animales sin sangre
FOTO Edgar Ariel

Todo desaparece, pero no al instante. Estoy sentado en la cama, ojeo un libro sobre los procesos de conservación de los cuerpos. El libro es Los detectives salvajes. Lo escribió un tipo que se llama Roberto Bolaño. Hace unos días, para aplicar a un concurso, me pedían pseudónimo. Como no voy a ganar, como ni siquiera van a leer mi manuscrito, les confieso que puse Archimboldi. Les confieso también que no dejo de repetirme una idea que es como un botellón de alcohol en el que me meto para no desaparecer, para conservarme. Ese tipo que se llama Roberto Bolaño me acaba de decir que la juventud es la apariencia de la fuerza y que el amor es la apariencia de la paz. Ese tipo es un taxidermista.

Estoy sentado en la cama de un cuarto de alquiler. El edificio se llama Andino y parece un palomar. Hay días en los que me siento muy solo y quiero irme de aquí. Quiero irme a un lugar mejor. Una tarde salí a buscar otro cuarto y me encontré con una mujer.

—Todo está por las nubes.

Lidia me dijo, cuando le pedí rebaja, mientras se miraba las uñas sin pintar:

—Espabila. Dime rápido y pronto. El tiempo es oro mi vida. Decide. Me da mucha pena con el precio, pero ese es el pan mío de cada día. El mío no, el nuestro. El de la meriendita por la noche, vaya. El indispensable. Por la mañana una se come cualquier cosa, un cafecito, pero a las once de la noche no hay estómago ni pensamiento que aguante. Tú no lo sabes. Yo te lo digo. Las revoluciones son un hecho nocturno. Un búho. Aves rapaces. Hazme caso. Una ya ha vivido de todo. Tiempos multicolores. Este cuerpo enfermo no ha envejecido porque sí. ¿Verdad? Estas patas de gallina no están ahí por lindas.

Lidia señala las arrugas que cubren sus ojos y, luego, mira por encima del hombro y ve a su esposo con pantalón beige y sin camisa, sudado, moviendo un conjunto de tablas.

—El pan mío y de aquel. Lo único que hace es engordar. Como todos los hombres en este país. Los hombres y las mujeres. Esta conclusión la saqué ayer viendo una reunión del Consejo de Ministros. En vez de decir “todos a la plaza” parecían decir “todos a la gordura”. Esa es la enfermedad nacional. La verdadera. Esa es la enfermedad de los pobres. Hacer dieta es un lujo mi vida.

Lidia se tapa la boca y susurra.

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—Los hombres, las mujeres y los militares.

Me hace una señal para que mire detrás de ella.

—Ahorita la pinga no se le ve. Ay, perdón. Es que una es… Una trata de cambiar. Ahí y ahí. Una se esfuerza. Una ha estudiado. Lo que a veces se nos olvida. Hay que reconocerlo. Pero qué va. En sesenta y dos años aquí no ha cambiado nada. Una parece que está… Chico, ¿cómo se dice? Eh… Eso que le hicieron al profeta ruso. Y no solo ruso. Tan lindo los rusos. Blanquitos como tú. Lenin. Una parece que está taxidermiada. Una parece que nace, se desarrolla y muere en el Kremlin. En una urna de cristal.

Le digo que Lenin no está taxidermiado. Está embalsamado. Dos cosas distintas. Ella entrecruza los brazos y le da igual.

—Eso no cambia nada, mi corazón bello. ¿Tú realmente crees que eso cambia algo? Al final, con una cosa o la otra, cientos y cientos de turistas pasan y seguirán pasando en filita india para sorprenderse de su piel de cera. Parece un muñeco de película de terror. Mírame a mí, parezco una estatua del museo de cera de Los Angeles. No sé de dónde saqué esa comparación, pero válida es. Este pedazo de nación…

Pasa las manos por su cuerpo.

—Este pedazo de nación es una extensión de la Plaza Roja. Un anexo. Por lo menos tengo consciencia de ello y lo reconozco. Allá los ilusos, que abundan, que piensan que no están metidos en la charca. En este país, al nacer, nos meten en un cuarto oscuro y nos desangran.

Mira de soslayo a su esposo.

—Ya se lo advertí. Como quien no quiere la cosa. Él no. Él dice que es un pingú. Que ni Maceo le hace nada. Pobrecito.

Me vio cara de querer irme y me cogió por el brazo.

—Niño, ¿todavía no te decides? Allá tú. Ya te dije que todo está por las nubes. To-do. Aprovecha la casualidad de haber llegado hasta aquí. Hasta mí. El destino es implacable. Te trajo Dios por los pelos. ¿De dónde tú eres?

—De Holguín.

—Se nota. Se nota mi amor. Los holguineros tienen algo en la piel. Una luz.

Le pido que me enseñe el cuarto de alquiler. El espacio es muy reducido. El cuarto es baño y cocina a la vez. Solo lo ocupan los muebles indispensables. Una cama y una mesa con dos sillas.

—Aquí te pongo las dos llaves. La de la puerta y la del candado. Ese que cuelga en la reja. Te les puse este cordoncito. Mira qué lindo. Como has visto, te entrego todo en su lugar. En cuerpo y alma. Limpias las dos. Una no se cansa de ser buena. La crianza, la crianza. Pobre y muriéndose una es digna. Y limpia, que conste. La dignidad mueve montañas. La dignidad es lava ardiendo. El apartamento es modesto. Ya lo sé. Calidad y precio. Oferta y demanda. Es ley. Perdón.

Enciende un cigarro.

—¿Fumas?

—Ni fumo ni tomo café.

—Tú no sabes lo que es la vida.

—Es cierto.

—La gente piensa que una es comemierda. Que sigan durmiendo de ese lado. Los de arriba, sobre todo. Hasta un día. Porque ese día va a llegar. Como todo. Como las olas al Malecón. La hecatombe. Ojalá y la sangre nunca corra.

—Qué sangre, si ya en este país no hay sangre.

—Deliro. No me hagas caso. Me erizo, me erizo. Porque la vi venir. Un fantasma. Unos contra otros. “La orden está dada”. ¿Te gusta el cuartico? Es tan lindo. Tiene poesía, ¿verdad?

–Sí, es especial. Para mí es suficiente. No necesito más. Será mi puesto de mando.

—¿Qué cosa? ¿Y tú qué haces?

—¿Cómo?

—Sí, que ¿qué haces? ¿A qué te dedicas? ¿En qué trabajas? Te pregunto porque a una no le gusta tener a gente aquí que no haga nada. La vagancia en Cuba es ancestral. Cosa de astros. Pero una se esfuerza por agarrar lo mejorcito que aparece en nuestras vidas. Me encantan las palomas mensajeras. Luego se aparecen con tremendo muerto y yo, la verdad, ya no tengo ganas ni energía ni nada para cargar con eso. Pero tú pareces bueno. Tú pareces…

—¿Qué parezco?

—No sé…

—Soy detective.

—Es verdad que aquí cualquiera te saca un susto. Qué interesante. ¿Eso en Cuba existe? Primera noticia. Primera vez que le escucho a alguien decir, de su propia boca, en su propia voz, que es detective. Como aquí el facho es el deporte nacional, una piensa que eso es cosa de películas. Esto parece una película. ¿Tú has cogido a alguno?

—A varios.

—Ahora me dejas preocupada, ¿tú vez?

—No se preocupe, mi cacería es de animales, de los huidizos.

Estuvo varios minutos sin hablar. Caminó lento hacia la puerta.

—Hay animales de piel dura. Que no se te olvide.

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Edgar Ariel Leyva González (Holguín, Cuba, 1994). Periodista, investigador y crítico de arte. Máster en Estudios Teóricos de la Danza (2020) en la Universidad de las Artes de Cuba (ISA) y Licenciado en Periodismo (2018) en la Universidad de Holguín. Es egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Actualmente investiga sobre la configuración de la estética poscrítica en Cuba. Forma parte del Staff de Rialta.

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