y, después, nos amábamos. Hará un tiempo pasé por la carretera y vi entre la maleza una estructura recta y seca sin el brillo pálido azulado del muro de cerámica que delimitaba el estar afuera o el estar adentro de unos ojos, de unos brazos: “si no se aprovecha la oportunidad, el instante desaparece para siempre… pues, para captar el instante no se puede depender de una segunda oportunidad”, dice Kobo Abe en La mujer de la arena. En esa segunda oportunidad, ya no era una mujer de arena, sino una vieja que miraba a través de la ventanilla, la piscina inabarcable de su pasado.
Después, aquella del hotel Deauville, encima del edificio con forma de barco –creo que sobre el piso doce si mal no recuerdo–, donde no podían entrar los nacionales. Me ponía una saya larga indígena con parches de colores que me hacía pasar por extranjera. Fui algunas veces con mis hijos y también con E. Desde ese cuadrado de agua salobre, se veían las casas destruidas de Galiano y San Lázaro como si nos cayeran encima sus falsos decorados de yeso, inflamados por el salitre y la humedad. El mar quedaba enfrente, como si estuvieras navegando sobre el mascarón de proa de un barco varado, mientras te bañabas en medio de la ciudad destruida sin correr ningún peligro.
En la azotea de Ánimas, aunque el agua caía desde un chorrito miserable del tanque común del edificio, pusimos una piscina plástica, remachada con esparadrapo por varios lugares. Era chiquita, pero suficiente para palear el calor de los veranos. A veces temía que se hundiera aquel techo construido en el siglo pasado. El agua olía a algo que no era precisamente cloro, sino los desechos de los vecinos que tenían una filtración en su cisterna. Cuando nos percatamos ya era tarde: los niños, y hasta mi madre y mi tía ancianas, nos bañamos con la mierda de otros.
II
Siempre me veo en aquel bote junto al cayito de Cojímar –no sé por qué es la imagen que más recuerdo–: las servilletas esponjosas con restos de merengue de un cake morado para celebrar mi octavo cumpleaños, como si en esa travesía hubiera transcurrido lo que después sentí durante cada viaje, la desilusión por no volver a ir. Los rizos de la amante de mi padre revueltos por el viento sobre los brazos de él, remando y remando. Detrás, la espuma blanca de los remolinos que forma un pequeño bote al avanzar cuando sube y baja por la corriente entre el río y el mar, atravesándolos: huecos donde por momentos, entre dos aguas nos hundimos en la infidelidad.
Más allá, aquellas casuchas de los pescadores como en la marina de un viejo cuadro, opacas. El muelle de madera fragmentado por algunos lugares donde rompía con fuerza el mar. Sobre él, cubitos plásticos de colores brillantes donde recogía arena prieta, pestilente a río, a mar, entrecruzándose. Caracoles mezclados de las dos orillas que relucían cuando el sol les daba sobre los carapachos rayados en ámbar y estrellas de mar moribundas, ya resecas. Ese olor de las cosas lavadas y vueltas a lavar sobre la madera terrosa de un puente olvidado.
El tiempo de atravesar las aguas purulentas o cristalinas en Santa Fe, Varadero o Cojímar: mis mejores momentos de vida. En Santa Fe, con las botellas de aquellos bares cayendo en picada sobre el agua –miedo a enterrarte sus picos–. Grafitis en las paredes con frases sueltas por la incoherencia de aquellos amores que te hincaban con tinta de calamar los pies entre pedazos de rocas sumergidas, o a la deriva flotando entre erizos que se pegaban a los calcañales, hiriéndolos: púas que sobresalían entre los arrecifes esperando por la llegada de un incrédulo como tú que las pisara antes de concluir en el mar. También a los doce años me llevaron a una de aguas cristalinas y sin restos de bares, grafitis ni erizos, todavía llena de las pústulas que me quedaron en el rostro y en el pecho. Allí se limpiaron dejando sus formas lechosas en el agua. Nos sentábamos en sillones de madera chillones frente a un bungalow: mi madre, mi padre, mi hermano, y yo.
Una mañana mi hermano quedó preso en un remolino aqua y mi padre saltó para sacarlo, porque se estaba ahogando. Mi madre con sus pescadores negros y la blusa blanca anudada en el vientre, agitando un pañuelo con la punta de las manos que ya presagiaban duelo. Yo, muy delgada: –“puro hueso y varicela”, decía ella–, mi pelo denso, encrespado. Lo veo ahora como el encuadre perfecto de un filme que hicimos en el siglo pasado cuando estábamos juntos y éramos felices: familia de vacaciones frente al mar –se llamaría–, un título común para una vida ordinaria.
Otras veces, solo para ver el mar lejano, alquilábamos aquellas guaguas que olían a petróleo. Éramos, por entonces, una familia numerosa que a veces la ocupábamos entera desde el amanecer hasta la noche. Porque, como despreciábamos la arena, solo íbamos para zambullirnos hasta donde las fuerzas nos llegaran, quedándonos hasta el atardecer cuando el sol se metía completamente en el agua junto a nosotros.
Siempre regresábamos con algas enredadas a los tobillos y arena metida en los zapatos, regalos contra el malestar del regreso, exhaustos, pero satisfechos por la culminación del día: aquel momento de abrir la ventanilla llena del vaho de otras bocas extrañas, hacia esa piscina de vidrio de los paisajes que aparecían y desaparecían dando tumbos por la velocidad que todavía alcanzaba un viejo motor zigzagueante por la carretera, hasta que la brisa salada cortara de golpe la asfixia y, por fin, respiraras. ¿Podré salir otra vez al mar?
Calada
I
Detrás del cayito aquel
entre la ribera del río
de aguas dulces
y saladas
indiferentes
sobre el puente de madera
hundido a más no poder
donde mis pies con las sandalias
cruzadas hasta los tobillos
hundidas también
te esperaban.
¿Qué sabrás de mí?
II
¿Acaso estabas cuando caí
del bote de mi padre
a la tentación de morir ahogada
entre los peces rayados
y amarillos?
¿Acaso cuando pisé
los romerillos que comí
y luego vomité?
¿Acaso cuando el sabor
amargo de la retama
ahogándome
me atragantó la garganta
y los erizos me hincaron los pies?
¿Calada hasta los huesos?
¿Hasta el frío dolor del brazo
partido?
¿Hasta ti?
¿Qué sabes del tiempo
de una infidelidad
que atraganta
y mata?
III
Me anudé de nuevo las sandalias
y me afinqué al puentecito
de madera podrida de la infancia
para no hundirme más.
La ropa seguía escondida
entre las uvas caletas
y los pies pisaban la arena que ardía,
pero no nos quemaba.
A lo lejos, desde la orilla opuesta
al desamparo aquel,
los pescadores vigilaban
mi octavo cumpleaños
celebrado con cake manchando
las servilletas moradas
en el golfito.
¿Qué sabes de algo que se veía venir
bajo las alas del sombrero
por donde sobresalían
los rizos dorados de su amante?
¿Cómo se atreve una palabra
a cruzar épocas distintas
entre aguas contaminadas
entre un río y un mar
por una tormenta que nos rodearía
para toda la vida?
Aquel era el lugar donde empezábamos
y terminábamos de reconciliarnos
con las infidelidades.
No podríamos ir a otro lugar.
De “La calle de los plátanos”, inédito. Miami, 19 de octubre 2026

